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Relatos Ardientes

El viernes que le entregué mis notas a mamá

Aquel viernes de octubre volví de la universidad antes de lo habitual. Había soltado el último examen del cuatrimestre con la certeza de que no me había ido como esperaba, y lo único que quería era encerrarme en mi cuarto y dejar que el fin de semana pasara sin que nadie me preguntara nada. Pero al cruzar el pasillo del segundo piso vi la puerta de mi madre entreabierta y, sin pensarlo, asomé la cabeza.

Estaba recostada de lado sobre la cama, con un pantalón corto de algodón y una camiseta blanca que se le había levantado un poco a la altura de la cintura. Tenía el celular en la mano y los ojos cerrados, como si estuviera escuchando un audio largo. No traía sostén; lo supe porque sus pezones se marcaban claramente contra la tela. La había visto así mil veces antes y nunca me había llamado la atención. Esa tarde, sí.

—Hola, mamá —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. ¿A qué hora llegaste?

Ella abrió los ojos despacio, sin moverse del lugar.

—Antes del mediodía. Pasa, Andrés. ¿Por qué tienes esa cara?

Me senté en el borde de la cama, intentando que no se notara que estaba más pendiente de su escote que de mis propias palabras.

—Te traigo las notas. Hoy salieron las últimas.

—Mmm. Pásalas.

Le extendí el sobre y mi madre se incorporó apenas lo suficiente para apoyarse en el respaldo. La camiseta se le ajustó al moverse, y tuve que apartar la mirada. Sentía el latido de las sienes y un calor incómodo en la entrepierna que llevaba meses sin sentir frente a ella. Me dije que era el cansancio del examen, que era el azúcar bajo, que era cualquier cosa menos lo que era.

Leyó la hoja dos veces. Despacio. Sin gestos. El silencio se estiró hasta volverse insoportable.

—Psicología del desarrollo, siete. Estadística aplicada, seis. Sociología, siete. Metodología, ocho. —Levantó la vista—. ¿Qué pasó, Andrés?

—Fueron las semanas que viajaste a Mérida —empecé, atropellando las palabras—. Me costó organizarme. No tuve a quién preguntarle las dudas, y me dispersé. Te juro que no se va a repetir.

Mi madre cerró la hoja, la dejó sobre la mesita de noche y se cruzó de brazos. El gesto le subió todavía más la camiseta. Pude ver el comienzo del vientre, una franja de piel clara, lisa, con un lunar pequeño cerca del ombligo. No recordaba haberlo notado nunca.

—Que yo me vaya unos días no es excusa, hijo. Yo trabajo, yo viajo, yo me ocupo de pagar tu carrera. Lo único que te pido es que cumplas tu parte. Y tu parte, este cuatrimestre, no la cumpliste.

—Lo sé.

—No me parece que esté bien, «señor mío». Para nada.

Ese «señor mío» con el que me trataba desde niño, mezcla de cariño y reproche, esa vez sonó distinto. Me erizó la nuca. Sentí que me ponía rojo, y para disimularlo me concentré en el suelo, en mis tenis sucios, en cualquier cosa.

—Mamá… —dije por fin, más bajo de lo que quería.

—Ni se te ocurra prometerme otra vez que no va a volver a pasar. Esta vez quiero hechos.

Levanté la vista. Mi madre tenía las mejillas ligeramente encendidas. No sabía si por el enojo o por algo más. Decidí, sin pensarlo demasiado, jugar otra carta.

—Mamá, no es excusa, pero te veo cansada. Llevas dos semanas viajando, llegaste hoy a mediodía y ya estás revisando mis notas en lugar de descansar. ¿No crees que te mereces un fin de semana sin pensar en nada?

Le tomé la mano que le colgaba sobre el muslo. No la apreté; la sostuve, como hacíamos cuando yo era chico y teníamos largas conversaciones antes de dormir. Mi madre no la retiró.

—No me cambies el tema —dijo, pero sin firmeza.

—No te lo cambio. Te digo lo que veo. Estás guapísima, mamá. Lo digo en serio. No sé si es el corte de pelo, o el bronceado de la playa de Mérida, pero estás resplandeciente.

Mi madre soltó una risa nerviosa, una de esas risas que se escapan cuando una no sabe qué contestar.

—Andrés, no me hagas eso. Te conozco. Te estás escapando de la reprimenda con cumplidos.

—Te juro que no. Te estoy diciendo lo que pienso desde que entré a la recámara.

Le acaricié el dorso de la mano con el pulgar. Despacio. Ella no apartó la mirada. Por un instante pensé que iba a romper a reír y a mandarme a mi cuarto. Pero no lo hizo. Se quedó quieta, con los ojos fijos en los míos.

—«Mi señor» —murmuró—, no juegues con tu madre.

—No estoy jugando.

Me incliné un poco hacia ella. Lo suficiente para que sintiera mi aliento cerca. Lo suficiente para darle a entender, sin decirlo, lo que estaba pasando. Mi madre no se apartó. Bajó la mirada hacia mi boca y se mordió, apenas, el labio inferior. Fue ese gesto el que terminó de quebrar lo que quedaba en mí.

La besé.

Fue un beso corto. Casi un roce. Apenas suficiente para que ninguno de los dos pudiera fingir, después, que no había pasado. Me retiré unos centímetros, esperando el grito, la bofetada, la orden de que me fuera de la habitación. No llegó nada.

—Hijo —dijo en voz baja—, esto no podemos hacerlo.

—Lo sé.

—Yo soy tu madre.

—Lo sé.

Pero no me moví. Y ella tampoco. Y al cabo de unos segundos en los que el aire pareció pesar más que toda la casa, fui yo quien volvió a buscarle la boca, y fue ella quien esta vez respondió.

***

Lo que siguió no tuvo planificación ni vuelta atrás. Mi madre me pasó las manos por la nuca, me atrajo hacia ella y me besó como si llevara años imaginándolo. Tenía la boca tibia y suave, con un sabor leve a café. Yo le sostuve la cara entre las dos manos, marcando con los pulgares la línea de la mandíbula, y me dejé caer despacio sobre la cama.

—Andrés —susurró contra mis labios—, tenemos que parar.

—Dímelo otra vez y paro.

No me lo dijo.

Le levanté con cuidado el borde de la camiseta. Mi madre alzó los brazos para ayudarme, en un gesto automático, casi infantil, y cuando la prenda salió por completo me quedé mirándola unos segundos antes de tocarla. Tenía la piel tibia y ligeramente húmeda. Los senos firmes, redondos, con los pezones erguidos. Le pasé la palma abierta por el esternón, despacio, sintiendo el latido que se le había disparado bajo las costillas.

—Hace meses que nadie me toca —dijo, cerrando los ojos.

—No hables, mamá.

Bajé la boca hasta uno de sus pezones y lo tomé con cuidado. Mi madre arqueó la espalda y soltó el primer sonido de la tarde, un quejido bajo, ronco, que me electrizó. Pasé al otro pezón, lamiéndolo con la punta de la lengua, mientras le acariciaba el vientre con la mano libre. Ella me buscó el cinturón sin abrir los ojos. Lo desabrochó con dedos torpes, sin maña, y me bajó la cremallera del pantalón hasta que pude liberar la presión que me llevaba ahogando desde que crucé la puerta.

—Quítate todo —dijo.

Obedecí. Me quité los pantalones, los calzoncillos, la playera. Cuando volví a la cama, mi madre ya se había bajado el pantalón corto y estaba completamente desnuda. La vi entera por primera vez como hombre, no como hijo, y por unos segundos no supe qué hacer con esa información. Era hermosa de una manera concreta, real, sin retoques. Una belleza de cuarenta y cinco años, no de revista.

Me arrodillé entre sus piernas. Le abrí los muslos despacio y bajé hasta su sexo. Pasé la lengua por toda su extensión, de abajo hacia arriba, sin prisa. Mi madre dejó escapar un quejido más largo y enredó los dedos en mi cabello.

—Así, hijo —susurró—. Sigue así.

Lamí despacio, aprendiendo. Probé subir hasta el clítoris y quedarme allí, dibujando círculos pequeños con la punta de la lengua. Probé bajar y meter la lengua dentro de ella. Cada vez que encontraba un movimiento que la hacía gemir más fuerte, me quedaba ahí hasta que me lo pedía con la mano. Ella me apretaba la cabeza contra su sexo cuando se acercaba, y me empujaba un poco hacia atrás cuando necesitaba respirar.

Cuando llegó la primera vez, lo hizo casi en silencio. Apretó los muslos contra mis orejas, se arqueó y soltó un «aaah» bajo que me retumbó en todo el cuerpo. Sentí el pulso de su sexo contra mi boca y un líquido tibio que me bajó por el mentón. Me quedé ahí un momento más, lamiendo despacio, hasta que ella me apartó con suavidad.

—Ven —dijo.

Subí por su cuerpo a besos. Le besé el vientre, los senos, el cuello, y cuando llegué a su boca ella me devolvió el beso con todo el sabor de sí misma todavía en mis labios. No le dio asco. Al contrario: me chupó el labio inferior y soltó una risa breve, ronca.

—Acuéstate boca arriba —ordenó.

Lo hice. Mi madre se incorporó, me miró un instante de arriba abajo, y luego se sentó a horcajadas sobre mí. Tomó mi sexo con la mano y lo guio. Cuando entró en ella, tuve que cerrar los ojos para no terminar en ese mismo segundo. Estaba apretada, mojada, ardiendo. Se quedó quieta unos segundos, como si necesitara acostumbrarse a la sensación, y luego empezó a moverse.

—«Mi señor» —murmuró, inclinándose sobre mí—. Mi enorme señor.

Le tomé la cintura y la ayudé a marcar el ritmo. Mi madre subía y bajaba despacio al principio, apoyada con las dos manos sobre mi pecho. Tenía la respiración rota y los ojos medio cerrados. Los pechos se le movían frente a mí con cada embestida y yo los tomé, uno con cada mano, presionando los pezones entre los dedos. Ella echó la cabeza hacia atrás.

—Más rápido, hijo.

Aumenté el ritmo desde abajo, empujando con la cadera. Sentí que el cuerpo se me tensaba más de la cuenta, que estaba a punto de terminar, y la sujeté con fuerza por las caderas para frenarla.

—Espera —jadeé—, espera o me vengo ya.

Ella se rio, casi triunfal, y se quedó quieta. Me besó la frente, el cuello, el pecho. Me dio tiempo. Cuando sintió que mi cuerpo bajaba un poco la tensión, volvió a moverse, esta vez todavía más lento, en círculos pequeños que la hacían frotar el clítoris contra mí en cada bajada.

—No quiero que termines aún —me dijo al oído—. Quiero gozar otra vez antes.

Lo hizo. Tardó pocos minutos. Estaba tan al borde que bastó con que aceleráramos los dos al mismo tiempo. Mi madre se mordió el hombro para no gritar, y cuando soltó la mordida, su cuerpo entero se sacudió encima del mío. Sentí el líquido caliente correrme por los muslos y los testículos.

Entonces sí dejé de aguantar. La aparté con cuidado, me incorporé sobre las rodillas y empecé a masturbarme rápido sobre su vientre. Mi madre se llevó los pechos hacia adelante, abrió la boca y esperó. Terminé entre estertores, lanzando chorro tras chorro sobre el pecho y el cuello. Ella se untó parte del semen en los senos, lentamente, y luego se llevó los dedos a la boca.

—Delicioso —murmuró.

Me dejé caer a su lado. Estaba sudado, exhausto, sin aire. Mi madre se acomodó contra mí, apoyó la cabeza en mi hombro y me pasó una pierna por encima de las mías. Yo la abracé. Por unos minutos no hablamos. Solo escuché su respiración bajando despacio, recuperando un ritmo normal.

—Andrés —dijo al fin—, esto no se cuenta. A nadie.

—Lo sé.

—Y no se repite, «mi señor».

La miré. Tenía los ojos cerrados, una sonrisa pequeña en los labios y una mano apoyada en mi pecho. Yo sabía, y ella sabía, que esa frase era una mentira piadosa para dormir tranquilos esa noche. Las dos. Mañana habría que volver a hablar.

Cerré los ojos. La hoja con mis calificaciones seguía sobre la mesita de noche, intacta, como si fuera de otra tarde, de otra vida. No volvimos a mencionarla.

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