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Relatos Ardientes

El secreto que guardamos mi hija y yo esa noche

El bar estaba lleno cuando Renata cumplió veinticuatro. Yo me había sentado en una banqueta apartada de la barra, con una copa de bourbon enfriándose entre las manos, mirándola desde lejos sin que ella lo notara. Llevaba el vestido negro corto que se había probado tres veces frente al espejo del pasillo antes de salir de casa. Lo había aprobado yo, con un gesto seco, como si fuera un padre cualquiera.

La música cambiaba entre piezas electrónicas y baladas viejas que el DJ insertaba para dejar respirar a los que no aguantaban el ritmo. Renata aguantaba todo. La vi pasar de un chico a otro, riéndose con cada uno, dejando que le pagaran tragos, apartando con elegancia las manos que se posaban demasiado abajo en su cintura. Sonreía con esa boca grande heredada de su madre, pero los ojos eran míos. Los ojos los reconocía siempre.

Pedí otro bourbon. El barman me lo sirvió sin preguntar.

—¿La acompañas? —dijo, señalando con la cabeza hacia la pista.

—Es mi hija —contesté.

El barman levantó las cejas con una mezcla de respeto y disculpa, y se fue a atender al otro extremo. Mi hija. Repetí la palabra mentalmente, masticándola, sabiendo que esa noche iba a significar lo de siempre y lo otro, lo que nadie en aquel bar podía imaginar.

Renata me había visto. Levantó la copa hacia mí desde la pista y me guiñó un ojo con la naturalidad de una hija cariñosa. Nadie sospechó nada. Nadie sospecha nunca cuando un padre baila con una hija; al contrario, suele despertar ternura en la mesa de al lado, sonrisas tibias, cabezas que asienten. Esa es la ventaja del tabú: vive a plena luz porque nadie quiere mirarlo de frente.

Hacia la una y media, el DJ puso una bossa nova lenta. Dejé el bourbon en la barra y crucé la pista. Renata vio cómo me acercaba y despachó al chico con el que estaba con una palmada amistosa en el pecho. Cuando llegué hasta ella, le ofrecí la mano como si fuéramos dos desconocidos en un salón de baile, y ella me la tomó con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces.

—Llevas observándome toda la noche —me susurró al oído.

—Quería ver con qué clase de muchachos te conformabas.

—No me conformo con ninguno —dijo, y sentí su aliento, mezcla de mojito y menta, justo debajo de la oreja.

Bailamos. No fue un baile de padre e hija, aunque lo pareciera desde fuera. Mantuve la mano apoyada en la parte baja de su espalda, justo donde la tela del vestido empezaba a ceder. Ella apoyó la frente en mi mentón, despacio, como reconociendo un lugar al que volvía. Nos movíamos más cerca de lo que cualquier observador hubiera considerado decente, pero ninguno de los presentes nos miraba con esa lente. Éramos una postal.

—Quiero irme a casa —le dije a mitad de canción.

Asintió sin levantar la cabeza.

***

Antes de salir, uno de los chicos con los que había bailado se me acercó. Era alto, con el pelo demasiado peinado para alguien de su edad, y olía a colonia cara. Me tendió una servilleta doblada con un número escrito en bolígrafo azul.

—¿Se la pasa? Le dije que la llamaría, pero no me dio su teléfono.

Tomé la servilleta con la solemnidad de un mensajero. El muchacho me miró con esperanza, como si me estuviera entregando un boleto premiado.

—Mañana hablo con ella —prometí.

Mentí, claro. Por la mañana iba a tirar la servilleta al cesto del baño, con cuidado de que Renata no la viera. Esa noche no era de él. Esa noche, como tantas otras antes, era mía.

Salimos del bar al frío de la madrugada. Renata se cogió de mi brazo con la familiaridad de siempre, pero apretaba un poco más fuerte, como si el alcohol hubiera bajado un escalón más sus filtros. Subimos al coche. No dije nada durante el trayecto. Solo le puse la mano en el muslo, justo encima de la rodilla, donde terminaba el vestido. Ella la cubrió con la suya y la deslizó tres centímetros hacia arriba.

—Papá —murmuró, sin mirarme.

—Dime.

—Conduce más rápido.

***

El apartamento estaba a oscuras. Encendí solo la luz del pasillo, esa luz tenue que dejábamos siempre que ella era pequeña y le daba miedo el cuarto. Renata se quitó los zapatos en la entrada y los dejó caer al lado del perchero. El golpe de la puerta selló la noche.

—¿Quieres agua? —le pregunté, como si todavía tuviéramos que fingir entre nosotros.

—Quiero otra cosa —dijo ella, y se acercó.

Me besó en la boca con la calma de quien sabe que la noche es larga. No fue un beso urgente: fue un beso de reconocimiento. Renata sabe besar como sabe respirar. Aprendió de mí, lo cual es una herencia que no le voy a confesar nunca a nadie. Le quité el bolso del hombro, lo dejé sobre el aparador del recibidor y la guié con dos dedos en la mano hasta el dormitorio.

La luz quedó fuera. La cama, deshecha desde la mañana. Renata se subió al colchón de rodillas y se quedó esperándome con los brazos en alto, como pidiendo que yo le quitara el vestido. Lo hice despacio, levantándole la tela primero por la cintura, luego por las costillas, luego por el pelo. Cuando el vestido cayó al suelo, ella se quedó solo con un sostén negro de encaje y una tanga del mismo juego. Lo había elegido pensando en esto. Yo lo sabía. Ella sabía que yo lo sabía.

—Estás más bella que el año pasado —le dije.

—Tú también —respondió ella.

Sonreí porque era ridículo y verdadero al mismo tiempo. La empujé sobre el colchón con una mano abierta en el pecho. Renata se dejó caer, riéndose bajito. La risa se le cortó cuando empecé a besarle el cuello, justo debajo de la oreja, donde lleva un lunar pequeño que conozco de memoria. Mi barba le raspaba la piel y ella suspiró largo.

***

Le aparté el tirante del sostén con los dientes. Renata me hundió los dedos en el pelo y tiró un poco, lo justo para indicarme que bajara. Bajé. Le besé entre los pechos, en el esternón, en el ombligo. Le mordí la cadera derecha y la oí decir mi nombre por primera vez en toda la noche.

—Marcelo —no «papá»; en esta cama nunca era «papá» del todo, era las dos cosas y ninguna, era el nombre con el que su madre me llamaba cuando estábamos solos hace veinte años.

Le quité la tanga deslizándola por las piernas, despacio, mirándola a los ojos. Renata me devolvió la mirada sin pestañear. Esa capacidad de no apartar los ojos era una de las cosas que yo más temía y más amaba de ella. Me obligaba a verla, a no esconderme nunca detrás de la prisa o del deseo. Me obligaba a estar ahí, con ella, completamente despierto.

Me desnudé yo también, sin teatralidad. Renata me observó desde el colchón con la cabeza apoyada en el codo. Saqué un preservativo del cajón de la mesa de noche. Esa norma la habíamos pactado los dos hacía años, sin discutirla apenas: nada de hijos, nada de huellas, nada de complicaciones físicas que tarde o temprano alguien tuviera que explicar.

—Ven —dijo ella.

Fui.

***

Le abrí las piernas con la rodilla y entré despacio, atento a cada gesto suyo, a cada cambio en la respiración. Renata cerró los ojos al recibirme y arqueó la espalda. La conocía, sabía cuánto podía aguantar y cuánto necesitaba. La conocía mejor de lo que un padre debería conocer a una hija, y mejor de lo que un amante normal aprende en cinco años. Esa doble familiaridad era exactamente lo que no podíamos contarle a nadie y, al mismo tiempo, lo que hacía que esto no se pareciera a nada más en mi vida.

Empecé a moverme con un ritmo lento, casi torturoso. Renata me clavó las uñas en los hombros y me pidió, sin palabras, que acelerara. La complací un poco. Solo un poco. Esa noche quería extender la cosa, hacerla durar, regalársela como lo que era: un cumpleaños.

—Más, papá —susurró, y la palabra esta vez sonó distinta, sin culpa, casi orgullosa.

Me incliné sobre ella y le besé la boca mientras seguía moviéndome. Sentí cómo se le iba tensando el cuerpo, cómo los muslos me apretaban las caderas, cómo se le aceleraba el pulso bajo la palma cuando se la apoyé en el cuello. Renata venía hacia el orgasmo como quien camina hacia una orilla conocida: sin prisa pero sin pausa.

Cuando llegó, le tapé la boca con la mía para que no gritara demasiado. Los vecinos del piso de arriba eran insomnes. Sentí su gemido vibrarme dentro de la lengua, y eso fue suficiente para empujarme a mí también. Me quedé quieto sobre ella mientras el cuerpo terminaba de hacer lo suyo, con la frente apoyada en la suya.

***

Después nos quedamos en silencio un largo rato. La oí respirar. Le aparté un mechón sudoroso de la sien. La luz del pasillo, esa misma luz tenue de cuando era pequeña, le dibujaba un perfil que era ya el de una mujer, pero que conservaba algo de aquella niña que me esperaba despierta los domingos por la mañana.

—¿Te dio alguien un teléfono para mí? —preguntó, con los ojos cerrados.

—El chico del pelo peinado.

—¿Lo vas a tirar?

—Mañana.

Renata sonrió sin abrir los ojos. Apoyó la mejilla en mi pecho y se durmió en pocos minutos, con la mano sobre mi corazón, como si necesitara comprobar que seguía latiendo. Lo seguía. Lo seguía a un ritmo que ella no podía medir, pero que yo sí. Un ritmo que no pertenecía a ningún manual, a ningún libro de reglas, a ninguna familia que se llamara a sí misma normal.

La abracé. Pensé en lo que vendría: el desayuno, los regalos atrasados, la llamada de su tía preguntando cómo había estado la fiesta. Pensé en el chico del bar y en su servilleta arrugada. Pensé en que nunca podríamos vivir esto a la luz, y en que justamente por eso lo cuidábamos como se cuida una vela en una cueva: con las dos manos, sin respirar fuerte.

Renata cumplía veinticuatro. Llevábamos seis años así, desde aquella noche extraña en la que ella vino a mi cuarto a contarme que había roto con su primer novio y se quedó hasta el amanecer sin moverse. Seis años de cumpleaños como este. Seis años de servilletas tiradas a la basura.

Me dormí con su pelo en la cara, sin saber qué hora era, sabiendo que la mañana llegaría y nos encontraría a los dos en el lado correcto del secreto.

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Comentarios (5)

NicolasT87

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Rulo_cba

Por favor seguí contando, me quede con ganas de saber como sigue todo

NoraCba_lect

Lo lei dos veces. Tiene algo que te atrapa desde el principio, no es facil escribir con esa tension.

LucianoP_BA

Esto es ficcion o le paso de verdad? pregunto en serio jaja

Rodolfo_BA

El detalle de las 3 de la madrugada... eso lo hace muy creible. Buenisimo.

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