La tarde que mi prima entró desnuda en mi cuarto
Mi prima Camila llegó a casa el primer fin de semana de julio, con dos maletas enormes, ojeras de tres horas de tren y una historia familiar que se le caía a pedazos. Sus padres se divorciaban en mitad del verano, entre abogados y portazos, y ella había decidido escapar antes de que la obligaran a tomar partido por uno de los dos. Mis padres ofrecieron la habitación de invitados sin pensarlo. Vivíamos a cien metros del mar, había sitio de sobra y, en teoría, todo era una buena idea.
Hacía años que no la veía. Recordaba a una niña flaca, con flequillo recto y aparato en los dientes, que se enfadaba si perdía al parchís. Cuando la vi bajar del taxi entendí que esa niña ya no existía. Camila tenía diecinueve años, una cintura estrecha que se ensanchaba en unas caderas imposibles y unos pechos que le tensaban la camiseta sin pedir permiso. Llevaba el pelo castaño cortado a media espalda y unas pestañas largas que daban ganas de quedarse mirándola más de la cuenta.
—Te has hecho mayor —le dije, abrazándola.
—Tú también —respondió, riéndose—. Pero sigues igual de tímido.
Tenía razón. Llevaba meses sin tocar a una mujer. Lo último había sido una chica de un concierto, una tal Marta que llevaba un piercing en la lengua y se cansó de mí en cuatro semanas. Desde entonces, mis tardes consistían en clases de verano, partidos en la consola y una mano demasiado familiar bajo las sábanas.
La rutina de Camila se instaló sola. Desayuno tarde, playa con mi hermana hasta media tarde, ducha, cena en el patio y una serie en el sofá. Yo intentaba comportarme. Lo intentaba de verdad. Pero cada tarde volvía con un short tan corto que apenas le tapaba las nalgas, con la piel tostada y el pelo todavía húmedo de la última ola. Olía a sal, a coco y a algo que no sabría nombrar. Yo me encerraba en mi cuarto con la excusa de estudiar y me masturbaba pensando en ella, con un sentimiento de culpa que me duraba exactamente lo que tardaba en correrme.
—¿Estás bien? —me preguntó una noche, en la cocina, mientras yo fingía buscar algo en la nevera.
—Calor —contesté, sin mirarla.
Ella sonrió de medio lado y se fue. Esa sonrisa me persiguió durante días.
Lo sabe. Tiene que saberlo.
***
Pasó un jueves, después de comer. Mis padres se habían ido a una boda en otra provincia y no volverían hasta tarde. Mi hermana, según me dijo en el almuerzo, se quedaba estudiando en su cuarto. Camila acababa de volver de la playa y se metió a la ducha, como cada tarde. Yo me tumbé en mi cama con el portátil en las piernas, fingiendo leer apuntes, fingiendo que no escuchaba el agua corriendo al otro lado del pasillo.
Cuando dejé de oír la ducha, dejé el portátil en el suelo. Bajé el pantalón del pijama. No tardé ni un minuto en ponerme duro pensando en ella, en el short de la mañana, en la curva de la cadera al sentarse a desayunar. Estaba a medio camino del orgasmo cuando la puerta se abrió.
No llamó. No avisó. Empujó la puerta y entró descalza, completamente desnuda, con el pelo mojado pegado a los hombros y gotas de agua resbalándole entre los pechos. Ni siquiera se molestó en taparse. Me miró de arriba abajo, vio mi mano en la verga y, en lugar de huir o reírse, cerró la puerta con el talón y echó el pestillo.
—Sigue —dijo, en voz baja.
Me quedé congelado, con la polla en la mano y el corazón en la boca. Ella se apoyó en la cómoda, separó un poco las piernas y empezó a pasarse los dedos entre los labios de su sexo, despacio, sin dejar de mirarme. Tenía los pezones pequeños, oscuros, durísimos. La luz de la tarde le entraba por la ventana y le iluminaba el muslo derecho.
—Camila —susurré—. Mi hermana está…
—Ya lo sé.
Avanzó tres pasos y se sentó en el borde de la cama. Me cogió la mano que tenía en mi pija y la llevó hasta su entrepierna. Estaba empapada. No mojada: empapada. Hundí dos dedos dentro de ella sin pensarlo, casi sin respirar, y ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro que me hizo temer por el silencio del pasillo.
—Calla —le pedí, y le tapé la boca con la otra mano.
Camila se rió contra mi palma y me mordió la base del pulgar. Le besé el cuello, el lóbulo de la oreja, la línea de la mandíbula. Olía a champú barato y a piel limpia. Mientras la abría con los dedos, ella me iba bajando el pantalón con los pies, agarrándolo con los dedos como si fuera un juego. Me quitó el bóxer y me agarró la verga sin ceremonia, apretando justo lo necesario para hacerme cerrar los ojos.
—Eres mi primo —murmuró, como si lo descubriera en ese momento.
—Sí.
—Está mal.
—Sí.
Y se arrodilló entre mis piernas.
***
Camila la chupó como si llevara meses esperándolo. Se la metió entera de una sola vez, sin esfuerzo aparente, con los ojos clavados en los míos. Después la sacó muy despacio, lamió la punta y me miró desde abajo con una sonrisa que no debería existir entre familiares. Volvió a tragarla y la sacaba para morder con cuidado el glande, justo en el borde, hasta que mis caderas se levantaban solas. Cuando le tapé la boca otra vez, ella se rió con la verga dentro y casi me hace correrme allí mismo.
—Para —le pedí, agarrándola del pelo—. Quiero terminar dentro.
Se incorporó, se subió encima sin más preámbulo y se hundió sobre mí de un golpe seco. La sentí cerrarse alrededor de mi pija como si me apretara un puño caliente. Soltó un gemido demasiado alto y yo le tapé la boca por tercera vez, esta vez con fuerza. Ella me miraba con los ojos brillantes, moviendo las caderas en círculos lentos, apretando el suelo pélvico cada vez que llegaba arriba.
El primer orgasmo llegó antes de tiempo. Me incorporé para abrazarla y no moverme, intentando contener el impulso. Camila no me dejó: siguió moviéndose despacio, sintiendo cada espasmo, hasta sacarme la última gota. Cuando por fin paró, yo seguía dentro de ella, todavía duro, jadeando contra su hombro.
—No te bajes —le pedí.
—No pensaba.
Empezó a moverse de nuevo, primero despacio, luego más rápido. Me clavó las uñas en el pecho, se mordió el labio, soltó un gemido ronco. Yo le agarré los pechos, los apreté, le pellizqué los pezones hasta que ella ahogó un grito contra mi cuello. Quería volver a taparle la boca, pero ya no me hacía caso: cabalgaba a su ritmo, perdida, con la cabeza echada hacia atrás.
Y entonces giré la cabeza hacia la puerta.
***
Estaba abierta.
El pestillo no había llegado a cerrarse del todo, o alguien lo había abierto desde fuera. Mi hermana estaba apoyada en el marco. En pantalón corto, con la camiseta de tirantes subida hasta debajo de los pechos y una mano metida por dentro del short. Nos miraba sin sorpresa, como si llevara un rato ahí. Cuando vio que la había visto, no se movió.
Yo me quedé sin aire. Pensé en empujar a Camila, en taparme, en gritar, en cualquier cosa. No hice nada. Mi hermana se llevó el dedo índice a los labios, lentamente, y me hizo el gesto del silencio. Después se metió ese mismo dedo en la boca, lo chupó como si fuera una piruleta y me sostuvo la mirada hasta que entendí.
Será nuestro secreto.
Camila debió notar algo, porque giró la cabeza despacio. Las dos se miraron. No se sorprendieron. No se hablaron. Mi hermana le sonrió y mi prima le devolvió la sonrisa, como dos cómplices en un plan que yo no sabía que existía. Por un segundo entendí que aquello no era el principio: que llevaban días hablándolo, que Camila había sabido perfectamente cuándo entrar en mi cuarto y por qué la puerta no estaba bien cerrada.
—Sigue —me susurró Camila, todavía moviéndose encima de mí—. No te pares.
No paré. No habría podido aunque lo intentara. Mi hermana siguió en el marco de la puerta, sin entrar y sin irse, con la mano dentro del short y la respiración cada vez más fuerte. Camila se inclinó sobre mí, me besó como si quisiera tragarme, y cuando se incorporó otra vez fue mirándola a ella, no a mí. La vi acelerar el ritmo. La vi cerrar los ojos. La vi correrse encima de mi pija con un gemido largo que ya nadie intentó tapar.
Yo no aguanté más. Me corrí dentro de ella por segunda vez en menos de media hora, agarrándole las caderas, mordiéndole el cuello para no gritar. Camila se derrumbó sobre mi pecho, riéndose en silencio, con el pelo todavía húmedo pegado a mi piel.
Cuando levanté la vista, mi hermana ya no estaba. La puerta seguía entreabierta.
Camila me besó debajo de la oreja y me dijo, en voz muy baja:
—Mañana le toca a ella.