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Relatos Ardientes

Mi hermano se cobró la deuda con mi propia esposa

Camila y yo llevamos ocho años casados. Ella tiene treinta y dos, yo treinta y cuatro, y, hasta donde puedo decir, las cosas entre nosotros funcionaban bien en todo: en la casa, en la mesa y, sobre todo, en la cama. Es médica del hospital regional, mide poco más de un metro setenta y tiene el pelo corto, negro y siempre un poco despeinado. El cuerpo lo cuida con el rigor de quien sabe cómo se descomponen los cuerpos: pechos pequeños y firmes, una espalda que termina en una curva que más de uno ha mirado de más en los pasillos.

Mi hermano mayor, Hernán, había enviudado tres años atrás. Cuarenta y dos años, un infarto reciente, alta condicionada y orden estricta de reposo. La aseguradora le mandó una enfermera por las mañanas y, a partir de las dos de la tarde, cuando Camila volvía del turno, ella se hacía cargo. Yo daba clases en la facultad y, dependiendo del día, llegaba a casa entre las ocho y las diez de la noche.

La convivencia, durante las primeras semanas, fue tranquila. Hernán se quejaba con suavidad de la disciplina de mi mujer, decía que su cuñada era más rigurosa que cualquiera de sus cardiólogos, que no le permitía ni un trozo de postre porque empezaba a aparecer la diabetes en los análisis. Camila se reía y le contestaba: «Cuñado, tienes que portarte bien con los medicamentos. El día que te pongas en orden, te dejaré probar el flan de la abuela». Era un juego de tono casi infantil, ese tipo de complicidad inofensiva que se da entre cuñados que se quieren.

Lo del baño empezó como una necesidad. Hernán no podía ducharse solo sin riesgo de un mareo, y Camila, además de doctora, era la única en casa con el conocimiento y la paciencia para vigilarlo. Lo hacía a las seis y media de la tarde, antes de la cena. Él entraba en bóxer, ella se ponía un short y una camiseta vieja. Yo no estaba presente, así que me lo imaginaba como me lo contaban: una rutina práctica, casi clínica.

Hernán siempre fue mano larga. De jóvenes ya tenía esa costumbre de soltar comentarios al borde y de rozar a las novias ajenas con la excusa del saludo. Por dentro yo sabía, aunque no lo dijera, que más de una tarde le habría pasado la mano por la cintura a Camila «sin querer», y que ella lo habría dejado pasar.

Una noche, ya en la cama, ella me lo contó.

—Hoy se le fue la mano —dijo, mirando el techo—. Estaba enjuagándole los hombros y me metió la mano entre los muslos. Me tocó por encima del short.

—¿Y tú? —pregunté.

—Le aparté la mano. Le dije que no se le ocurriera repetirlo. —Hizo una pausa—. Tenía la verga durísima por debajo del bóxer, no podía disimularlo.

Me removí en la cama. No dije nada.

—Le pregunté si lo que quería era acostarse con su cuñada —siguió ella, con una media sonrisa que no le había visto desde hacía tiempo—. Y él me contestó: «Camilita, perdóname, pero es que estás demasiado buena».

—¿Y tú quieres? —pregunté en voz muy baja.

Ella se giró hacia mí.

—¿Estás loco?

Pero esa noche follamos como hacía meses no follábamos. Camila estaba mojada antes de que yo la tocara. Me la chupó en la oscuridad con una entrega que me sorprendió, tragó cuando me corrí, y siguió manteniéndomela dura solo con la lengua. La puse de espaldas, le mordí los hombros, le fui besando la columna hasta que su cuerpo se arqueó solo.

—Más fuerte —pidió.

La giré, le abrí las piernas, le hundí la cara entre los muslos hasta que tembló. Cuando volví a entrar en ella, lo hice por detrás, despacio, hasta el fondo.

—Tu hermano… —jadeó— ¿la tendrá igual de gruesa que tú?

—No lo sé —le dije—. Eso vas a tener que averiguarlo tú.

Ella se quedó callada, pero sentí cómo se contraía alrededor de mi sexo.

***

Una semana después llegué a casa antes de lo previsto. La universidad había suspendido la última hora y entré al apartamento sin avisar, con la llave puesta en el cerrojo casi en silencio. Eran las ocho y media. La puerta del cuarto de Hernán estaba entornada y por el resquicio salía una luz amarilla, baja, y un sonido inconfundible: jadeos, una respiración entrecortada, el chasquido húmedo de una boca trabajando.

Me quedé quieto en el pasillo. El corazón me golpeaba la garganta. Después, sin hacer ruido, me acerqué.

Camila estaba sobre la cama, desnuda, a cuatro patas encima de mi hermano. Le tenía la verga en la boca y se la sacaba despacio, lamía el glande con la punta de la lengua y volvía a metérsela hasta el fondo. No la había visto chuparla así en años. Hernán le había puesto la mano en la nuca y la guiaba con un ritmo cada vez más insistente.

—Qué rica verga tienes, cuñadito —dijo ella, separándose un instante para tomar aire—. Igual de buena que la de tu hermano.

Hernán soltó un gruñido sordo. Le sostuvo la cara y se corrió en su boca. Vi, desde el quicio de la puerta, cómo a ella le bajaba un hilo blanco por el labio inferior y cómo se lo recogía con el dedo y se lo metía dentro otra vez.

Yo tenía la verga durísima. Me había bajado la cremallera del pantalón sin darme cuenta. Estaba a punto de correrme solo de mirar.

Camila se subió encima de él. Se acomodó la verga en la entrada y se la tragó de una sentada. Empezó a moverse arriba y abajo, con las dos manos apoyadas en el pecho de mi hermano, sin prisa al principio, después con una urgencia que ya no podía esconder.

—Fóllame —le pidió—. Quiero correrme contigo dentro.

—No aguanto más —contestó él.

—Aguántate —ordenó ella—. No me dejes así.

Pero Hernán no aguantó. Bufó, le clavó las manos en las caderas y se vació dentro. A Camila se le quebró el gesto. Se quedó un segundo mirándolo, frustrada, y enseguida se bajó, se puso otra vez en cuatro y volvió a metérsela en la boca para mantenerla dura.

Entonces entré yo.

***

Empujé la puerta sin decir nada. Hernán me vio primero. Se quedó congelado, con los ojos muy abiertos, sujetando todavía a mi mujer por el pelo. Camila levantó la cabeza cuando notó que él se tensaba. Tenía la boca brillante y las mejillas encendidas.

—Sigue —le dije a ella, en voz muy baja.

Ella entreabrió los labios y me miró a los ojos. No vi vergüenza. Vi una pregunta.

—Sigue —repetí—. Quiero verlo bien.

Volvió a inclinarse sobre Hernán. Yo me acerqué por detrás. Le pasé la mano por la espalda, le seguí la curva hasta el culo, separé un poco. La tenía empapada y goteando lo que le acababa de dejar mi hermano. Le metí dos dedos. Después tres. Le hice un mete y saca lento, sin dejar de mirar cómo Hernán le agarraba la cara.

—Sabe a tu hermano —le dije al oído, llevando los dedos llenos a su boca.

Ella me los chupó como si fuera lo más natural del mundo.

Le di una palmada en la nalga. Después otra, más fuerte. Camila gimió sobre la verga de Hernán. Sin avisar le metí la mía de un solo empujón. Se la clavé hasta los huevos y empecé un ritmo duro, golpeado, que la sacudía de cabeza contra el vientre de mi hermano. Él se incorporó sobre los codos, le buscó la boca con la suya, se besaron por encima de su propio sexo, y a mí ese detalle terminó de volverme loco.

—Te estás follando a mi hermano —le dije—. Dilo.

—Me estoy follando a tu hermano —repitió ella, jadeando—. Dios, me estoy follando a tu hermano.

—Otra vez.

Se lo dijo a Hernán, mirándolo a la cara. Él le mordió el labio.

A los pocos minutos ella empezó a temblar. Le bajé una mano por delante, le froté el clítoris a la vez que la embestía, y se le rompió todo. Tuvo un orgasmo largo, sucio, que le hizo morder el hombro de mi hermano para no gritar y despertar a los vecinos. Yo aguanté un poco más, hasta que la tensión se me hizo insoportable, y me corrí dentro, encima del semen que ya estaba ahí.

Cuando salí, le di la vuelta. La puse de pie, le besé la frente sudada y la llevé conmigo escaleras abajo, a nuestra habitación, sin decirle nada a Hernán.

***

Esa noche follamos otra vez en nuestra cama, los dos solos. Le hice un sesenta y nueve hasta que volvió a correrse, y después, con paciencia, le dilaté el ano con los dedos mojados de todo lo que llevaba encima y se la metí despacio. Cuando terminé, ya no quedaba ni un rincón de su cuerpo sin marca de los dos.

—Júrame una cosa —le dije al oído.

—Lo que sea.

—Que todos los días, cuando yo vuelva, te voy a encontrar así.

—Te lo juro —contestó.

Y cumplió.

***

Dos semanas después, un sábado por la tarde, mi hermano y yo nos quedamos solos en el balcón. Camila había bajado a la farmacia. Le serví un whisky y me serví otro. La luz del atardecer le daba un tono cansado a la cara, como si el infarto le hubiera dejado más años de los que correspondían.

—Por fin —dije—. Era lo que querías, ¿no?

Hernán se quedó mirando el vaso un rato largo. Después soltó una risa corta, triste.

—Sí. Era lo que quería.

—Estamos a mano, entonces.

Levantó la vista.

—Eso fue exactamente lo que pensé al principio —dijo—. Que era una venganza. Que después de lo que pasó con Lucía, esto era lo que me debías.

Lucía. Hacía mucho que no le oía decir el nombre de su mujer.

—Pero no es eso —siguió—. Tu mujer me gusta de verdad. Me fascina. Como te pasó a ti con la mía.

Asentí. No dije nada durante un rato.

—Yo también la quise —admití al final—. A Lucía. No fue una aventura para joderte. Estaba enamorado de ella. Lo siento.

Hernán me miró. Por primera vez en años no había rencor en sus ojos.

—Lo sé —contestó—. Por eso lo de Camila no me sabe a venganza. Me sabe a otra cosa.

Brindamos sin decir más.

Esa noche, cuando entré en el apartamento, me la encontré, igual que cada noche, esperándome con el sexo lleno del semen de mi hermano y la sonrisa de quien ha aprendido, después de muchos años, que en esta casa los hombres ya no se cobran las cuentas: las comparten.

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Comentarios (5)

DiegoNqn

Tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en esta categoria sin dudas

Vale_BA

Por favor seguí con esto, quede con muchísimas ganas de saber que pasa despues entre los tres...

Sebas_mdp

Me dejó sin palabras. Ese comienzo con las llaves y la luz tenue es una imagen que queda grabada. Muy bien logrado.

Mariana_Cba

increible, lo lei dos veces jaja

LectorNocturno9

Muy bien construido, se nota que le pusiste ganas. La tension que genera desde el principio hasta el final es lo que mas me gusto. Esperando la segunda parte si es que hay!

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