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Relatos Ardientes

Quince horas de vuelo a solas con mi madre

Mariela era una mujer divorciada que rondaba los cuarenta y que había aprendido a llevar la soltería como quien lleva un buen abrigo: con seguridad y sin disculparse. Aquella noche viajaba con Tobías, su único hijo, en un vuelo que cruzaba medio mundo rumbo a Asia. Quince horas encerrados en una cabina a oscuras, con apenas un pasillo de por medio entre el aburrimiento y la incomodidad.

Difícil sobrellevar un trayecto tan largo para un chico al que se le iban los ojos detrás de cada falda. Y más difícil todavía cuando la mujer del asiento contiguo era su propia madre, que tenía las piernas más bonitas de la cabina y un cuerpo que no pasaba desapercibido para nadie.

—Óyeme, no seas tan grosero —susurró Mariela, dándole un codazo—. Yo no te crie así.

—¿De qué hablas, mamá? —contestó él, haciéndose el inocente.

—Le estás mirando el trasero a la azafata. Y lo peor es que ni siquiera disimulas. Tenme un poco de respeto.

—¿A ti en qué te falto el respeto? No te la estoy mirando a ti. Además, está todo oscuro, casi no se ve nada.

—Sería el colmo que me lo miraras a mí —resopló ella—. Pero soy mujer, igual que ella, y esas cosas nos molestan.

—Tampoco hay tanta diferencia entre las dos —dijo Tobías, clavando otra vez la mirada en el pasillo.

Mariela lo observó un instante, entre divertida y escandalizada. La azafata se alejaba acomodando almohadas, y el uniforme entallado dibujaba cada curva bajo la luz tenue de los compartimentos.

—¿Cómo que no hay diferencia? Ella es jovencita. Ya quisiera yo tenerlo así de firme.

—Yo los veo del mismo tamaño —respondió él, mordiéndose el labio.

—¡Grosero! —ella volvió a golpearle el brazo, pero se estaba riendo.

—¿Qué? ¿No querías que te hablara con la verdad?

—Una cosa es la verdad y otra andarle midiendo el culo a tu madre. Eso no es muy normal que digamos.

—Sí lo es —insistió Tobías—. Conozco por lo menos a dos que lo hacen.

—A ver, dímelos. Me intriga saber quién está tan mal de la cabeza.

—Mi amigo Damián. Él fue el que me dijo un día que su madre tenía un cuerpazo. Que se la imaginaba siempre de cierta manera.

—¿En serio? Con lo tranquilo y educado que parece. —Mariela negó con la cabeza, sin poder contener una sonrisa—. Mira que están enfermitos los chicos de hoy.

—Pero bien que me entendiste, ¿verdad?

—Yo también fui joven —dijo ella, y al instante se arrepintió de haberlo dicho.

—¿No te molesta que nos hablemos así, sin filtros? Por eso nos llevamos tan bien.

Mariela lo miró de reojo. Tenía razón en algo: prefería mil veces que su hijo soltara esas cosas con ella que con extraños o en internet. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y dejó escapar un suspiro.

—Supongo que sí. Mejor conmigo que con malas compañías.

—¿Sabes qué más me dijo Damián? —Tobías miraba por la ventanilla, como si las palabras le pesaran menos así—. Que tú tienes mejor figura que su madre.

—¡Óyeme! —ella le pegó de nuevo, esta vez más flojo.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó la azafata, que pasaba justo en ese momento.

—Todo perfecto, gracias —contestó Mariela, recomponiéndose al instante.

—¿Necesitan algo más?

—No, muy amable —dijo ella.

—¡Yo sí! —llamó un pasajero desde las filas de adelante.

***

La azafata se acercó a las butacas delanteras. Para escuchar mejor al hombre, se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el reposacabezas, y la postura tensó la tela de su falda hasta dibujar cada línea de su cuerpo bajo las luces de emergencia del pasillo.

—Deja de mirarla —le susurró Mariela a su hijo, aunque ella misma no apartaba la vista.

—¿Ya viste cómo se le marca todo? —murmuró Tobías.

—Uff. Ahora entiendo por qué te tiene tan distraído. —Soltó una risita baja, cómplice—. Pero la verdad, hijo, creo que yo no le tengo nada que envidiar.

—¿Tú crees? —él la miró sorprendido por el giro de la conversación.

—¿Quién gana, según tú? —preguntó ella, ladeando la cabeza con una sonrisa pícara—. ¿Ella o yo? Tú dijiste algo muy cierto: mejor hablarlo conmigo.

—Mamá, ¿no que no querías hablar de esto?

—Cambié de opinión. Tengo curiosidad. Anda, sé sincero.

Tobías tragó saliva. La penumbra de la cabina volvía todo más íntimo, como si el resto de los pasajeros dormidos no existieran.

—Pues la verdad, mamá, yo creo que tú le ganas. Tú tienes más cadera, y eso le da más volumen a... bueno, ya sabes.

—No te cortes —ella se acercó un poco, bajando la voz—. Ya me lo estás diciendo. Tienes confianza con tu madre, ¿no?

—Es que me da pena ser tan vulgar.

—Para nada, mi amor. Dime las cosas como las piensas. Te desahogas, y quién mejor que yo para escucharte.

—Que tengas más cadera te hace tener mejor trasero. Mucho mejor.

—¿En serio te parece? —preguntó ella, y un rubor le subió por el cuello que ya no tenía que ver con el bochorno—. ¿Más que el de la azafata?

—Mucho más. Y eso que ella tiene lo suyo.

—No me digas que te excita hablar así con tu madre —dijo Mariela, mirándolo fijo.

—No soy de piedra, mamá. ¿Te molesta?

Ella se quedó callada unos segundos. Afuera, la noche era una mancha negra sin estrellas. Adentro, solo el zumbido sordo de las turbinas y su propio corazón, que de pronto latía más fuerte de lo que quería admitir.

—No, cielo. No me molesta. Eres un hombre, tienes necesidades, y ya estás en edad de resolverlas. Si tu madre puede echarte una mano, no tengo problema.

—Me estás poniendo muy... —empezó él, sin terminar la frase.

—¿Muy cómo? —preguntó ella en voz muy baja, casi al oído.

***

Mariela miró alrededor. Las filas vecinas iban vacías, los pasajeros de atrás roncaban bajo sus mantas y los de adelante tenían las luces apagadas. Una idea peligrosa se le cruzó por la cabeza y, en lugar de espantarla, la acarició.

—Toma —le dijo, tendiéndole su abrigo—. Ponte esto encima de las piernas.

—¿Para qué?

—Tú hazme caso. Y ahora desabróchate, despacio, que nadie nos ve.

—Mamá, estás loca. ¿Cómo se te ocurre?

—Tu madre tampoco es de piedra, mi amor —susurró ella, y había algo nuevo en su voz, una determinación grave—. Hazlo antes de que me arrepienta.

Tobías obedeció. Bajó el cierre del pantalón bajo el manto de tela, con el pulso disparado, mientras su madre vigilaba el pasillo con una calma que lo desconcertaba.

—¿Y ahora? —preguntó él.

—Ahora aprovecha lo que va a pasar. Tú solo mira.

Mariela pulsó el botón de llamada. La azafata apareció en cuestión de segundos.

—¿En qué le puedo ayudar?

Mariela se incorporó y dio un paso hacia el pasillo, obligando con su cuerpo a que la azafata girara y le diera la espalda a Tobías. Luego le lanzó a su hijo una mirada que lo decía todo: ahora.

—Verá, estoy recién operada de la rodilla —improvisó Mariela— y llevo demasiadas horas sentada. ¿Tendrían algún analgésico?

Mientras tanto, oculto bajo el abrigo, Tobías empezó a tocarse, con la azafata a apenas un palmo de distancia, el uniforme tenso sobre cada curva.

—Claro, pero no puede quedarse de pie aquí. Tome asiento y le traigo algo enseguida.

—No, espere —Mariela la sujetó suavemente del brazo—. Déjeme estirar un poco la pierna. Solo unos segundos.

—Señora, no podemos estar paradas en medio del pasillo, nos llaman la atención a las dos.

Mariela sonrió por dentro al notar el movimiento rítmico bajo la tela, junto a ella. Entonces fingió un calambre y se dobló sobre una rodilla, simulando un quejido. La azafata cayó en la trampa: se agachó para socorrerla, y al hacerlo le ofreció a Tobías la vista completa que él esperaba.

—Señora, levántese, que va a lastimarse más —insistía la azafata, todavía inclinada.

—Un poquito más, por favor, ya casi se me pasa.

Unos segundos después, Mariela se enderezó como si nada.

—Listo, ya estoy mejor. Solo necesitaba estirar, disculpe.

—De acuerdo. Vuelva a su asiento, por favor.

La azafata se alejó por el pasillo. Mariela se dejó caer de nuevo en su butaca y giró la cabeza hacia su hijo.

—¿Y bien? ¿Terminaste?

—Sí, mamá. Eres la mejor del mundo —jadeó él, todavía recuperando el aliento—. Lo único es que te manché el abrigo.

—No pasa nada, se lava y ya. —Pero al levantar la tela, abrió los ojos—. Dios, Tobías. Cuánto. Pareces un crío que llevaba meses aguantando.

—Tú tuviste la culpa —dijo él, sonriendo.

—Aprovecha que es de noche y todo está oscuro. Duerme un rato, anda.

—No quiero dormir —respondió Tobías, y la miró con una intención que la hizo enderezarse—. Quiero devolverte el favor.

—¿A mí? No se puede, hijo. ¿A qué te refieres?

—¿Nunca fuiste al cine con falda, mamá?

Mariela abrió la boca, atónita por lo que él insinuaba.

—No, hijo, ni se te ocurra. ¿Cómo le vas a hacer eso a tu madre?

—Es normal que estés excitada. ¿Lo estás?

—Pues sí, no soy de piedra —admitió ella en un susurro—, pero esto es una locura. No puedo dejar que me toques.

—Hagamos algo. Treinta segundos. Si no te gusta, paro y no se habla nunca más del tema. ¿De acuerdo?

—Ay, hijo, las cosas que me pides... —ella miró otra vez el pasillo en penumbra—. No sé.

—Treinta segundos. Nadie nos verá. No hay nadie al lado, los de atrás duermen y los de adelante tienen todo apagado.

Mariela buscó una grieta en la lógica de su hijo y no la encontró. La oscuridad lo cubría todo. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y, contra cada voz de su cabeza, cedió.

—Treinta segundos, mi amor. Ni uno más.

***

Tobías se deslizó al hueco frente a las rodillas de su madre. Le separó las piernas con cuidado y se escondió bajo la falda, hasta que ella sintió la primera caricia de su lengua y tuvo que morderse el puño para no hacer ruido.

—Con la mano, hijo, con la ma... ay, Dios —balbuceó, y la frase se le deshizo en un gemido ahogado.

Hacía años que nadie la tocaba así. La sensación la tomó por sorpresa, y se aferró al apoyabrazos mientras su hijo trabajaba despacio, paciente, atento a cada estremecimiento.

—Qué rico, mi amor —susurró ella, hundiendo los dedos en el cabello de Tobías—. Hacía tanto tiempo.

Los treinta segundos pasaron y ninguno los contó. Tobías subió una mano y empezó a acariciarla por dentro, y Mariela se mordió los labios al ritmo de las turbinas, conteniendo en la garganta todo lo que quería gritar.

—Necesito... necesito más —jadeó ella, ya entregada.

—Señora, no se retuerza tanto, que la van a ver. Y no tendrá la suerte de ser yo quien la encuentre.

La voz la heló. Mariela abrió los ojos de par en par: la azafata estaba de pie junto a la fila, observándolos, con el vaso de agua y el analgésico todavía en la mano.

—Yo... lo siento, no sé qué decir —tartamudeó Mariela, tapándose la boca, mientras Tobías se quedaba inmóvil bajo la falda, paralizado por la vergüenza.

—Le traía su pastilla, pero veo que encontró una forma mejor de matar las horas —dijo la azafata, sin un ápice de reproche. Más bien parecía divertida—. No se preocupe. Agradezca que fui yo. Son muchas horas de vuelo, y con un acompañante tan guapo, cualquiera entiende.

—En realidad —Mariela bajó la mirada— es mi hijo.

La azafata arqueó las cejas, y por un segundo el silencio fue absoluto.

—Vaya. Pensé que era una compañía de ocasión. —Se acercó un paso, bajando la voz hasta volverla un secreto—. ¿Me pide que guarde el secreto?

—¿Cuánto quiere? —preguntó Mariela, tensa.

—No quiero dinero. Quiero mirar. Nunca pensé que algo así pudiera pasar de verdad, y no me lo voy a perder.

Mariela miró a su hijo, todavía agachado a sus pies, y luego a la mujer del uniforme que los observaba con los ojos brillantes. Algo se rompió dentro de ella, alguna última frontera, y lo que quedó fue puro deseo.

—De acuerdo —dijo en voz baja—. Si es lo que quiere, mire.

—Continúa con lo que le hacías a tu mamá —ordenó la azafata, y se apoyó en el respaldo de la fila, sin perder detalle.

Tobías volvió a hundirse bajo la falda, y Mariela dejó caer la cabeza hacia atrás, mordiéndose el dorso de la mano para sofocar los gemidos.

—¿Le gusta cómo lo hace su hijo? —preguntó la azafata, casi en un ronroneo.

—Me fascina —confesó ella, temblando.

—Llévenselo al baño del fondo —dijo entonces la azafata—. Yo vigilo la puerta. Aquí los van a descubrir, y no todos serán tan comprensivos como yo.

Los tres se levantaron en silencio y caminaron hasta el estrecho lavabo del final de la cabina. La azafata abrió la puerta plegable, los hizo pasar y se quedó montando guardia afuera.

—Cuando ya casi termines —les dijo en voz baja—, golpea la puerta. Quiero ver el final. Pero rápido, que el espacio es mínimo.

***

El cubículo apenas tenía sitio para dos. Mariela se apoyó en el pequeño lavabo, frente al espejo empañado, y se subió la falda sin necesidad de que se lo pidieran. Por debajo asomó un encaje rojo que ella había elegido esa mañana sin saber para qué.

—Qué bonita ropa, mamá —murmuró Tobías a su espalda—. Déjatela puesta.

—Lo que tú me pidas, mi amor —respondió ella, mirándolo a los ojos a través del reflejo.

Él la sujetó por las caderas, pegado a su cuerpo, y Mariela cerró los ojos al sentir el peso firme de su hijo contra ella. El espejo les devolvía una imagen prohibida que ninguno de los dos se atrevió a mirar demasiado tiempo.

—Despacio —pidió ella, y luego, cuando él la acercó del todo, ahogó un gemido contra su propio antebrazo—. Así, mi amor. Despacio.

El motor del avión cubría los sonidos. Mariela se movía contra él, atenta al ruido del pasillo, mientras Tobías la abrazaba por la cintura y hundía la cara en su cuello.

—Eres lo más bonito que he visto nunca, mamá —jadeó él.

—Calla y disfruta a tu madre —respondió ella, con la voz quebrada de placer.

Cuando sintió que él estaba cerca, Mariela estiró un brazo y golpeó la puerta plegable. La azafata se coló dentro al instante, apretándose en el poco espacio que quedaba, con la respiración agitada y la mirada encendida.

—No puedo creer lo que estoy viendo —susurró, apoyada contra la pared—. Sigan, no paren por mí.

—¿Le gusta mirar? —preguntó Mariela entre jadeos.

—Muchísimo —dijo la azafata, sin apartar los ojos—. Termina, anda. Quiero verlo.

—No adentro —alcanzó a decir Mariela—. Por favor, hoy no.

—Tengo una pastilla en el bolso, se la regalo —prometió la azafata, con la voz tomada—. Pero déjame verlo. Solo eso.

Mariela cerró los ojos, rendida, y asintió.

—Está bien, mi amor —le dijo a su hijo—. Hazlo.

Tobías la apretó contra él una última vez y terminó con un gemido sordo que se perdió en el zumbido de las turbinas. Mariela sintió el calor recorrerla y se mordió el labio hasta hacerse daño, mientras la azafata, hincada en el rincón, miraba sin pestañear, los labios entreabiertos.

—Hermoso —murmuró la mujer del uniforme—. Sencillamente hermoso.

***

Unos minutos después, los tres salieron del baño con la naturalidad de quien viene de lavarse las manos. Mariela y Tobías volvieron a sus asientos. La azafata regresó a su puesto y, al cabo de un rato, se inclinó otra vez sobre el oído de Mariela.

—Señora, ¿qué cree? —dijo, con una sonrisa traviesa.

—¿Qué pasa? —preguntó Mariela, alarmada.

—Que busqué en mi bolso —susurró la azafata, conteniendo la risa— y no encontré la pastilla.

Mariela se quedó mirando la oscuridad de la ventanilla. Faltaban todavía muchas horas para aterrizar, y por primera vez en todo el viaje, no le pareció que fueran demasiadas.

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Comentarios (6)

Maxi_Rojo

increible como lo narraste, se me hizo cortisimo!!

ViajeraOscura

Quince horas que se hacen eternas y a la vez insuficientes... necesito una segunda parte si o si

ElViajero_ok

me recordo a un vuelo largo que tuve hace años, esa intimidad forzada que te hace hablar de cosas que nunca darias a solas en tierra firme. Muy bien llevado

SorprendidaRR

tremendo final!! no me lo esperaba para nada, me dejo con la boca abierta

roman_cba

buenisimo relato, sigan asi

CarmelaSJ

como se te ocurrio usar el vuelo como escenario? el contexto es genial, ese encierro le da una tension que no tiene vuelta atras

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