Lo que pasó cuando mi hijo trajo a su novia a casa
Mis dos hijos llevaban años compartiendo amantes con una naturalidad que cualquier madre habría desaprobado, pero yo no era cualquier madre. Aquella tarde, el menor, Sebastián, esperó a que termináramos de comer para soltarle la propuesta a su hermano sin disimulo.
—Oye, Mateo, ya que tienes novia y siempre nos hemos repartido las chicas, creo que me toca conocerla a fondo. Tráela un día a casa.
Mateo levantó la vista del plato y se rio. La idea no le sorprendía: yo les había enseñado desde jóvenes que la familia se cuidaba compartiéndolo todo, no escondiéndolo. Asintió con un gesto y al día siguiente me anunció que la traería el sábado. Lucía, la novia, llegó con un vestido corto y una sonrisa franca que me cayó bien al instante.
Era menuda, morena, con unos ojos castaños que se movían rápido por la sala como midiendo el terreno. Hablaba con soltura, contestaba sin titubear y se reía con todo el cuerpo. Antes de que termináramos el café, ya había decidido que no iba a dejar pasar mucho tiempo sin acercarme yo también, pero esa tarde le tocaba a Sebastián.
Tenía un secreto pequeño escondido en la sala: una cámara discreta detrás de un libro de la estantería que enfocaba el sofá entero. La habíamos colocado meses atrás para registrar otras visitas, y nunca había fallado. Esa tarde iba a grabar algo distinto.
A media tarde le pedí a Mateo que me acompañara al trastero del bajo del edificio. Le dije que necesitaba bajar unas cajas y se levantó sin protestar. Lucía y Sebastián se quedaron solos en el salón, ella sentada en el borde del sofá, él sirviendo dos copas de vino.
En el trastero conecté el móvil al cargador y abrí la aplicación. La imagen apareció con una nitidez sorprendente. Mateo se acomodó a mi lado en una silla vieja y nos quedamos en silencio, mirando.
Lucía no perdió el tiempo. Levantó la copa y miró a Sebastián con una sonrisa que no necesitaba traducción.
—Cuñadito, me encanta tener un rato a solas contigo. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.
—Y a mí de ti —contestó Sebastián—. Aunque las palabras se quedan cortas.
Ella se levantó de su butaca, cruzó el salón y se sentó a horcajadas sobre las piernas de mi hijo. No hubo preámbulos. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó como si llevaran años conociéndose. Sebastián tardó dos segundos en reaccionar. Le pasó una mano por debajo del vestido y la levantó hasta dejar al descubierto la ropa interior, una pieza minúscula de encaje negro.
—Estás divina —murmuró él contra su cuello—. Mi hermano tiene suerte.
—Y tú tienes una tarde libre —contestó ella riéndose.
Mateo, a mi lado en el trastero, soltó un silbido bajo. Yo le puse una mano en la rodilla sin apartar la vista de la pantalla. La situación me había puesto caliente más rápido de lo que imaginaba.
En el salón, Sebastián le tiró del vestido hacia arriba y se lo sacó por la cabeza. Lucía no llevaba sujetador. Tenía los pechos pequeños, redondos, con los pezones ya endurecidos. Se reclinó hacia atrás apoyándose en el respaldo del sofá y dejó que él recorriera con la lengua todo el espacio entre el cuello y el ombligo.
—Esto es injusto —protestó ella entre suspiros—. Yo sigo desnudándome y tú sigues vestido.
Sebastián se rio y se quitó la camiseta de un tirón. Llevaba un chándal gris que cedió fácil cuando ella tiró del elástico. Cuando se lo bajó hasta los muslos, soltó un pequeño «oh» de aprobación.
—Debe de ser cosa de familia —dijo, y le envolvió la base con la mano—. Tu hermano y tú me lleváis por el mismo camino.
***
A mi lado, Mateo respiraba más rápido. No me hacía falta mirarlo para saberlo. Yo seguía con los ojos clavados en la pantalla, viendo a Lucía bajarse del sofá y arrodillarse sobre la alfombra. Le acarició los muslos a Sebastián con las dos manos antes de inclinarse y rozarle la punta con los labios. No iba a ser una mamada apresurada. Tenía esa concentración tranquila que solo tienen las mujeres que disfrutan de verdad.
Sebastián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Cuando volvió a abrirlos, la miró fijo y le pasó una mano por el pelo, no para empujarla sino para sostenerla.
—Si así tratas a mi hermano, entiendo que ande loco contigo.
Ella se separó un segundo, sonrió con la boca brillante y volvió a bajar la cabeza.
Mateo no aguantó más. Se giró en la silla, me agarró por la cintura y me sentó encima de él, de espaldas a la pantalla pero con cuidado de no taparla. No era la primera vez que estaba con uno de mis hijos: lo había hecho con los dos por separado y había aprendido a leerles los tiempos. Mateo me bajó la blusa por los hombros y me besó la nuca mientras yo seguía mirando lo que sucedía dos pisos por encima de nosotros.
Lucía se incorporó. Sacó del bolso un preservativo, lo abrió con los dientes y se lo colocó a Sebastián con esa precisión que muestra experiencia. Después, sin avisar, se subió encima y se hundió de un solo movimiento.
El gemido que soltó se escuchó claro por el altavoz pequeño del móvil. Sebastián la sujetó por las caderas, marcó un ritmo lento y luego la dejó moverse a ella sola.
—Madre mía, cómo cabalgas —dijo él, casi sin voz.
—Práctica —contestó ella sin perder el ritmo.
***
Yo me había sacado los pantalones casi sin darme cuenta. Mateo me tenía contra él, una mano en el pecho y otra entre las piernas. Estábamos a media luz, en un trastero que olía a cartón viejo, viendo por una pantalla de seis pulgadas a una desconocida cabalgar a uno de mis hijos. Y nunca, en años, había sentido un morbo tan limpio.
—Ponte de rodillas, mamá —me susurró Mateo al oído.
Me deslicé al suelo sobre una manta vieja que él había apartado. Se colocó detrás de mí y, sin más ceremonia, me la metió entera. Apoyé la mejilla contra el cojín de la silla y solté un quejido bajo. Él se movió rápido. Tenía esa fuerza que a veces me daba miedo y al mismo tiempo me volvía loca.
En la pantalla, Lucía se había bajado de Sebastián y ahora estaba a cuatro patas sobre el sofá. Él se había arrodillado detrás y le agarraba la cintura con las dos manos. Hablaban poco, solo respiraban, y de vez en cuando se les escapaba una risa cómplice.
—Cuñadito, no pares —le pidió ella.
Sebastián no paró. Se inclinó hacia delante, le besó el omóplato, le mordió la nuca con suavidad y siguió embistiéndola con un ritmo constante. Mateo, a mis espaldas, marcaba un ritmo casi idéntico. Había algo extraño y placentero en saber que estábamos los cuatro sincronizados sin que ellos lo supieran.
Cuando Sebastián avisó que iba a correrse, Lucía le pidió que se saliera. Se giró, se arrodilló frente a él en la alfombra y le dejó terminar entre los pechos y el mentón. Mateo, al verlo, me agarró del pelo con dulzura y me indicó sin palabras que me girara. Le tomé la base con la mano y le dejé que terminara en mi cara, igual que ella. Sentí el calor en la mejilla, en los labios, y no me importó nada más en ese instante.
***
Me limpié con un trapo que Mateo encontró por allí y volvimos a la pantalla. Lucía se había recostado contra Sebastián en el sofá. Hablaban en voz baja, ella riéndose, él acariciándole el pelo. Pasaron unos minutos así, en una calma que parecía la de cualquier pareja después del sexo. Pero las ganas de los hombres jóvenes no descansan mucho, y a los pocos minutos ella ya volvía a acariciarle.
—Vamos a tu cuarto —le propuso ella.
Sebastián se levantó, le dio la mano y la llevó pasillo adentro. Allí no teníamos cámara. Mateo y yo nos miramos, y los dos pensamos lo mismo: tampoco hacía falta. Lo que habíamos visto bastaba para alimentar la cabeza durante semanas.
Pero la calentura no se nos había ido. Mateo se sentó en el suelo apoyado contra la pared, y yo me senté encima de él, esta vez de cara, las piernas alrededor de su cintura. Lo miré a los ojos mientras me movía despacio. Era raro mirar a un hijo así. Llevábamos años haciéndolo y todavía me sorprendía la naturalidad con que él lo asumía.
—¿No te molesta lo que están haciendo arriba? —le pregunté.
—Para nada, mamá. Sé cómo es ella, y me gusta saber que disfruta. Mi hermano la merece y ella también.
Lo besé. Lo abracé contra mí y le dejé que tomara el control. Me agarró del trasero y me movió arriba y abajo, despacio primero, después con más insistencia, hasta que sentí que no iba a aguantar mucho más. Me bajé, me arrodillé en la manta y le dejé que me llenara la boca igual que había hecho Lucía con Sebastián. Tragué casi todo. Una parte se me escapó por la comisura. Mateo me miró desde arriba con esa sonrisa que tienen los hijos cuando están agradecidos sin necesidad de decirlo.
Subimos por las escaleras del bloque sin prisa. Antes de abrir la puerta del piso, Mateo se detuvo y me arregló un mechón de pelo. «Estás guapa, mamá», me dijo. Y entramos.
Sebastián y Lucía estaban en el salón, vestidos, tomando una cerveza. Ella tenía el pelo todavía húmedo de la ducha. Sebastián disimulaba bien, pero le brillaban los ojos. Nos saludaron como si no hubiera pasado nada.
—¿Qué tal el trastero? —preguntó él, demasiado inocente.
—Productivo —contestó Mateo.
Yo me senté frente a Lucía y acepté la cerveza que me ofreció. Le sostuve la mirada un poco más de lo necesario. Ella me la devolvió, y noté algo: una pregunta sin formular, una invitación apenas insinuada.
—Espero que la próxima vez nos conozcamos tú y yo igual de bien —le dije.
Ella no apartó los ojos. Sonrió despacio, levantó la cerveza y me brindó.
—Cuando quieras, suegra.
Mateo y Sebastián cruzaron una mirada cómplice, de esas que solo cruzan los hermanos que han crecido compartiéndolo todo. Yo me recliné en el sofá y pensé en la cámara, todavía grabando detrás del libro. Era buen momento para apagarla. O quizás no. Quizás convenía dejarla puesta unos minutos más. Por si acaso.