Mi madre me pidió algo que no podía negarle
Mi madre llevaba tres semanas sin sonreír. Desde que mi padre se había marchado de casa una mañana de marzo, sin más explicación que una nota doblada sobre la mesa, Carolina pasaba las tardes mirando el techo del living como si en alguna grieta fuese a encontrar la razón por la que un hombre deja a una mujer de cuarenta y cuatro años por una pasante de la oficina.
Yo había terminado el colegio en diciembre. Tenía un cupo confirmado en la facultad para marzo del año siguiente y, mientras tanto, me dedicaba a hacer lo que podía: cocinar, lavar, acompañarla. Mi padre me había ofrecido una habitación en su nuevo departamento, pero le respondí con un mensaje de tres palabras: «No, gracias, papá». Mi lugar era con ella.
Aquel viernes terminé de lavar los platos pasadas las once. La casa olía al guiso que había preparado mi madre, el primero en una semana. Pensé que era buena señal. Después escuché los sollozos desde la sala.
—¿Mamá? —dije, secándome las manos con el repasador.
Estaba acurrucada en una esquina del sofá, con las piernas recogidas y la bata de seda azul cerrada hasta el cuello. Tenía el pelo negro suelto sobre los hombros y los ojos verdes anegados, brillantes como dos aceitunas en aceite.
—Estoy bien, Mateo —mintió.
Me senté a su lado. La rodeé con un brazo y ella apoyó la cabeza en mi hombro. Olía al perfume que mi padre le había regalado en su último cumpleaños, ese que ya no debería estar usando.
—No estás bien.
—Volví a pensar en él. En lo que me dijo cuando se fue.
—¿Qué te dijo?
Tardó un momento en responder. Después soltó una risa amarga, sin alegría.
—Que ya no le parecía atractiva. Que con cuarenta y cuatro años una mujer pierde algo que ya no se recupera.
Apreté la mandíbula. Conocía a mi padre lo suficiente como para imaginarlo diciendo exactamente eso, con esa frialdad que él siempre confundía con sinceridad.
—Eso es mentira.
—¿Lo es? Mírame, Mateo. Sé honesto. ¿Tan fea soy como para que un hombre prefiera a una chica de veinticinco con cara de no haber dormido bien nunca?
—Mamá, no.
—Sé sincero conmigo. Es lo único que te pido.
La miré. La miré de verdad, por primera vez en mucho tiempo. Las pestañas mojadas, la curva del cuello, la línea de la clavícula que asomaba por la apertura de la bata. Mi madre era una mujer hermosa. Lo había escuchado decir a mis amigos del colegio durante años, en voz baja, con esa risa nerviosa de los varones de dieciocho que descubren que las madres también pueden ser atractivas.
—Eres hermosa —dije.
—¿En serio?
—Mis amigos siempre lo decían. Que tenías…
—No me importa lo que dijeran tus amigos. —Levantó la cabeza y me miró de frente—. ¿A ti te parezco hermosa?
Sentí calor en la cara. La pregunta tenía un peso que yo no esperaba a las once de la noche, en el sofá del living, con mi madre llorando.
—Sí.
—¿Sexy?
Tragué saliva. Asentí.
No debería estar respondiendo esto.
—Entonces bésame.
—¿Qué?
—Bésame, Mateo. Si de verdad te parezco sexy, demuéstralo. Un beso. Eso es todo.
—Mamá…
—Si no lo haces, voy a saber que me estabas mintiendo para que dejara de llorar. Y eso me va a doler todavía más.
La lógica era tramposa y los dos lo sabíamos. Pero yo tenía diecinueve años y mi madre estaba destrozada, y la idea de que se durmiera esa noche convencida de que era invisible me pareció peor que cualquier otra cosa. Me incliné y le di un beso corto en los labios. Cerrado, casi infantil. Después me aparté.
—Listo.
Ella no se movió. Me miró con una expresión nueva, una que nunca le había visto.
—Eso no fue un beso.
—Mamá…
—Déjame enseñarte cómo se besa a una mujer.
Me agarró la cara con las dos manos y me besó en serio. Su lengua entró en mi boca con una urgencia que no tenía nada que ver con el dolor del sofá ni con mi padre ni con la pasante. Era el beso de alguien que llevaba demasiado tiempo sin que la tocaran y que de pronto había encontrado un cuerpo dispuesto a recibirla.
Me devolvió el beso con la lengua antes de que yo pudiera decidir si quería devolvérselo. Cuando nos separamos, los dos estábamos jadeando.
—Eso es un beso —murmuró.
Yo tenía una erección que no podía esconder bajo el pantalón del pijama. Ella la notó. Bajó la mirada y después la subió, despacio, con una sonrisa que nunca le había visto en la cara de mi madre.
—Ven a mi cuarto.
—No —dije. Pero la voz me salió más débil de lo que yo quería.
—¿Por qué no?
—Porque eres mi mamá.
—Exactamente. Por eso no le va a hacer mal a nadie. No hay nadie más en esta casa, Mateo. Hace tres semanas que no hay nadie más en esta casa.
Se levantó del sofá y me tendió la mano. La bata azul se le había abierto un poco. Le vi el nacimiento de los pechos, la sombra entre ellos, la curva del estómago que su ginecóloga llamaba «cuerpo de mujer adulta» y mi padre había dejado de mirar.
Le di la mano.
No estaba pensando.
***
El cuarto de Carolina seguía oliendo al perfume de los viernes, aunque ahora dormía sola. Cerró la puerta detrás de mí y la trabó. Después se desató la bata sin ningún drama, como si fuera otra noche cualquiera, y la dejó caer al suelo.
No tenía nada debajo.
—¿Te gusto?
Me costó hablar. La luz de la lámpara de la mesita le caía sobre los pechos, sobre las caderas anchas, sobre los muslos llenos. Mi madre no era una chica de veinticinco. Mi madre tenía cuarenta y cuatro años y se le notaba, y eso era exactamente lo que la hacía hermosa.
—Sí.
—Quítate la ropa.
Lo hice. Me saqué la remera, después el pantalón. Me quedé en calzoncillos, avergonzado, con la erección marcada. Ella se acercó, me bajó la última prenda con las dos manos y se arrodilló sin pensarlo.
—Tu padre no me dejaba hacer esto —dijo, mirándome desde abajo—. Decía que era cosa de putas.
—No hables de papá.
—Tienes razón.
Me la metió en la boca como si llevara semanas planeándolo. La lengua le subía por el costado, los labios se cerraban sobre la punta, las manos me agarraban las caderas. No era lo que yo había imaginado de mi madre, en las pocas veces que mi cabeza había cometido el error de imaginarlo, pero era ella. Era su pelo entre mis dedos, su voz pidiéndome que no me viniera todavía.
—Ven —dijo, levantándose y tirándome al colchón—. Quiero sentir tu lengua.
Se acomodó encima de mí al revés, las rodillas a los costados de mi cabeza, y me bajó la cara contra ella. Yo no tenía mucha experiencia. Mi única novia del colegio se había puesto nerviosa la única vez que lo intentamos, y nunca lo habíamos vuelto a hacer. Pero Carolina me guio sin decir una palabra, moviéndose contra mi boca, indicándome con el cuerpo lo que necesitaba.
—Más arriba, mi amor. Ahí.
Me tembló todo cuando me llamó así.
Estuvimos un rato largo. Ella tenía la mía en la boca, yo la tenía a ella encima. Cuando sentí que se le tensaban los muslos contra mis sienes, supe que estaba cerca. Me empujó la cabeza con las manos hacia arriba y dejó escapar un gemido largo y grave, distinto a cualquier sonido que yo hubiera escuchado salir de mi madre.
***
—Date la vuelta —le dije, cuando recuperé el aire.
—¿Qué quieres?
—Quiero verte la espalda.
Se rio. Por primera vez en tres semanas, mi madre se rio. Se acomodó en cuatro patas sobre el colchón y arqueó la cintura. Le miré las nalgas, la curva profunda de la espalda, el pelo negro cayéndole hacia un costado.
—Hay otra cosa que tu padre nunca quiso hacerme —dijo, mirándome por encima del hombro—. En todos los años que estuvimos casados. Yo se lo pedí muchas veces.
—¿Qué cosa?
—Acércate y te muestro.
Me acerqué. Ella se llevó la mano hacia atrás y se separó las nalgas con un gesto que no admitía traducción. Le tembló un poco el dedo, como si todavía le diera vergüenza pedirlo.
—Aquí —dijo—. Quiero que me beses aquí primero. Y después quiero que sigas.
Hice lo que pidió. Sin pensar, sin filtros, sin la voz en mi cabeza que llevaba veinte minutos repitiéndome que estaba mal. Le besé la espalda baja, la curva de la cadera, el comienzo de las nalgas, y después seguí bajando hasta donde ella me había pedido. Se le escapó un sonido que yo no sabía que las personas hacían.
—Más despacio —jadeó—. Tu padre nunca quiso. Decía que era sucio.
—Deja de hablar de papá.
—Perdón.
Estuvo callada un rato. Yo seguí. La sentía temblar contra mi cara, agarrarse a las sábanas, hablar sola en susurros que no entendía. Cuando le pasé un dedo, después dos, me los devolvió empujándose contra mi mano.
—Ahora —dijo—. Por favor.
Me acomodé detrás de ella. Le entré despacio, con cuidado, escuchando todo lo que su cuerpo me decía. Carolina mordió la almohada. Yo me quedé quieto un largo segundo, esperando a que se acostumbrara, sintiendo el calor que me apretaba.
—Muévete —pidió—. Pero despacio al principio.
Le hice caso. Después un poco más rápido. Después un poco más. Ella me agarraba las muñecas con las manos por encima del hombro, hablándome con palabras que mi madre nunca había usado en mi presencia, diciéndome cosas que yo no sabía si me decía a mí o al hombre que la había abandonado.
—Más fuerte, Mateo. No tengas miedo. No me vas a romper.
Le hice caso a eso también. Le agarré la cadera con las dos manos y la atraje hacia mí con cada movimiento. Carolina ya no decía palabras. Solo sonidos. Sonidos que llenaban el cuarto donde había dormido sola las últimas tres semanas.
Cuando me avisó que se venía otra vez, yo también estaba cerca. Le pregunté con un gemido si la sacaba.
—No, no, no —dijo, agarrándome más fuerte—. Adentro no. En la cara. Quiero verte la cara cuando te vengas.
Salí. Ella se dio la vuelta, se sentó sobre los talones y me miró desde abajo con una expresión que no he podido olvidar en ninguna de las noches que vinieron después. Le terminé encima de la mejilla, del cuello, de los labios entreabiertos. No se movió. Cuando terminé, se pasó un dedo por la comisura y se lo metió en la boca como si fuera lo más natural del mundo.
***
Después nos quedamos acostados un rato sin hablar. Ella en mi pecho. Yo mirando el techo del cuarto que durante diecinueve años había sido el cuarto donde no se entraba.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí.
—¿Y mañana?
—Mañana ya veremos.
Apoyó la mano en mi pecho. Tenía la cara limpia, como si nunca hubiera pasado nada. Me besó en la boca, suave, sin lengua. Era el beso que me daba antes del colegio cuando yo tenía siete años, pero no lo era. Nada iba a ser ya como antes.
—Gracias —dijo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Hace tres semanas que no me sentía nadie. Hoy me sentí yo otra vez.
Me apretó la mano. Yo cerré los ojos.
Sabía que no iba a poder dormir en mi cuarto esa noche. Y sabía que ella tampoco iba a dejarme.