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Relatos Ardientes

La noche que mi padre me ofreció a sus amigos

Tengo treinta años ahora y todavía me cuesta decir en voz alta lo que fui durante casi una década. No busco que nadie me entienda. Lo escribo porque hay cosas que pesan menos cuando salen de una, y porque mentiría si dijera que todo aquello fue solo un castigo. Hubo dolor, sí. Pero también hubo una parte de mí que aprendió a necesitarlo.

Mi padre, Damián, nunca fue un buen hombre. Lo digo sin rencor, porque con los años él cambió y yo también. Pero en aquel entonces era un tipo duro, de manos grandes y silencios largos, que olía a tabaco y a cerveza barata casi todas las noches. Mi madre se había ido cuando yo tenía dieciocho, y en esa casa vacía la línea entre lo que un padre debe ser y lo que él decidió que fuéramos se borró despacio, sin que yo entendiera del todo cuándo había cruzado el umbral.

Para cuando cumplí veintiuno ya llevaba tres años siendo otra cosa para él. No tengo una palabra limpia para nombrarlo. Él me mantenía despierta hasta tarde, esperando, y cuando se le antojaba —a las dos, a las tres de la madrugada— yo bajaba y cumplía. Aprendí a anticipar su humor por el ruido de la puerta. Aprendí que era más fácil ceder que resistir, y en algún punto del camino dejé de saber si cedía por miedo o porque mi propio cuerpo ya había aprendido a responder.

—Vení —decía, sin más. Y yo iba.

Esa es la parte que la gente no perdona: que no siempre lo odié. Que había madrugadas en las que lo esperaba con el estómago apretado de algo que no era solo asco.

***

Damián tenía un grupo de amigos del barrio, hombres de su edad o mayores, cuarentones y cincuentones de manos curtidas que venían a beber los viernes. Eran cuatro habituales. Yo los servía, les llevaba hielo, los escuchaba reír cada vez más fuerte a medida que la noche avanzaba, y sentía sus miradas pegárseme a la espalda cuando me daba vuelta hacia la cocina. Nunca dijeron nada delante de él. Pero yo sabía mirar, y sabía lo que esas miradas guardaban.

Una noche de invierno los cuatro bebieron más de la cuenta. Afuera llovía con esa terquedad que no afloja, y mi padre, que esa vez estaba menos borracho que ellos, dijo que se quedaran hasta que amaneciera.

—Total, con este temporal no maneja nadie —soltó, y nadie discutió.

Los acomodó en el living, sobre el sofá y dos colchones que bajamos del altillo. Yo me fui al cuarto pensando que esa madrugada, al menos, me dejaría tranquila. Me equivoqué.

Lo escuché entrar. El colchón se hundió a mi lado y su mano me buscó por debajo de la sábana con esa familiaridad que ya no me sorprendía. Le dije que no, que no esa noche, que había gente en la casa.

—Están dormidos como troncos —murmuró contra mi nuca—. Ni se enteran.

Y cedí, como casi siempre. Empezamos en silencio, yo mordiéndome el labio para no hacer ruido, él pesado y lento encima de mí. Sentí su mano meterse entre mis piernas, separándome con una seguridad vieja, como si ya supiera exactamente cuánto tenía que abrirme para hacerme temblar. Me bajó la ropa interior de un tirón y el aire frío me rozó la piel húmeda, dejándome expuesta antes de que él volviera a cubrirme con su cuerpo.

Me abrió de un golpe, hundiendo la cabeza entre mis muslos con una hambre brusca. Su lengua no era suave; era insistente, embarrada, directa, lamiéndome de arriba abajo, empujándome el clítoris con la punta hasta arrancarme un gemido ahogado que me obligué a tragármelo. Me sujetó las caderas con las dos manos para que no me moviera y yo sentí cómo me mojaba más, cómo el calor me subía por el abdomen y me dejaba sin defensa. Cuando me metió dos dedos, gruesos y duros, dentro del coño, arqueé la espalda de puro reflejo.

—Eso —murmuró—. Así me gustás.

Yo apreté los dientes. Quise odiarlo, pero en la oscuridad el placer me traicionaba. Me llenó la boca con un beso torpe, húmedo, y yo sentí su lengua imponiéndose, mezclándose con mi respiración acelerada mientras sus dedos me abrían más, bombeando adentro con una paciencia sucia. Me corrí antes de quererlo, en un tirón caliente que me dejó tensa, temblando sobre el colchón. Él sonrió contra mi cuello, satisfecho, y se acomodó encima mío con la polla dura rozándome la entrada.

No supe en qué momento la puerta se abrió.

***

Uno de ellos se había levantado al baño, que quedaba pasando el dormitorio, y al volver vio la puerta entornada. Después entró otro. Y otro. Para cuando me di cuenta, los cuatro estaban ahí parados en la penumbra, despertándose de golpe ante lo que veían, con esa sonrisa torcida de hombre que acaba de descubrir un secreto que puede usar.

Sentí que la sangre se me iba a los pies. Quise taparme. Mi padre, en cambio, ni se inmutó. Levantó la cabeza, los miró, y dijo algo que todavía hoy me retumba.

—¿Qué miran? Si quieren, hay para todos.

Lo dijo como quien ofrece otra ronda de cerveza. Yo lo agarré del brazo, le clavé las uñas, le susurré que no, que estaba loco. Él me sostuvo la cara con una mano y me miró fijo.

—¿No te gusta sentirte deseada? —dijo bajito, solo para mí—. Mirá cómo te miran.

Y ahí estaba lo peor de todo: que tenía razón. Que en medio del miedo, esa idea me prendió algo en el vientre que no supe apagar. No deberías querer esto, me dije. Pero ya los sentía acercarse.

***

Fueron cinco hombres para mí sola. Mi padre y sus cuatro amigos.

El primero se sentó al borde de la cama y me giró la cara hacia él. Olía a alcohol y a la lluvia que traía en la ropa. No me besó; los hombres así no besan. Me empujó la cabeza hacia abajo con una mano firme en la nuca mientras otro me separaba las rodillas. Yo cerraba los ojos y respiraba hondo, tratando de irme a otro lado, pero el cuerpo no me dejaba irme: cada caricia tosca, cada mano nueva sobre mi piel, me anclaba al presente. Uno me tomó los pechos con las dos manos, apretándolos hasta hacerme jadear, y otro me pasó la palma por la entrepierna, empapándose de mí como si quisiera probar que la humedad era real. El colchón vibraba bajo tantos cuerpos y el aire del cuarto se volvió espeso, con olor a sudor, alcohol y sexo recién arrancado.

Dos de ellos eran más grandes que el resto y lo sabían. Me alzaron en peso y me corrieron hacia el centro de la cama, lejos de mi padre, y empezaron a turnarse con una paciencia cruel. Uno se hundía mientras el otro esperaba, y cuando creía que tenía un respiro, llegaba el siguiente. Me abrían con los dedos antes de cada embestida, escupiéndose en la mano para frotarme el agujero o empujarme la polla con más facilidad, y yo me retorcía sintiendo cómo me iban llenando una y otra vez, hasta que cada sacudida me arrancaba un gemido más alto que el anterior. Uno me agarró de las muñecas y me las clavó contra la sábana; otro me obligó a levantar la cadera para meterme más profundo desde atrás, golpeándome el coño hasta que las piernas me temblaron. Yo me aferraba a las sábanas con las dos manos y mordía la almohada para que no se me escaparan los gritos, aunque ya no sabía si eran de dolor o de otra cosa.

—Decí que te gusta —me ordenó uno, con la voz ronca pegada a mi oído.

No contesté. Él insistió, más fuerte, y entonces lo dije, y al decirlo sentí cómo todos se encendían, soltando obscenidades que en cualquier otro contexto me habrían dado vergüenza y que esa madrugada me empujaban más hondo en el vértigo. Me dijeron puta, me dijeron que estaba hecha para eso, que me veía empapada, que me abría sola. Cada palabra me rozaba la piel como una bofetada sucia, y yo odiaba cuánto me calentaban.

En algún momento sentí a mi padre acomodarse detrás de mí. Levanté apenas la vista y lo encontré buscándome la mirada, como preguntando sin palabras si seguía entera. Le sostuve los ojos un segundo. No le dije que parara. Esa fue mi respuesta, y los dos lo entendimos.

Él me separó del hombre que me estaba follando por detrás, me acomodó boca abajo y me levantó la cadera con las manos grandes, metiéndome la verga con una lentitud cruel que me hizo llorar de puro alivio y de puro asco al mismo tiempo. Me hablaba al oído, su voz grave mezclada con los jadeos de los otros, diciéndome que respirara, que aflojara, que me dejara romper. Y yo me dejaba. Cada empuje suyo me rebotaba el cuerpo entero contra el colchón, mientras adelante otro me tomaba la cara, me obligaba a abrir la boca y me metía dos dedos embarrados de mi propia saliva para hacerme mamar después, como si quisiera recordarles a todos que seguía siendo suya también de ese modo.

***

Lo que vino después lo recuerdo en pedazos, como una película mal cortada. Manos por todas partes. Cuerpos que pesaban, que sudaban, que se reían. La cama crujiendo bajo el peso de seis personas. Mi propia voz, irreconocible, pidiendo cosas que de día jamás habría pedido.

Uno se ubicó detrás y empezó por atrás, mientras los dos grandes seguían adelante, turnándose. Intenté pedirles que se cuidaran, que tuvieran cuidado, pero me taparon la boca con una mano y la frase se me deshizo entre los dedos de un desconocido. Estaba completamente desbordada, tan mojada que me resbalaba por los muslos, y esa humedad delataba lo que mi orgullo no quería admitir. Había dedos entrando y saliendo de mi coño para abrirme mejor, bocas que me chupaban los pezones hasta dejarlos duros y doloridos, manos que me apretaban el culo, me lo separaban y me dejaban expuesta de una manera que me hacía retorcerme. Me corrían de posición como si no pesara nada: boca arriba, de costado, apoyada en las rodillas, con la cara hundida en una almohada mientras me daban por detrás y adelante al mismo tiempo. Yo sentía cada golpe en la pelvis, cada roce áspero, cada vaivén de caderas, y cada vez que alguno se corría en mi cuerpo me quedaba ardiendo, chorreada, con el semen tibio resbalándome por la piel mientras seguían usando mi cuerpo como si fuera de todos.

Mi padre fue el último de esa ronda. Cuando los otros aflojaron, él me tomó de las caderas y entró con esa familiaridad de años, embistiendo despacio primero y después sin tregua, susurrándome al oído las mismas groserías que ellos pero con su voz, la única que yo conocía en la oscuridad. Me partía en dos y yo lo dejaba, temblando, vaciada y llena al mismo tiempo. Cuando me inclinó sobre el borde de la cama, me abrió más con la mano y me castigó el culo a palmadas antes de volver a hundirse, el sonido de la carne chocando con la carne mezclándose con las respiraciones pesadas de los demás. Uno de los amigos me sostuvo la mandíbula abierta mientras otro me lamía el cuello, dejándome la piel mojada, y yo ya no distinguía dónde terminaba una boca y empezaba la siguiente. Me corrí otra vez alrededor de la verga de mi padre, con un temblor violento que me subió por las piernas y me dejó gimiendo sin aire, mientras él seguía embistiendo hasta vaciarse dentro de mí con un gruñido bajo que me hizo cerrar los ojos con fuerza.

Terminaron uno tras otro. Yo quedé boca arriba en el medio de esa cama revuelta, mirando el techo, con el pecho subiéndome y bajándome como si hubiera corrido kilómetros. Nadie habló. Se fueron levantando, buscando la ropa en la penumbra, y para cuando el cielo empezó a aclararse por la ventana ya estaban roncando otra vez en el living como si nada hubiera pasado.

***

Esa no fue la única vez. Fueron muchas, durante mucho tiempo. Los viernes dejaron de ser solo de cerveza. Yo aprendí a quién le gustaba qué, aprendí los nombres que ninguno usaba conmigo de día, aprendí a desear y a odiar la noche del viernes en partes iguales. Me decía a mí misma que no tenía salida, que era prisionera de la casa y del hombre que me había criado. Y en parte era cierto. Pero también es cierto que, cuando por fin tuve la oportunidad de irme, tardé más de lo que debía en tomarla, y esa demora todavía me persigue.

Hoy vivo lejos. Mi padre y yo apenas hablamos, y cuando lo hacemos es de cosas pequeñas, del clima, de su salud, como dos extraños que comparten un apellido. Él se ablandó con los años. Yo aprendí a mirar lo que fuimos sin que se me cierre la garganta del todo.

No escribo esto para que me absuelvan. Lo escribo porque durante años fui el secreto de cinco hombres en una casa con las cortinas cerradas, y porque solo ahora, contándolo, empiezo a entender qué parte de aquello fue jaula y qué parte fui yo, eligiendo quedarme. Tal vez nunca termine de separarlas. Tal vez esa sea, al final, la verdadera condena.

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Comentarios(8)

MayraOscura

tremendo relato... se me hizo cortisimo, necesito la continuacion ya!!

PatricioK77

Muy bien escrito, se siente intenso desde el principio. Sigue publicando!

ElPampero_66

Uff, que narrativa. Te quedas pegado leyendo sin darte cuenta. Bravo

SombrasBA

Por favor que haya segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como termina

LauraV_cba

Me gusto mucho como esta contado, se siente real y no vulgar. Ese equilibrio es dificil de lograr

DiegoMdq

excelente!!!

RositaB

Que relato... me dejo pensando un buen rato. Hay algo en como lo describis que engancha desde la primera linea

LucasCB_88

Muy fan de esta categoria y este es de los mejores que lei ultimamente. Esperando mas

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