Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi sobrino se hospedó tres noches y todo se descontroló

Camila y yo siempre fuimos una pareja distinta. Llevábamos diez años casados y todavía nos paseábamos desnudos por la casa, hacíamos el amor en la cocina, en el balcón, en el sofá, sin importar quién pudiera entrar. Con la chica que limpiaba los martes ya habíamos tenido más de un episodio, y a Camila le encantaba mostrarse, dejarse mirar, sentirse deseada. Yo tenía cuarenta años, ella treinta y seis, y ninguno de los dos había perdido el filo del deseo.

Una tarde de abril me llamó mi primo desde el interior, a unas horas de la ciudad. Su hijo Mateo iba a rendir el ingreso a la universidad y necesitaba dónde quedarse tres noches. Le dije que sí sin pensarlo dos veces: nosotros nos habíamos quedado en su casa una infinidad de veces.

Mateo llegó el sábado al mediodía. Era alto, delgado, con el pelo revuelto y la mirada todavía un poco infantil. Veintiún años recién cumplidos. Nos saludó con timidez en la puerta, pero los ojos se le fueron a Camila apenas ella le tendió la mejilla para el beso de bienvenida. Los siguió mientras subía la escalera, mientras dejaba la cartera en el sofá, mientras se reía de algo que dije sin escuchar.

Y ahí, sin haberlo decidido todavía, empecé a imaginarlo. A ella desnuda frente a él. A él calentándose. A los tres en algún rincón confuso de mi cabeza.

Camila lo acompañó al cuarto de visitas mientras yo conversaba apoyado en el marco de la puerta. Se agachó para estirar la sábana de abajo, y la falda del vestido se le subió lo suficiente para que se le viera el muslo entero. Mateo dejó de sacar la ropa del bolso. Tragó saliva. No dijo nada. Yo tampoco.

—¿Quieres un café? —preguntó Camila al levantarse, ajena a todo o haciéndose la ajena.

Cuando subimos a nuestro cuarto, cerré la puerta —cosa rara en nosotros— y la besé contra la cómoda.

—Andrés, después —me dijo riéndose—. Tengo que hacer la cena.

Le solté el sostén y se lo escondí en el cajón. Le pasé un vestido corto de algodón, sin nada debajo, y la miré por el espejo.

—¿No es demasiado? Está tu sobrino abajo.

—Por eso. Te ves bien así.

—Estás loco —murmuró, pero se mordió el labio. Ya estaba entrando en el juego.

—Cuando estabas haciendo la cama te miró las piernas como si nunca hubiera visto a una mujer. Le encantas.

Le metí la mano por debajo del vestido y le rocé los muslos. Estaba húmeda. Más húmeda de lo que iba a admitir.

***

Bajamos a la cocina. Mateo se había cambiado y estaba en short y remera, sentado en una banqueta del desayunador. Le ofrecí un whisky con hielo. Camila se movía entre la mesada y la heladera, descalza, y el vestido se le subía cada vez que estiraba el brazo para alcanzar algo del estante alto.

Yo me ubiqué detrás de ella en uno de esos movimientos, le agarré la cintura, le rocé el trasero con la pelvis. Camila ni se inmutó. Mateo se quedó duro mirando, con el vaso a medio camino de la boca.

—Pásame los cubiertos —dijo ella sin volverse.

Cuando se dio vuelta para entregármelos, sus pechos sin sostén me rozaron el pecho y, al pasar al lado de Mateo, le arrastró la cadera por encima del muslo. Él pegó un brinco discreto y bajó la cabeza hacia el vaso.

Nos sentamos a la mesa. Camila trajo los platos y los apoyó frente a cada uno. Cuando se inclinó para servirle a Mateo, el vestido se le abrió por el escote y el chico vio todo lo que había que ver. Le serví yo el vino para distraerlo, pero ya tenía las orejas rojas.

Le pregunté por la novia. Dijo que no tenía. Le pregunté si había estado con alguna mujer. Se puso colorado hasta la garganta y miró el plato.

—Todavía no.

Camila estiró el brazo y le tocó la mejilla con una ternura calculada.

—No te apures, mi amor. Cuando llegue, va a ser hermoso.

***

Después de la cena pasamos al living. Camila se sentó en el sillón de enfrente con las piernas cruzadas y subidas al asiento, una postura que dejaba el vestido más arriba de lo decente. Mateo, sentado al lado mío en el sofá, no podía quitarle los ojos.

Cuando ella descruzó las piernas para levantarse a buscar algo, vimos los dos lo mismo: la ropa interior tan ajustada que se le marcaba todo. Mateo se quedó tieso, con el vaso temblando entre las manos.

La seguí a la cocina con la excusa de servir otra ronda. La empujé contra la mesada y le levanté el vestido por atrás. Tenía el trasero firme, redondo, todavía bronceado del verano. Le bajé la ropa interior y le metí los dedos en el sexo. Estaba empapada.

—Está mirando desde el living —le dije al oído—. Deja la puerta así. Que mire.

—Andrés…

—Dime que no quieres.

No me contestó. Se inclinó sobre la mesada con el estómago apoyado, los pies separados, y yo la penetré de un solo movimiento. Estaba tan mojada que entré entero. Empujé seis o siete veces, despacio, mientras ella mordía un repasador para no gritar. Justo antes de que se viniera, me retiré.

—Quédate caliente —le susurré—. Toda la noche.

Volvimos al living. Mateo estaba pálido, con las dos manos sobre el regazo tratando de tapar lo que ya no se podía tapar.

***

Camila se sentó del lado de Mateo, no en el sillón de enfrente. Se acomodó con las piernas encogidas hacia él y se inclinó a prender la lámpara de la mesa lateral. El vestido se le subió hasta la cintura. Mateo le vio el trasero entero, los labios, todo.

Yo me senté del otro lado, dejándola al medio. Le metí la mano por debajo del vestido y le agarré el sexo, abierto, sin nada que lo cubriera. Camila se puso rígida un segundo, y después se relajó. Empezó a mover apenas la cadera, buscando el dedo.

—Disculpa a Andrés —le dijo a Mateo con una sonrisa—. Es tremendo.

Y le puso la mano en el muslo, bien arriba, casi rozándole el bulto del short. Mateo dio un saltito.

—Tranquilo, mi amor. Estás temblando.

Le apreté la mano de Camila para que avanzara. Cuando le tocó el bulto, Mateo cerró los ojos. Tenía el miembro hinchado apretándole la tela.

—Sácaselo —le dije a ella.

Camila le bajó el short. La verga del chico saltó hacia afuera, dura, palpitando. Era más fina que la mía y un poco más corta, pero estaba absolutamente firme. Camila la tomó con las dos manos y empezó a masturbarlo, despacio.

—Mi amor —me dijo girándose hacia mí—, no me imaginé nunca que esto contigo iba a ser tan rico.

—Haz lo que quieras. Tienes permiso.

Le empujé apenas la cabeza hacia abajo. Ella entendió. Se inclinó y se la metió en la boca a Mateo. El chico gimió como si lo hubieran golpeado.

***

Le saqué el vestido por la cabeza. Camila quedó desnuda, arrodillada en el sofá, chupándole la verga a Mateo con un entusiasmo que no le había visto nunca. Yo me desnudé también, y Mateo se sacó la remera con las manos torpes.

La puse en cuatro patas en el sofá y la penetré por atrás mientras ella seguía con la boca llena. A los dos minutos se vino con un grito que le salió ahogado contra el cuerpo del muchacho. Mateo, que había aguantado todo lo que se podía aguantar, le avisó:

—Tía, voy a acabar.

Camila no se sacó. Aceleró. Le agarró los testículos y le metió un dedo apenas en el ano. Mateo se vino con un alarido. Le llenó la boca, parte le chorreó por el cuello y los pechos. Camila tragó lo que pudo, riéndose, y me besó pasándome el resto en la lengua.

—Vamos al cuarto —dijo ella, sin soltarle la verga al chico.

***

En la cama la acosté boca arriba. Le abrí las piernas y le hundí la cara en el sexo, lamiendo despacio, buscando el clítoris con la punta de la lengua. Camila se agarró de mi pelo y se vino otra vez, fuerte, sin disimular.

—Ahora tú —le dije a Mateo.

El chico se acomodó entre las piernas y empezó a lamer como pudo. Camila lo guió, le pidió que bajara, que subiera, que metiera la lengua adentro. Cuando él encontró el clítoris, Camila pegó un grito y le agarró la cabeza apretándola contra ella.

Yo le acaricié los pechos mientras pasaba esto. Después la levanté apenas, le metí el miembro otra vez y empecé a moverme despacio. Camila se llevó la verga de Mateo a la boca y siguió chupando. Yo la veía desde arriba, con la boca llena, los ojos entrecerrados, y se me cerraba el aire del puro morbo.

—Acaba en mi boca, mi amor —le dijo a Mateo entre chupada y chupada.

Y mientras lo decía, me pasaba la lengua por la cara, me besaba con la boca todavía sucia, volvía a la verga del chico. Mateo se vino otra vez. Le quedó semen por todos lados.

***

—Bésasela —me susurró Camila al oído.

—¿Qué?

—La verga. A Mateo. Como me hiciste hacer con Daniela aquella vez.

Dudé un segundo. Después pensé en todas las veces que le había pedido a Camila cosas que no le entusiasmaban. Me agachó la nuca con suavidad. La punta del miembro de Mateo me tocó los labios. Abrí la boca.

No vas a echarte atrás ahora.

Lo chupé como me gusta que me chupen a mí. Pasé la lengua por el frenillo, bajé hasta los testículos, volví a subir. Camila me ayudaba con la mano en la base. A los pocos minutos sentí el endurecimiento extra que precede al orgasmo y Mateo se vino otra vez, dentro de mi boca. Me quedé quieto. Le pasé el semen a Camila con un beso. Ella lo recibió como si le hubieran dado un trofeo.

—Te pasaste —me susurró—. Esto era una fantasía mía vieja.

Yo todavía no había acabado.

—¿Quieres que ahora él te penetre a ti? —le pregunté—. Que pierda la virginidad de verdad.

—Por supuesto.

***

Acomodé a Mateo entre las piernas de Camila. Le levanté las caderas con una almohada doblada y le agarré el miembro al chico. Se lo apoyé en la entrada y lo dejé empujar. Mateo no aguantó la calma: pegó una embestida brusca, después otra. Camila lo paró.

—Tranquilo, mi vida. Yo te enseño.

Lo agarró de las caderas y le marcó el ritmo. Mateo aprendió rápido. Yo me quedé mirando un rato, parado al costado de la cama. Y entonces le agarré la mano a Camila y le hice meter el dedo, con crema del velador, en el ano del chico. Mateo gimió pero no se sacó. Estaba demasiado dentro de Camila como para retirarse.

Le metió dos dedos. Después saqué los suyos y apoyé yo el miembro, ya bien lubricado, en la misma entrada. Mateo se tensó.

—Tío, no…

—Quédate quieto. Ya está.

Empujé despacio. Entró la mitad. Mateo no se movió, atrapado entre Camila por delante y yo por detrás. Camila aceleró sus caderas. Mateo, sin querer, se vio movido por ella, y eso me empezó a penetrar a mí solo. La sensación era insoportable de buena.

Mateo se vino primero, gritando contra el cuello de Camila. Ella se vino atrás, con dos orgasmos pegados que le sacaron arañazos de la espalda al muchacho. Yo aguanté hasta el último temblor y acabé adentro, vaciándome con un grito que me salió de muy abajo.

Caímos los tres en la cama, sin aire, transpirados, sin entender bien qué había pasado.

***

—Te pasaste, loco —me susurró Camila abrazándome—. Degenerado.

Después se dio vuelta hacia Mateo y le dio un beso largo en la boca.

—¿Te gustó tu primera vez?

—Sí. Lo del tío por atrás un poco menos. Me arde.

Camila se rio. Le agarró el miembro y lo besó en el cuello.

—Ya se te pasa. Vamos a hacerlo de nuevo.

Y lo hicimos. Esa noche, y a la mañana siguiente, y la tarde del domingo antes de que se fuera al examen. El lunes Mateo arrancó la facultad y nosotros volvimos al trabajo como si nada. Pero ya no había vuelta atrás.

Hace un mes que no lo vemos. Cuando vuelva a pasar por la ciudad, va a saber dónde dormir.

Valora este relato

Comentarios (5)

Marce2k

Increible, no podia dejar de leer hasta el final

DelTacuari

Por favor seguí contando, necesito saber cómo terminó todo

noctambulo33

Me quedé pensando en cómo se fue armando la tensión... muy bien logrado. Buen relato!

RolandoMza

Excelente!!!

KarenMDP

jajaja el titulo lo dice todo, tres noches dan para mucho. muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.