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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la habitación de mi madre

Hacía casi dos años que no pisaba el apartamento de mi madre. La distancia, el trabajo, las excusas de siempre. Cuando me llamó para decirme que estaría sola el fin de semana, porque mi padrastro viajaba al sur, me sorprendió escuchar mi propia voz aceptando antes de pensarlo bien.

Llegué un viernes por la noche, con una mochila pequeña y la sensación rara de estar haciendo algo que no debía. Mi madre se llamaba Adriana, como una santa, pero nunca había tenido nada de santa. A los cuarenta y nueve seguía caminando como si supiera que la miraban. Caderas anchas, pecho generoso, esa forma de inclinar la cabeza al hablar que volvía locos a los amigos de mi padre cuando todavía éramos una familia entera.

Me abrió la puerta con el pelo recién mojado de la ducha y una bata azul oscuro atada flojo. Olía a jabón y a algo más, un perfume dulce que no recordaba.

—Pasa, mi amor. Te preparé algo de cenar.

Cenamos en la cocina, los dos descalzos, hablando de cosas tontas. Le conté del trabajo, ella me contó de las clases de pilates. Cada tanto se acomodaba la bata sobre las piernas, pero no demasiado. Yo intentaba no mirar.

—¿Quieres ver una película? Bajé una en la tablet. La dieron en el cine y no la pude ver.

—Bueno.

—Vamos a mi cuarto, en la sala el sofá está roto.

Vamos a mi cuarto. Me lo repetí tres veces mientras me lavaba las manos. Como si las palabras pudieran tener un significado distinto cada vez.

El cuarto estaba en penumbras, una sola lámpara encendida sobre la mesa de noche. Mi madre se acomodó contra el respaldo, con la tablet apoyada en una almohada. Yo me acosté del otro lado, dejando entre los dos un espacio prudente que duró exactamente quince minutos.

La película era una de esas comedias románticas con escenas un poco subidas de tono. En la primera, dos protagonistas casi desnudos sobre una mesa de cocina, mi madre se rio nerviosa.

—Qué barbaridad lo que muestran ahora.

—Mamá, esto no es nada. Tendrías que ver las series.

—No me gustan las series. Me dejan dormida.

Se acomodó otra vez. El nudo de la bata se aflojó un poco. No lo arregló.

—¿Te molesta si me la quito? Tengo calor.

—No, claro.

Se quedó en una camiseta blanca de algodón y un pantalón corto que claramente era para dormir. La camiseta no tenía sostén debajo. Lo supe porque lo primero que hice fue mirar y pensé que se notaba demasiado.

Ella me miró mirándola, pero no dijo nada. Solo arqueó una ceja, como divertida, y volvió a la pantalla.

—¿Qué? —preguntó al rato, sin sacar los ojos de la tablet.

—Nada.

—Mateo.

—¿Qué?

—Te conozco esa cara.

Me senté contra el respaldo, las manos cruzadas sobre el regazo para tapar lo evidente. Ella pausó la película. Por primera vez en toda la noche me miró de frente.

—¿Te gusto?

—Mamá, por favor.

—Es una pregunta. ¿Te gusto?

No supe qué responder. Me levanté con la excusa de ir al baño y cerré la puerta detrás de mí. Me lavé la cara con agua helada y me apoyé en el lavamanos con el corazón golpeándome contra el esternón. Me quedé mirando al espejo a un tipo que no terminaba de reconocer.

Cuando volví al cuarto, ella estaba sentada al borde de la cama, descalza, con la camiseta levantada hasta justo debajo del pecho. Se la había acomodado mientras yo no estaba, eso fue lo que entendí.

—No te pongas nervioso —dijo bajito—. Cierra la puerta.

La cerré.

—Ven.

Caminé los dos pasos que me separaban de ella. Mi madre estiró la mano y me agarró del cinturón, despacio, como si me diera tiempo a frenarla. No la frené. Me atrajo hacia ella y me besó. Un beso de los que no tienen ensayo, con la boca abierta desde el principio, con la lengua adentro antes de que yo entendiera del todo qué estaba pasando.

—Hace mucho que pienso en esto —me dijo contra la oreja—. Tú también. Lo sé.

—Sí.

—Dime que sí.

—Sí.

Me sacó la camiseta. Me desabrochó el cinturón con dedos prácticos. Cuando se quitó la blanca de algodón, me costó respirar. Sus pechos eran exactamente como los había imaginado mil veces sin permiso, redondos, pesados, con los pezones grandes y oscuros, ya endurecidos. Bajó la cabeza y se mordió el labio cuando me vio mirarla así.

—¿Te gustan?

—Mucho.

—Tócalos.

Los toqué. Después los besé. Después dejé de besarlos para subir a su boca otra vez, y ella rio bajo, una risa que nunca le había escuchado, una risa de mujer y no de madre.

Me empujó sobre la cama y se subió encima. Me recorrió el cuerpo con la lengua, deteniéndose en el cuello, en el pecho, en la cintura. Cuando llegó más abajo levantó la cara y me miró fijo, sin pestañear, mientras me agarraba con las dos manos. La sensación de su boca tibia me arrancó un gemido que no pude controlar.

—Bajito —me pidió, riendo—. Los vecinos.

—No me importa.

—A mí tampoco, pero igual.

Estuvo un rato largo así, con la mirada de arriba pegada a la mía. Yo le acariciaba el pelo, le seguía la nuca, le pasaba los dedos por la mejilla cuando ella se hundía. Me detuvo cuando empecé a temblar.

—Todavía no.

Se acostó de espaldas y tiró de mí hacia ella. Le quité el pantalón corto y me quedé un momento mirándola entera. Mi madre, mi madre real, abierta sobre su propia cama, esperándome.

—Ven —repitió.

Entré despacio, mirándola a los ojos. Cuando llegué hasta el fondo, ella cerró los párpados y soltó un suspiro largo que parecía venir de muy adentro. Me quedé quieto un momento, sintiéndola, sintiendo el calor extraño y familiar de estar dentro de ella, hasta que ella me clavó los talones en la espalda.

—Muévete.

Me moví. Empecé despacio, después más fuerte, después como me pedía con la voz entrecortada. Mi madre me agarraba la nuca, me decía cosas al oído que no me había dicho nadie nunca, palabras directas, palabras feas, palabras que sonaban distintas en su boca. Cuando se le tensó la espalda y se le abrió la boca sin sonido, supe que se estaba viniendo. Yo aguanté como pude.

—Acaba dentro —me pidió—. Acaba dentro, mi amor.

Acabé dentro. Me quedé encima de ella un rato largo, los dos respirando fuerte, con la frente pegada a la suya.

—Estás loca —le dije.

—Estoy loca hace años.

***

Nos quedamos en silencio un rato, con la luz de la lámpara reflejada en el techo. Ella me acariciaba el pelo como cuando era chico, pero la mano no era la misma, ya no podía ser la misma. Me besó la sien.

—Tengo que pedirte algo —dijo bajito.

—Lo que quieras.

—Nunca lo hice por atrás.

La miré sin entender, o entendiendo demasiado.

—Tu padre nunca quiso. Y después no hubo nadie más. Quiero hacerlo. Esta noche.

—Mamá.

—Si me duele paramos. Lo prometes.

—Lo prometo.

Se dio vuelta y se apoyó en los codos, con la cara escondida en la almohada. Le besé la espalda, los hombros, la cintura. Tomé un aceite de la mesa de noche, uno de coco que ella misma había usado esa mañana, y la preparé despacio, con paciencia, hasta que dejó de tensarse y empezó a empujar atrás.

Entrar fue lento. Centímetro a centímetro, parando cada vez que ella respiraba distinto, retomando cuando me apretaba la mano para indicarme que siguiera. Cuando estuve dentro del todo, los dos nos quedamos quietos, como esperando que el cuerpo entendiera lo que estábamos haciendo.

—Despacio —pidió.

—Sí.

Me moví despacio. Después más rápido. Después como quería ella, que ya no me pedía nada en voz baja sino en serio, con la cara contra la almohada y la mano libre buscándose entre las piernas. Era un calor distinto al de antes, más cerrado, más íntimo en un sentido que no supe nombrar.

—No vayas a acabar adentro —me pidió—. Quiero probarlo.

—¿Aquí?

—En la boca. Avísame.

Avisé. Me dio la vuelta, se puso de rodillas frente a mí y abrió la boca sin dejar de mirarme. La miré a la cara mientras acababa, sin parpadear, los dos respirando como si hubiéramos corrido. Cuando terminé se quedó un segundo así, con los labios cerrados, y después tragó.

—Gracias —me dijo, riendo bajo—. Hace años que no me daba un gusto.

—No me agradezcas.

—Sí. Sí te agradezco.

Me acosté boca arriba y ella se acomodó encima, con la cabeza contra mi pecho. Le acaricié la espalda hasta que se le emparejó la respiración. Me dormí escuchándola dormir.

***

Me desperté antes de que saliera el sol. Por un segundo pensé que lo había soñado, pero estaba ahí, desnuda, con una pierna sobre la mía y la boca entreabierta. La miré dormir un rato largo. Después me vestí en silencio, le dejé una nota corta en la cocina —«llámame»— y bajé las escaleras tratando de no hacer ruido. Cuando arranqué el coche todavía no sabía qué iba a pasar el lunes, ni la semana siguiente. Solo sabía que el fin de semana siguiente, mi padrastro volvía a viajar.

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Comentarios (8)

LoboNocturno7

genial!!!

NocheEnPaz

Increible, de verdad. Me quede sin palabras al final.

pablito_33

Por favor una segunda parte! Quede con ganas de mas, demasiado bueno

Tomas_cba

Excelente como lleva la tension de principio a fin, sin decaer en ningun momento. Ganas de leer mas relatos tuyos

Facundo_bsas

Lei el excerpt y ya sabia que iba a ser buenisimo. No me decepciono para nada jaja

CuriosaRosario

Me dejó pensando un buen rato despues de terminar. Hay algo en estos relatos que engancha diferente, no sabria como explicarlo pero se siente real

MarisolBA

Me encanto el ritmo, sin apuro, construyendo la tension poco a poco. Muy buen trabajo!

rodorico

Hay continuacion?? Porque quede muy intrigado con el final

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