La noche que le enseñé al hermano de mi amiga
Esa noche de viernes debí haberme quedado en casa. Llevaba cinco días seguidos de trabajo acumulado, el jefe pisándome los talones y una discusión sin resolver con mi ex que me había dejado el estómago apretado. Cuando Daniela me llamó y me dijo que solo íbamos a cenar, algo liviano, yo confié. Grave error.
El lugar era exactamente lo contrario de lo que necesitaba. Música a un volumen que impedía pensar, gente empujándose para llegar al bar, los tragos tardando veinte minutos en llegar. Me quedé en la zona de balcones porque era el único rincón donde al menos podía escuchar mis propios pensamientos. Daniela bailaba adentro con alguien que no conocía y yo contaba los minutos para poder irme.
Nicolás llegó cerca de las once. Lo conocía de años atrás: su madre lo mandaba como escolta de Daniela cuando ella salía de noche, aunque Daniela ya tenía veintiocho años y ninguna noción de por qué necesitaba niñero. Nico era tres años menor que yo, callado, con esa timidez de los chicos guapos que no saben que lo son. Apareció entre la multitud, ubicó a su hermana con la vista y luego fue directamente hacia mí.
—Tenés cara de que esto fue una mala idea —me dijo inclinándose hacia mi oído para no tener que gritar.
Su aliento me rozó el lóbulo y algo se activó en mi cuerpo sin que yo lo hubiera planeado. Llevaba días sin contacto con nadie, los nervios en carne viva, y eso me hacía más sensible que de costumbre.
—Hola, Nico. ¿Se me nota tanto?
—A kilómetros. Siempre llegás sonriendo y esta noche tenés cara de querer matar a alguien.
Hice una pausa. El cansancio y los meses de confianza con él me soltaron la lengua más de lo previsto.
—Tu hermana me arrastró hasta acá y lo que yo quería era cenar algo y dormirme. —Otra pausa—. O coger. Lo que saliera primero.
La palabra quedó flotando entre los dos. Vi cómo la procesaba.
No contestó de inmediato. Giró la cabeza hacia los lados como buscando permiso de alguien que no existía, y luego volvió su mirada hacia mí.
—Puedo ayudarte con las dos cosas, creo.
Me salió la primera risa genuina de la noche. Le tomé el mentón con dos dedos para que me mirara de frente, porque lo veía evitar mis ojos con la timidez de siempre.
—¿Con cuáles dos cosas específicamente, Nico?
Se le fue el color a la cara antes de que pudiera controlarlo. Respiró hondo.
—Con las dos que dijiste, Val. Posiblemente.
Le pasé el brazo por la cintura sin darle tiempo para que lo pensara dos veces. Al salir, cruzamos frente a Daniela, que bailaba con alguien pegada a la pared. Le hice un gesto con la mano: nos vamos a comer, nos vemos. Ella levantó el pulgar sin hacer preguntas. Lo que no pudo ver fue a su hermano menor entrelazando sus dedos con los míos mientras salíamos a la calle.
Por iniciativa mía compartimos una hamburguesa. No me gusta cenar pesado cuando tengo planes para después. La anticipación ya hacía lo suyo y yo pensaba en otra cosa mientras comíamos. Nico hablaba poco. Tenía la mirada en el plato más tiempo del necesario y de tanto en tanto le faltaba el aire, como si algo le apretara el pecho desde adentro.
Acerqué mi silla a la suya y puse una pierna entre las suyas.
—¿Es tu primera vez?
Hundió el mentón en el pecho.
—Sí —dijo sin levantar la vista.
—¿Cómo puede ser, si sos un chico tan lindo?
Me escuché a mí misma y pensé: sonás exactamente como su tía.
—Nunca supe cómo hablarle a las chicas de mi edad. Siento que no les intereso.
—Conmigo hablás sin problema, sin embargo.
—Con vos es más fácil. Con Daniela también. Con mi vieja.
La confirmación que no esperaba, pero ahí estaba.
—Nico, escuchame. No hay nada de qué preocuparse esta noche. No te pongas nervioso pensando en hacer todo bien, porque eso no existe la primera vez. Pedí dos bebidas deportivas en la caja, que después las vamos a necesitar.
Nos fuimos a uno de esos hoteles con entrada vehicular discreta. Nico se trabó con la señorita de recepción, que era todo eficiencia y nada de conversación. Yo le di un codazo suave y ella levantó la vista hacia mí con una sonrisa brevísima que decía: conozco esta situación de sobra.
La habitación tenía una luz cálida y una cama doble con sábanas blancas que olían a limpio. Un pequeño sillón acompañaba la ventana. Nico entró primero y se quedó parado en el centro del cuarto con las manos a los costados, como un mueble recién entregado que no sabe todavía dónde tiene que ir.
Me paré frente a él. Intentó decir algo. Le puse un dedo en los labios.
—Respirá. Tranquilo.
Empecé a besarlo despacio. Él al principio tenía los labios tensos, midiendo, sin saber bien cómo corresponder. Fui guiándolo con la lengua hasta que su boca se abrió y algo en sus hombros cedió.
Con mis pasos lo dirigí hacia el sillón. Tenía ganas de estar arriba y de llevar el ritmo yo. Me parecía la mejor manera de que él no sintiera la presión de todo al mismo tiempo. Se sentó con la espalda recta y las manos en las rodillas, como si alguien le hubiera ordenado «sentate y no te muevas».
Levanté la falda y me subí a su regazo. Cuando acomodé mis caderas sobre las suyas y sentí su respuesta contra mi ropa interior, se le escapó un sonido que no esperaba escuchar de él tan pronto.
—Ayudame con la blusa —le pedí.
La abrió botón a botón, despacio, pellizcando la tela sin querer un par de veces. Le di tiempo. No había apuro.
Al caer la blusa, deslicé el corpiño por encima de mis brazos y lo dejé ir. Sus manos tomaron mis pechos con más seguridad de la que tenía treinta segundos antes. Sentí mis pezones endurecerse contra sus palmas. Esbozó una sonrisa.
—Atención —le dije—. Lo que te voy a mostrar ahora lo vas a replicar después en otro lugar.
Le tomé el labio superior entre los míos, luego el inferior. Le mostré con la lengua, despacio, exactamente qué quería que hiciera cuando llegara ese momento. El ejercicio tenía sus propios efectos secundarios: cuando me separé de su boca, los dos necesitábamos respirar.
Se hizo con uno de mis pezones y apretó demasiado. Demasiado porno, poca atención.
—Más suave —le dije—. Como si tuvieras algo frágil y no quisieras dañarlo.
Corrigió de inmediato, y esta vez sí.
Me puse de pie y traje su remera conmigo. Él quedó sentado en el borde del sillón con el torso al descubierto, mirándome. Bajé el cierre de la falda con un movimiento de cadera y la dejé caer al piso. Me quedaba solo la ropa interior blanca, que ya hacía rato había dejado de estar seca.
—Esto ahora corre por tu cuenta —dije, tomando la elástica y pasándosela.
La bajó con las manos algo torpes pero con ganas genuinas. Me miró como alguien que acaba de recibir algo que no esperaba y no sabe bien qué hacer con ello.
—Hora de practicar ese beso —le dije, arqueando el cuerpo y guiando su cabeza hacia mí.
Las primeras dos pasadas fueron dubitativas. La tercera, mucho mejor. Le puse una mano en el pelo sin presionarlo, solo para orientarlo. Encontró el ritmo antes de lo que esperaba y yo sentí la tensión acumulada de toda la semana empezar a ceder, músculo por músculo.
—Perfecto. Ahora te toca a vos.
Me arrodillé frente a él y abrí su pantalón. Cubrió instintivamente con las manos. Le aparté los brazos sin decir nada y lo liberé de las prendas mientras él miraba el techo como si necesitara un punto fijo al que aferrarse.
Acerqué los labios a la punta de su erección y escuché su respiración cortarse.
Tomé mi tiempo. Quería que lo disfrutara sin que sintiera urgencia de terminar rápido. Le masajeé los muslos con la mano libre para mantenerlo relajado pero presente. Cada tanto lo miraba desde abajo y lo veía con los ojos entrecerrados, los puños cerrados a los costados, conteniendo.
—Ya no aguanto más —dijo con la voz ronca—. Quiero sentirte.
Me puse de pie, lo tomé de la mano y lo llevé a la cama. Me recosté y lo invité a acomodarse entre mis piernas. Se instaló con algo de torpeza inicial, pero la intensidad en su mirada era completamente nueva.
Cuando entró, cerré los ojos.
Era exactamente lo que necesitaba. La semana entera, los nervios, el mal humor, todo se reorganizó de golpe en esa sensación concreta de plenitud y calor. Se movió al principio midiendo cada cosa, ajustando. Después del séptimo u octavo movimiento encontró el ángulo justo y la descarga llegó desde adentro hacia afuera como una ola que no avisó.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado, cuando mi cuerpo cedió.
Abrí los ojos y me reí.
—Muy bien. Acabás de hacer terminar a una mujer por primera vez, Nico.
Se quedó quieto unos segundos sin saber qué hacer con esa información.
—Seguí vos ahora —le dije—. Tomá tu tiempo.
Retomó el movimiento con más soltura. El haber llegado hasta ahí le había resuelto algo por dentro: ya no medía, ya no calculaba. Se abrazó a mí, recorrió mis curvas con las manos, observó cada parte de mi cuerpo con una atención que no era invasiva sino curiosa.
Cuando llegó al límite lo avisó con la respiración. Lo dejé terminar adentro: la aplicación me había confirmado esa mañana que estaba lejos de mi ventana fértil y no me preocupaba. Sentí el calor de él y después su peso, liviano, reposando sobre mi pecho.
Nos quedamos un rato sin hablar. Abrimos las bebidas deportivas que habíamos dejado en la mesita de luz. Yo agotada y satisfecha al mismo tiempo. Él todavía procesando.
—¿Cómo fue? —le pregunté.
—Mejor de lo que pensé que iba a ser —respondió, y sonó auténtico, no a cumplido.
Acordamos no contarle nada a Daniela por ahora. Le confesé que en algunos momentos él me había recordado a su hermana, en un gesto, en la mirada, en algo que no supe nombrar bien, y que eso me había resultado excitante de un modo que no esperaba. Me miró como si no supiera si tomarlo como un halago.
—Lo es —aclaré—. No lo dudes.
Me llevó al departamento en silencio. Cuando bajé del auto se quedó con la ventana baja.
—¿Repetimos en algún momento?
—Sí —le dije sin pensarlo—. Pero la próxima vez elegís vos el lugar.