Me vestí de mujer para un fantasma
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Bastó un susurro junto a mi oído para que toda mi vida de hombre correcto empezara a derrumbarse bajo el clic de unos tacones que aún no eran míos.
Aquel viernes subió al coche una maleta y unas cajas que no entendí. Dentro no había trabajo: estaba el regalo que por fin me dejaría ser quien siempre fui.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Llevaba semanas usando lencería bajo la ropa, pero esa noche, sola en casa, decidí convertirme del todo en la mujer que él quería ver.
Cuando se giró en aquella tienda de pueblo, pensé que era una mujer. Llevaba unos jeans blancos, las uñas pintadas y un secreto que no descubriría hasta quedarnos varados en la carretera.
Cuando me pidió el café de rodillas, supe que algo había cambiado entre nosotras para siempre y que ya no existía la vuelta atrás.
Mi tío conducía furioso, perdido por enésima vez, y ella aprovechó cada bache y cada volantazo para volverme loco sin que él notara nada.
Su madre nos vio jugando en la cama y, en lugar de gritar, me sonrió. Esa misma noche entendí que en esa casa nada era inocente, y yo tampoco quería serlo.
Cuando entré al baño no imaginé que su madre me esperaba, ni que mi sobrina aparecería en la puerta con una sonrisa que lo cambiaría todo.
Andrés siempre fue el hermano fuerte, el que traía la comida y dormía con sus novias. Hasta que una noche de abstinencia me buscó a mí en la oscuridad.
Solo iba a pedirle que bajara el volumen del porno. Nunca imaginé que esa discusión terminaría con los dos en su cama, sin nada que nos separara.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
La llave de su jaula cuelga del cuello de otra mujer, y cada día que pasa sin liberación su poder crece. Esa noche, el barrio entero iba a sentirlo.
La primera vez que llamó «tetitas» a mi pecho plano me reí. La segunda vez, mi cuerpo se arqueó solo y supe que algo dentro de mí había empezado a cambiar para siempre.