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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi hermana al irse los tíos

Mis padres nos dejaron a cargo de mis tíos cuando éramos chicos. Vivimos en Guadalajara desde entonces, en una casa amplia con jardín, en una colonia tranquila de calles arboladas. Mi hermana Lucía tiene veintiún años y trabaja en una dependencia municipal a la que entró hace poco. Yo tengo veinte y estudio ingeniería. Cuando mis tíos Adriana y Bernardo nos avisaron que se iban un mes a Italia, los dos nos miramos un instante demasiado largo.

Nadie dijo nada en ese momento. No hacía falta.

Llevábamos cuatro años con un secreto que pesaba más de lo que admitíamos. Antes dormíamos en el mismo cuarto, en camas separadas. Cuando mi tío Bernardo construyó la pieza de arriba para mí, fue con la excusa de que ya estábamos grandes. La verdad era otra y los tres lo sabíamos sin nombrarlo. Mi hermana y yo nos habíamos vuelto algo más que hermanos, aunque nunca habíamos pasado de besos largos y caricias por encima de la ropa.

—¿Vas a estar bien? —me preguntó mi tía mientras cerraba la última maleta.

—Sí, tía. Yo cuido a Lucía.

Mi hermana fingió no escucharme. Estaba en el sillón con una taza de café entre las manos, las piernas cruzadas y el cabello castaño cayéndole a la altura de la mandíbula. Tenía esa costumbre de morderse el labio inferior cuando algo la tensaba.

***

Los llevamos al aeropuerto los dos. Cuando vimos despegar el avión, Lucía me apretó la mano un momento más de lo necesario y la soltó como si le hubiera quemado.

—Tengo hambre —dijo en el regreso, mirando por la ventanilla.

—Yo también.

Pasamos por un restaurante cerca de Chapultepec. Pedí cervezas. Ella pidió tequila. La conversación fue extraña, fragmentada, llena de silencios con sentido. Mi novia Camila me llamó a media cena y noté la incomodidad en la cara de Lucía. Levantó una ceja. Dejó el cubierto. Pidió la cuenta sin esperar a que terminara la llamada.

En el coche, de vuelta a casa, ninguno de los dos puso música.

—Camila te quiere mucho —dijo finalmente.

—Sí.

—Tú la quieres mucho.

—Sí. Pero a ti más.

Lucía giró la cabeza hacia la ventana. Vi su reflejo en el vidrio. Sonreía sin querer.

—Eso no me lo habías dicho así.

—Llevo cuatro años diciéndolo a mi manera.

***

Llegamos a casa cerca de las once. Encendimos solo la luz del pasillo. La casa, sin mis tíos, sonaba diferente. Más grande. Más nuestra.

Lucía dejó las llaves sobre la consola y se quitó los zapatos sin agacharse, empujando uno con el pie opuesto.

—Hace calor —dijo—. ¿Tienes hambre todavía?

—No. Tengo otra cosa.

Me miró. Ya no se mordía el labio. Lo apretaba.

—¿Te bañaste antes de salir? —preguntó.

—Sí.

—Yo también.

Subió las escaleras delante de mí. Yo me quedé un momento al pie, viéndola. Llevaba un vestido corto color miel y una espalda que conocía de memoria de tantas veces que la había abrazado por detrás en la cocina, aprovechando que nuestros tíos veían la tele en la sala.

—¿Vienes? —dijo desde arriba sin mirarme.

Subí.

***

Su cuarto era el mismo de siempre. Las paredes en un rosa muy pálido, casi gris. La ventana abierta al patio. La cama deshecha. Lucía nunca tendía la cama por la mañana.

Cerré la puerta detrás de mí. No hacía falta —estábamos solos en la casa— pero lo hice. Era un gesto. Una manera de decir que esa noche íbamos a ser otros.

—Tengo que contarte algo de Camila —dije.

—Después.

—Es importante.

—Después.

Se acercó. Se paró frente a mí. Me sacó la camisa de los pantalones con un movimiento decidido, sin prisa, como si llevara años ensayándolo.

—Cuatro años, Esteban. Cuatro años besándonos en la boca y nada más.

—Lo sé.

—Ya no quiero conformarme con eso. Quiero que me la metas. Quiero que me cojas hasta que no me acuerde de mi nombre.

Me besó. No fue como los besos de antes. Antes había siempre un cálculo: la puerta, los pasos en el pasillo, la voz lejana de mi tía. Esa noche no había nada de eso. Solo su lengua metiéndose en mi boca con hambre de años, su respiración entrecortada, sus manos buscando la hebilla de mi cinturón y bajándome el cierre del pantalón de un tirón. Me metió la mano dentro del bóxer y me agarró la polla directo, sin rodeos, apretándola en el puño como si comprobara algo que llevaba mucho tiempo imaginando.

—Dios —murmuró contra mi boca—. La tienes durísima.

—Espera —dije.

—¿Qué?

—No quiero apurarme. Llevo cuatro años imaginando esto.

Sonrió. Se sentó en la cama. Se quitó el vestido por la cabeza con un movimiento corto. Debajo no llevaba sostén. Sus pechos eran más plenos de lo que había alcanzado a imaginar en los pocos vistazos robados a lo largo de los años: pezones oscuros, areolas anchas, ya duros y erizados. Me quedé mirándola.

—¿Qué? —preguntó—. Ya me has visto.

—Nunca así.

—Nunca así.

Se quitó la ropa interior. La piel del vientre era pálida y se veía aún más blanca por la línea del bronceado. Entre las piernas tenía una franjita de vello castaño, recortada, y debajo el coño ya se le veía brillar. Abrió apenas los muslos y con dos dedos se separó los labios para que yo le viera todo. La entrada, rosada, mojada. El clítoris hinchado asomando en el capuchón.

—Ven —dijo—. Mira lo que llevo cuatro años guardándote.

Me arrodillé al borde de la cama. Le besé los muslos primero, lento, mordiendo la piel del interior, subiendo con la boca abierta. Cuando llegué a la ingle sentí su olor y se me nubló la cabeza. Le pasé la lengua por toda la raja de abajo hacia arriba, plana, ancha, saboreándola por primera vez. Sabía a hembra, a sudor limpio, a algo dulce y salado al mismo tiempo. La oí soltar un sonido que no le había escuchado nunca. Algo entre un suspiro y una palabra que no terminó.

—Ay, Esteban… así, así, hijo de puta, así.

Le abrí el coño con los pulgares y clavé la lengua en la entrada, hundiéndola, sacándola, chupándole los labios uno por uno. Después subí al clítoris y me lo metí en la boca, chupándoselo con los labios y golpeándolo con la punta de la lengua en círculos rápidos. Ella se retorcía en la cama, se agarraba de las sábanas, se agarraba de mi pelo, arqueaba la espalda del colchón.

—No pares —dijo después de un rato—. Por favor, no pares, me voy a venir, me voy a venir en tu boca…

Mi lengua no paró. Le metí un dedo en el coño mientras seguía chupándole el clítoris, y sentí las paredes apretarme. Metí un segundo. La follé con los dedos despacio, buscándole el punto por dentro, curvándolos hacia arriba. Sus piernas empezaron a temblar de una forma que no controlaba. Me apretó la cabeza con las manos, las relajó, volvió a apretarme, cerrando los muslos alrededor de mis orejas. Cuando se vino, dejó escapar un grito corto que se cortó solo, como si ella misma se hubiera asustado de su propio sonido. Sentí su coño convulsionarse contra mi lengua, apretarme los dedos por dentro en oleadas, y un chorro de flujo caliente inundándome la barbilla.

***

—Nunca había sentido eso —dijo cuando recuperó el aliento. Tenía el pecho subiendo y bajando rápido, el pelo pegado a la frente por el sudor.

—¿Rodrigo no…?

—Rodrigo no.

—¿Nunca?

Negó con la cabeza. Tenía los ojos brillantes.

—Nunca me ha chupado el coño. Dice que le da asco. Me vengo sola, después. Pensando en ti. Con dos dedos y una almohada entre las piernas, pensando en tu boca, en tu polla, en cómo me imaginaba que me la ibas a meter.

Eso lo dijo mirándome a la cara, sin desviar los ojos. Y fue lo que terminó de romperme.

—Yo también pienso en ti con Camila —confesé—. Todo el tiempo. Me la cojo pensando en ti. Cierro los ojos y es tu cara.

—Lo sabía.

—¿Lo sabías?

—Eres mi hermano. Te conozco.

Me quité el resto de la ropa. La polla se me sacudió libre, dura, apuntándole a la cara. Vi cómo se le fueron los ojos ahí, cómo se pasó la lengua por el labio inferior sin darse cuenta. Me arrodillé entre sus piernas. Ella se incorporó y me detuvo con una mano en el pecho.

—Espera tú ahora.

Me hizo retroceder hasta el borde de la cama y me sentó ahí, con los pies en el piso. Se bajó al suelo, de rodillas entre mis muslos, y me miró desde abajo. No me dejó hablar. Me agarró la polla con la mano derecha y me pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, lento, sin apartar los ojos de los míos. Después abrió la boca y se metió el glande, sellando los labios alrededor, y empezó a bajar. Su boca rodeó mi verga con una soltura que me sorprendió y me dolió a la vez. Pensé en Camila por una fracción de segundo y aparté la idea. Esa boca era distinta. Era mi hermana. Eran los cuatro años. Era el motivo por el que llevaba tanto tiempo durmiendo mal.

La bajó entera hasta el fondo, tragándomela, sintiendo cómo la garganta se le cerraba alrededor. Se atragantó un segundo, se retiró para respirar, y volvió a bajarla. Me la mamaba sin ruido al principio y después con ruido, chupando fuerte, haciendo un sonido húmedo cada vez que se retiraba. Me agarró los huevos con una mano y me los apretó suave mientras con la otra me masturbaba la base de la polla al ritmo de la boca.

—Mírame —le dije, agarrándole el pelo—. Quiero verte la cara mientras me la mamas.

Levantó los ojos sin sacársela de la boca. Verla así, con mi polla hundida entre los labios y esa mirada de mi hermana pequeña convertida en otra cosa, me llevó al límite.

—Lucía —dije—. Lucía, me voy a venir.

Ella no se apartó. Me apretó los huevos y siguió chupándomela más rápido, moviendo la lengua contra la parte de abajo del glande. Me vine en su boca en tres chorros largos, agarrado del respaldo de la cama, apretándole el pelo, gimiendo su nombre. Tragó. Tragó todo. Cuando levantó la cabeza, se limpió el labio con el pulgar y me miró.

—Camila no es la única —dijo—. A ella tampoco la dejas venirte en la boca, ¿verdad? Conmigo puedes hacer lo que se te dé la gana. Yo te aguanto todo.

***

Pasó casi una hora antes de que me la metiera. Tampoco quise apurarme. La tuve otra vez boca abajo y le comí el culo y el coño desde atrás hasta que se vino contra mi cara por segunda vez, con la cara contra la almohada para no gritar. Después la volteé y le chupé los pezones uno por uno, mordiéndolos suave, mientras ella me devolvía la erección con la mano. Cuando la tuve dura otra vez, ella se puso de espaldas, las rodillas dobladas, las plantas de los pies apoyadas en la cama. Yo encima, con un brazo a cada lado de su cabeza. La polla me chocaba contra el vientre, chorreando saliva y presemen sobre su piel.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Llevo cuatro años segura.

—Una vez que entre, ya no hay vuelta atrás.

—Esteban. Métela. Métemela ya, hermanito.

Me agarré la polla con una mano y la pasé por la raja de su coño, mojándomela con sus jugos, frotándole la punta contra el clítoris. Ella soltó un jadeo. Puse el glande en la entrada y empujé despacio. La sentí abrirse alrededor de mí, apretada, caliente, en un movimiento que no fue solo físico. Vi cómo su cara cambiaba. Cómo cerraba los ojos un momento, los abría, los volvía a cerrar. Se me tragó la polla hasta el fondo con un solo empujón lento, y cuando ya la tuve toda dentro los dos nos quedamos quietos, respirando.

—Eres mi hermana —dije. No supe por qué lo dije.

—Soy tu hermana —repitió ella—. Y soy tu mujer. Y me tienes la polla adentro. Muévete.

Empecé a moverme. Lento al principio, saliendo casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo. Ella me apretó la cintura con las piernas, las cerró fuerte, me retuvo cada vez que quería salir del todo.

—Rodrigo no me deja hacerlo así —murmuró—. Sin condón. Nunca me la ha metido a pelo. Solo tú, Esteban. Solo tú vas a sentirme por dentro.

—Yo sí.

—Yo sé. Más rápido. Cógeme más rápido.

Empujé más fuerte. La cama empezó a chirriar contra la pared. Le agarré una pierna y me la puse sobre el hombro para entrarle más profundo, y ella soltó un gemido largo. Después la volteé sin sacársela y la puse a cuatro patas. Le agarré las caderas y le empecé a coger duro desde atrás, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante de su coño, cómo el culo se le sacudía con cada embestida. Le di una nalgada. Le di otra. Ella arqueó la espalda y empujó hacia atrás, cogiéndome ella a mí.

—Así, hijo de puta, así —jadeaba contra la almohada—. Rómpeme, rómpeme el coño…

Nos quedamos así un rato largo, cambiando de posiciones. Ella arriba, montándome, con las manos apoyadas en mi pecho, subiendo y bajando sobre la polla mientras yo le agarraba las tetas. De costado, con una pierna levantada. Otra vez debajo. Su cuerpo se sentía hecho a la medida del mío, la mía calzaba en su coño como si lo hubieran fabricado para eso. Pensé que tal vez por eso habíamos esperado tanto: porque sabíamos.

***

A la una de la mañana ya había perdido la cuenta de cuántas veces se había venido. Se venía en la polla, se venía cuando le chupaba las tetas, se venía cuando le hablaba sucio al oído. Yo aguanté lo que pude. Cuando ya no aguanté más, se lo dije.

—Adentro —ordenó, apretándome las nalgas con los talones—. No me importa. Vente adentro de tu hermana.

—Pero…

—Adentro. Por favor. Lléname.

Empujé hasta el fondo y me vine con un gemido largo, sintiendo cómo la polla se me sacudía dentro de ella, cómo le disparaba dentro chorro tras chorro. Sentí su cuerpo aceptarlo, retorcerse, calmarse despacio. Ella se vino conmigo, apretándome por dentro en oleadas que me exprimieron hasta la última gota. Después me dejé caer encima de ella, agotado, con la polla todavía dentro, sintiendo cómo mi semen empezaba a escurrírsele por los muslos cuando salí, y me quedé así, escuchando su respiración volver a la normalidad mientras su mano me acariciaba la nuca.

—Tengo que contarte algo de Camila —dije al fin.

Levantó la cabeza apenas.

—¿Ahora?

—Es lo que quería contarte antes.

Me apoyé en el codo. La miré. Le hablé bajito, casi al oído. Le conté lo que Camila me había confesado meses atrás, después de unos tequilas de más en un hotel del centro. Que tenía un hermano y una hermana. Que entre los tres se gustaban. Que lo habían hecho varias veces. Que ella misma me había dicho que conmigo se venía pensando en ellos.

Lucía se quedó en silencio un rato. Después soltó una carcajada baja, casi de incredulidad.

—Me prestó una revista para que te la enseñara —añadí—. Está abajo, en mi portafolio.

—¿Una revista?

—De ellos. Hay fotos.

Se incorporó. Se sentó en la cama. Se pasó las manos por el pelo. Entre las piernas todavía le brillaba mi semen escurriéndosele.

—Bájala.

***

Bajé desnudo. La casa, a oscuras, ya no me daba pudor. Volví con la revista. Era de tapas oscuras, sin título visible. La abrí en su cama.

Lucía, todavía desnuda, se acomodó contra el respaldo y la abrió en la primera página. Yo me senté a su lado.

Las primeras fotos eran inocuas: los tres vestidos, posando como hermanos. Pero en la segunda página todo cambiaba. Camila aparecía sentada en el sofá entre su hermano y su hermana, desnudos los tres, con las bocas encontrándose en un beso a tres, las manos metidas entre las piernas del otro. Las miradas no eran ambiguas. Las manos tampoco.

—Es ella —dijo Lucía.

—Es ella.

—Y son sus hermanos.

—Sí.

Pasó las páginas despacio. En una hoja había un diálogo a manera de entrevista, en pie de foto.

—«El incesto es lo máximo, las amo incestuosamente, hermanas» —leyó en voz alta.

Cerró la revista. Me miró. Estaba más roja que cuando había entrado al cuarto. Le vi los pezones volver a endurecérsele.

—Esteban.

—Dime.

—Quiero que se lo cuentes.

—¿Qué cosa?

—Lo nuestro. Quiero que ella sepa que tampoco eres solo de ella.

—¿Estás segura?

—Y dile que si quiere lo que tiene con sus hermanos contigo, también lo tiene que tener conmigo. Que si me la trae a esta cama, yo le como el coño mientras tú se la metes por atrás.

La miré. Estaba hablando completamente en serio. Aún tenía marcas de mis dedos en las caderas, mi semen escurriéndosele por dentro, y ya estaba pensando en lo siguiente.

—¿De verdad serías capaz?

—Lo hice una vez con una compañera de la facultad. ¿Tú crees que con ella, que se parece tanto a mí, no?

—No me habías contado lo de la facultad.

—Tú tampoco me habías contado lo de Camila.

Me reí. Ella no.

***

Cuando volvimos a cogernos, fue distinto. Ya no había ningún cálculo, ningún umbral por cruzar, ninguna línea que no estuviera del otro lado. Solo estábamos los dos, los hermanos que en algún momento se habían vuelto otra cosa, por fin sin disfraz. Me la monté encima, cara a cara, la polla otra vez adentro, sus tetas rozándome el pecho, la boca pegada a la mía mordiéndome los labios entre gemido y gemido.

—¿Quieres apagar la luz? —pregunté.

—No. Quiero verte la cara cuando me llenes otra vez.

Y la vi. Vi cómo cerraba los ojos, los abría, me miraba, me decía cosas al oído que solo se le pueden decir a alguien con quien creciste —«más adentro, hermanito, más adentro, hasta el fondo, así»— en una mezcla que no he vuelto a sentir con nadie y que tampoco quiero sentir con nadie más. Me vine otra vez dentro de ella, y ella se vino conmigo, agarrada de mi nuca, mordiéndome el hombro para no gritar.

Mis tíos volvían en treinta días. Treinta noches por delante. Y una conversación pendiente con Camila que ya no me daba miedo, porque ahora tenía a quién contársela primero.

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Comentarios(8)

leetodo

increible!! me atrapó desde la primera linea, no lo pude dejar de leer.

Curiosa22

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas

DiegoSur88

Empece sin esperar nada y terminé completamente enganchado. Muy bueno

SilvanaMC

Me recordó a algo que pase yo hace años... esa sensacion de ver a alguien cercano con otros ojos de repente. Lo contaste perfecto.

Martin_BA

Sigue escribiendo!!! que relato

CarlosNoc_89

De los mejores que lei aca en mucho tiempo. Sin dudas.

Nocturna_33

La manera de narrarlo es muy particular, se siente real y cercano. Esperando el proximo relato.

LectorAndino

Saludos desde peru, excelente relato. Espero mas de este estilo

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