La tarde que vi a mi madre con un desconocido
Por aquellos años estudiaba en una universidad costera, a unas tres horas en autobús de la casa donde había crecido. Volvía cada tres semanas, lo justo para que mi madre tuviera tiempo de extrañarme y lo justo para que la rutina del campus no me devorara entero. Aquel fin de semana, sobre el papel, yo no debía aparecer por casa.
Mi padre y mis dos hermanos menores se habían ido al cumpleaños de mi abuelo, en un pueblo enclavado en plena sierra. Mi madre nunca los acompañaba. Decía que la altura le partía la cabeza en dos, que apenas pisaba los tres mil metros se mareaba y vomitaba durante días enteros. Yo le creía. Siempre le creí, hasta ese viernes.
Lo decidí casi por capricho, después del almuerzo. Tenía pocos exámenes encima, los amigos del colegio andaban de bares y, sobre todo, me apetecía aparecer en la puerta con una bolsa de panes recién horneados y ver la cara de mi madre cambiar de la sorpresa al abrazo. Tomé el autobús de las dos y media. Por culpa del tráfico llegué cerca de las seis. El sol todavía caldeaba las baldosas del patio cuando empujé el portón de la entrada.
La casa de mis padres tenía dos puertas. Una primera, de hierro, daba a un patio embaldosado donde crecía un jacarandá viejo que mi madre regaba religiosamente cada mañana de noviembre. Una segunda, de madera maciza, separaba el patio del interior. Cerré detrás de mí la de la calle, crucé el patio con la mochila al hombro y, justo cuando iba a girar la llave en la segunda puerta, me quedé inmóvil.
Adentro alguien estaba llorando.
O eso me pareció al principio. Eran sollozos cortos, ahogados, espaciados. Apreté las llaves contra la palma para que no tintinearan y me acerqué un poco más, con la oreja casi pegada al marco. No eran sollozos. Eran gemidos. Largos, profundos, sin nada de tristeza. Eran gemidos de placer.
El estómago se me cerró de un golpe. Mi madre, sola en la casa, con alguien adentro. Tardé un segundo demasiado largo en procesarlo. Pensé en ladrones, pensé en una amiga, pensé en cualquier cosa antes de admitir lo que cualquier oído habría reconocido a la primera. No quería entrar y enterarme cara a cara de algo que ya estaba enterándome desde afuera.
Entonces me acordé de la lavandería.
Era una habitación angosta del segundo piso, con un lavadero de cemento y una ventana enorme que daba directamente al dormitorio de mis padres. Mi padre la había mandado a hacer así hacía décadas, sin pensar nada raro, simplemente para que entrara luz a la galería. Subí los escalones de a dos, en puntas de pie, con las llaves todavía apretadas en la mano.
La puerta de la lavandería siempre quedaba entornada. La empujé con un dedo y entré. La ventana, gracias a Dios, estaba cerrada, así que el ruido de mi respiración no se iba a colar. La cortina del dormitorio, en cambio, estaba abierta de par en par. La luz del velador del lado de mi madre seguía prendida, y la última claridad de la tarde entraba por el ventanal de la fachada, así que se veía todo con una nitidez de teatro.
Allí estaba mi madre.
En cuatro patas sobre la cama matrimonial, con la cara hundida en la almohada y un hombre que yo no había visto jamás clavándosela por detrás. Él la sostenía de la cintura con las dos manos, los dedos enterrados en la carne, y se movía con la calma de quien ya había repetido esa escena muchas veces. Mi madre se mecía con él, hacia atrás, buscando cada embestida.
***
Tardé un par de minutos en hacer foco. No sé si fue la luz, si fue el shock, si fue mi cabeza tratando de protegerse negándose a ver lo que veía. Cuando pude enfocar bien, escuché su voz amortiguada por la almohada.
—Me vine —dijo ella, y se le quebró un poco la última sílaba.
El tipo aflojó el ritmo, se inclinó sobre su espalda, le murmuró algo al oído que no llegué a escuchar, y después se separó de ella con cuidado. Mi madre cayó de costado sobre la cama, exhausta, riéndose por lo bajo. Él se acostó al lado, estiró una mano hacia el velador del lado de mi padre y sacó un atado de cigarrillos. Encendió uno con un encendedor que también tenía guardado ahí. Hasta había un cenicero de vidrio sobre la mesita. En esa casa no se fumaba nunca, era una regla sagrada de mi padre, y ese cenicero gritaba más fuerte que cualquier gemido.
Quince minutos, quizás veinte, estuvieron así. Mi madre recostada sobre el pecho de él, jugando con el vello del pectoral, con los ojos cerrados. Él fumando, apagando un cigarrillo, prendiendo otro, acariciándole la espalda con la mano libre. No se decían nada. Era el silencio cómodo de la gente que ya se conoce, que ya estuvo así muchas veces, que ya tiene su coreografía propia.
Es el momento de irme, me dije. Si me iba ahora, podía bajar las escaleras sin hacer ruido, salir a la calle, refugiarme en casa de cualquier amigo y fingir frente al teléfono que el autobús me había dejado tirado. Lo podía deshacer. Pero las piernas no me respondieron. Me quedé clavado contra el lavadero de cemento, con el frío del cemento en la espalda, mirando.
Fue cuando él tiró el segundo cigarrillo en el cenicero, se giró hacia ella y le habló otra vez.
—Chúpamela, puta —dijo, sin levantar la voz.
—Sí, mi rey —contestó mi madre, y se incorporó como si esa orden fuera la cosa más natural del mundo.
Recién en ese instante, cuando él se sentó al borde de la cama y ella se arrodilló entre sus piernas, me di cuenta del tamaño del miembro del tipo. Ya estaba duro sin que mi madre lo hubiera tocado, grueso como el mango de una pala, con las venas marcadas. Yo nunca había visto algo así, ni en pornografía. Tantos años después, todavía puedo cerrar los ojos y verlo igual de claro.
Mi madre se acomodó en cuatro, con el trasero apuntando hacia mi ventana, y se lo metió en la boca de un solo movimiento. No hubo besos, no hubo caricias, no hubo demora. Fue una entrega sin titubeos. Empezó a moverse adelante y atrás con un ritmo que se sabía de memoria. No le veía la cara, no le veía los labios, pero las nalgas se le movían de manera rítmica, casi musical, y eso decía más que cualquier detalle.
Él le hablaba todo el tiempo.
—Eres una puta. Eres una perra. Eres una zorra infiel. Mira cómo te lo tragas.
Mi madre no respondía. Solo seguía. Solo escuchaba con la boca llena. Cada tanto él le apoyaba la mano en la nuca y la empujaba un poco más adentro, y ella se atragantaba un segundo, tomaba aire por la nariz y volvía al ritmo. La sumisión era total. No quedaba un solo gesto de la mujer de los desayunos y los manteles bordados en esa figura arrodillada que ahora me parecía otra persona.
Después de un rato él la frenó. Le levantó el mentón con dos dedos.
—Te lo voy a meter por detrás —dijo—. ¿De quién es ese culo?
—Tuyo, mi rey. Nada más tuyo —contestó ella, ronca.
—¿Quién te enseñó a entregarlo, perra?
—Tú. Aquí, en esta misma cama.
—¿Y el cornudo lo usa?
—Nadie más, mi amor. Solo tú.
Sentí algo que todavía no sé describir. Una mezcla de asco, de vergüenza por mi padre, de vergüenza por mí mismo, y al mismo tiempo una excitación inmensa, ciega, traicionera, que me apretaba los pantalones contra el lavadero. No sé qué clase de persona era yo esa tarde. No sé qué clase de persona soy ahora por haber seguido mirando.
Mi madre se acostó boca abajo. Él se arrodilló a su costado, le separó las nalgas con las dos manos y le escupió varias veces entre ellas, una atrás de otra, con paciencia. A cada escupida, ella gemía sin que él la tocara siquiera. Era el sonido lo que la prendía. Era la espera.
Cuando él se acomodó arriba, no hubo preámbulo. Se lo metió todo de una. Mi madre soltó un quejido largo, un quejido que no era de placer, todavía no.
—Despacio… me lastimas —pidió, con la voz partida.
—Es lo que te ganas, perra. Por hacerme esperar tanto. Hasta que ese cornudo no se vaya del país, tú no me llamas, puta de mierda.
Empezó a moverse. Despacio al principio, después con un ritmo firme, ya sin paciencia. Y a los pocos segundos la voz de mi madre cambió. El dolor se diluyó. Volvió el gemido. Volvió ese sonido grave, casi animal, que yo había escuchado del otro lado de la puerta de la planta baja y que no había sabido interpretar.
La movió. La acomodó en cuatro otra vez, con la cintura levantada. Después la arrastró hasta el borde de la cama y le pidió que se quedara así, con la cabeza colgando del colchón, mirando hacia mi ventana sin saber que del otro lado yo estaba ahí. Él se bajó al piso, se puso de pie y siguió embistiendo desde abajo.
Yo le veía la cara desde un ángulo perfecto. Tenía los ojos vidriosos, la boca entreabierta, una hebra de saliva colgando, las mejillas rojas. Era la cara más obscena que yo había visto en mi vida, y era la cara de mi madre.
—Voy a acabar, mi rey. Voy a acabar otra vez —dijo, casi sin aire.
Y se vino. Le tembló todo. La mandíbula, los hombros, los muslos. Empezó a hablar entre temblores, sin frenarse, sin pudor.
—Soy tuya, te pertenezco, eres mi dueño, eres mi único macho, eres mi perro.
Él siguió cogiéndola. No paró ni medio segundo.
Después la dio vuelta otra vez. Boca arriba al borde de la cama, con las piernas apoyadas sobre los hombros de él, plegada como un libro. En esa postura yo sabía que se la iba a entrar entera.
—Así me la metes hasta el fondo —dijo ella, casi anunciándolo.
—Te aguantas, puta —contestó él, y se la enterró de un solo empujón.
Mi madre lanzó un grito breve. Otro de dolor. Pero esta vez duró menos. A los pocos minutos llegó al segundo orgasmo. Y al tercero. El tipo se mordía el labio inferior, fruncía la frente, y por la cara que ponía supe que estaba a punto. La sacó. Subió hasta tener la pelvis casi sobre la cara de ella, y le metió el miembro, todavía con el brillo del orgasmo anterior, directo en la boca abierta. Mi madre recibió la primera descarga y siguió chupando.
Le bajó por la comisura. Le manchó la mejilla. Le manchó la almohada.
—No vas a desperdiciar ni una gota, puta —le dijo él, sosteniéndole la cabeza con una mano.
Mi madre tragó. Lo siguió chupando hasta que él se sacudió de cosquillas y la apartó con un gesto suave que parecía casi un agradecimiento.
***
Supe que era hora de irme. Retrocedí en puntas de pie, bajé las escaleras con la respiración aguantada, levanté la mochila que ni siquiera me había acordado de dejar abajo y salí a la calle. Cerré el portón con dos dedos para que no chillara la bisagra.
En la acera me llevó un buen rato volver a respirar. Tenía las llaves todavía en el bolsillo, calientes. Tenía la cabeza vacía y el cuerpo lleno de una corriente que no sabía a qué atribuir. Mi madre iba a hacerse coger toda la noche, todo el fin de semana, hasta el domingo a las seis de la tarde, cuando ese tipo se fuera y mi padre y mis hermanos volvieran del cumpleaños sin saber nada. Y yo, ahí parado, con muy poco dinero en el bolsillo y sin lugar adonde ir, me di cuenta de que la casa donde había crecido tenía un cuarto más del que yo había contado nunca.
Caminé hasta el teléfono público de la esquina. Llamé al primero de mis amigos que se me ocurrió. Le dije que el autobús me había dejado tirado, que si me podía alojar el fin de semana en su casa. Me dijo que sí. Pasó a buscarme en su moto media hora después.
En el camino, agarrado a su cintura, miré una sola vez hacia atrás. La ventana de la lavandería seguía a oscuras.