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Relatos Ardientes

Mi fin de semana de sumisión fue para el hombre equivocado

Carla llevaba toda la semana pensando en el viernes. No en el viernes de salir, ni en el de descansar, sino en el otro: el que había estado planeando en silencio con Marcos, su pareja y su amo desde hacía tres años. Quería un fin de semana entero de sumisión, sin tregua y sin red. Más duro que cualquiera de los anteriores.

La idea le crecía dentro desde hacía días. La sentía en el estómago cuando se despertaba, en la nuca cuando trabajaba, entre las piernas cada vez que se quedaba quieta demasiado tiempo. No quería esperar al viernes para empezar a disfrutarlo. Quería que la anticipación la fuera consumiendo desde ya. El coño se le humedecía en el trabajo con solo imaginar la mordaza empapada en la boca, las cuerdas apretándole las muñecas hasta dejarle marca, la polla de Marcos entrándole hasta el fondo mientras ella no podía ni gemir.

Era miércoles. Faltaban dos días. Dos días eran una eternidad cuando el cuerpo pedía a gritos lo que la cabeza ya había decidido. Carla se conocía: si no soltaba aquello ahora, se le iría agriando hasta convertirse en una de esas fantasías que se quedan dentro y nunca llegan a pronunciarse.

Llevaba tres años con Marcos, y en ese tiempo había aprendido que pedir era la mitad del placer. Que escribir cada deseo, con sus palabras exactas, sin maquillar nada, era ya una forma de entregarse. Él se lo había enseñado despacio, sesión a sesión, hasta que ella perdió la vergüenza de nombrar lo que quería. La había obligado a decir «polla» en voz alta antes de dejar que se la mamara. La había obligado a suplicar «fóllame el coño, amo, fóllamelo hasta reventarlo» antes de metérsela por primera vez cada noche. Ahora las palabras sucias le brotaban con la misma naturalidad que la saliva.

Así que esa tarde, sola en su apartamento, con las cortinas a medio cerrar y el teléfono caliente en la mano, abrió el chat y empezó a escribir.

—Hola, Marcos. Este fin de semana necesito que seas más duro que nunca con tu puta. Más de lo que has sido jamás. Quiero renunciar a mi palabra de seguridad y que lleves mis límites a un sitio del que no sepa volver.

Esperó. Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron un par de veces. Luego nada.

Carla sonrió. Le gustaba ese silencio. Lo interpretó como una invitación, como esa pausa que él dejaba siempre antes de ordenarle algo. Se pasó la mano por encima de la falda, sin apretar, notando cómo la tela ya se le pegaba a la humedad.

—Mi amo quiere que sea explícita, ¿verdad? —escribió—. Entonces lo seré. Voy a describirte con detalle lo que necesita esta zorra tuya. Sin filtros. Sin bajarme del sitio.

Y se dejó ir.

—Quiero que me ates de pies y manos, abierta de piernas, con el coño expuesto y el culo también, y me azotes hasta que pierda la cuenta. Con la mano, con la fusta, con el cinturón, con lo que se te antoje. Quiero las nalgas rojas, hinchadas, ardiéndome durante días. Quiero la mordaza empapada en mi propia saliva, y encima la máscara que solo deja libre la boca, para que la única cosa útil de mí sea el agujero por el que respiro. Quiero auriculares a todo volumen con tu voz grabada, humillándome, degradándome, repitiéndome durante horas que soy una perra, una puta, una cerda, y para qué sirve cada uno de mis agujeros.

Las palabras le salían solas, como si llevara semanas redactándolas en la cabeza. Sentía el pulso latiendo en el clítoris, tan fuerte que le costaba concentrarse en la pantalla.

—Quiero que me ordenes lamerte de rodillas todo el tiempo que se te antoje: los pies, entre los dedos, las axilas, la espalda, el ojo del culo. Quiero mamarte la polla hasta que se me caiga la mandíbula y las lágrimas me nublen la vista. Quiero que me la metas hasta la garganta y me tapes la nariz para que aprenda a tragar. Quiero que me escupas en la boca y que trague. Quiero la rueda de pinchos recorriéndome los pezones, el vientre, la cara interna de los muslos, los labios del coño, sin que yo pueda moverme ni un milímetro.

Hizo una pausa, releyó, y siguió. Cada frase que añadía la dejaba más al descubierto, y eso era justo lo que buscaba: ir cavando un pozo del que después no pudiera salir. Se subió la falda y se metió dos dedos por debajo de las bragas. Estaba empapada. El coño le chorreaba de solo escribirlo, un hilo caliente le mojaba ya la cara interna del muslo.

—Quiero cera caliente cayéndome gota a gota sobre las tetas y el clítoris, y después hielo, para que no sepa nunca qué viene después. Pinzas en los pezones tirando hacia abajo con peso. Pinzas en los labios del coño, abriéndomelo como una flor. Crema mentolada por dentro, donde más arda, hasta que grite. Quiero que me hagas edging durante horas, que me lleves al borde de correrme una y otra vez y me dejes suplicando, con el coño hinchado y el clítoris a punto de reventar, sin dejarme acabar. Quiero que lo filmes todo, cada gesto, cada lágrima, cada vez que me corra sin permiso y me castigues por ello, para que después yo misma me vea y no pueda negar lo que soy.

Tenía la respiración acelerada. Notaba el pulso en las sienes, en los pezones, en el coño. Nunca había puesto en palabras todo aquello de golpe, y verlo escrito, ahí, listo para enviar, la excitaba más que cualquier caricia. Se sacó los dedos empapados y los miró un segundo, brillantes, antes de volver a hundirlos.

—Quiero role play —continuó, tecleando con una sola mano—. Interrogatorio. Prisionera. Que finjas que me tienes encerrada en un sótano y que dependo de ti para todo: cuándo como, cuándo bebo, cuándo meo, cuándo duermo, cuándo me corro. Que me hagas comer de un plato en el suelo. Que me obligues a masturbarme delante de ti a la hora que te dé la gana, y a parar cuando te dé la gana. Que me amenaces con cosas que sé que nunca harías, solo para sentir el miedo de verdad. Que me pasees con un collar como si fuera tuya, porque lo soy. Que me llames «perra», «cerda», «puta», «agujero», y que me obligues a responder a cada nombre.

Se mordió el labio. Faltaba lo último, lo que llevaba semanas sin atreverse a pedir. Sacó los dedos, se los limpió en la falda y volvió al teclado.

—Y quiero que tu padre participe de todo eso. De todo lo que se te ocurra y de todo lo que se le ocurra a él. Que me use la boca mientras tú me follas el coño. Que me follen los dos agujeros a la vez, uno en el culo, otro en el coño, hasta que no distinga de quién es cada polla. Que se corran dentro los dos, uno detrás del otro, y me obliguen a mantener el semen dentro sin dejar caer una gota. Que me escupan a la cara, que me abofeteen las tetas, que me traten como el trapo que soy. Este fin de semana no quiero ser una persona. Quiero ser tu cosa y la suya. Un agujero con nombre para vosotros dos. Hazlo. Por favor, amo. Fóllame con tu padre hasta que ya no sepa ni cómo me llamo.

Pulsó enviar antes de pensarlo dos veces.

El mensaje se quedó ahí, en la pantalla, con su doble tilde gris. Carla soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Se sentía expuesta y poderosa al mismo tiempo, esa mezcla exacta que solo Marcos sabía provocarle. Tenía las bragas pegadas al coño, empapadas hasta el elástico.

A ver qué me contesta.

***

La respuesta tardó más de lo habitual. Demasiado. Carla miraba el teléfono cada pocos segundos, recostada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho. Se imaginaba a Marcos leyendo cada renglón con esa media sonrisa suya, calculando ya cómo cumplir punto por punto lo que ella le había pedido. Se imaginaba su polla creciéndole dentro del pantalón según iba bajando por la lista.

Se levantó a beber agua. Volvió. Revisó la pantalla. Nada todavía. El silencio empezaba a estirarse de una forma que no terminaba de gustarle, aunque se obligó a leerlo como parte del juego. Cuando por fin vibró, el corazón le dio un vuelco.

—Vaya. Interesante.

Solo eso. Carla frunció el ceño. No era su estilo. Marcos solía responder a sus peticiones con órdenes inmediatas, con esa frialdad que a ella le aflojaba las piernas. «Interesante» sonaba a otra persona.

—Se lo reenvío a mi padre, a ver qué le parece —siguió el mensaje.

Ella sonrió, aliviada. Quizá solo la estaba haciendo esperar a propósito. Quizá ese era ya el primer juego del fin de semana: dejarla colgada, ansiosa, con el coño chorreando, sin saber qué pasaría después.

Pasó un minuto entero. Dos. Carla apretaba el teléfono con las dos manos.

—Pero creo que ha habido una pequeña confusión —llegó por fin.

—¿Confusión? —escribió ella, de pronto incómoda sin saber por qué.

—Espera. Mi padre acaba de contestarme. Dice que se apunta.

Carla se quedó mirando la pantalla. Algo no encajaba. Marcos jamás llamaba «mi padre» al suyo en un contexto así; tenían un código, una manera de hablar de él que llevaban meses afinando para el juego. Aquello sonaba demasiado literal. Demasiado real.

—Aunque quizá debería decir nuestro padre.

El estómago se le cerró de golpe.

Nuestro.

Leyó la palabra tres veces, como si cambiarla de orden fuera a darle otro significado. No lo tenía. Una sola lectura posible, y era imposible.

—Como te decía, ha habido una confusión —continuó el mensaje, una línea tras otra, sin que ella pudiera interrumpir—. No soy Marcos, tu novio. Tu amo, perdón. Soy Marcos, tu hermano.

El teléfono casi se le cae de las manos. Subió a toda prisa hasta el encabezado del chat y lo vio: la foto de perfil no era la de su pareja. Era la de su hermano. Dos contactos con el mismo nombre, uno encima del otro en la lista, y ella había escrito sin mirar, llevada por las ganas, segura de a quién le hablaba.

Lo recordó entonces, con una nitidez cruel. Esa misma mañana le había escrito a su hermano para preguntarle por la cena del domingo en casa de sus padres. El chat se le había quedado abierto, arriba del todo. Y por la tarde, con la cabeza en otra cosa y el deseo nublándole el resto, había tocado el primer Marcos que vio sin comprobar la foto.

Todo lo que había escrito. Cada palabra. Cada súplica. Cada polla que había pedido en cada agujero. Lo había leído él. Y su padre.

Sintió que la cara le ardía, que el frío y el calor le subían a la vez por el cuello. Quiso escribir algo, lo que fuera, una excusa, una broma, un «me he equivocado de chat, perdón, olvídalo». Los dedos le temblaban sobre la pantalla y no encontraban una sola palabra que sirviera.

Antes de que pudiera teclear nada, llegó otro mensaje.

—No hace falta que expliques nada. Lo he entendido todo perfectamente. Y mira, papá también. Los dos hemos entendido exactamente qué eres y qué necesitas, hermanita. Cada palabra que has escrito. Cada agujero que has ofrecido. Todo.

Carla se levantó del sofá sin saber muy bien para qué. Dio dos pasos por el salón, se detuvo, volvió a sentarse. El teléfono seguía vibrando en su mano.

—Así que vas a hacer una cosa, puta —escribió su hermano, y la palabra, en boca de él, le provocó un escalofrío que no supo cómo interpretar, porque el coño se le apretó a la vez que se le encogía el estómago—. Le vas a mandar un mensaje a tu novio diciéndole que estás enferma, que tienes fiebre, que no os vais a ver este fin de semana. Que necesitas descansar sola.

Ella leía sin respirar.

—Y cuando lo hayas hecho, te vas a desnudar. Despacio. Vas a dejar la ropa doblada en la silla, como te gusta dejarla. Nada de bragas nuevas, nada de arreglarte. Tal como estás ahora, con el coño chorreando de escribirnos guarradas a tu hermano y a tu padre. Te vas a poner a cuatro patas.

—Marcos... —escribió ella, y borró. No sabía qué venía después de su nombre.

—Y vas a cruzar el pasillo de tu casa así, a gatas, con el culo en pompa y la cabeza baja, hasta el salón. Porque papá y yo ya estamos aquí. Llegamos hace un rato. Te oímos escribir desde el sofá. Te oímos respirar fuerte cuando llegabas a la parte de los dos agujeros. Papá se ha reído en voz baja.

El aire se le congeló en el pecho.

Levantó la cabeza muy despacio. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta, como siempre. Y al fondo, en el reflejo del espejo del recibidor, vio moverse una sombra que no era la suya.

El teléfono volvió a vibrar.

—Estamos esperándote para expandir tus límites. Exactamente como pediste. Hasta el último de ellos. Cada polla, cada agujero, cada palabra que has escrito. Punto por punto. Ven.

Carla se quedó mirando la pantalla, después la puerta, después otra vez la pantalla. Todo lo que había escrito seguía ahí, irreversible, leído, aceptado. Cada orden que había imaginado para una persona y que iba a cumplir con otras dos. Cada obscenidad que le había pedido a un amo estaba ahora en manos de su hermano y de su padre, esperándola en el salón de su propia casa.

Tragó saliva. Le temblaban las rodillas. Y aun así, mientras se llevaba las manos al primer botón de la blusa, notó con una claridad que la avergonzaba más que cualquier mensaje que el miedo y el deseo se le habían mezclado por completo, hasta dejar de distinguirse. El coño le latía tan fuerte como el corazón, y ninguno de los dos le pedía echarse atrás.

Dejó el teléfono sobre el sofá, bocabajo, y empezó a desabrocharse.

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Comentarios(9)

NocheRosa_77

Que relato!!! me tuvo pegada hasta el final sin poder soltar el telefono

DarkReader_ok

Por favor seguí contando, quede con mil preguntas y ganas de mas. Muy bueno de verdad

Marcos_BsAs

Me recordo a algo que vivi hace unos años, esa sensacion de darle tanto poder a alguien sin conocerlo bien... tremendo relato, muy bien escrito

Valentina_91

Oye y como termino todo al final?? me quede super intrigada

SilencioActivo

Lo que mas me gusto es que no se queda en lo fisico, hay algo psicologico en el relato que lo hace diferente a los demas de la categoria. Felicitaciones

carlitos_mdq

buenisimo!!! esperando el proximo con ansias

Gabi_lectora

Me encanto como lo escribiste, se siente real y eso es dificil de lograr. Sigue publicando por favor!

PaolaBCN

El titulo ya lo dice todo jajaja pero el relato supera las expectativas, muy recomendable

RubenHOK

Se hizo muy corto, queria mas. Excelente escritura

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