Lo que empezó como cuidados terminó en su cama
Me llamo Rosa. Tengo cuarenta y seis años y vivo sola con mi hijo Marcos en una casa de campo a las afueras de Trujillo, en Extremadura. Antes de lo que pasó, esta casa era solo un lugar donde guardar trastos y dormir los fines de semana. Ahora es nuestra jaula y nuestro refugio, las dos cosas a la vez.
Marcos tenía veintitrés años cuando cayó del andamio. Trabajaba en una obra en Cáceres, segundo piso, y una madrugada de lluvia la estructura cedió bajo sus pies. Llegué al hospital a las cuatro de la mañana con el abrigo puesto sobre el pijama y me di cuenta de que el mundo que conocía había terminado. Los médicos hablaron de paraplejia incompleta, de sensibilidad parcial, de un largo proceso de rehabilitación que podría durar años o no acabar nunca. Yo escuché y asentí y firmé papeles y no lloré hasta que llegué al aparcamiento, sola entre los coches, y entendí de verdad lo que ese diagnóstico significaba.
Su novia de entonces, Sandra, aguantó cinco semanas. Después desapareció con una excusa sobre su carrera y la distancia y necesitar espacio para ella misma. Marcos no dijo nada cuando se lo conté. Miró el techo un rato y luego me pidió que le pusiera la televisión. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cómo iba a gestionar el dolor.
Yo tomé una decisión esa noche: Marcos iba a vivir bien. No de manera austera ni resignada, sino bien. Con calor, con comida de verdad, con alguien que supiera lo que necesitaba antes de que él lo pidiera. Me mudé a la casa de campo porque aquí hay espacio, porque el suelo es llano y porque nadie nos molesta. Mis amigas dicen que soy una santa. Yo digo que soy su madre. Que es lo mismo y que es completamente distinto.
***
La rutina de los primeros meses era puramente clínica. Levantarlo, lavarlo, cambiarle el catéter, hacerle los ejercicios de fisioterapia que las enfermeras del hospital me enseñaron con paciencia casi pedagógica. Sus piernas eran pesadas y pálidas, cubiertas de vello oscuro, incapaces de responder cuando yo las doblaba y las extendía con las manos. Marcos miraba hacia la ventana mientras yo trabajaba, como si su cuerpo fuera algo que le habían prestado y que ya no le pertenecía del todo.
Aprendí a leer ese cuerpo de otra manera. Supe cuándo el catéter le molestaba antes de que él lo dijera, supe cuándo estaba a punto de tener un espasmo y cómo posicionarle para que pasara sin hacerle daño. Aprendí a bañarle con una eficiencia que al principio me enorgullecía: rápida, precisa, sin incomodidades innecesarias. Pensaba que la profesionalidad era la mejor forma de darle dignidad.
Pero su cuerpo sí reaccionaba. No siempre, no de manera constante, pero reaccionaba. Una mañana, mientras lo secaba después del baño, noté que se había puesto en erección. Él también lo notó. Los dos fingimos que no había pasado nada. Yo doblé la toalla con más cuidado del necesario y fui a buscar la ropa limpia. Él volvió a mirar la ventana.
Eso se repitió varias veces en los meses siguientes. Era algo neurológico, me explicó el médico cuando se lo consulté de forma oblicua: las erecciones reflejas son comunes en pacientes con lesiones medulares, no significan nada en particular. Yo asentí y le di las gracias y conduje de vuelta a casa con las manos bien firmes en el volante, sin pensar en lo que había notado esa misma mañana: que me había quedado mirando un momento de más.
***
El punto de inflexión fue un domingo de noviembre. Hacía frío dentro de la casa, de ese frío húmedo que se cuela por las junturas de las ventanas viejas. Marcos llevaba tres días sin dormir bien y esa mañana había rechazado el desayuno. Cuando fui a hacerle los ejercicios de tarde, lo encontré llorando.
No lloraba de esa manera silenciosa y contenida que yo le conocía. Lloraba de rabia, golpeándose los muslos con los puños cerrados, golpes que no sentía y que por eso mismo resultaban más desesperados, más cargados de esa impotencia particular de quien castiga algo que ya no le responde.
—Para —le dije—. Marcos, para.
—¿Para qué? —Me miró con los ojos enrojecidos—. Tres años, mamá. Tres años así. Y no hay nadie. No hay una sola mujer que me mire como a un hombre. Solo me miran como a alguien a quien hay que ayudar, a quien hay que tener compasión. Nunca más voy a tener a nadie que me desee.
—Eso no es verdad.
—Es completamente verdad. Soy un hombre que no puede caminar, que necesita que le limpien y le laven y le muevan. ¿Qué mujer va a querer eso? Dímelo tú, que eres la única que se ha quedado.
Me quedé de pie junto a su cama. Le escuché. No intenté contradecirle con argumentos ni con frases positivas de manual de autoayuda. Solo le escuché, y mientras le escuchaba algo se movió en mi pecho, algo que no era compasión exactamente sino algo más antiguo y más turbio que la compasión.
Cerré la puerta. Eché el pestillo. Me senté en el borde de la cama y le puse la mano en la mejilla, obligándole a mirarme.
—Vas a sentir a una mujer esta noche —le dije—. Yo me encargo.
Sus ojos tardaron un momento en comprender lo que yo estaba diciendo. Cuando comprendieron, no se apartaron.
***
Me desvestí despacio, sin dramatismo. No con la coquetería de una película ni con la torpeza de la vergüenza. Con la sencillez de quien hace algo inevitable y ha dejado de buscarle justificación. Él me observó en silencio, con la respiración cambiada, mirando un cuerpo que conocía desde otra perspectiva y que ahora veía de otra manera. Tengo las caderas anchas y el vientre blando y las marcas que dejan cuarenta y seis años de vida. Ninguna de esas cosas me importó. Esa noche era para él.
Me subí a la cama con él y me coloqué sobre su cara. Necesitaba que empezáramos por ahí, necesitaba que él tuviera algo que hacer con la boca, que no fuera solo un cuerpo pasivo al que yo hacía cosas. Dudó un instante. Sentí su respiración caliente y contenida contra mi piel. Después eligió, y esa elección lo cambió todo: su lengua se movió con una urgencia que me sorprendió, como si hubiera estado guardando ese hambre durante tres años y por fin tuviera dónde ponerlo.
Le dejé que me llevara al límite. Después me giré.
Estaba en erección. Me coloqué sobre él con cuidado, guiándome con la mano, y lo recibí dentro de mí despacio, dejando que los dos nos acostumbráramos a lo que estábamos haciendo. Marcos cerró los ojos. Yo también, un momento. Después los abrí porque quería verle la cara.
—¿Lo sientes? —le pregunté, sin dejar de moverme.
—Calor —dijo, con la voz ronca—. Siento calor. Y presión. Siento algo, mamá. Llevo tres años sin sentir nada y siento algo.
Me agarró las caderas. Sus manos son grandes y fuertes; eso no le ha cambiado. Me sujeté en su pecho y seguí moviéndome, marcando el ritmo yo, controlando la profundidad y la velocidad, mientras él cerraba los ojos y apretaba los labios y hacía esa cara de concentración que tiene cuando algo le importa de verdad.
—No pares —dijo.
No paré.
***
Eso fue hace casi dos años. Desde entonces vivimos en una especie de orden doble que nadie más conoce. De día, soy su cuidadora: le preparo las comidas, le hago los ejercicios, le gestiono las citas médicas, le lavo la ropa y le doy los medicamentos a sus horas. De noche, la dinámica cambia.
Hay noches en que todo empieza en la bañera. Mientras lo baño, mis manos se toman su tiempo. He aprendido su cuerpo con una precisión que va más allá de lo clínico: sé exactamente en qué zonas de sus muslos conserva sensibilidad, dónde termina la frontera entre lo que siente y lo que no. Me entretengo en esa frontera, en ese territorio difuso, porque ahí es donde él se desespera más, donde su cuerpo decide que quiere más aunque su mente todavía esté procesando lo que ocurre.
—Rosa —dice a veces, y luego se corrige—. Mamá. Por favor.
Yo le hago esperar. Hay algo en ese «por favor» que me resulta más íntimo que cualquier otra cosa que hayamos hecho.
Hay noches en que le ato las muñecas al cabecero. Como no puede mover las piernas, la inmovilidad se vuelve total: está completamente a mi merced, sin posibilidad de anticiparse ni de dirigir nada. Me lleva un buen rato recorrerlo entero antes de darle lo que pide. El cuello, el pecho, el abdomen, esas zonas de los muslos donde la sensibilidad aparece y desaparece de forma caprichosa. Él habla cuando está así, en esa posición. Dice cosas que en cualquier otra circunstancia le darían vergüenza, cosas que solo existen en la oscuridad de esta habitación.
—Tú eres lo único que tengo —me dice algunas noches, con la voz deshecha.
No sé si eso es hermoso o triste. Probablemente las dos cosas a la vez.
***
Lo que más ha cambiado entre nosotros no es el sexo en sí sino la confianza. Marcos me habla ahora de cosas que antes callaba: el miedo a envejecer en esa cama, la rabia que le produce depender de mí para vestirse y desvestirse, la vergüenza que le daba su propio cuerpo antes de que yo le demostrara que no tenía de qué avergonzarse. Yo escucho. Y después, cuando ha vaciado todo eso, cuando ha dicho todo lo que llevaba guardado, le demuestro con las manos y con la boca y con el peso de mi cuerpo sobre el suyo que existe y que importa y que es deseable.
Él se corre dentro de mí y se queda así, inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración pausándose poco a poco. A veces me quedo sobre él un rato más, sin moverme, solo sintiendo ese calor entre los dos. Pienso cosas que no le cuento: que hace veintiséis años salió de mi cuerpo, y que ahora, de una manera que nadie entendería si lo supiera, sigo siendo el lugar donde él encuentra refugio.
La gente del pueblo nos ve como una historia de sacrificio. La pobre Rosa que lo dejó todo por su hijo. Yo no he dejado nada que valiera la pena dejar. He construido algo aquí, aunque sea algo que nadie comprendería. Marcos es un hombre adulto con un cuerpo que funciona a medias y una mente que funciona entera. Merecía que alguien lo viera así, como a un hombre completo, no como a una carga o a un caso clínico.
Soy esa alguien. Y cada noche, en esta casa de campo a las afueras de Trujillo, se lo demuestro.