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Relatos Ardientes

La noche que entré al cuarto de mi hermano

La casa respiraba ese silencio espeso que tienen las casas de campo en pleno enero, cuando el calor del día queda atrapado entre las paredes y todo parece flotar a media altura. Afuera, los grillos no paraban. Adentro, cada puerta cerrada guardaba algo que por la mañana íbamos a fingir que no existía.

No podía dormir.

Llevaba más de dos horas dando vueltas. La sábana se me había enredado entre las piernas, el pelo se me pegaba a la nuca por el sudor y la mente, lejos de aflojar, iba más rápido a cada minuto. Pensaba en él. Pensaba en cómo me había mirado esa tarde, sentado al borde de la piscina, mientras yo me secaba el pelo y le daba la espalda. Una mirada que no era de hermano. O, peor, una mirada que sí era de hermano y que, sin embargo, se había detenido demasiado.

Mateo. Mi hermano mayor. Veinticuatro años. Tres más que yo.

Habíamos crecido juntos como crecen los hermanos en cualquier casa: bicicletas compartidas, peleas por el baño, una complicidad de fondo que ningún amigo iba a igualar. Hasta ese verano, todo había sido eso. Hasta esa semana en que mis padres se fueron a un congreso a otra ciudad y mi hermana menor se quedó con una amiga. Hasta que quedamos los dos solos en la casa.

Y ahora yo no podía dormir. Y no era solo la cabeza. Era el coño. Tenía el coño mojado desde hacía horas, latiendo entre las piernas cada vez que me acordaba de esa mirada en la piscina, cada vez que imaginaba la mano de mi hermano bajándome la bombacha. Me había tocado dos veces esa noche, de costado, con la cara metida en la almohada para no gemir, y las dos veces me había venido pensando en él, mordiendo la tela, apretando los muslos alrededor de mis propios dedos. Y aun así seguía caliente. Aun así el coño me pedía más.

Me senté en la cama. La luz de la luna entraba filtrada por la persiana y dibujaba franjas sobre el piso de madera. Me quedé un momento mirando esas franjas, descalza, escuchando mi propia respiración. Tenía las manos frías, los pezones duros clavándose contra la tela fina de la camiseta y el estómago tenso, como cuando una sabe que va a hacer algo de lo que no se puede arrepentir después porque ya está hecho.

Me levanté.

El piso estaba más fresco de lo que esperaba. Caminé despacio por el pasillo, sin encender ninguna luz, guiándome por la memoria de tantos años en esa casa. La puerta del cuarto de mis padres, cerrada. La de mi hermana, cerrada. La de él, entreabierta, como una invitación que nadie había firmado.

Empujé con la punta de los dedos.

La penumbra del cuarto era más densa que la del pasillo. Mateo dormía de costado, dándole la espalda a la ventana, con la sábana caída hasta las caderas y el torso desnudo. La luz que se colaba entre las hojas de la persiana le marcaba los hombros, la línea de la espalda, el vello apenas visible en la nuca. Yo había visto a mi hermano dormir mil veces. Pero esa noche lo estaba mirando como nunca antes. Le miré el bulto que se le adivinaba debajo de la sábana, en la ingle, y se me contrajo todo por dentro.

Me acerqué sin respirar.

Cada paso me costaba. Sentía el corazón en la garganta, en las muñecas, en la planta de los pies. Me senté en el borde de la cama, apenas apoyando el peso, como si quisiera no despertarlo y a la vez quisiera exactamente lo contrario. Que abriera los ojos. Que me dijera «vete». Que no me dijera nada.

Lo observé.

Tenía las pestañas largas, como las mías. Una marca tenue de almohada en la mejilla. La boca entreabierta. Por un segundo dudé. Por un segundo pensé que todavía estaba a tiempo de levantarme, volver a mi cama y olvidarme de todo. Pero no me levanté.

Mi mano se movió sola.

Primero apenas un roce sobre su brazo, dos dedos resbalando por la piel tibia del bíceps. Probé. Esperé. Él no se movió. Pero su respiración cambió. Apenas. Lo justo para que yo supiera que ya no estaba dormido.

Ese pequeño detalle fue suficiente.

Bajé la mano por su antebrazo, por la muñeca, por el dorso de la mano. Cuando llegué a sus dedos, los entrelacé con los míos. Él respondió. Cerró la mano sobre la mía sin abrir los ojos, sin decir una palabra, como si hubiéramos firmado un pacto en silencio: lo que pasara ahora no iba a tener nombre.

Me incliné un poco más.

Mi pelo le rozó el hombro. Olía al jabón compartido, ese olor de la casa, mezclado con algo más íntimo, más caliente, que era solo de él. Me quedé ahí, suspendida, con la frente casi tocando su nuca, escuchando cómo su respiración se hacía más profunda y más rápida al mismo tiempo.

—¿Qué haces? —murmuró.

No era una pregunta. Era una constatación. Y, sin embargo, no se movió. No me apartó. No prendió la luz.

—No sé —respondí—. Estoy mojada. No puedo dormir.

Se lo dije así, sin filtrarlo. Se me escapó de la boca como se me había escapado del cuerpo. Sentí cómo se le tensaba todo bajo mi mano, cómo tragaba saliva en la penumbra.

Se dio vuelta despacio.

Quedamos cara a cara. Él tenía los ojos entreabiertos, brillantes en la penumbra. Me miró un instante largo, sin decir nada, sin tocarme. Me miró como si estuviera midiendo cuánto de esto era reversible. Y después, con la misma lentitud, levantó una mano y me corrió un mechón detrás de la oreja.

—Te vas a arrepentir —dijo bajito.

—Tú también.

Igual no me fui.

Me besó él primero. Despacio. Con cuidado. Como si los dos estuviéramos cruzando un puente que iba a derrumbarse detrás de nosotros a medida que avanzáramos. Su boca era cálida, sabía a dormido, al vino que habíamos tomado más temprano. Sus dedos me agarraron la nuca con una firmeza que no había imaginado en mi hermano, esa misma firmeza que siempre le había visto a otros hombres pero nunca a él. Le metí la lengua en la boca sin pensarlo y él me la mordió. Me mordió el labio de abajo y tiró un poco, y yo gemí contra su cara, un gemido chiquito, sucio, que lo terminó de despertar del todo.

Y entonces ya no hubo más vacilación.

Me deslicé sobre la cama, encima de él, con la camiseta fina del verano pegada al cuerpo. Él me la sacó por la cabeza con un movimiento limpio, sin separar la boca de la mía más de lo necesario. Quedé arriba, en bombacha, con las tetas al aire, y mi hermano se quedó mirándomelas como si nunca hubiera visto tetas en su vida. Bajó la boca a un pezón y lo chupó fuerte, con lengua y con dientes, mientras me apretaba la otra teta con la mano abierta. Le clavé las uñas en la nuca. Se me escapó un «puta» entre los dientes que no me reconocí.

—Callate —me susurró contra el pecho—, vas a despertar a media casa.

—No hay nadie —le dije jadeando—. Estamos solos, boludo. Solos.

Le agarré la cabeza y se la empujé contra la otra teta. Me chupó ese pezón también, más lento, más largo, y yo empecé a mover las caderas encima de él sin darme cuenta, restregándome contra el bulto que ya tenía duro debajo del calzoncillo. Sentí la forma completa de su verga a través de la tela, gruesa, caliente, y se me escapó otro gemido.

Se dio vuelta y quedé yo abajo.

La luz de la luna le caía sobre los hombros y la cara, y por un instante volvió a ser mi hermano, ese chico al que yo había conocido toda mi vida. Me asustó. Después me bajó la mano por el pecho, por el estómago, por debajo del elástico de la bombacha, y dejó de ser mi hermano. O fue las dos cosas a la vez. No supe distinguir.

Cerré los ojos.

Sus dedos me abrieron los labios del coño con una calma insoportable. Estaba empapada. Sentí cómo se le resbalaban los dedos entre mis pliegues, cómo encontraba el clítoris y empezaba a hacerle círculos, primero apenas, después con más presión. Me arqueé contra su mano. Se me escapó un jadeo largo.

—Estás chorreando —me dijo al oído, con la voz ronca—. Hermanita, mirá cómo estás.

—Callate.

—No. Decilo. Decime qué querés.

Me metió dos dedos de golpe. Grité contra su hombro. Me los metió hasta el fondo y los curvó adentro y yo cerré las piernas alrededor de su muñeca por puro reflejo, como si quisiera atraparle la mano ahí para siempre.

—Te quiero a vos —le dije, y era la primera vez que se lo decía así—. Quiero tu verga adentro.

Se me quedó mirando un segundo, con los dedos todavía enterrados en mi coño, y sonrió apenas. No era una sonrisa linda. Era una sonrisa de macho que acaba de encontrar la puerta abierta y sabe que va a entrar.

Sentí cómo me besaba el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos, y siguió bajando. Cada beso era más lento que el anterior. Cada beso me arrancaba un sonido que yo intentaba ahogar contra la almohada. Me besó la panza, el hueso de la cadera, la cara interna del muslo. Me sacó la bombacha con los dientes, tirando despacio, mirándome la cara todo el tiempo. La almohada olía a él. Las sábanas olían a él. El cuarto entero olía a él, y yo me estaba ahogando en ese olor.

Me abrió las piernas con las dos manos y me puso la boca en el coño.

Se me fue el aire. Mi hermano me estaba comiendo el coño, con lengua ancha, plana, lamiéndome de abajo hacia arriba como si tuviera sed. Cerraba los labios alrededor de mi clítoris y lo chupaba, y después bajaba y me metía la lengua adentro y yo levantaba las caderas contra su cara sin poder evitarlo. Le agarré el pelo con las dos manos y se lo tiré. Él gruñó contra mi coño y la vibración me atravesó entera.

—Mateo… Mateo, por Dios…

Me estaba viniendo. Rapidísimo. Demasiado rápido. Empecé a temblar y él lo notó y me chupó el clítoris más fuerte, sin soltarme las caderas, obligándome a quedarme contra su boca. Me vine gritando contra el dorso de mi propia mano, con los muslos apretados alrededor de la cabeza de mi hermano, con el coño contrayéndose contra su lengua.

Todavía estaba temblando cuando subió.

Me besó en la boca y me hizo probarme entera, salada, densa, en sus labios. Le mordí la lengua. Le bajé el calzoncillo con los talones, torpe, apurada, y sentí por fin la verga contra mi muslo. Estaba dura como una piedra, caliente, y tenía la punta mojada. Bajé la mano y se la agarré. Era gruesa. Más gruesa de lo que había imaginado. La apreté y él soltó un jadeo contra mi boca.

—Cogeme —le dije—. Ahora.

—Espera.

—No espero más.

Me abrí las piernas para él. Se acomodó entre mis muslos y se agarró la verga con la mano, y yo sentí cómo me pasaba la cabeza mojada por todo el coño, arriba y abajo, embarrándose en mi propio jugo antes de decidirse. Me puso la punta en la entrada.

—Mírame —pidió.

Lo miré.

Era la primera vez que lo miraba a los ojos sabiendo lo que estábamos haciendo. Algo en mi pecho se quebró y se reordenó al mismo tiempo. No era amor. No era exactamente deseo tampoco. Era reconocimiento. Como si toda mi vida hubiera estado caminando alrededor de este momento sin saber que me esperaba.

Lo dejé entrar.

Me empujó despacio y sentí cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro, hasta que me quedé sin aire. Era mucho. Era demasiado. Le clavé las uñas en la espalda y él se quedó quieto ahí, hasta el fondo, respirando con la boca contra mi cuello.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Movete. Por favor. Movete.

Se movió. Salió casi entero y volvió a meterla despacio, midiéndome, leyéndome. Después no tan despacio. La segunda embestida ya fue más profunda, y la tercera hizo que la cama crujiera. Enganché las piernas en su cintura y le pedí más. Le pedí más con la voz y con las manos y con el coño, apretándolo cada vez que lo tenía adentro.

—Más fuerte, Mateo. Más fuerte, dale.

—Puta hermanita —jadeó contra mi oreja—, mirá cómo me pedís la verga.

—Te la pido, sí. Cogeme fuerte.

Me cogió fuerte. Me agarró de las caderas con las dos manos y me clavó la verga hasta el fondo con embestidas secas, sonoras, que me hacían chocar contra la almohada. La cabecera de madera empezó a golpear contra la pared y a los dos nos dio igual. La casa estaba vacía. Los grillos tapaban lo que hiciera falta.

Me dio vuelta.

Me puso boca abajo, me agarró de las caderas y me subió el culo. Sentí la verga entrar de nuevo desde atrás y se me escapó un gemido largo, obsceno, contra la sábana. Desde ese ángulo entraba distinto. Más profundo. Me tocaba adentro un punto que me hacía apretar los puños en la tela. Empezó a cogerme rápido, con la mano apoyada en la parte baja de mi espalda, hundiéndome contra el colchón cada vez que embestía.

—Así, así, así… no pares, no pares…

Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé. Después me lo sacó, mojado, y me lo pasó por el culo. Me hizo un círculo con la yema, apretando apenas, sin meterlo. Se me contrajo todo. Grité contra la almohada. Me vine otra vez, con la verga de mi hermano hasta el fondo del coño y su pulgar apretado contra el culo, temblando de la cabeza a los pies.

Él no aflojó. Siguió metiéndomela, más rápido, más desordenado, hasta que lo escuché gruñir mi nombre entre dientes.

—Me vengo —jadeó—. Me vengo, ¿dónde…?

—Adentro. Adentro, todo adentro, dale.

Me embistió tres veces más, brutales, y se vació dentro mío con un gemido ronco contra mi nuca. Sentí cada chorro caliente adentro del coño, sentí cómo se quedaba palpitando dentro mío, sentí cómo se apoyaba contra mi espalda sin salir, agotado, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

***

Cuando todo terminó, me quedé un rato largo acostada contra su pecho, sin hablar. Su mano me acariciaba la espalda en un movimiento lento, casi distraído, como si estuviera pensando en otra cosa. La sábana se nos había caído. Sentía cómo se me escurría su corrida entre los muslos. Afuera, los grillos seguían en lo suyo, ajenos.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí.

Era mentira y era verdad al mismo tiempo. Estaba bien y estaba destrozada y no sabía cuál de las dos sensaciones iba a ganar al día siguiente.

Me levanté con cuidado. Recogí la camiseta del piso. Me la puse al revés y no me importó. Me acerqué a la puerta. Antes de salir, me di vuelta. Mateo estaba apoyado en un codo, mirándome, con el pelo revuelto y una expresión que no le había visto nunca.

—¿Y mañana?

—Mañana fingimos —dije.

Asintió.

Volví a mi cama. Me acosté con el cuerpo todavía caliente, todavía latiendo, todavía chorreando la corrida de mi hermano entre las piernas, y me quedé mirando el techo hasta que empezó a entrar la luz por la ventana. No dormí. No pude. Pensaba en él, en la forma en que me había mirado, en el «te vas a arrepentir» que me había dicho antes de besarme. Pensaba en mi madre, en mi padre, en mi hermana, en la cara que pondría cualquiera de ellos si supiera.

A las ocho lo escuché levantarse.

A las ocho y diez bajó las escaleras.

A las ocho y media, cuando bajé yo, él estaba en la cocina haciendo café. Me dio los buenos días sin mirarme demasiado. Yo le respondí lo mismo. Me sirvió una taza. Me preguntó si quería tostadas. Le dije que sí. Comimos en silencio mirando el jardín por la ventana, como si todo fuera normal.

Y por un momento, casi me lo creí.

Mis padres volvieron al día siguiente. Mi hermana al otro. La casa se llenó de ruido y de rutina y nosotros no hablamos del tema. No esa semana. No al mes siguiente. Nunca.

Han pasado cuatro años.

Sigo sin dormir bien algunas noches de enero, cuando hace mucho calor y los grillos cantan demasiado fuerte. Cierro los ojos y vuelvo a estar parada en ese pasillo, con la mano en la puerta entreabierta, sabiendo que del otro lado me espera la versión de mí misma que todavía no había hecho nada.

Esa versión ya no existe.

A veces, cuando vuelvo a la casa familiar y lo cruzo en el salón, él me mira un segundo más de lo normal. Yo le sostengo la mirada. Después uno de los dos cambia de tema. Y seguimos.

No me arrepiento. Tampoco lo elegí del todo. Las dos cosas son verdad.

Y eso, supongo, es lo que vine a confesar.

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Comentarios(8)

MarcosBsAs

Tremendo inicio, me enganchó desde la primera línea. Esperando ansioso lo que sigue!!

lectora_ansiosa

Por favor continuación!! Quedé con muchas ganas de saber que pasó despues

Meli_cba

excelente!!!

curiosa_porteña

Esa tensión de saber que estás cruzando una línea pero igual ir... increible como lo describiste. Muy buen relato

NickR82

Pocas veces un relato me atrapa asi desde el principio. Buen trabajo, sigue escribiendo

Sofialectora

Se siente tan real... como si lo estuvieras viviendo mientras leés. Me gustó mucho

RaulEsposito

jajaja ese arranque me mató, sabiendo lo que viene y aun asi ir igual. Clasico!!

Ramiro27

Muy bueno, queremos segunda parte :)

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