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Relatos Ardientes

El harem que nunca pedí en mi propia casa

La fantasía del harem suena perfecta cuando uno la imagina desde fuera: un hombre, varias mujeres, sexo todos los días. Lo que nadie cuenta es el desgaste. Yo lo sé porque vivo dentro de uno, y la mayoría de los días lo único que quiero es un domingo eterno.

Me llamo Diego, tengo diecinueve años y desde que cumplí los dieciocho las mujeres de mi familia decidieron por mí cómo iban a ser mis semanas. Soy bajito, delgado, de cara fina. No el tipo que uno imagina como protagonista de una historia así. Y aun así, aquí estoy.

El sistema lo inventó mi madre. Carmen, cuarenta y dos años, rubia, alta, con un cuerpo que ningún gimnasio del barrio podría replicar. Antes estaba casada con mi padre. Cuando él se fue, ella se quedó conmigo y, un par de años después, se casó con Beatriz, una mujer del norte de México, morena, de pelo negro azabache y caderas anchas. Beatriz trajo a su hija, Lola, una chica de veinticinco con el pelo corto teñido de violeta, tatuada de los hombros a las muñecas, con piercings en las cejas y en los labios.

Cuando cumplí los dieciocho, Carmen notó algo que yo no había detectado: las tres me deseaban. En vez de dejar que estallara una guerra civil dentro de la casa, las tres se sentaron una tarde en la cocina, abrieron una botella de vino y armaron un calendario.

Lunes y jueves, mi madre. Martes y viernes, mi madrastra. Miércoles y sábados, mi hermanastra. El domingo, descanso.

Yo no firmé nada. Nadie me preguntó.

***

Aquel jueves empezó como casi todos. Lola dormía a mi lado, desnuda, ocupando tres cuartas partes de la cama. Yo intentaba levantarme con el cuidado de un ladrón que sabe que la casa entera tiene escopetas.

—Buenos días, perdedor —dijo ella sin abrir los ojos.

—¿Podrías llamarme Diego, aunque sea hasta el desayuno? —pregunté mientras buscaba mis pantalones a tientas en el suelo.

—No. Te llamo perdedor porque lo eres. Tienes suerte de tener lo que tienes entre las piernas, porque por lo demás eres bastante poca cosa.

Le dediqué la sonrisa cansada que llevaba un año perfeccionando.

—Hoy es jueves. Es de mamá. Vete a tu cuarto antes de que se levante.

Lola se estiró como un gato y se puso de pie. La luz oblicua del amanecer le marcaba las costillas y los tatuajes.

—Carmen está fuera por trabajo. No vuelve hasta la noche. Métete a la ducha conmigo y nadie se entera.

—No. Eso de «nadie se entera» nunca termina bien.

—No fue una pregunta —dijo, y me agarró de la muñeca con esa fuerza que no se le notaba a primera vista—. Fue una orden. Necesito un mañanero, y tú estás aquí.

Me llevó al baño, cerró con llave y abrió el agua caliente como quien abre un grifo de reloj. No tenía caso resistirse.

***

El vapor se acumuló contra los azulejos en cuestión de segundos. Lola me puso el jabón en la mano, giró sobre sí misma y abrió los brazos.

—Empieza por los hombros y baja con calma. Si te apuras, te pego.

Le pasé el jabón por la espalda. Tenía un dragón pequeño tatuado entre los omóplatos, con la cola enroscada en la columna. Bajé hasta la cintura, hasta las caderas, sintiendo el temblor mínimo que se le escapaba cuando rozaba el lugar correcto. Le enjaboné el culo despacio, apretándoselo con las dos manos, deslizándole los dedos entre las nalgas hasta que se le escapó un gruñido bajo.

—Para ser un idiota tienes manos buenas —murmuró—. Es lo único que te voy a admitir hoy.

Me giró de un empujón, me apoyó contra los azulejos fríos y me devolvió el favor con la mano llena de espuma. Me agarró la polla como si fuera algo que llevara horas planeando, la envolvió con el puño y me la subió y me la bajó con calma, mirándome directo a los ojos, con la sonrisa torcida de quien sabe que ya te ganó.

—Mírate. Duro en dos segundos. Ni siquiera hace falta que te hable sucio, ¿verdad, perdedor?

No contesté. No me salía la voz. Ella se agachó, con el pelo violeta empapado pegado al cráneo, y me metió la polla en la boca sin ceremonia, hasta el fondo, hasta que sentí el piercing del labio inferior rozándome la base. La lengua me subía por la cara inferior, la mano me apretaba los huevos, la garganta se le cerraba alrededor de la punta cada vez que tragaba. Se me doblaron las rodillas y tuve que apoyarme con las dos manos en los azulejos para no caerme.

—Ni se te ocurra correrte todavía —dijo, sacándome la polla de la boca con un chasquido húmedo—. Todavía no me tocaste a mí.

Se puso de pie, me estampó otro beso con sabor a mí mismo y me obligó a arrodillarme. Me clavó una mano en la nuca y me empujó la cara entre sus piernas. Lola no pedía por favor: apretaba. Le lamí el coño con la lengua entera, subiendo y bajando, hasta que encontré el clítoris hinchado y me quedé ahí, chupándoselo, mientras ella se retorcía contra mi boca soltando insultos que sonaban a piropos.

—Así, así, no te muevas, cabrón, quédate ahí… más fuerte, chúpamelo más fuerte…

Le metí dos dedos y sentí cómo se le contraían las paredes alrededor. Le mordí despacio la cara interna del muslo y volví al clítoris, con la lengua plana, aguantando el ritmo aunque me faltara el aire.

—Otra vez. Otra vez. Otra vez.

La noche anterior habíamos estado hasta tarde. Yo no entendía cómo seguía con esa energía. Cuando le empezó a temblar la pierna, me apartó de un tirón, me empujó al suelo de la bañera y se me sentó encima con las dos manos plantadas en mi pecho.

—Ahora te vas a estar quieto y me vas a dar lo que necesito.

Se hundió sobre mi polla de una sola vez, con un gemido largo que rebotó en los azulejos, y empezó a moverse de arriba abajo con la misma rabia con la que me hablaba. Las tetas pequeñas le rebotaban con cada bajada, el piercing de la ceja le brillaba bajo la ducha, el agua le corría por el cuello y le caía dentro de la boca abierta. Yo trataba de durar, de aguantar, de no cerrar los ojos. Le clavé las manos en las caderas y la ayudé a subir, a bajar, a estrellarse contra mí hasta que empezó a apretar la mandíbula.

—Voy a acabar, cabrón, aguántame, aguántame…

Terminó ella primero, con un grito corto que rebotó en los azulejos, apretándose sobre mí con las dos rodillas hasta que me faltó el aire. Se quedó quieta unos segundos, temblando, y después se levantó, se agachó y se llevó mi polla directamente a la boca. Terminó de cobrarme el resto con la lengua, tragándose todo lo que le solté en la garganta sin pestañear, sin dejar una gota. Levantó la cara y me abrió la boca con dos dedos para mostrarme que estaba vacía.

—Estuvo bien —dijo cuando se levantó—. Pero sigues siendo un perdedor. Sécame, que tengo un desayuno con las chicas y voy tarde.

***

Por la tarde traté de desaparecer en el sofá. Televisión a volumen bajo, un programa de cocina italiana, las cortinas medio cerradas. Estaba seguro de que si no me movía durante una hora, el universo me daría una tregua.

El universo no me dio nada.

—¿Cómo está mi hijastro favorito? —Beatriz se sentó a mi lado con la ligereza de alguien que no tiene cuarenta años. Llevaba un vestido corto color crema y olía a perfume nuevo.

—Hola, Bea. Solo veo televisión.

—Cocina italiana. Se ven ricos esos platos. ¿Sabes lo que se me antoja a mí ahora mismo?

—¿Pasta?

—Tú.

Me besó antes de que pudiera levantarme. Beatriz besaba como si estuviera tomando una decisión y la decisión ya estuviera tomada, con la lengua adentro desde el primer segundo, la mano subiéndome por el muslo directo a la entrepierna. La aparté como pude.

—Bea, hoy no es tu día. Es el día de mi madre.

—Tu madre está fuera. Y tu madre no se va a enterar.

—Eso lo dijo Lola esta mañana.

Se separó un segundo, los ojos brillándole de algo que no era exactamente sorpresa.

—¿Te cogiste a Lola esta mañana?

—Ella se me cogió a mí. No es lo mismo.

—Entonces yo también puedo. Si la regla la rompió ella, yo no soy la que la está rompiendo otra vez. Quédate quieto.

Me bajó los pantalones con una eficiencia que me hizo pensar que habría sido buena enfermera. Se arrodilló frente al sofá, me abrió las piernas con las dos manos y se quedó mirándome la polla como si fuera un plato que llevaba años esperando. Le escupió encima, sin apuro, y empezó a bajarme el prepucio con el pulgar mientras me hablaba.

—Mira nada más lo que tiene mi niño. ¿Te la chupó bien la mocosa esa? A ver si mami se la chupa mejor.

Se la metió entera de una, hasta que la nariz le tocó mi vientre, y se quedó ahí tragando saliva alrededor. Beatriz mamaba con la boca completa y la mano al mismo tiempo, girando la muñeca en la base, subiendo despacio y bajando de golpe, escupiéndose en la palma para mantenerlo todo mojado. Cuando notó que le iba a agarrar la cabeza, me apartó las manos y me las clavó contra el sofá.

—No. Hoy manda mami. Tú te quedas ahí y aguantas.

Alternaba la boca con la mano, pasándome la lengua por los huevos, chupándomelos uno por uno, volviendo a la punta para lamerla en círculos antes de tragársela de nuevo. La saliva le caía por la barbilla, se le corría el rímel, y me miraba fijo mientras me tenía en la garganta, esperando que me quebrara. Me quebré antes de darme cuenta.

—Bea, voy a…

—Todavía no —dijo, y me apretó la base con dos dedos como quien cierra una válvula. Me quedé al borde, respirando por la nariz, sudando en el sofá, mientras ella se reía bajito y me soplaba encima de la polla mojada—. Todavía no. Primero mami come lo suyo.

En lugar de levantarse y marcharse a su cuarto, se subió la falda, se quitó la ropa interior y se puso encima de mi cara sin darme tiempo a respirar.

—Ahora te toca a ti —dijo—. Mi cocina sí que vale la pena, no como esos italianos de la tele.

Tenía razón, aunque no se lo iba a admitir nunca. Beatriz olía a perfume caro y a algo más, más denso, más de ella. Le hundí la lengua desde abajo, larga y despacio, y la escuché soltar el aire de golpe. Le agarré el culo con las dos manos y la sostuve contra mi boca mientras le lamía todo el coño de una punta a la otra, deteniéndome en el clítoris el tiempo justo para volverla loca y volviendo a bajar antes de que se acostumbrara.

—Ay, Diego, ay, no pares, no pares, así como sabes, así, mi amor…

Le metí la lengua adentro, la saqué, subí a chuparle el clítoris con los labios cerrados, y le colé un dedo mientras la seguía comiendo. Beatriz se movía sobre mi cara como si estuviera montando algo, restregándose sin vergüenza, sujetándome el pelo con las dos manos. Le agregué otro dedo, curvándolos hacia adentro, y noté que empezaba a apretar. Se arqueó hacia atrás, agarrándose al respaldo del sofá, y soltó una risa larga que se cortó en un gemido roto cuando le llegó la corrida. Me chorreó la cara entera. No me dejó parar hasta que le dio un segundo, más corto, más agudo, y me apartó la boca tirándome del pelo.

Y entonces oí los pasos en la entrada.

***

—Veo que se divirtieron —dijo Carmen desde la puerta del salón, con la maleta todavía en la mano.

Beatriz se enderezó tan rápido que se golpeó la nuca contra la lámpara del techo. Yo me quedé quieto, debajo, con la mirada clavada en el yeso.

—Hola, cariño —dijo Beatriz, ajustándose el vestido con dignidad fingida—. Pensé que volvías de noche.

—La reunión se acortó. Y veo cómo se aprovechó esa información en mi ausencia. ¿Cuántas veces tenemos que hablar del calendario, Bea?

—Es que…

—Es que nada. Hoy era mi día. El próximo lo pierdes tú.

Beatriz bajó la cabeza y se fue al pasillo sin discutir. Era la primera vez que la veía obedecer una orden tan rápido. Yo intenté escapar detrás de ella.

—¿A dónde crees que vas, jovencito?

Carmen me alzó por la cintura y me cargó al hombro como si tuviera doce años. Yo medía un metro setenta. Ella, casi uno ochenta y entrenaba más que cualquier hombre del edificio.

—Mami tuvo un día muy largo. Y mami necesita su juguete favorito antes de la cena.

***

Me dejó sobre la cama y se desnudó en el tiempo que se tarda en pestañear tres veces. Carmen tenía una eficiencia sobrenatural para todo: para cocinar, para discutir, para esto. Desnuda era todavía más intimidante que vestida: los pechos grandes y firmes, la cintura marcada, los muslos duros de gimnasio, el pubis rubio recortado con la misma prolijidad con la que llevaba el pelo.

—Diego, ven aquí.

Me arrastré sobre la cama, agotado todavía de la sesión del sofá, y obedecí.

—Aguanté tres horas en un asiento de avión y dos en un coche. Tengo el cuerpo entero rígido. Vas a tener que ser muy cariñoso.

—Mamá, acabo de…

—No me importa lo que acabas de hacer. Me importa lo que vas a hacer ahora.

Me agarró de la nuca y me pegó la cara a sus tetas. Me metió un pezón en la boca y me sostuvo ahí, respirando profundo, mientras me guiaba la mano libre entre sus piernas.

—Chúpame. Con la lengua. Y no dejes de tocarme abajo.

Le chupé el pezón hasta que se le puso duro y le pasé al otro, mientras le acariciaba el coño con dos dedos, subiendo y bajando por los labios, apenas rozando el clítoris. Carmen soltaba un ronroneo grave, casi de gata, cada vez que le acertaba el ritmo. Cuando decidió que ya me había demorado lo suficiente, me empujó boca arriba, me pasó una pierna por encima y se acomodó sobre mi cara con la misma naturalidad con la que se sentaba en el sofá.

—Trabaja, cariño. Mami quiere acabar rápido para poder acabar otra vez.

Le comí el coño hasta que se me acalambró la lengua. Carmen no me dejaba escapar: me sostenía la cabeza con las dos manos, movía las caderas al ritmo que ella quería, y me decía exactamente qué hacer, sin vergüenza, con la voz baja y firme de siempre.

—Más arriba. Ahí. Chupa, no lamas. Los dedos, mete los dedos, dos, así. Curva. Ahí, ahí, ahí…

Acabó apretándome la cara con los muslos hasta que casi no pude respirar, empapándome de una corrida caliente que me chorreó por el cuello. Me soltó un segundo, se acomodó bajando por mi cuerpo, y sin decir palabra se me sentó sobre la polla, deslizándose hasta el fondo con un suspiro largo.

—Ahora la otra. Quieto.

Lo cierto es que ella no necesitaba que yo hiciera mucho. Carmen marcaba el ritmo, decidía las posturas, decía cuándo y cómo. Yo solo tenía que estar despierto. Me montó primero sentada, moviendo las caderas en círculos lentos, apretándome la polla adentro con los músculos como si supiera exactamente dónde estaba cada nervio. Después se tumbó boca abajo y me obligó a metérsela desde atrás, con la cara hundida en la almohada, gimiéndome a la cama, ordenándome más fuerte, más profundo, más rápido, sin dejarme parar. Le agarré el pelo rubio, se lo enrosqué en el puño, y se lo di como ella me lo pedía, con los dientes apretados, hasta que sentí cómo se le agarrotaba la espalda por segunda vez.

—Adentro, Diego, adentro, no te salgas, adentro…

Me corrí en el fondo, temblando encima de ella, con la vista blanca. Esa noche, mantenerse despierto fue casi un milagro.

Cuando terminamos, Carmen se acostó a mi lado y me pasó la mano por el pelo con una ternura que no le había escuchado a nadie más en años.

—Eres un buen niño. Puedes irte un rato si quieres. Pero te quiero de vuelta después de cenar.

—¿De vuelta?

—Tengo toda la noche libre. Y no la pienso desperdiciar.

Mierda.

***

A la mañana siguiente desperté con la cara apoyada sobre el hombro de Carmen. Apenas tuve tiempo de abrir los ojos cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe y entró Beatriz, con un café en la mano, los ojos pintados ya, lista para empezar el día con todo el repertorio.

—Buenos días, mi amor —me dijo, ignorando a Carmen, y se subió a la cama directamente sobre mí.

Carmen abrió un ojo, despacio.

—¿Qué crees que estás haciendo, zorra?

—Es viernes. Es mi día.

—Yo no pude disfrutar el mío como quería. Me debes uno.

—Esa regla no existe.

—La estoy creando ahora.

Las dos se levantaron de la cama discutiendo, una a cada lado, con los brazos cruzados sobre los pechos desnudos. Yo aproveché el momento para deslizarme hacia el pasillo sin hacer ruido.

No llegué lejos.

—¿A dónde crees que vas, perdedor? —Lola estaba apoyada en la pared del corredor con un café en una mano y una sonrisa que no presagiaba descanso—. Las dos están entretenidas. Aprovechemos.

—Lola, hoy es viernes.

—Por eso. Si me adelanto, mañana descansas.

—Esa regla tampoco existe.

—Las reglas las inventan ellas. Yo las uso a mi favor.

Antes de que pudiera responder, Carmen y Beatriz aparecieron detrás de mí, todavía discutiendo, y se dieron cuenta a la vez de que Lola se había sumado a la ecuación.

—¡Tú no entras en esto! —gritó Carmen.

—Soy más joven —replicó Lola—. Y tengo el culo más firme.

—El mío es más grande —dijo Beatriz.

—El mío es de la madre —cortó Carmen.

Las tres me sostenían a la vez: Carmen del cuello del pijama, Beatriz del brazo derecho, Lola del izquierdo. Yo era una cuerda en una guerra de tracción.

—Si me dejaran opinar… —empecé.

—¡A nadie le importa tu opinión! —contestaron las tres al mismo tiempo, sin mirarse entre ellas, en una coreografía que llevaban un año ensayando sin saberlo.

¿Quién dijo alguna vez que en un harem el hombre tenía el control?, pensé mientras me arrastraban de regreso al cuarto principal entre tirones y empujones que se estaban convirtiendo en algo distinto.

Es viernes a las ocho de la mañana. Faltan dos días para el domingo.

Y dos días, en esta casa, son una eternidad.

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Comentarios(7)

Rober_74

tremendo relato!!! no lo iba a leer pero me enganché desde las primeras líneas y no pude parar hasta el final

AndreaCba

Dios mio que historia... por favor publicá mas pronto, quedé con muchisimas ganas de saber como sigue todo esto

ElMaestro77

jaja el protagonista es el hombre mas sufrido de la pagina pero al final tampoco se queja tanto, tremendo

Santi_BsAs

Muy bien armado el relato. La tension se va construyendo de a poco y eso se agradece, no es todo de golpe. Felicitaciones

CafeSinAzucar

me recordo a una situacion parecida aunque mucho menos complicada que esto jeje. buenos tiempos

Juli_Rdz

segunda parte porfavor!!!! quede muy enganchada y se corto justo cuando mas queria saber

LucianoR7

Buenisimo. El titulo me atrajo y el relato no decepciono para nada. Sigue así!

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