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Relatos Ardientes

Mi cuñada me hizo una promesa el día de mi boda

A Camila la conocí tres meses antes de mi boda. Sofía, mi novia, me la presentó en una cena familiar, y desde el primer apretón de manos supe que iba a tener un problema. Era catorce años mayor que yo, andaba por los treinta y cinco, y tenía una belleza pesada, de las que no se olvidan. Yo iba por los veintidós y, durante esos tres meses, no paré de pensar en ella ni una sola vez.

La veía en cada cena de domingo en casa de mi suegra, sentada al otro extremo de la mesa, demasiado lejos para hablarle, demasiado cerca para olvidarla. Me dedicaba miradas largas cuando nadie la miraba. Yo le respondía con sonrisas que Sofía interpretaba como amabilidad. No lo eran.

Por pedido de Sofía, terminó siendo madrina del casamiento. La fiesta la pagaba mi suegro y, entre brindis al aire libre, no podía dejar de mirarle el escote. Cuando se acercó a felicitarme, le solté lo primero que me vino a la lengua.

—Camila, ese vestido es injusto para los demás —le dije, sin disimular hacia dónde miraba.

—Tranquilo, cuñado. Hoy te casas con mi hermana —respondió, pero no apartó los ojos.

No me importaba con quién me estaba casando. En ese momento sólo me importaba ella.

El champán corría sin freno y yo me agarré de esa excusa. Después de un par de copas más, me animé. La crucé en el pasillo que daba al jardín, lejos del ruido de la pista, y la apoyé contra la pared con la cara muy cerca de la suya. Hice como si estuviera demasiado pasado, pero estaba lúcido como nunca.

—Si hoy me dejaran pedir un último deseo antes de jurar para siempre, te pediría a ti —le susurré.

—Te crees muy gracioso, ¿no? —dijo, pero la voz le tembló.

—Muy gracioso no. Muy honesto.

Se quedó callada un segundo largo. Después se inclinó hasta que su boca casi me rozó la oreja.

—Esta noche tienes a mi hermana esperándote —murmuró—. Atiéndela bien. Pero guárdame algo. Algún día me lo vas a tener que cumplir.

Me apretó la mano y volvió a la pista de baile como si no hubiera pasado nada. Yo regresé al brindis con la verga dura debajo del traje y la frase resonándome en la cabeza durante el resto de la noche.

***

Volvimos de la luna de miel a los doce días. Sofía estaba feliz, hacía planes para el apartamento, hablaba de pintar las paredes y de comprar un perro. Yo asentía y esperaba que sonara mi teléfono. Sonó la primera semana.

—Cuñado, tienen pendiente venir a la casa de campo —dijo Camila al otro lado de la línea—. El feriado largo está cerca. ¿Vienen?

Lo dijo con voz de inocente, como si yo no llevara doce noches enteras pensando en su frase de la boda. Acepté en el acto, sin consultarle a Sofía, y después le inventé que ella había insistido.

Camila vivía sola en una casa rodeada de eucaliptos, a dos horas y media de la ciudad. Llegamos un viernes por la tarde, con una maleta llena de ropa de descanso. Sofía estaba embarazada de tres meses y se cansaba rápido. Esa parte la agradecí en silencio.

La cena fue una tortura deliciosa. Frente a frente en la mesa larga, Camila se las arregló para que su rodilla se apoyara contra la mía debajo del mantel. En un momento, separó las piernas y me dejó ver, casi sin disimulo, que la tanga negra apenas le tapaba nada. El vello se le marcaba en los bordes. Yo seguía sirviéndome vino para no decir alguna estupidez.

Cuando Sofía se fue a dormir temprano, alegando cansancio del embarazo, Camila se quedó conmigo en el living con la televisión encendida. Su pierna desnuda se quedó cruzada sobre la mía durante una hora entera. Sus dedos jugaban con el dobladillo de mi pantalón mientras hablábamos de cualquier cosa, como si la mano que le rozaba la rodilla fuera la de un familiar más.

—Mañana me levanto temprano a tomar café —dijo de repente, levantándose—. Me gusta ver el amanecer desde la ventana de la cocina.

Lo dijo mirándome fijo. Era una invitación, aunque sonara como un dato climático.

—Yo también me levanto temprano —contesté.

***

A las seis y media yo ya estaba en la cocina. Sofía dormía profundamente en la planta alta. Camila bajó descalza, con una falda corta de algodón y una camiseta blanca que dejaba en evidencia que no traía sostén. Apoyó la jarra del café en la mesada y, sin mirarme, vino a pegarse contra mi espalda mientras yo miraba por el ventanal.

Sentí sus pechos contra mi camisa, el calor de su vientre contra mi cintura. No iba a hablar. Bajé la mano por detrás, le levanté apenas la falda y descubrí que tampoco llevaba ropa interior. Mis dedos encontraron vello y, atrás del vello, una humedad que llevaba esperándome desde la noche de la boda.

—Aquí no, idiota —susurró—. Si baja Sofía nos cuelga.

Me agarró de la muñeca y me arrastró hacia el fondo del jardín. Había un cobertizo chico, alejado de la casa, que ella usaba para guardar las herramientas. Lo había acondicionado con un edredón viejo doblado sobre una mesa de trabajo. Lo había preparado, claro. Era evidente que llevaba semanas pensando en eso.

Cerró la puerta con traba. Se sacó la camiseta de un solo movimiento y se quedó frente a mí con los pechos al aire, los pezones duros, una sonrisa que ya no era de cuñada formal.

—Ahora cúmpleme, cuñado.

***

La senté sobre la mesa, le abrí las piernas y me hundí en ella con la boca. Tenía un sabor concentrado, un olor que se me quedó pegado en la barba durante el resto del día. Camila no fue silenciosa. Me clavaba los dedos en el pelo, me empujaba la cabeza contra ella, y soltaba palabras que su hermana no decía ni en sueños. Pidió que la lamiera más arriba, después más adentro, después que le metiera dos dedos en el ano mientras le seguía con la lengua.

Tuvo dos orgasmos seguidos antes de que yo le tocara la verga. El segundo le dobló la cintura sobre la mesa como si fuera de goma. Cuando se le pasó, se quedó tendida, con las piernas colgando del borde, mirando el techo de chapa con la respiración rota y los ojos perdidos.

—Ahora tú —dijo, sin levantar la cabeza.

La giré. Boca abajo, con las nalgas elevadas y tensas, esperándome. Le entré de un solo envión, parado al lado de la mesa, y me sorprendió cómo me apretaba con los músculos de adentro, cómo sabía exactamente cuándo aflojar y cuándo cerrarse. No era la primera vez que se la cogían así, era obvio, y eso me prendió fuego en lugar de molestarme.

Le di un par de nalgadas y cambió de registro al instante. Empezó a hablarme sucio, a llamarme cosas que no voy a repetir, y a moverse hacia atrás contra mí cada vez que yo empujaba para adentro. Estuvimos así no más de cinco minutos. Cuando me anunció que estaba por llegar, me agarré del pelo de su nuca, le tiré la cabeza hacia atrás y la cogí con todo lo que tenía guardado de los doce días anteriores. Me vine adentro, en chorros que me sacudieron la espalda. Ella terminó al mismo tiempo, con un grito que tuvo que ahogar mordiéndose el antebrazo.

Cuando me retiré, mi semen le escurrió por el muslo. Camila lo miró y se rió bajito.

—Era lo que tenía pendiente desde tu boda —dijo.

—Me parecía.

***

El sábado por la noche, cuando Sofía se durmió otra vez antes de las once, Camila me hizo una seña con los ojos desde el otro lado del sofá. No hizo falta hablar. Acordamos el mismo horario, el mismo lugar, antes de que saliera el sol.

Cuando llegué al cobertizo al día siguiente, la encontré tendida sobre el edredón, desnuda, con las piernas abiertas y la mano entre las piernas. Se acariciaba despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me esperó un segundo más antes de hablarme, mirándome desde abajo con esa sonrisa torcida que ya empezaba a conocer.

—Ven a desayunar —dijo, separando los dedos para mostrarme.

Me tiré encima de ella. Le comí entre las piernas hasta que las rodillas me apretaban la cabeza, hasta que arqueó la espalda y se levantó sólo apoyada en los hombros, hasta que se quedó muda y dejó de respirar por unos segundos. Cuando volvió en sí, me agarró del pelo y me arrastró hacia arriba, me besó con la boca llena de su propio sabor, y me dijo despacio, contra los labios, una cosa que no esperaba.

—Quiero que me lo hagas por atrás. Pero por atrás de verdad. Nunca me lo hicieron así.

Me la quedé mirando un segundo largo, sin entender del todo.

—¿En serio?

—En serio. Lo tengo guardado. Y lo quiero estrenar contigo.

***

La puse en cuatro. La cara contra el edredón, las nalgas elevadas, las manos abiertas. Usé sus jugos para mojarme bien, le pasé los dedos por el aro y la oí inhalar fuerte. Estaba tensa, asustada y excitada al mismo tiempo, una mezcla que se le notaba en la respiración entrecortada.

Hice fuerza con la cabeza despacio, presionando, retrocediendo, presionando de nuevo. No cedía. Lo intenté un par de veces más con el mismo resultado. Camila aguantaba, pero su cuerpo entero estaba en defensa.

Apliqué un truco viejo. Le di una nalgada fuerte, sonora, que sonó como un disparo contra la chapa del techo, y aproveché su sorpresa para empujar de un solo envión hasta el fondo. Camila soltó un alarido que tuve que tapar con la mano.

—¡Hijo de puta! ¡Avisa! —gritó cuando le saqué la mano—. Me rompiste, me rompiste todo.

—Me dijiste que nunca te lo habían hecho. Si te avisaba, ibas a apretar.

—¡Eres un animal! Para un poco. Déjame acostumbrarme.

Me quedé quieto adentro. Le acaricié la espalda, le mordí suave la nuca, le pasé la mano por debajo del vientre y le encontré el sexo. Le metí dos dedos y empecé a moverlos con un ritmo lento. Ella respiró diferente, gimió de otra manera, dejó de decir hijo de puta. Después de un rato larguísimo, empujó hacia atrás contra mí.

—Bueno —dijo entre dientes—. Muévete. Pero despacio.

Empecé despacio, sí, pero no duró. La calentura de tenerla así, abierta para mí por primera vez en toda su vida, me pudo. La cogí cada vez más fuerte, ella cada vez más sumisa, hasta que me empujó las nalgas contra la pelvis para que entrara aún más adentro. Cuando me vine, sentí que descorchaba algo. Solté chorros que parecían no terminar más.

—Mañana me lo pagas caro —jadeó Camila, con la cara contra el edredón y los ojos cerrados.

***

El resto del fin de semana lo pasamos disimulando frente a Sofía. Camila se movía por la casa como si nada hubiera pasado, sirviendo el café, riéndose con su hermana, preguntando por el embarazo. Yo la miraba desde el sofá y no entendía cómo lo lograba. Cuando nuestros ojos se cruzaban un segundo de más, ella bajaba la vista al instante.

El domingo a la tarde, cuando preparábamos la maleta para volver a la ciudad, Camila me besó en la mejilla en la puerta, como buena cuñada que se queda a cuidar la casa. Me apretó la mano un segundo de más.

—La próxima vez lo organizo distinto —murmuró—. Y trae todo lo que tengas.

Subí al auto con Sofía dormida en el asiento del acompañante, le acomodé el cinturón y arranqué. Por el espejo retrovisor vi a Camila despidiéndose con la mano desde la puerta de la casa. Sonreía de costado, con la misma sonrisa de la boda. Yo también sonreí, sin que nadie me viera. Los dos sabíamos perfectamente que ese feriado largo no iba a ser el último.

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Comentarios (5)

Carloncho_uy

Tremendo!!! me tuvo enganchado de principio a fin, no pude soltar el celular

FranMdq_22

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

LectorNorte55

Lo que mas me gusto es como mantiene la tension desde el comienzo. Muy bien escrito, se nota el oficio.

matiasok

buenísimo!!!

Carmencita_88

Tiene ese toque prohibido que lo hace irresistible jaja. Seguí subiendo relatos!

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