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Relatos Ardientes

El masaje que cambió todo entre mi madre y yo

Aquella mañana de marzo creí que estaba solo en casa. Mi madre había dicho la noche anterior que pasaría el sábado en lo de mi abuela, así que cuando salí de la ducha no me molesté en envolverme con la toalla. Caminé desnudo desde el baño hasta mi cuarto, mojado todavía, sin prisa. Crucé el pasillo y, al doblar la esquina, la encontré a ella.

Mi madre no se había ido. Estaba ahí, parada con un vaso de agua en la mano, mirándome.

Ninguno de los dos dijo nada. Yo seguí caminando como si no pasara nada, pero sentí cómo su mirada se quedaba clavada en mí. No en mi cara. Más abajo. Cuando entré a mi habitación cerré la puerta y me apoyé contra ella, con el corazón a mil. Esa imagen no se me iba. La cara de mi madre, las cejas levantadas apenas, los labios entreabiertos. Y los ojos donde no debían estar.

Tengo que aclarar algo antes de seguir. Mi madre, Verónica, tiene cuarenta y cuatro años, mide un metro setenta y conserva un cuerpo que cualquier mujer de treinta envidiaría. Pelo negro hasta los hombros, ojos verdes, y unas piernas que cuando se pone una falda hacen que los hombres en la calle se den vuelta a propósito. Desde que se separó de mi padre, hace ya seis años, casi no salió con nadie. Alguna cena con amigas, alguna escapada de fin de semana a la costa, pero nada serio. «No tengo cabeza para empezar de cero», decía siempre.

Yo tengo veintidós, vivo con ella, estudio en la universidad y trabajo medio tiempo en una librería del centro. No soy especialmente lindo ni especialmente feo. Mido un metro ochenta y juego al fútbol los miércoles. Hasta esa mañana de marzo, mi madre había sido eso: mi madre. Una mujer linda en abstracto, sí, como podía ser linda la madre de un amigo. Pero nada más.

Después de aquel cruce en el pasillo todo cambió.

Empecé a notar cosas. Cómo se quedaba parada a mi lado más tiempo del necesario cuando me servía café. Cómo se reía con las mejillas un poco rojas cuando yo bromeaba sobre cualquier tontería. Cómo me miraba el cuerpo cuando volvía del gimnasio, todavía sudado. Y cómo, sobre todo, evitaba mirarme a la cara cuando yo la pescaba mirándome.

A la semana de aquello, una noche, me masturbé pensando en ella. La vergüenza fue inmediata. Me lavé las manos tres veces como si pudiera sacarme la cabeza. Pero al día siguiente lo volví a hacer. Y al otro. Era un secreto que crecía solo, sin que yo hiciera nada.

***

Pasaron tres semanas hasta que me animé a cruzar la primera línea.

Una tarde de domingo, ella estaba leyendo en el sillón con los pies sobre el apoyabrazos. Se quejó de que le dolía la espalda de tanto jardín que había hecho por la mañana. Yo levanté la vista del libro y le dije, como quien no quiere la cosa, que si quería le daba un masaje. Ella tardó dos segundos en contestar.

—Bueno —dijo, y se sentó derecha—. Pero un masaje suave, ¿eh?

Me senté detrás de ella en el sillón. Le pedí que se bajara los tirantes del top para amasarle los hombros. Lo hizo sin oponerse, y cuando mis manos tocaron por primera vez la piel desnuda de su espalda sentí que se me secaba la boca. La piel le olía a una crema que conocía desde siempre, una crema de almendras que ella usaba desde que yo era pequeño. Pero esa tarde no me olía a infancia. Me olía a otra cosa.

Le apreté los músculos del cuello, después los hombros, después le bajé hasta los omóplatos. No hablábamos. Solo se escuchaba la respiración de los dos y, de fondo, el televisor con un partido al que ninguno le prestaba atención. En un momento ella suspiró largo y dijo, casi en un susurro:

—Qué bien lo haces.

Esa noche no dormí. Mi cuarto y el suyo están separados por una pared que de niño me parecía gruesa. Esa noche me pareció papel.

***

A partir de ese masaje, los masajes se volvieron costumbre. Una vez por semana, a veces dos. Empezaron en los hombros y bajaron a la espalda. De la espalda pasaron a los pies, cuando ella volvía cansada del trabajo y se desplomaba en el sillón sin sacarse las medias. De los pies subí a las pantorrillas. Y de las pantorrillas, una noche de junio, llegué hasta los muslos.

Ella llevaba una falda negra arriba de la rodilla y una blusa blanca. Había vuelto de una cena de su trabajo. Se sacó los tacones en la puerta y se tiró en el sillón con un suspiro que era casi un quejido. Yo estaba mirando una serie. Le pregunté si quería un té y me dijo que no, que lo único que quería era que le tocara los pies. Que «por favor, hijo».

Esa palabra —hijo— a esa altura ya me hacía cosas raras.

Empecé por los pies, como siempre. Después subí a las pantorrillas. Ella tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra el respaldo. Yo le pasé las manos por encima de las rodillas y ella no dijo nada. Subí un poco más, hasta el medio del muslo. Tampoco dijo nada. La falda se le había subido y, cada vez que mis manos avanzaban un centímetro, otro centímetro de muslo aparecía. Le seguí amasando despacio, mirándole la cara para ver si reaccionaba.

Tenía las pestañas temblando.

Mis dedos llegaron a la altura donde la falda dejaba de ser falda y empezaba a ser otra cosa. Vi entonces el borde de un encaje negro. Ella tenía las piernas un poco abiertas. Lo justo para que se viera. Lo justo para que pudiera ser un descuido. Lo justo para que pudiera no ser un descuido.

—Aquí ya —dijo, y se enderezó—. Aquí ya está bien. Gracias, mi amor.

Se levantó y se fue al baño. Yo me quedé en el sillón con las manos temblando.

***

La tercera vez que pasó algo importante, fue ella la que cruzó la línea.

Yo estaba en mi cuarto. Era una mañana de un martes, a finales de junio, y se suponía que ella había salido al supermercado, así que me había metido en la cama con el celular y hacía lo que hacía cada vez que estaba solo. Pensaba en el masaje del muslo. En el encaje. En su voz diciéndome «mi amor». Estaba a un minuto de terminar cuando la puerta se abrió.

No pude esconder nada a tiempo. Solo logré tirarme la sábana hasta la cintura, pero la sábana era fina y no escondía gran cosa. Ella entró con una pila de camisetas dobladas y se quedó parada en la puerta, mirándome.

—Perdón —dije, casi sin voz.

Ella no se rió. No me regañó. No salió corriendo. Dejó la pila de camisetas sobre la cómoda y se acercó a la cama despacio, sin sacarme los ojos de encima.

—No tienes que pedirme perdón —dijo—. Es lo más normal del mundo.

Se sentó en el borde del colchón. Mi corazón hacía un ruido que me parecía que se escuchaba desde la cocina. Ella estiró una mano y me corrió un mechón de la frente, como hacía cuando yo era pequeño y me enfermaba. Después la mano bajó a mi pecho. Después al estómago. Después siguió bajando.

Cuando me tocó por primera vez sentí que se me cortaba el aire. Fueron unos segundos. Ella ni habló. Después se inclinó y me besó. No fue un beso de madre. Fue otra cosa.

Esa mañana terminé en menos de dos minutos. Ella me secó con la sábana y me miró a los ojos.

—Esto —dijo— no se lo cuentas a nadie. ¿Estamos?

Asentí.

***

Las semanas siguientes fueron una sucesión de cosas que no debería estar contando. Empezamos por las mañanas, cuando todavía estábamos los dos medio dormidos. Ella entraba a mi cuarto, se metía debajo de las sábanas y me masturbaba con una mano. Algunas veces nos masturbábamos juntos. Después llegó el sexo oral. Yo le bajaba la ropa interior con los dientes, como había leído en algún lado, y ella se reía y me decía que era un tonto. Pero después se le iba la sonrisa y aparecía otra cara, una que no había visto nunca.

La primera vez que tuvimos sexo de verdad fue una noche de julio. Llovía. Habíamos cenado los dos solos, una pasta que había hecho ella, y nos habíamos tomado dos copas de vino. Yo le estaba dando un masaje en la espalda, en el sillón, cuando ella se dio vuelta, me sacó la camiseta y me dijo:

—Ven a mi cama.

Fui. Tenía un preservativo en el cajón de la mesa de luz, listo. Como si hubiera estado pensando en esto desde hacía rato. Como si lo hubiera planeado.

Ella se subió encima. Esa primera vez fue ella la que llevó el ritmo, las dos manos apoyadas en mi pecho, el pelo cayéndole sobre la cara. Yo le miraba los ojos verdes mientras se movía y pensaba en todas las cosas que estaban mal y en todas las cosas que en ese momento no me importaban en lo más mínimo.

Cuando terminamos se quedó dormida sobre mí. Le acaricié el pelo hasta que se durmió. Pensé que iba a sentir culpa. No la sentí.

***

Hace un año de aquella mañana en el pasillo. Hoy duermo en su cama tres o cuatro veces por semana. La otra cama —la mía, la del cuarto donde crecí— solo la uso cuando ella tiene visitas, porque a veces todavía vienen sus amigas a tomar café y entonces yo tengo que aparentar que esta sigue siendo una casa normal. No lo es. Hace mucho que no lo es.

A veces, cuando estamos los dos en la cocina, en silencio, ella me mira de reojo y sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. Ninguno de los dos dice nada. No hace falta.

Lo único que sigue dando vueltas, a veces, es una idea que no se va: encontrar a una mujer joven que no nos juzgue. Alguien que entienda. Alguien que un día se anime a meterse con nosotros en la misma cama. Mi madre dice que es una fantasía y que mejor no insista. Pero yo a veces, cuando salgo a tomar algo, miro a las chicas y me pregunto cuál de ellas podría aceptar nuestra historia sin salir corriendo.

Mientras tanto, seguimos siendo nosotros. Madre e hijo de día, frente a los demás. Otra cosa de noche, cuando se cierran las puertas y el resto del mundo se apaga.

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Comentarios (7)

NandoBA

increible!!! de lo mejor que lei en este sitio en mucho tiempo

FelipeRA

Por favor una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como siguio todo

LectorBsAs

Muy bien escrito y sin caer en lo burdo. Me gusto la forma en que va construyendo la tension. Seguí así

DiegoCba23

la parte del pasillo me mato jajaja, tremendo arranque de relato

ElProfe47

Excelente relato, espero que tenga continuacion. Saludos desde el norte

pedro_BA

Genial!!! me encantó

ManuelGBA

Lo lei de un tiron, la tension del principio te atrapa y no podes parar. Muy bueno, espero que haya mas relatos así

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