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Relatos Ardientes

Espié a mi cuñada Renata con dos de mis cuñados

El sistema que mi suegro había instalado en la casa de cada uno de sus hijos no era para nada lo que yo creía al principio. La primera vez que él me dio una clave y me explicó cómo conectarme, pensé que se trataba de un capricho de hombre mayor con demasiado dinero y demasiada paranoia. Tardé pocas semanas en entender que no era paranoia, sino otra cosa, una cosa que nunca se decía con palabras claras dentro de la familia, pero que él suponía que yo, casada con su tercer hijo, terminaría por aceptar.

Esa tarde el sistema parpadeó solo, sin que yo lo llamara. Una luz verde encima de la pantalla y, debajo, la imagen del salón de Renata, la mujer de Damián.

Renata estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Llevaba una camiseta blanca de tirantes muy ajustada, sin sujetador debajo, y un pantalón negro que parecía dibujado sobre las piernas. Estaba sola y miraba el reloj. Esperaba a alguien.

Yo me acomodé en la silla, sin terminar de aceptar que iba a quedarme allí, mirando. El timbre sonó al otro lado. Renata se levantó con esa naturalidad de quien tiene la mañana ensayada y abrió la puerta.

Era Sergio. El segundo de los hermanos. El que más se parecía a Damián de los cuatro, aunque más alto y con la voz más grave.

—Cuéntame eso que tenías que consultarme —dijo él sentándose en el sofá—. Me dejaste intrigado.

—Verás —contestó Renata—, tú eres el hermano que más se parece a Damián. Quería tu opinión sincera. ¿Así estoy bien para llevarlo a cenar esta noche?

Y se levantó y dio una vuelta despacio.

Sergio la miró de arriba abajo sin disimular. Yo, desde la pantalla, reconocí esa mirada. Era la misma que Andrés me había puesto la noche que nos conocimos, antes de las copas y antes de cualquier conversación.

—Cuñada, así estás más que bien —respondió él—. Si yo fuera mi hermano, no saldríamos a cenar esta noche.

Y le puso las manos sobre las rodillas.

Lo que pasó después no fue rápido, pero tampoco fue largo. Los dos parecieron entender una conversación que llevaban semanas teniendo solo con la mirada. Renata bajó la cabeza primero y él subió la barbilla, y se besaron en la boca como dos personas que ya se habían besado antes en la cabeza muchas veces.

—Ponte de pie —pidió él en voz baja—. Quiero verte.

Renata obedeció con la calma de quien sabe que está siendo mirada y le gusta. Sergio le bajó los tirantes de la camiseta y, al confirmar que no llevaba nada debajo, sonrió. Le besó los pezones primero suave, después con menos paciencia. Yo me sorprendí ajustándome la posición en la silla.

—Esto no es justo —dijo Renata cuando él le bajó el pantalón de un tirón y la dejó solo con el tanga—. Yo casi desnuda y tú con todo puesto. Levántate.

Él se levantó. Renata se sentó en el sofá y, con una lentitud que parecía calculada para hacerlo esperar, le desabrochó el cinturón, le bajó el pantalón y el bóxer al mismo tiempo y se quedó mirando.

—Esto no debería estar escondido —murmuró—. Debería estar a la vista de cualquiera que entrara.

Y se la llevó a la boca.

Sergio se aferró al respaldo del sofá. Cerró los ojos un momento, los abrió, los volvió a cerrar.

—Cuñada, vas a hacer que termine antes de empezar.

—Pues no termines —contestó ella separándose un instante—. Empieza ya.

Y le indicó con la cabeza un cojín del sofá. Debajo había un paquete de preservativos. No uno olvidado por error: un paquete entero, abierto a medias, esperando. Yo entendí entonces que esto venía de antes. De mucho antes.

***

Sergio se puso el preservativo y se tumbó en el sofá. Renata se colocó encima, de cara a él, con las piernas abiertas, y se dejó caer despacio.

—Cuñado —dijo cuando lo tuvo dentro—, en esto no te pareces a tu hermano. Eres mejor.

—Es porque tú te lo mereces —respondió él, y le agarró las caderas para marcar el ritmo.

Yo, desde la pantalla, no sabía dónde meterme. Mi cuerpo estaba tomando decisiones que mi cabeza todavía no había aprobado. Una mano había bajado sola hasta el borde de mis bragas y se había quedado ahí, esperando un permiso que yo no terminaba de dar. Andrés volvía a casa en menos de dos horas. Los niños estaban en el colegio. La casa estaba en silencio.

Renata cambió de postura. Se bajó de Sergio, lo hizo sentarse y se montó dándole la espalda, encajándose ella misma encima. Empezó a moverse despacio y luego más rápido, marcando el ritmo con las caderas, mirando hacia un punto cualquiera de la pared.

—Te mueves de maravilla —jadeó Sergio—. Mi hermano debe estar en la gloria.

—No creas —contestó ella sin parar—. Hace meses que algo le ordeña fuera de casa. Yo no sé qué, ni quién. Pero algo.

Y siguió.

Yo retiré la mano de las bragas y la apoyé en el escritorio. Hace meses que algo le ordeña fuera de casa. La frase me quedó dando vueltas. Andrés llegaba tarde varios días por semana. Cansado, decía. Reuniones, decía.

Volví a mirar la pantalla.

Sergio había cambiado a Renata de postura. La había puesto a cuatro patas sobre el sofá, una rodilla apoyada en el cojín y el otro pie en el suelo, y la estaba penetrando de pie por detrás. Renata gemía sin disimulo, agarrándose al respaldo, repitiendo el nombre de él.

Cuando él notó que iba a terminar, le preguntó dónde quería que lo hiciera.

—En la boca —contestó ella sin pensarlo.

Renata se arrodilló en el suelo, frente al sofá, y abrió la boca. Sergio se quitó el preservativo, le sostuvo la cara con una mano y se dejó ir. Una parte le quedó en la lengua y otra parte le bajó por la barbilla. Renata se rio y se la limpió con un dedo, despacio, sin dejar de mirarlo.

La conexión se cortó sola.

***

Pasaron tres o cuatro días. Yo no había vuelto a abrir el sistema. Andrés había llegado tarde otra vez, y otra, y otra, y yo había cenado sola, y había dormido fingiendo que dormía, y había escuchado el ruido del agua de la ducha de madrugada.

La quinta noche el sistema parpadeó solo otra vez. La luz verde encima de la pantalla. La imagen del salón de Renata.

Esta vez ella estaba directamente en tanga, sin pantalón. La misma camiseta blanca de tirantes, el mismo gesto de espera. Cuando sonó el timbre, se levantó sin prisa.

Al otro lado de la puerta apareció Andrés. Mi marido.

Lo reconocí antes incluso de verle la cara entera. La forma de los hombros bajo la camisa. El reloj que yo le había regalado. La cazadora que llevaba esa misma mañana cuando me dio un beso en la frente y me dijo que tenía un día complicado.

—¿Qué te trae por aquí, cuñado? —preguntó Renata haciéndose la sorprendida.

Andrés balbuceó algo sobre los negocios del padre. Una excusa de tres líneas que yo había escuchado antes. Pero no le miraba la cara a Renata, le miraba el tanga.

—Ay, cuñado, perdona —dijo ella tapándose con un gesto teatral—. En casa estoy en la intimidad y no me acordé de vestirme.

—Para nada —contestó él—. Estás extremadamente sexy.

Y la besó. Sin preámbulo. Sin un café antes. Sin un «¿estás segura?». La besó como si no fuera la primera vez que la besaba.

Yo cerré los ojos un segundo. Después los abrí, porque una parte de mí necesitaba ver. Necesitaba saber.

Andrés le subió la camiseta despacio, besándole el vientre, los costados, la curva inferior de los pechos. Hacía años que no me besaba así. Lo recordaba con detalle: hacía exactamente tres años y dos meses que Andrés no me besaba el vientre antes de subir.

—Me encanta el romanticismo con el que lo haces —dijo Renata—. Tu hermano hace todo más rápido.

—Yo no soy mi hermano —contestó él.

***

La sentó en el sofá. Le quitó el tanga. Se arrodilló en el suelo, le abrió las piernas y bajó la cabeza. Renata gimió por primera vez en toda la tarde y se agarró al respaldo con los dedos abiertos.

—Cuñado, esto lo haces como nadie.

—Tú me lo pones fácil —contestó él sin levantar la cabeza.

Yo volví a llevarme la mano al borde de las bragas. Esta vez sí entré. No quería entrar y entré igual, porque mi cuerpo estaba en otra conversación. Sentí cómo crecía un calor que no me reconocía. Era rabia y deseo a la vez, mezclados, y no podía separarlos. Era el odio de saber, y el alivio de saber, y el morbo de mirar.

Renata se corrió la primera vez en su lengua. Andrés se levantó del suelo, se quitó el pantalón y el bóxer, se dejó la camisa puesta. Renata sacó otro paquete de preservativos del mismo escondite del sofá. Le puso uno con las dos manos. Se sentó encima, dándole la espalda, igual que con Sergio, y comenzó a moverse.

—¿Por qué no lo había hecho antes? —dijo Andrés casi sin aire—. Esto es la mejor follada de mi vida.

Yo apreté los labios.

«La mejor follada de mi vida.» Lo dijo así. Sin matices. Sin un «una de las mejores». La mejor.

Cambiaron de postura. Renata se apoyó en el sofá con los brazos y dejó las caderas en el aire. Andrés se colocó detrás. La empujó despacio al principio, después con un ritmo que yo nunca había visto en él. Era otro hombre. Era el hombre que yo no conocía después de doce años de matrimonio.

Cuando Renata estuvo cansada, Andrés le sugirió tumbarse boca arriba para terminar mirándola. Igual que conmigo, antes, cuando yo le importaba.

Renata se corrió primero. Un gemido largo, sin vergüenza, agarrándolo del cuello. Andrés se corrió después, dentro del preservativo, repitiendo su nombre.

Cuando ella se incorporó, le quitó el preservativo y le limpió la polla con su propio tanga, despacio, hasta dejarla sin rastro. Y entonces, justo antes de que la pantalla se apagara, levantó la cabeza y miró un instante hacia la cámara.

Hacia mí.

La conexión se cortó sola, igual que la otra vez. Yo me quedé mirando la pantalla apagada un buen rato, con la mano todavía donde no debía estar y un pensamiento que ya no podía sacarme de la cabeza: si mi suegro me había dado la clave, era porque sabía. Era porque siempre lo había sabido. Y porque, antes o después, alguno de los hermanos restantes iba a aparecer por mi puerta con la misma excusa de los negocios del padre.

Lo que todavía no tenía claro era si pensaba abrirle.

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Comentarios (5)

GatoNocturno

tremendo!!! me dejo con la boca abierta

pabloMdz22

La forma en que lo vas contando te mete adentro de la historia, se siente real. No pude parar de leer hasta el final. Excelente

Dariela88

segunda parte por favor!!! me quede con ganas de mas

SandraGba

Que situacion tan loca, te imaginas jaja. Muy bien narrado la verdad

MartinBaires

es de esos relatos que se te quedan en la cabeza despues de leerlos. Muy bueno

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