Lo que callamos mi padre y yo durante cinco años
Esta es mi cuenta secreta. La abrí porque ya no soporto el peso de lo que cargo, y porque escribirlo es la única forma de no enloquecer. Si alguien la encuentra alguna vez, que sepa de antemano que esto no es una historia bonita. Es turbia, es culpable, y es completamente mía.
Me llamo Carolina, aunque para el público sigo siendo el nombre que aparece en los créditos de una serie juvenil que se emite los jueves a las nueve. Una chica luminosa, transparente, casi un símbolo de pureza adolescente para las familias que la ven desde el sillón. Dentro de mí, sin embargo, hay otra mujer. Una que despertó muy despacio, casi sin permiso, y que a estas alturas ya no puedo seguir fingiendo que no existe. Una mujer que necesita que le llenen el coño, que le tiren del pelo, que le hablen sucio al oído.
Todo empezó a los diecinueve, unos meses después de que mis padres se separaran.
Mi padre se mudó a un departamento pequeño en un barrio tranquilo, con balcón al patio interno y olor a café molido a todas horas. La casa donde crecí se quedó en un silencio extraño, pero él jamás soltó la cuerda. Mensajes cada mañana, llamadas cada noche, cenas siempre que mi agenda de grabación lo permitía. Era mi refugio. Lo había sido toda mi vida. Y después del divorcio esa relación se volvió más íntima, más continua, y algo dentro de mí empezó a inclinarse en una dirección que todavía no entendía.
La primera vez que lo sentí fue una tarde común. Estaba sentada en su sillón con las piernas cruzadas, mientras él preparaba café en la cocina abierta. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y olía a esa colonia de cedro que usa desde que tengo memoria. Cuando me levanté para ayudarlo, su mirada se demoró un segundo más de la cuenta. Bajó por mi cuerpo y volvió a subir. Fue apenas un instante, pero noté un calor lento y profundo justo debajo del ombligo. Me sonrojé sin causa.
Esa misma noche, sola en mi cama, recordé esa mirada y me detuve en seco, horrorizada. ¿Qué clase de hija era yo? Me sentí sucia, enferma, culpable. Y sin embargo, mientras me juraba que nunca volvería a ocurrir, mi mano ya estaba entre mis piernas, dos dedos hundidos en un coño empapado, imaginando que era él quien me tocaba. Me corrí mordiendo la almohada, temblando de vergüenza.
Pero ocurrió. Una y otra vez.
Con los meses, las sensaciones se volvieron más frecuentes y más nítidas. Empecé a fijarme en cosas que antes no existían para mí. La manera en que se le tensaba el antebrazo cuando me abrazaba. El calor de su pecho contra mi mejilla. El bulto que a veces se le marcaba en el pantalón cuando cruzaba las piernas frente a mí y que yo miraba de reojo con el estómago apretado. El timbre grave con el que me decía «princesa», una palabra que de pronto dejó de sonarme inocente. Cada abrazo se estiraba un segundo más. Cada despedida me dejaba la piel hormigueando, como si todavía tuviera sus manos encima.
Y entonces aparecieron los celos.
Celos que ni yo misma me creía. Cuando me contaba, casi al pasar, que había salido a cenar con alguna mujer, se me cerraba el estómago. Imaginaba a esa desconocida chupándole la verga, montándolo, recibiendo dentro suyo lo que yo llevaba años deseando en secreto, y algo oscuro y posesivo se levantaba dentro de mí. Es mío, pensaba, y me odiaba por pensarlo. Sabía que muchas hijas sienten esa posesividad silenciosa hacia el padre, ese instinto antiguo de «nadie más debe tenerlo». En mí ese instinto era denso, descarado, casi obsceno. Me hacía sentir egoísta, perversa, y al mismo tiempo terriblemente excitada.
Poco a poco fui descubriendo mi propia naturaleza.
Entre los veinte y los veintiuno empecé a vestirme distinto solo para verlo a él. No fue un plan. Fue algo más antiguo que el cálculo. Elegía minifaldas que se ajustaban a la cadera y apenas tapaban la mitad del muslo. Medias negras finas, casi transparentes, que brillaban bajo la luz y dibujaban la curva de las piernas con cada paso. Blusas de seda suave que se pegaban a las tetas y dejaban adivinar la sombra de los pezones cuando bajaba la temperatura. Bragas mínimas, a veces ninguna. Antes de salir me miraba en el espejo y sentía un cosquilleo entre las piernas al imaginar su mirada bajando por mí, imaginando su polla endureciéndose dentro del pantalón sin que él pudiera evitarlo.
Le mandaba fotos «inocentes».
Una tarde, desde el camerino del set: yo de pie frente al espejo de cuerpo entero, la falda subida apenas un poco por el gesto, las medias contrastando con la piel.
Su respuesta llegó enseguida: «Estás muy hermosa hoy, princesa. Esa falda te queda… distinta.»
Le contesté con el corazón golpeándome la garganta: «¿Distinta cómo?»
Él tardó. Cuando respondió, solo escribió: «Te hace ver… peligrosa.»
Esa palabra se me clavó en alguna parte y se quedó allí. Me humedecí apenas leyéndola. Sentí vergüenza y a la vez una sensación nueva, poderosa, como si dentro de mí hubiera una mujer hambrienta que disfrutaba siendo mirada, deseada, incluso por quien no debía mirarla así. Una parte mía que quería provocar, que quería ser follada, que quería entregarse por completo. La llamaba «mi lado oscuro». Me asustaba y me fascinaba al mismo tiempo.
Los mensajes continuaron en esa línea fina durante años. Yo mandaba una foto con la falda un poco más arriba. Él respondía con cuidado, pero cada vez con más peso en cada frase: «Princesa, ten cuidado con esas fotos. No todos los hombres saben controlarse.»
Yo: «¿Y vos sí sabés?»
Él: «Contigo… estoy intentando.»
Esa tensión se acumuló como una tormenta lenta. Cumplí veintidós, veintitrés, y cada vez que nos veíamos la atmósfera se sentía más cargada. Los abrazos duraban una eternidad. Sus manos se quedaban un segundo más en mi cintura, otro segundo más en la base de mi espalda, rozando la curva del culo por encima de la tela. Yo me iba a casa con su olor pegado a la ropa y dormía hundida en esa tela, sin atreverme a lavarla, masturbándome hasta correrme con su nombre entre los dientes.
***
Hasta la noche de mi cumpleaños número veinticuatro.
Le pedí que estuviéramos solo nosotros dos. Una cena en su departamento, sin nadie más, sin colegas ni primas ni reuniones de productora. Me preparé con paciencia de cirujano. Minifalda negra cortísima. Medias hasta el muslo con ligueros de encaje discretos, de esos que no se ven a menos que alguien decida mirar muy bien. Blusa de seda blanca que con la luz cálida del living se transparentaba apenas lo suficiente. Debajo, nada. Sin bragas, sin sostén. Los pezones se me endurecieron contra la seda solo con pensar en la puerta abriéndose.
Cuando abrió la puerta y me vio, su mirada bajó hasta mis piernas, subió por la cadera, se demoró en el pecho y se detuvo en mis ojos. Vi el conflicto. Vi el deseo. Y vi, por primera vez con nitidez, el mismo miedo que yo cargaba desde los diecinueve. También vi cómo tragaba saliva, cómo el pantalón se le tensaba adelante.
Cenamos despacio. El vino tinto nos aflojó la lengua. Hablamos del trabajo, del divorcio, de la última vez que cada uno había estado realmente acompañado. En un momento el silencio se hizo tan denso que casi se podía tocar con la mano. Me levanté y caminé hasta él. No me senté sobre sus piernas. Solo me quedé de pie frente a su silla, temblando.
—Papá —susurré, y la palabra sonó diferente esa noche—. Hay algo que siento desde los diecinueve y ya no puedo seguir fingiendo que no existe.
Él se levantó lentamente. Me tomó la cara con las dos manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas como si estuviera midiendo si valía la pena la condena. Vi en sus ojos la misma lucha moral que yo había peleado durante cinco años: culpa, amor, deseo prohibido, miedo a romperlo todo. Y después vi cómo esa lucha se rompía.
Me besó.
Fue un beso lento al principio, tembloroso, casi pidiendo perdón. Después su lengua entró en mi boca con hambre de años, buscándome, chupándome los labios, mordiéndome hasta hacerme gemir. Sus manos bajaron por mi espalda, rozaron la minifalda, subieron la tela con cuidado hasta tocar la piel desnuda encima de las medias. Cuando sus dedos descubrieron que no llevaba bragas, se quedó un segundo inmóvil.
—Carolina… —murmuró contra mi boca, con la voz tomada—. Estás empapada.
—Hace cinco años, papá —le contesté, temblando—. Hace cinco años que estoy así por vos.
Gimió como si le hubiera clavado un cuchillo. Su mano bajó por el vientre, se metió entre mis muslos, dos dedos abriéndose paso por mi coño mojado sin ninguna paciencia. Los hundió hasta el fondo. Me colgué de su cuello para no caerme.
—Mirá cómo estás, princesa —susurró contra mi oreja, moviendo los dedos adentro con un ritmo lento y perverso—. Mirá el coño que tenés. Todo esto es para mí, ¿no?
—Todo tuyo, papá… todo tuyo —jadeé, moviéndome contra su mano, buscando más.
Su pulgar encontró mi clítoris y empezó a girar en círculos apretados mientras sus dedos me follaban de pie ahí, en medio del comedor, con la copa de vino todavía en la mesa. Me corrí en menos de dos minutos. Un orgasmo brutal, silencioso, que me dobló contra su pecho mientras mi coño le apretaba los dedos y le mojaba la palma.
Todavía temblando, me llevó a la habitación.
Me desnudó prenda por prenda, como si estuviera desenvolviendo algo sagrado y prohibido a la vez. Primero la blusa, dejando que la seda se deslizara por los hombros. Mis tetas quedaron al aire, pequeñas, con los pezones tan duros que le rozó uno con los labios y me hizo gemir. Se quedó ahí, chupándomelos uno tras otro, mordiéndolos apenas, hasta que se me arqueó la espalda. Después la minifalda, que cayó al piso con un sonido casi inaudible. Me dejó solo con las medias y los ligueros.
—No te las saques —me dijo cuando fui a bajarlas—. Así. Quiero verte así.
Se arrodilló frente a mí. Me abrió las piernas con las dos manos y hundió la cara en mi coño sin ceremonia. Su lengua era ancha, caliente, incansable. Me lamía de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo con los labios, para meterlo en la boca y tironear con suavidad. Después bajaba, hundía la lengua adentro, la sacaba, volvía a subir. Sus manos me agarraban el culo, me apretaban las nalgas, me acercaban más a su boca.
—Papá… papá… me voy a caer… —le supliqué, con las piernas temblándome.
Me empujó hacia atrás sobre la cama sin dejar de comerme. Me abrió más las piernas, me pasó los muslos por sobre los hombros y siguió, ahora con dos dedos dentro moviéndose en un gancho lento, buscando ese punto exacto que me hizo gritar. Me corrí otra vez contra su boca, empujándole la cara con las caderas, mojándole el mentón, sin poder frenar los espasmos.
Cuando levantó la cabeza, tenía los labios brillantes y una sonrisa oscura que nunca le había visto.
—Todavía no terminé con vos, princesa.
Se quitó la ropa sin prisa. La camisa, el cinturón, el pantalón. Cuando bajó el bóxer, se me secó la garganta. Su polla era gruesa, larga, completamente erecta, con una vena marcada por debajo y la punta brillando de líquido preseminal. Me quedé mirándola como una tonta, con la boca abierta.
Me arrodillé en la cama y me acerqué. La agarré con la mano, sorprendida por el calor y el peso. Lo miré a los ojos y me la metí en la boca. Gimió fuerte, con las manos hundiéndose en mi pelo. Empecé despacio, chupándole la punta, lamiéndole la vena, bajando hasta donde podía y volviendo a subir mientras mi mano acompañaba el movimiento. Él me tomó del pelo con más fuerza, marcando el ritmo, hundiéndome la verga hasta que sentí la punta golpear el fondo de la garganta.
—Así, mi amor… así… mamámela toda… —jadeaba, mirándome desde arriba—. Cinco años imaginándote así, princesa… cinco años…
Le chupé la verga con ganas de años, con saliva cayéndome por el mentón, con los ojos llenos de lágrimas cada vez que me la hundía hasta el fondo. Le lamí los huevos, le pasé la lengua por toda la extensión, volví a metérmela entera. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo y tuve que soltarlo antes de que se corriera.
—Adentro, papá —le susurré, tirada de espaldas, abriéndome las piernas para él—. Quiero que te corras adentro.
Se acomodó sobre mí. Sentí la punta caliente rozando mi entrada, presionando apenas. Me miró a los ojos una última vez, como pidiendo permiso y perdón en el mismo gesto.
Entró centímetro a centímetro. Muy lento. Quería que sintiera cada parte de él. Mi coño lo recibió con una humedad que jamás había tenido, apretándolo, queriendo memorizarlo. Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, quieto, respirando contra mi cuello.
—Dios… qué apretada estás, princesa… —murmuró—. Sos perfecta… sos mía…
—Tuya, papá —le contesté con la voz rota—. Follame. Follá a tu hija.
Algo se rompió del todo en él con esa frase. Empezó a moverse con un ritmo profundo y elegante al principio, controlado, cada embestida salía casi entera para volver a llenarme. Después el control se le fue de las manos. Me embestía cada vez más fuerte, más rápido, hundiéndome la verga hasta el fondo, sacándola casi entera, volviendo a clavarla de golpe. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Mis tetas rebotaban con cada embestida. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándola.
—Papá… papá… así… no pares… —gemía sin poder callarme.
Me dio vuelta de golpe. Me puso en cuatro patas al borde de la cama. Me agarró de las caderas y volvió a entrar de una sola estocada. El grito que solté no lo reconocí como mío. Me follaba desde atrás con una fuerza que no le conocía, dándome nalgadas que me dejaban la piel ardiendo, tirándome del pelo para acercarme la oreja a su boca.
—¿Esto querías, princesa? —me gruñía al oído mientras me clavaba la verga hasta el fondo—. ¿Que tu padre te follara así? ¿Cinco años calentándome para esto?
—Sí, papá… sí… más… más fuerte… —le rogaba, empujando el culo contra él para que entrara más profundo.
Me tomó de la nuca y me apretó la cara contra el colchón, dejándome el culo levantado para él. Me follaba con embestidas brutales, cada una sacudiéndome el cuerpo entero. Con una mano me tironeaba del pelo, con la otra me apretaba una teta. Sentí su pulgar mojado buscándome el ojo del culo y presionando apenas, jugando con la idea de meterlo. Me corrí ahí, con la cara contra la almohada y su verga hasta el fondo del coño, gritando su nombre en un aullido ahogado, con todo el cuerpo temblándome y las piernas cediendo.
Todavía convulsionando, me volvió a dar vuelta. Me quería de frente. Quería verme la cara cuando se corriera.
—Miráme —me ordenó, hundiéndose en mí otra vez—. Miráme a los ojos cuando me corra dentro tuyo.
Lo miré, con el maquillaje corrido, la boca abierta, jadeando. Se movió con embestidas cada vez más cortas, más rápidas, más profundas. Sentí cómo se le hinchaba la verga adentro. Sentí el momento exacto en que perdió el control.
—Adentro, papá, dame todo… —le susurré, cerrando las piernas alrededor de su cadera para que no se saliera.
Gruñó como un animal y se corrió. Sentí su calor derramándose dentro de mí en oleadas profundas, chorro tras chorro, llenándome por completo. Su verga latía dentro de mi coño mientras se vaciaba, y yo me corrí otra vez con él, apretándolo, exprimiéndolo, queriendo guardarme cada gota. Grité su nombre contra su hombro, temblando, llorando de placer y de culpa al mismo tiempo, con la cara empapada.
Después nos quedamos abrazados en silencio. Su mano acariciaba mi pelo. Él seguía dentro de mí, latiendo apenas, todavía duro, con el semen escapándoseme lentamente por los bordes y mojándonos a los dos. Ninguno de los dos habló durante un largo rato. Solo respirábamos juntos, sabiendo que ya nada volvería a ser como antes.
***
Ahora estoy escribiendo esto con el cuerpo todavía sensible, la piel marcada por sus dedos, la huella de una mano dibujada en la nalga derecha, las medias hechas un nudo en el piso de su habitación y su semen todavía escurriéndoseme entre los muslos. Mañana tengo grabación. Mañana tendré que ponerme otra vez ese vestido pastel de la serie y sonreír como si nada, con el coño hinchado y ardido debajo de la ropa interior blanca del vestuario. Mañana volveré a ser la chica luminosa de la pantalla.
Descubrí que dentro de mí hay una mujer que desea con una intensidad que me asusta. Una mujer que se excita con lo prohibido, que disfruta entregándose sin reservas, que encuentra placer siendo mirada, tocada y follada por quien jamás debió tocarla. Una mujer nacida de cinco años de amor, culpa y deseo contenido.
No sé si lo que pasó esta noche está mal.
Solo sé que se sintió natural.
Y que, a pesar de toda la culpa que me quema por dentro, quiero volver a sentir su polla adentro. Esta noche. Mañana. Siempre.