La noche que mi madre me dejó entrar en su mundo
Crucé el salón con el pulso golpeándome en la garganta. Llevaba meses imaginando ese momento, ensayándolo en mi cabeza, y ahora que lo tenía delante apenas me reconocía. Mi madre estaba en el centro, rodeada de hombres, y al verme entrar levantó la vista con una mezcla de sorpresa y advertencia.
—Tranquila, mamá —dije, fingiendo una seguridad que no sentía del todo—. He venido a demostrarte que ya no soy una niña.
Me arrodillé junto a ella antes de que pudiera responder. Tomé a uno de los hombres por la cadera, lo atraje hacia mí y me lo metí en la boca sin titubear. Chupé unos segundos mientras buscaba otra polla con la mano libre y empezaba a acariciarla. Cuando lo solté, miré a mi madre directamente a los ojos.
—Me encanta hacer esto —le dije—. No sé vivir sin ello.
El gesto serio de mi madre se ablandó. Fue solo un instante, una grieta en su severidad, pero la vi. Dos de los tipos se masturbaban observándome. Yo seguía con la boca ocupada, alternando entre una y otra, y entonces me atreví a pedir más.
—Que alguno me coma el coño. Lo tengo empapado.
Uno de ellos se deslizó por el suelo hasta colocar su cabeza bajo mi entrepierna. Relajé las rodillas y dejé caer el peso hacia atrás hasta sentir su cara contra mí. Su lengua encontró el clítoris y sus manos me sujetaron las nalgas. Los tirantes del vestido ya habían cedido y mis pechos quedaron al aire. Las manos de los demás los buscaron de inmediato. Yo no soltaba las dos pollas que tenía delante, y mi madre no me quitaba los ojos de encima.
—Veo que sabes lo que haces —dijo al fin.
—Claro que sí —contesté—. Soy igual que tú. De tal palo, tal astilla. —Bajé la vista hacia el que me lamía—. ¿Te gusta mi coño?
—Sí —balbuceó él con la cara atrapada entre mis muslos.
—Pues fóllame.
Me incorporé y, aprovechando que él seguía tumbado boca arriba, me senté a horcajadas sobre su polla y la hundí en mí de una sola vez. El placer me arrancó un gemido que no tuve que fingir. Empecé a moverme sobre él mientras seguía atendiendo a los otros dos con la boca. Tienes que convencerla. Tiene que creer que esto te corre por las venas.
***
Apenas alcanzaba a ver a mi hermana en el otro extremo del salón. Haciendo un escorzo, distinguí que la tenían doblemente penetrada mientras se comía una tercera polla. Justo como a ella le gustaba. Mi madre, entretanto, le hacía una felación a otro de los hombres con una calma que me dejó sin aire.
Me fijé en la manera en que lo hacía. Sus dedos rozaban apenas la base, su boca lo engullía sin prisa, y los ojos le brillaban con un morbo tranquilo, casi orgulloso, de verme a mí y a mi hermana entregadas. Cuando lo soltaba, un hilo de saliva descendía despacio desde sus labios. Aquello no era talento. Era oficio. Una elegancia que yo solo podía imitar a golpe de instinto.
Entendí entonces que tenía que darlo todo. Que cada cosa que mi madre hacía con maestría yo la estaba improvisando, y que la diferencia se notaba.
—¿Quién me da por el culo? —pregunté a los dos que tenía delante.
Uno se ofreció enseguida. Como yo seguía montada sobre el primero, solo tuve que inclinar el cuerpo hacia adelante para dejarle el camino libre. Sentí cómo me abría despacio, sin sacarme la otra polla del coño. El doble llenado me cortó la respiración.
—Despacio —pedí, y enseguida cambié de idea—. No. Con fuerza.
Mi madre observaba alucinada las cosas que decía, y eso me animaba más que cualquier caricia. Estaba a punto de correrme y no quería. Todavía no. Apreté los dientes y aguanté.
—Vaya pieza estás hecha, cariño —me dijo ella—. Qué calladito te lo tenías. ¿Tú sabías algo, Noelia?
Mi hermana se sacó una polla de la boca el tiempo justo para contestar.
—¿Quién crees que la ha enseñado?
—Las dos somos como tú, mamá —añadí.
—No sabes cuánto me gusta oírte decir eso.
Y sin proponérmelo, los comentarios más obscenos se me iban ocurriendo solos, como si llevaran años esperando salir.
***
—¿En serio sois madre e hija? —preguntó el que se follaba a mi madre. Era evidente que hasta ese momento había pensado que todo era un número fingido.
—¿Lo dudas? —respondió ella sin inmutarse—. ¿No ves el parecido?
Algo se me ocurrió entonces, una idea que me encendió por dentro.
—¿Alguna vez habéis visto a una hija comerle el coño a su madre? —pregunté.
—No —contestaron varios a la vez.
—Pues miradlo.
Me deshice de las dos pollas que me ensartaban y aparté con suavidad al tipo que estaba entre las piernas de mi madre. Antes solo había probado el sexo de otra mujer una vez, el de mi hermana, y me había gustado. El de mi madre se me antojó todavía más prohibido. Me arrodillé entre sus muslos y hundí la cara en ella.
—Qué bien lo haces, hija —jadeó—. ¿Te gusta?
—Está riquísimo —dije, y lo pensaba de verdad.
Miré a los hombres. Estaban paralizados, mirándonos como si no pudieran creer lo que veían.
—No os quedéis quietos —ordené—. Llenad los agujeros que tengamos libres.
Uno me penetró por detrás de inmediato. Dos se acercaron a la cara de mi madre, y ella tomó una polla con la mano mientras se metía la otra en la boca. Mi hermana seguía a lo suyo, jadeando entre tres hombres. Yo me concentré en el cuerpo de mi madre, en su textura, en su sabor, mientras me dejaba follar.
—Hablamos lo que nos dé la gana —cortó mi madre de pronto, seria, cuando uno de los tipos protestó por nuestra cháchara—. O si no, todos a la calle. Aquí se viene a follar, y dudo que ninguno tenga queja.
—¡Es verdad! —apoyó otro—. Que digan lo que quieran.
Aquellos pequeños roces no hacían más que avivarme. Me sentía protegida por ella, respaldada, como si por primera vez jugáramos en el mismo equipo.
***
Supuse que aquellos hombres venían cargados de alcohol, porque con todo lo que llevábamos encima era extraño que ninguno se hubiese corrido aún. Fue entonces cuando mi madre tomó las riendas.
—Vamos a hacer un circuito —anunció, poniéndose de pie.
—¿Un qué? —preguntó uno.
—Es la única manera de que todos disfrutéis de las tres —explicó—. Vais a correros y todavía no hemos follado todos con todas. Que uno se tumbe boca arriba en el centro.
Uno obedeció. Mi madre se sentó sobre él, metiéndoselo por detrás, y echó el cuerpo hacia atrás abriendo bien las piernas. Luego nos llamó.
—Noelia, Marina, poneos a cuatro patas, una a cada lado de mí. —Cuando obedecimos, siguió—: Ahora vosotros repartíos los agujeros libres y vais rotando cada poco. Así todos pasáis por todas.
El plan funcionó. Mi hermana y yo atendíamos una polla cada una con la boca mientras nos follaban por detrás, y dos de ellos se turnaban entre el coño y el culo de mi madre. Cada cierto tiempo rotaban en orden, contrario a las agujas del reloj, de modo que la polla que salía de mi coño acababa después en mi boca, y la que dejaba a mi hermana pasaba a mi madre. El único que no se movía era el que estaba debajo de ella, y por la cara que tenía no parecía querer hacerlo.
—Esto del circuito es una idea cojonuda —exclamó uno.
—Ya os dije que Raquel es la mejor —dijo el que aparentaba más edad—. No hay otra como ella en toda la ciudad.
Aquel hombre la conocía de antes. Mi hermana me había contado que mi madre tenía clientes desde hacía más de una década y que siempre volvían. Hasta ese momento no había dicho su nombre: se llama Raquel, aunque todos la llaman así, sin más, como a una vieja amiga.
Las rotaciones se hicieron cada vez más rápidas. Las pollas no aguantaban ni medio minuto en cada uno de nuestros agujeros. Recibí una y otra alternándose entre el culo y el coño, siempre con la boca llena. La postura a cuatro patas era cómoda y la situación, devastadora. Sentí cómo se acercaba el orgasmo que llevaba aplazando un buen rato.
***
Levanté la cabeza sin soltar la polla que chupaba y miré a mi madre. Allí estaba, con los tres agujeros ocupados, manteniendo la calma como si tal cosa. Yo, en su lugar, me habría corrido tres veces. Justo entonces una nueva rotación me llevó otra polla al coño y el placer me venció.
Traté de disimularlo con todas mis fuerzas. No me importaba lo que pensaran los demás; lo que no quería era que mi madre lo notara y descubriera que aún estaba verde. Cerré los ojos y apreté los labios alrededor de la polla que tenía en la boca para que ni un gemido me delatara. Las piernas me temblaban. Aun así, ella lo advirtió.
—Eso es, mi niña —dijo con dulzura—. Córrete. Goza.
—Córrete, que se note —añadió el que me follaba, acelerando el ritmo.
Cuando rotaron, recibí en la boca la misma polla que acababa de hacerme correr, pringosa de mis propios flujos. Estaba mareada, sin fuerzas, y supe que aquel era un momento delicado: si me venía abajo, estropearía todo el número. Entonces alguien me penetró el culo de golpe, seco, y fue como una descarga. Me recuperé de inmediato y el circuito siguió su curso.
A partir de ahí ya no tuve que contener nada. Pude dejarme llevar, con cuidado de no volver a correrme demasiado pronto. No hizo falta esperar mucho.
—¡Me corro! —anunció el que me daba por detrás, sacándomela.
—En mi cara —pedí, soltando la polla que chupaba—. Quiero verlo.
El primer chorro me cruzó la mejilla, el segundo me alcanzó la barbilla y el tercero, más débil, cayó dentro de mi boca abierta. Recogí con los dedos lo que se esparcía por mi piel.
—Veo que sabes apreciar una buena corrida —dijo mi madre—. Esta es mi hija. Ahora límpiale la polla con la boca. Déjala como nueva.
Obedecí. Me esmeré hasta dejarla impecable mientras él se desplomaba en el sofá.
***
Uno tras otro fueron cayendo. El que mi hermana tenía entre las manos se corrió gritando como un poseso. El que mi madre chupaba se le vació directamente en la garganta, y ella tragó sin sacárselo, succionando la punta con una destreza que me dio envidia. Yo me aferré a la polla que me había tocado y aceleré, jugando con sus testículos, hasta que estalló entre mis labios. Estuve a punto de atragantarme, pero logré sobreponerme y tragué varias veces, saboreando aquel calor pastoso.
—Uno menos —anuncié.
—Ocúpate de este —me ofreció mi madre, pasándome una de las dos pollas que aún atendía—. Mientras yo viva, nunca te faltará una polla que llevarte a la boca. Te lo prometo.
—Qué buena eres, mamá —dije, volviendo a la tarea.
Los hombres que ya se habían vaciado reían desde el sofá, vistiéndose despacio, alabando nuestras habilidades. Quedaban pocos en pie. Mi madre se puso a cuatro patas y uno empezó a sodomizarla con una energía que me dejó admirada: llevaba casi una hora follando con las tres y todavía aguantaba. Sus embestidas hacían temblar todo su cuerpo.
—Vamos, ¿no decías que ibas a romperme el culo? —lo retaba ella entre risas.
—Qué mujer eres —jadeó él, acelerando, hasta que se corrió dentro con un alarido y se retiró con los demás.
***
Pensé que aquello había terminado, pero mi madre tenía una última carta.
—Venid, hijas. Acercaos. —Fuimos hacia ella—. ¿Queréis más?
—¿Más qué? —pregunté, sin entender. Todos se habían vaciado ya.
Mi hermana, en cambio, sonrió con complicidad.
—Tengo la última corrida retenida —explicó mi madre, manteniendo el culo en alto—. Puedo dejar que se pierda, o podéis serviros directamente.
No había terminado de decirlo cuando mi hermana ya estaba detrás de ella. La miré con una admiración nueva. Comprendí por fin lo que significaba ser tan buena en aquello. No se trataba solo de abrirse de piernas. Se trataba de mantener la tensión de principio a fin, de la postura, del gesto exacto, de la palabra justa en el momento justo. Mi hermana me lo había advertido, y mi madre era la prueba viva. Hasta cuando todo parecía acabado, se inventaba una última manera de complacer.
—Ven, Marina —me dijo mi hermana—. Mira esto.
Me acerqué. Mi madre mantenía el ano ligeramente hacia arriba para que la gravedad no la traicionara.
—Vamos, no dejéis que se enfríe —se rio.
Acerqué la lengua y di el primer lametón. Luego lo hizo mi hermana. Nos miramos mientras saboreábamos aquella mezcla de calor, sudor y deseo, y supe que después de esa noche mi madre nunca volvería a mirarme como a la pequeña de la casa.