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Relatos Ardientes

Manoseada en el metro y encendida por lo prohibido

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Valeria bajó las escaleras del edificio sin haber conseguido dormir la siesta. Llevaba tres días así: la boca seca, el cuerpo encendido, una inquietud constante que no se marchaba ni con ducha fría ni con nada parecido. Desde que empezó con las pastillas de la doctora Inés, algo en ella había cambiado de dirección, y no era un cambio que supiera cómo nombrar.

Tocó el timbre del primer piso antes de lo previsto. La cita era al día siguiente, pero no podía más.

—¿Valeria? —Inés abrió con cara de sorpresa, aunque sin reprocharle nada—. Pasa, pasa.

La consulta olía siempre a café y a algo floral que ella nunca había logrado identificar. Se sentó en el sillón de costumbre y cruzó las manos en el regazo, como si estuviera en el despacho de su jefa esperando una evaluación.

—¿Qué te trae hoy? —preguntó la doctora, cerrando la libreta que tenía abierta sobre la mesa.

Valeria abrió la boca y la volvió a cerrar. Había ensayado las palabras cuatro veces mientras bajaba por las escaleras, pero ahora se le habían deshecho.

—Es Marcos —dijo por fin.

Inés no parpadeó.

—¿Tu hijo?

—Sí. —Valeria clavó los ojos en el suelo—. Ya te lo conté la semana pasada, lo del vídeo. Pero es que desde entonces no puedo dejar de pensar en él. En su cuerpo. En cómo se movía. Y yo sé que eso está mal, lo sé perfectamente, pero no consigo sacármelo de la cabeza por más que lo intente.

—Para —dijo Inés en voz baja.

Valeria calló.

—¿Por qué crees que está mal?

—Porque es mi hijo.

—Es un adulto —respondió la doctora con la misma calma de siempre—. Y lo que sientes no es una perversión. Es tu mente buscando lo que llevas años negándote.

Valeria parpadeó. Había esperado una reprimenda, quizás incluso que la derivara a otro especialista. No esto.

—Llevas casi veinte años con Javier —continuó Inés—. Un hombre al que quieres, con el que eres feliz, pero que no te conoce del todo. Hay una parte de ti que nunca ha salido a la luz. Eso es lo que está pasando.

—¿Y eso explica lo que siento por Marcos?

—No necesita explicarse. Solo necesita entenderse.

Inés se levantó, fue al armario y sacó el blíster de siempre.

—¿Te tomaste la de las tres?

—Sí.

—Bien. Toma otra.

Valeria la tragó con el vaso de agua que la doctora le tendió. Después escuchó las instrucciones: subir a su piso, cambiarse de ropa. Una falda corta, algo ajustado en la parte de arriba, sin sujetador. «Como cuando tenías veinte años», dijo Inés, «como antes de que decidieras vestirte para los demás».

—¿Y para qué sirve eso?

—Es una técnica de reencuadre corporal. Tienes que volver a habitar tu cuerpo tal como es, sin esconderlo. —Inés sonrió con una seguridad que a Valeria le resultaba imposible de cuestionar—. Confía en mí. Lleva años funcionando.

Valeria subió. Abrió el armario y buscó en el fondo, detrás de los jerseys de invierno y de una bolsa para donar que llevaba dos años sin donar. Encontró una falda vaquera que le llegaba a la mitad del muslo, una blusa de seda color crema con unos botones que ya no cerraban del todo bien, y una braguita de encaje negro que había comprado un verano en Oporto y casi nunca había usado.

Se vistió frente al espejo del baño.

Se miró.

Hacía mucho tiempo que no se miraba así: de frente, con luz, sin el pijama, sin la excusa de las prisas. La falda se ceñía a sus caderas de una manera que su marido siempre había admirado y que ella había ido abandonando sin darse cuenta con los años. La blusa, sin sujetador, marcaba una silueta que seguía siendo la suya, inconfundiblemente la suya.

Todavía estás bien, pensó. Mejor de lo que creías.

Sintió calor entre las piernas antes de salir del baño.

Bajaron caminando hasta la boca de metro más cercana. Inés hablaba en ese tono tranquilo que tenía cuando quería que algo se le quedara grabado: decía que la represión sexual no era una virtud sino una costumbre heredada, que el cuerpo de Valeria era suyo y de nadie más, que tenía que empezar a actuar en consecuencia.

Valeria la escuchaba a medias. Notaba las miradas de los hombres en la calle.

Llevaba años sin notarlas.

En el andén, un hombre de unos cuarenta años con traje gris la miró de arriba abajo sin el menor disimulo. Otro, más joven, se colocó a su lado con la excusa de consultar el panel de llegadas. Valeria se tensó.

—Inés, me están mirando.

—Lo sé —dijo la doctora sin volver la cabeza—. ¿Cómo te sientes?

—Rara.

—¿Solo rara?

Valeria tardó un segundo en responder.

—Excitada —admitió.

Inés asintió como si lo hubiera esperado.

El metro llegó con un golpe de aire caliente. En hora punta el vagón estaba lleno: cuerpos apretados, bolsas chocando contra piernas, nadie mirando a nadie. Valeria entró y se quedó de pie cerca de la barra central, con Inés justo a su izquierda.

Fue entonces cuando sintió la presencia del hombre detrás de ella.

No lo vio. Lo notó: el calor de un cuerpo demasiado cerca, la respiración lenta y regular de alguien que no tenía ninguna intención de moverse. Intentó dar un pequeño paso hacia adelante, pero no había espacio. Miró a Inés, que la observaba con su expresión de siempre.

—Déjate estar —dijo la doctora en voz muy baja.

Valeria no se movió.

La mano llegó despacio, con una calma que resultaba casi metódica, deslizándose por el lateral de su falda. Valeria contuvo la respiración. Los dedos buscaron el borde de la tela y se colaron por debajo, palpando la cara interior del muslo.

No dijo nada. No se apartó.

Los dedos encontraron el encaje de la braguita y la recorrieron por fuera. Valeria notó que la tela estaba húmeda. Notó que llevaba un rato húmeda, probablemente desde que se vio en el espejo del baño, quizás antes incluso de bajar al primer piso.

El hombre apretó su cuerpo contra su espalda. No habló. Solo respiraba cerca de su oído con esa calma de quien sabe que no va a encontrar resistencia.

Valeria cerró los ojos.

No es él, pensó. Pero podría serlo.

La imagen de Marcos apareció sin que ella la llamara: su cuerpo en el vídeo, sus manos, la forma en que se movía. Valeria apretó los dientes para no hacer ningún sonido.

Los dedos del desconocido apartaron la tela de la braguita hacia un lado.

—Ah —gimió, apenas audible.

Inés la miraba desde un metro de distancia. No decía nada.

El hombre trabajaba despacio, sin prisa, explorando. Valeria notó los dedos moverse y arqueó levemente la espalda, un gesto mínimo, casi involuntario, que lo decía todo. Él lo entendió y apretó con más firmeza, siguiendo el ritmo que ella marcaba sin querer.

—No pares —susurró ella tan bajo que apenas se oyó a sí misma.

El hombre inclinó la cabeza y rozó los labios con su oreja.

—Estás empapada —dijo.

Valeria se tensó entera. Esa observación pronunciada con frialdad, como si fuera un dato que los dos conocían desde hacía rato y ya no hacía falta disimular, la atravesó de una manera que no supo explicarse. No era el tono. Era la certeza.

Llevó la mano hacia atrás. La metió entre su cuerpo y el del desconocido y encontró lo que buscaba a través de la tela del pantalón. Lo rodeó con los dedos.

Era grande. Más de lo que esperaba.

Empezó a moverse despacio, sin pensar, como si sus manos actuaran solas y su cabeza hubiera decidido quedarse al margen. El hombre metió los dedos más adentro. Valeria arqueó el cuello hacia atrás y apretó los labios hasta dejárselos blancos.

—Así —dijo él, muy cerca de su oído—. Justo así.

Ella empujó contra su mano.

—Más —pidió sin pensarlo, con la voz quebrada.

El hombre apretó con más fuerza y comenzó a moverse con un ritmo constante. Valeria notó que perdía el control de la respiración, que le temblaban las rodillas, que el ruido del vagón se le mezclaba con el latido que sentía en los oídos. Se aferró a la barra con la mano libre.

—Vaya culazo tienes —susurró el desconocido—. Eres una zorra.

Valeria se tensó entera al escucharlo. Esperaba ofenderse. En cambio, notó que algo en ella se abría todavía más, que esas palabras actuaban como una descarga eléctrica que subía desde el vientre hasta la nuca. Las necesitaba. No entendía por qué, pero las necesitaba.

—Repítelo —rogó ella.

—Llevas días buscando esto, zorra —dijo él—. Lo llevas escrito en la cara.

—Dios —murmuró Valeria, y cerró los ojos.

El orgasmo llegó sin avisar: una ola que subió desde las rodillas y le sacudió el torso entero. Tuvo que agarrarse a la barra con las dos manos para no caerse. Notó los muslos mojados, la respiración cortada, un gemido que se le escapó a medias y que ahogó apretando los labios contra el brazo.

Cuando abrió los ojos, Inés la estaba mirando.

El hombre se separó despacio. Valeria oyó cómo se arreglaba la ropa. Antes de que el metro llegara a la siguiente estación, el desconocido pegó los labios a su oreja.

—La próxima vez no te quedas a medias —dijo, y salió por las puertas sin mirar atrás.

***

Salieron dos estaciones más tarde. El aire de la calle estaba frío comparado con el del vagón. Valeria caminó despacio, con las piernas todavía inestables y la mirada fija en el suelo.

—¿Cómo estás? —preguntó Inés.

—No sé —respondió Valeria, y era verdad.

—¿Qué sentiste?

Valeria lo pensó antes de responder.

—Que quería que fuera Marcos.

Lo dijo sin dramatismo, sin bajar la voz, como si la frase le hubiera estado esperando en la boca todo el rato y por fin hubiera encontrado el momento de salir.

Inés no se alteró.

—Eso es exactamente lo que tenías que sentir. —La cogió del brazo con suavidad—. Y ahora viene la parte más importante. Lo que hiciste hoy con ese hombre: dejarte ir, no bloquearte, escuchar lo que tu cuerpo pedía. Eso mismo es lo que necesitas hacer con Marcos.

—No es lo mismo.

—Claro que no lo es. Es mucho más importante. Porque con él hay historia, hay vínculo, hay algo real que construir. Con un desconocido en el metro no hay absolutamente nada.

Valeria no respondió. Pensaba en su hijo, en cómo la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta. En esos gestos que siempre había interpretado como distancia y que quizás eran otra cosa. Quizás siempre habían sido otra cosa.

—Esta tarde —dijo Inés—, cuando llegues a casa, busca un momento con él. No hace falta que ocurra nada grande. Solo que estés presente. Que no le des la espalda como siempre le has dado.

—¿Y si me rechaza?

—No lo hará.

Inés lo decía con una seguridad que Valeria no era capaz de cuestionar. Llevaba semanas aceptando sus instrucciones como si fueran la única brújula que le funcionaba. Y hasta ahora, siendo honesta consigo misma, no se había equivocado ni una sola vez.

—Esta noche bájalo a la consulta —añadió la doctora—. Quiero conocerle mejor. Entender su situación desde su propia perspectiva, sin filtros.

Valeria asintió.

Subieron de vuelta al edificio en silencio. En la puerta de la consulta se despidieron con dos besos. Inés entró, y Valeria siguió subiendo por las escaleras con la falda todavía pegada al cuerpo y la cabeza llena de imágenes que no había pedido y que ya no estaba segura de querer apartar.

Abrió la puerta de su piso.

Desde el pasillo se oía la música que salía del cuarto de Marcos.

Valeria dejó las llaves en el mueble de la entrada y se apoyó un segundo contra la pared. Todavía sentía en la piel la presión de los dedos del desconocido, el calor del vagón, la vibración del metro bajo los pies. Y mezclado con todo eso, sin haberlo buscado, el rostro de su hijo.

No es una enfermedad, se dijo. Es lo que siento. Y esta noche voy a hacer lo que me pidió Inés.

Respiró hondo y caminó por el pasillo hasta la puerta de Marcos. Llamó con los nudillos dos veces, despacio, como quien llama a una puerta que sabe que se va a abrir.

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Comentarios (9)

Pepo

Que caliente!!! quede sin palabras, de las mejores que lei aca en mucho tiempo.

MartinaBsAs

Por favor continua esta historia, quede con ganas de mas. Cuando sale la segunda parte??

DiegoCba22

Muy morboso y bien narrado. Me gusto como manejaste la tension sin volverlo burdo. Felicitaciones

Camila_82

Me encanta como mezclaste la culpa con el deseo, se siente muy real. Espero la continuacion!

TITAN

Excelente!!! Seguí así, cada relato tuyo es mejor que el anterior

LectorDigital

Nunca pense que algo tan cotidiano podia volverse tan intenso. Muy buena la ambientacion.

Avocado33

se hizo corto, queriamos mas jaja. Buenisimo igual

Raul

Buff, que situacion. Me quede pegado leyendo hasta el final sin darme cuenta. Gracias por compartirlo

NocheLibre88

tremendo el giro psicologico, no me lo esperaba. Muy bien escrito!!

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