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Relatos Ardientes

La mañana que mi hermano mayor volvió a casa

3.9(11)

La casa olía igual que siempre: a madera pulida y a la colonia de mamá que impregnaba hasta los cojines del salón. Valentina llevaba dos horas sentada en el sofá sin leer ni una página del libro que sostenía entre las manos. Afuera el sol de primavera calentaba los cristales. Sus padres habían salido temprano y no volverían hasta el mediodía. Y en cualquier momento, después de tres años sin pisar esa puerta, Marcos iba a cruzarla.

Valentina tenía dieciocho años recién cumplidos y sabía perfectamente que lo que sentía no tenía nombre bueno. Lo había entendido poco a poco durante su ausencia: primero como una nostalgia normal, luego como algo que le costaba mirar de frente. Marcos se había ido a trabajar a Londres cuando ella tenía quince. Ahora era otra persona: la misma voz, la misma forma de reírse, pero un cuerpo distinto y una presencia que ya no cabía en el recuerdo que guardaba de él.

El coche en la entrada. Los pasos en la gravilla. La puerta.

Valentina se levantó antes de pensarlo. Él apareció en el umbral con una mochila al hombro, bronceado, con esa sonrisa torcida que le marcaba un hoyuelo en la mejilla derecha. Tenía los hombros más anchos de lo que ella recordaba, el cuello más fuerte, la mandíbula cubierta de una barba corta que no existía tres años atrás.

—Val —dijo, y abrió los brazos.

Ella se lanzó directamente. Marcos la atrapó al vuelo y la apretó contra su pecho con una fuerza que le cortó el aliento. Olía diferente: a una colonia que no reconocía, a ropa de viaje, a algo cálido e indefiniblemente masculino que se le quedó pegado en los pulmones mucho después de que él la soltara.

—Pero mírate —murmuró contra su pelo, sin separarse todavía—. La última vez que te vi llevabas aparato y las trenzas que te hacía mamá los domingos. Y ahora…

Se interrumpió. La separó un poco, solo lo suficiente para mirarla de arriba abajo, y Valentina notó cómo sus ojos se detenían un segundo de más en la curva de su cintura antes de volver a su cara. También notó, apretada aún contra él, el bulto duro que se le marcaba en el pantalón contra su vientre. No hubo tiempo de fingir que no lo había sentido: Marcos apartó las caderas un centímetro con una tos seca, y ella se mordió el interior de la mejilla para no sonreír.

—Ahora eres toda una persona —terminó él, pellizcándole la nariz con suavidad.

Que no te tiemblen las rodillas, Valentina. Es Marcos. Tu hermano mayor. El mismo que te enseñó a montar en bici en el jardín y que te dejaba ganar al parchís para que no lloraras.

Pero el cuerpo no entiende de argumentos racionales. Y el coño ya se le había humedecido bajo la braguita solo con ese abrazo.

Pasaron la tarde en la cocina, hablando sin parar, recuperando tres años de conversaciones pendientes. En algún momento del atardecer, mientras Valentina batía leche para el chocolate caliente, se le ocurrió la idea.

—Mañana por la mañana podríamos preparar el brunch. Los dos solos, como cuando éramos pequeños. Mamá y papá salen a las nueve.

Marcos la miró desde el otro lado de la isla, la taza de café en la mano, con esa expresión entre seria y divertida que siempre había tenido.

—¿Cocinar juntos? —repitió, la voz un tono más baja—. A mí me gusta cocinar. Hay que tener paciencia: empezar con el fuego bajo para que todo coja temperatura, luego subir poco a poco, remover con cuidado para que la mezcla quede bien integrada…

—Marcos, hablo de pancakes —dijo ella, riendo.

—Claro. Pancakes —repitió él, con esa sonrisa que le marcaba el hoyuelo—. Mañana a las nueve estoy en la cocina.

***

Marcos tardó en dormirse. La habitación de su infancia seguía igual: los muebles de siempre, las sábanas que olían al suavizante de su madre. Se quedó mirando el techo con los brazos cruzados detrás de la cabeza, intentando no pensar en la forma en que Valentina lo había abrazado en el salón, en cómo su cuerpo menudo había encajado contra el suyo con una naturalidad que no le correspondía a ninguno de los dos.

Para. Es tu hermana. Dieciocho años. La niña de las trenzas y los aparatos dentales. No sigas por ahí.

Siguió de todos modos. Cerró los ojos y ahí estaba ella otra vez: la sonrisa pícara, las manos apoyadas en sus brazos cuando se separaron del abrazo, los dedos de ella rozando la tela de su camiseta sin ninguna urgencia, como si simplemente no quisiera soltarlo todavía. Se imaginó las tetas de su hermana bajo la camiseta ancha, la forma en que se le habían marcado los pezones duros contra su pecho al abrazarlo, y la polla se le puso dura otra vez, tensándole la tela del bóxer.

Se metió la mano por dentro sin pensar. Se la agarró y empezó a masturbarse despacio, con la mandíbula apretada, odiándose a cada tirón y sin poder parar. Se corrió en menos de dos minutos, mordiéndose el labio para no gemir, con la imagen de Valentina arrodillada entre sus piernas metida a fuego en la cabeza. Se limpió con un pañuelo, se dio la vuelta en la cama y apretó los dientes.

La culpa y el deseo son malos compañeros de cuarto. Y esa noche, tumbado en la oscuridad con la respiración cada vez más pesada, Marcos los tuvo a los dos.

***

Cuando Valentina entró a la cocina a las nueve y cuarto, Marcos ya estaba ahí. Apoyado en la isla central con una taza de café negro, los pantalones de chándal grises colgados bajos en las caderas y una camiseta blanca ajustada que no dejaba mucho a la imaginación. Tenía el pelo revuelto del sueño. La miró sin disimular cuando ella apareció en la puerta.

Valentina llevaba lo de siempre para estar en casa: una camiseta oversized vieja y una braguita de encaje negro. La misma ropa que usaba cuando estaban sus padres. Pero bajo la mirada de Marcos se sintió completamente expuesta. Los ojos de él bajaron sin disimulo hasta el borde de la camiseta, ahí donde las piernas desnudas se le juntaban, y ella notó cómo se le tensaba un pezón contra la tela solo por eso.

—Buenos días —dijo él, con voz todavía ronca de sueño—. ¿Has dormido bien?

—Regular —admitió ella, abriéndose paso hasta el frigorífico.

Pusieron música y empezaron. Marcos se hizo cargo de los huevos mientras Valentina preparaba la masa de los pancakes: harina, huevos, leche, una pizca de sal. Trabajaron en paralelo, chocándose de vez en cuando en el espacio estrecho de la isla, pasándose ingredientes sin necesidad de pedirlos. Había algo familiar y al mismo tiempo completamente diferente en esa proximidad. Tres años de ausencia concentrados en cuarenta centímetros de cocina.

Valentina empezó a mover las caderas con el ritmo de la música sin darse cuenta, como siempre hacía cuando cocinaba. Un gesto automático, de estar en casa. Marcos la observaba desde el otro extremo de la isla sin molestarse en disimularlo.

—Siempre has bailado mientras cocinas —dijo él.

—Me ayuda a concentrarme —respondió ella, sin dejar de moverse.

Marcos dejó la sartén en el fuego y se acercó por detrás para coger la sal del estante que quedaba justo encima del hombro de ella. No hacía falta que se pusiera tan cerca para cogerla. Los dos lo sabían perfectamente. Ella sintió el cuerpo grande de él pegado a su espalda, la polla dura marcándose contra el hueco de su culo a través de la tela fina del chándal, y se quedó inmóvil un segundo demasiado largo antes de fingir que seguía batiendo.

—Pruébala —dijo él, metiendo el dedo en la masa y acercándoselo a los labios de ella.

Valentina lo miró a los ojos y lo probó. Sus labios se cerraron sobre la punta del dedo de su hermano durante un segundo que se alargó más de lo necesario. Lo chupó despacio, con la lengua envolviéndole el nudillo, y cuando lo soltó lo hizo con un pequeño ruido húmedo que a Marcos se le clavó directo entre las piernas.

—Falta vainilla —dijo él, con la voz algo ronca.

—En el estante de arriba —respondió ella.

Se estiró para alcanzarla. Con el brazo en alto y el cuerpo estirado, el codo rozó el borde del bol y un chorro de masa fría y cremosa le cayó directo sobre el pecho, empapando la camiseta entera.

—Mierda —dijo Valentina, mirando el desastre.

Marcos contuvo una sonrisa.

—Eso te pasa por no pedirme que lo cogiera yo.

Ella se miró la camiseta pegada al pecho y tomó una decisión sin pensarla demasiado. Se la quitó por la cabeza y la dejó sobre el respaldo de la silla más cercana. En casa siempre había habido esa confianza. Era su hermano. Se quedó en braguita de encaje negro, con las tetas al aire, los pezones duros de rosa oscuro apuntando hacia él, brillantes de masa en el pecho izquierdo. Cogió un trapo del cajón y empezó a limpiarse el hombro.

Marcos no dijo nada durante varios segundos. Cuando ella levantó la vista, él la estaba mirando de una forma que no tenía nada que ver con la confianza fraterna. Se le veía el bulto tenso contra el pantalón de chándal, sin nada que lo disimulara. Se acercó despacio, le tomó el trapo de la mano y lo dejó sobre la encimera.

—Deja —murmuró—. Que te ayudo yo.

Se inclinó y puso la boca en su hombro. Sus labios recogieron la masa con calma, y su lengua fue bajando hacia la clavícula, hacia el nacimiento del pecho, sin prisa, saboreando cada centímetro de piel. Valentina cerró los ojos y apoyó una mano en el borde de la isla para no perder el equilibrio. Un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo.

La lengua de él llegó hasta el pezón izquierdo y se cerró alrededor. Marcos lo chupó, lo mordió con suavidad, lo hizo girar entre los dientes hasta que Valentina soltó un gemido que sonó demasiado alto en la cocina vacía. Pasó al otro pecho y repitió, más despacio, con la mano libre subiendo por su costado hasta apretarle la teta entera, amasándosela mientras la lengua trabajaba el pezón.

—Marcos… —susurró.

Él levantó la cabeza y la miró directamente. Los dos sabían exactamente lo que estaba pasando. Los dos sabían que no debería pasar. Valentina le sostuvo la mirada un segundo y luego metió dos dedos en el bol, sacó un pegote de masa y se lo untó despacio sobre el nacimiento del pecho, sin apartar los ojos de los suyos. Bajó los dedos manchados por el vientre y se los metió también por dentro de la braguita, dejando una raya de masa que le llegó justo hasta el coño.

—Si tanto te gusta limpiar… —dijo, con una voz que no reconoció como suya.

Marcos cerró la distancia que quedaba entre ellos. Sus manos grandes se posaron en su cintura y la subió a pulso sobre la isla de la cocina, sentándola sobre el mármol frío. Le abrió las piernas con las palmas apoyadas en las rodillas y se metió entre ellas. Bajó la boca sin apartar la vista de la suya hasta el último momento, y cuando sus labios tocaron la piel de Valentina y empezó a limpiar la masa con la lengua, ella exhaló el aire que llevaba retenido desde que él había cruzado la puerta el día anterior.

Recorrió con la boca el pecho, el esternón, cada costilla, mordiéndole el vientre plano hasta hacerla temblar. Le enganchó los dedos en el elástico de la braguita de encaje y se la bajó por los muslos con calma, sacándosela del todo por los tobillos y dejándola caer al suelo. La abrió más de piernas, se arrodilló él ahora en las baldosas y le puso la boca directamente en el coño.

—Ah, joder… —gimió Valentina, apoyando las manos hacia atrás en el mármol para no venirse abajo.

La lengua de Marcos recorrió los labios mojados de arriba abajo, se metió entre ellos, subió al clítoris y se quedó ahí, dando vueltas lentas, presionando con la punta y luego con toda la lengua plana. Le metió un dedo. Luego dos. Los curvó dentro buscándole el punto exacto mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso. Valentina echó la cabeza hacia atrás y gimió su nombre, con las piernas abiertas sobre la isla donde de niños habían desayunado los domingos, con la boca de su hermano mayor mamándole el coño como si llevara tres años pensando en hacerlo.

—No pares —jadeó ella—, no pares, Marcos, sigue así…

Él no paró. Le comió el coño hasta que ella sintió el orgasmo subir por las piernas, tensarle el vientre y romperle en la boca con un grito ahogado que se le escapó por más que apretara los dientes. Se corrió sobre la lengua de él, con los muslos cerrándose contra su cabeza, temblando entera.

Sus manos recorrieron su espalda, sus costillas, volvieron a su cintura y la apretaron con firmeza cuando la bajó otra vez al suelo. La boca de Marcos subió por su cuello y bajó de nuevo, dejándole el sabor de su propio coño en los labios cuando la besó por primera vez en la boca. Ella lo besó de vuelta con hambre, chupándole la lengua, saboreándose a sí misma. Se pegó a él sin pensar, buscando el calor que emanaba de su cuerpo, la polla dura marcándose contra su vientre desnudo.

Entonces ella empezó a bajar. Las manos por el pecho ancho de su hermano, por el abdomen marcado que se tensaba bajo su toque, hasta la cinturilla de los pantalones. Él no la detuvo. Valentina se arrodilló en el suelo frío de la cocina y lo miró desde abajo con los ojos levantados hacia los suyos.

—Val —dijo él, la voz completamente ronca.

Era su nombre. No era una advertencia.

Ella bajó los pantalones y el bóxer de un tirón y la polla de Marcos le saltó libre delante de la cara, dura, gruesa, con la vena marcada por debajo y la punta ya húmeda. Era más grande de lo que había imaginado durante meses. La rodeó con la mano derecha —los dedos no se le llegaban a juntar del todo— y la miró un segundo antes de sacar la lengua y lamerle la punta despacio, saboreando la primera gota salada que asomaba por la ranura.

La tomó en la boca despacio, primero solo la punta, saboreando el calor y el peso de él, sintiendo cómo respondía a su toque. La chupó suave, cerrando los labios apenas por debajo del glande, girando la lengua alrededor. Luego bajó más, y más, hasta que le llegó al fondo de la garganta y tuvo que respirar por la nariz para no ahogarse. Los dedos de Marcos se enredaron en su pelo sin empujar, dejándola llevar el ritmo que ella quisiera.

Valentina se tomó su tiempo. Sacó la polla de la boca entera para escupirle encima, un hilo de saliva espesa que dejó todo brillante, y volvió a metérsela usando la mano al mismo ritmo que la boca. Le lamió los cojones, los chupó uno a uno mientras le seguía haciendo una paja lenta, y volvió a subir. Recorrió con la lengua cada detalle de él, aprendió qué le hacía apretar los dedos en su cabeza y qué le provocaba ese sonido grave y contenido que ella sentía vibrar en el pecho. Había algo que no sabía cómo nombrar en estar arrodillada en la misma cocina donde de niños habían preparado tortitas del domingo, con la polla de su hermano mayor entrándole y saliéndole de la boca, mirándolo perder el control milímetro a milímetro.

—Dios, Val… —murmuró él, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados—. Así, no pares, mama esa polla, joder…

Ella no paró. Profundidad, pausa, subida lenta. Lo repitió con un ritmo constante, ahora sí dejando que él le empujara la cabeza, aceptándola hasta el fondo cada embestida, con los ojos llenos de lágrimas y la baba escurriéndole por la barbilla y cayéndole entre las tetas. Con la lengua presionando en los momentos exactos, hasta que notó cómo todo el cuerpo de Marcos se tensaba, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus manos se cerraban con un poco más de fuerza en su pelo.

—Val, me voy a correr… —empezó a decir.

Ella no se apartó. Siguió, más rápido, apretando los labios, chupándole entera la punta cada vez que subía. Marcos soltó un gruñido largo y ahogado, los músculos del abdomen contraídos, y se corrió en su boca con dos, tres, cuatro chorros calientes de semen espeso que a ella le llenaron la lengua y le bajaron por la garganta. Valentina lo tragó todo, despacio, sin cambiar el ritmo hasta que él dejó de temblar. Al final le sacó la polla de la boca con un beso en la punta, y cuando le sonrió de abajo hacia arriba todavía tenía un hilo blanco pegado en la comisura.

El silencio que vino después era de los que pesan bien. Solo la música suave de fondo y el chisporroteo de la sartén que nadie había apagado.

Valentina se levantó. Marcos la miraba con una expresión que mezclaba el placer con algo que todavía no tenían palabras para nombrar entre los dos. Ella se puso de puntillas y le limpió la comisura con el pulgar, el mismo gesto que él había tenido con ella minutos antes, y se llevó el dedo a la boca para chuparlo. Marcos soltó el aire despacio, como si acabaran de darle otro golpe bajo.

—Los huevos se van a quemar —dijo.

Marcos soltó una carcajada baja, casi incrédula, y se giró a tiempo de salvar el desayuno.

Comieron juntos en la isla, sin decir nada importante, con esa calma extraña que viene después de algo que cambia las cosas sin que puedas volver atrás. Ella seguía en braguita y él con los pantalones subidos a medias. Los pancakes quedaron perfectos. A las doce menos cuarto se oyó el coche de sus padres en la entrada. Los dos se miraron.

—El postre —dijo Marcos en voz baja, mientras se oían las puertas del coche cerrarse afuera—, lo dejamos para otro momento.

—O para esta noche —respondió Valentina, y fue a recibir a sus padres como si en la cocina no hubiera pasado absolutamente nada.

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3.9(11)

Comentarios(9)

Santi_cba

increible!!! me enganche desde el principio, que buena tension

lectura_nocturna

necesito la segunda parte ya, esto no puede quedar asi

PatriMdp

bien escrito, la tension desde el principio esta muy bien lograda. Me gusto mucho

Claudia_76

me recordo a una situacion de hace años, esas miradas que dicen todo sin palabras jaja. Muy bueno

Ferchu22

excelente!!! sigue subiendo relatos asi

NachoRiver09

hay continuacion? quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues

Diego Vega

la forma en que construye la situacion es lo mejor. Uno siente la incomodidad y el morbo al mismo tiempo. Felicitaciones

pablomdq33

esa cocina nunca mas va a ser la misma jajaja. Muy bueno el relato

SrMaduro

me encanto, se hizo corto :)

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