Mi prima mayor me enseñó lo que era el deseo
Han pasado más de quince años, pero algunas noches todavía las recuerdo como si hubieran sido ayer. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y la cabeza llena de todo lo que un chico de esa edad puede imaginar sin haber vivido nada. Mi prima Daniela vivía en una ciudad lejana, a más de doce horas de carretera, y nos veíamos tan poco que cada visita era casi un acontecimiento. La última vez que la había tenido cerca yo era un crío de catorce años con la voz a medio cambiar.
Aquel verano vino con sus padres a pasar un mes con nosotros. Yo estaba en el patio cuando se bajaron del autobús, y juro que tardé un par de segundos en reconocerla. La niña de la que me acordaba se había convertido en otra persona. Piel morena clara, una melena oscura que le caía hasta media espalda, ojos grandes que parecían reírse antes que la boca.
Tenía el cuerpo de una mujer hecha y derecha: caderas firmes, pecho generoso, piernas largas que el pantalón corto apenas alcanzaba a disimular. Caminaba como si supiera perfectamente lo que provocaba, y eso me descolocó todavía más.
A mí, hasta entonces, siempre me habían gustado las rubias de cuento. Siempre. Pero algo en Daniela me sacudió de lugar desde la primera tarde. No era su belleza, exactamente. Era la manera en que se quedaba mirándome un segundo de más, o el modo en que se reía con la boca entera cuando alguien decía una tontería. Algo que no podía nombrar todavía y que ya me incomodaba.
Los primeros días fueron una rutina familiar normal. Comidas largas, paseos por el centro, los tíos contando los mismos chistes de siempre, mis hermanos peleándose por el mando de la televisión. Daniela y yo casi no hablábamos a solas. A veces coincidíamos en la cocina por la mañana, ella en pijama, despeinada, y yo intentando con todas mis fuerzas no mirarle más de lo debido.
La cosa cambió la segunda semana, una noche de calor que no se acababa nunca. Mis tíos habían salido con mis padres a cenar a casa de unos amigos. Quedamos los primos solos en mi habitación, con las ventanas abiertas, jugando a las cartas y bebiendo una gaseosa caliente porque la nevera ya no daba más de sí. Estaban Marcos, mi primo pequeño, Sofía, su hermana, Daniela y yo.
Hacia las dos de la mañana, Marcos y Sofía cayeron rendidos uno en el suelo y la otra atravesada en el sofá-cama del rincón. Quedamos Daniela y yo despiertos, sentados en el suelo, apoyados contra mi cama. La música seguía sonando bajita. Por la ventana entraba un viento que olía a tormenta lejana.
Empezamos a hablar de cosas distintas. De si tenía novia, de si ella tenía novio, de cómo era la gente en su ciudad, de mis planes para la universidad. Cada respuesta venía con una sonrisa más larga que la anterior. En algún momento, sin saber muy bien cómo, terminamos los dos sentados encima de la cama, tapados por la misma sábana fina, hablando casi en susurros para no despertar a los otros.
—Estás más alto —me dijo, y me apartó un mechón de la frente con la punta de los dedos.
Sentí la piel de la cara arder. No supe qué contestar. Sus dedos bajaron un poco, hasta el cuello, y se quedaron ahí más tiempo del que cabía en una caricia inocente.
Esto no se hace, esto no se hace, esto no se hace.
Pero no me moví. Y ella tampoco.
Nos miramos a los ojos durante un rato larguísimo. Después bajé la vista a su boca, ella bajó la suya a la mía, y como si alguien hubiera contado hasta tres en silencio, nos besamos. No fue un beso tímido. Tenía hambre acumulada de todos esos años, y yo le respondí con la misma urgencia, con la torpeza de un chico que apenas había besado a tres chicas en su vida.
Daniela tenía dos años más que yo. Para mí no era solo una mujer guapa metida en mi cama. Era una mujer mayor, con experiencia, y encima era mi prima. La cabeza me daba vueltas. Cada beso suyo era a la vez lo más prohibido y lo más natural que había sentido nunca.
***
Mis manos empezaron a moverse solas. Le acaricié la espalda por encima de la camiseta, después por debajo. Tenía la piel fresca a pesar del calor. Le besé el cuello, la mandíbula, el hueco detrás de la oreja, y ella echó la cabeza atrás soltando un suspiro pequeño, ahogado, casi en mi oído.
—Despacio —me dijo—, que están ahí.
Marcos roncaba bajito a unos metros. Sofía no se había movido. La música seguía. Bajé las manos a la camiseta de Daniela y empecé a subirla muy despacio. Ella se incorporó un poco para ayudarme. Cuando le saqué la prenda por la cabeza, vi por primera vez aquellos pechos que durante una semana entera me habían robado el sueño. Eran enormes para su cuerpo, redondos, con los pezones oscuros y duros. No llevaba sujetador.
—No te quedes ahí parado —me susurró, riéndose.
La besé otra vez y bajé hasta su pecho. Le pasé la lengua por un pezón, lo besé, lo mordí muy suave, y ella se mordió el labio para no hacer ruido. Con la otra mano le acariciaba el otro, lo apretaba con cuidado, jugaba con la punta entre el pulgar y el índice. Daniela me agarraba el pelo con fuerza, me apretaba la cabeza contra ella, me marcaba el ritmo.
En un momento me cambió de pecho sin decirme una palabra, solo guiándome con la mano. Le obedecí encantado. Yo estaba duro como nunca. Llevaba puesto un short de algodón fino y se notaba todo. Ella lo notó también. Bajó una mano y me la apoyó por encima de la tela, sin moverla, solo dejándola ahí, como midiéndome. Después empezó a acariciarme muy despacio, de arriba abajo, y a mí se me escapó un gemido tan bajo que ni yo me oí.
—Ssh —me dijo, con esa sonrisa otra vez.
***
Daniela hizo entonces algo que no esperaba. Se incorporó, se quitó el short de licra que llevaba —no tenía nada debajo, lo notaba en el modo en que la tela cedía— y se sentó a horcajadas sobre mí, todavía con mi short puesto. Yo me apoyé en los codos, sin aire. Por un instante, antes de que la sábana volviera a cubrirnos, vi todo su cuerpo recortado contra la luz amarilla de la calle.
Empezó a moverse. Despacio al principio, después con más fuerza. Yo sentía su calor a través de la tela del short, una humedad caliente que me recorría desde la base hasta la punta. Le agarré las caderas para llevarle el ritmo, pero ella tenía el suyo propio y era mucho más rápido, mucho más urgente que cualquier cosa que yo hubiera imaginado.
En uno de los movimientos, mi miembro se desplazó un poco y rozó algo más blando entre sus piernas. Me pareció que iba a atravesar la tela del short. Sentí en la cabeza un calor que me cortó la respiración, una presión suave y mojada que solo duró un par de segundos. Apreté las manos contra sus caderas para que se quedara así, para que no se moviera, para alargar aquel instante todo lo posible.
Daniela soltó un quejido ronco, más alto de lo que ninguno de los dos había calculado. Me asusté. Pensé que Marcos se iba a despertar de un salto. Pero nadie se movió. Ella se quedó quieta encima de mí, temblando, con la frente apoyada en mi hombro, respirando rápido. Tenía espasmos pequeños que le recorrían el cuerpo entero, y cada uno me llegaba a mí como una descarga.
—Joder —murmuró por fin—. Nunca me había pasado así.
Se rió, todavía temblando. Se rió en mi oído y yo no entendía nada y lo entendía todo.
***
Yo seguía duro, casi al borde, sin haber terminado. Bajé una mano y noté que la tela del short la tenía empapada. No era mío. Daniela me apartó la mano con suavidad, metió la suya por debajo del elástico y me agarró directamente, sin tela de por medio. La tenía caliente, firme, y se la sabía mover de una manera que yo no había sentido jamás.
—¿Te gusta? —me susurró pegada a la oreja—. Qué rico lo tienes, primito.
Aquella palabra, primito, dicha así, en ese momento, casi me hace acabar al instante. Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza. Ella siguió con calma, marcando un ritmo lento, apretando más en la punta, soltando un poco al bajar.
—Cuando quieras —me dijo—, déjate ir.
Tardé poco. Sentí cómo todo el cuerpo se me ponía rígido y después empezaron los espasmos. Le mordí el hombro para no gritar. Acabé como nunca había acabado en toda mi corta vida, una y otra vez, con ella riéndose bajito y sin parar de moverme la mano. La sábana, mi short, su brazo, todo quedó hecho un desastre.
Ella me besó en la boca, larguísimo, con una sonrisa metida dentro del beso. Después se incorporó, recogió su camiseta del suelo, y antes de salir corriendo de la habitación me dijo al oído:
—Mañana no te creas que no voy a mirarte como si nada.
Salió descalza, en silencio, y cerró la puerta despacio. Marcos seguía roncando como si no hubiera pasado el mundo encima de su cabeza.
Yo me quedé mirando al techo, con la sábana pegada al cuerpo, sin poder creer del todo lo que acababa de pasar. Sentía la cara ardiendo, el corazón a mil, las manos todavía con el olor a su piel.
Aquella fue la primera noche. Vinieron otras, en otros sitios, en otras circunstancias, durante el resto de aquel verano. Pero ninguna se parece, en mi cabeza, a la primera. Hay cosas que solo pasan una vez y solo de una manera.
Esa madrugada de tormenta lejana, con mis primos pequeños durmiendo a unos metros, fue para mí el final de la infancia y el principio de algo que nunca he sabido cómo llamar. Lo que pasó en el viaje a la costa, dos semanas después, ya es otra historia. Y todavía no estoy seguro de querer contarla.