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Relatos Ardientes

Mi hermana me espió por la rendija de la puerta

La tarde se estiraba caliente y pegajosa cuando salí del trabajo y me di cuenta de que no había sabido nada de mi madre en todo el día. Llevaba dos semanas en otra ciudad cuidando a mi tía, después de aquel asunto familiar que nadie quería nombrar, y yo había prometido llamarla cada noche. Marqué su número desde el coche y entró directo al buzón. Probé tres veces más y nada.

Decidí llamar a mi hermana, Mariana, para ver si ella había logrado algo.

—Yo tampoco la pude agarrar —me dijo, con esa voz de siesta interrumpida que conocía desde los doce años—. Vente al apartamento si querés y la llamamos desde acá. A lo mejor le entra mejor a esta hora.

No tenía planes y la idea de volver al departamento vacío no me seducía nada, así que enfilé hacia el suyo. Vivía en un edificio del piso doce, con vista a la avenida y un ascensor que siempre olía a desinfectante de pino. Mis tres sobrinos me recibieron con los gritos de siempre, abrazos de manos pegajosas y preguntas sobre cuándo iba a llevarlos al cine.

Mariana salió poco después, despeinada, recién levantada de la cama. Me dio el beso de costumbre en la mejilla y nos sentamos en el sofá del living a hablar de cualquier cosa: el trabajo, el último escándalo de la prima, los planes de fin de año. Después agarramos el teléfono fijo y, con altavoz, conseguimos por fin hablar con mi madre. Diez minutos de tranquilidad, de risas pequeñas, de promesas mutuas de cuidarnos.

—¿Te quedás a cenar? —me preguntó cuando colgamos.

—Si no jodo, sí. Pero antes bajo a la esquina por unas cervezas. Hace un calor de mierda.

—Comprá unas frías para Damián, así las tiene cuando llegue de la oficina.

Bajé los doce pisos por el ascensor y volví con seis latas en una bolsa de plástico que se me pegaba a la mano. Cuando entré al apartamento, escuché la ducha corriendo en el cuarto de Mariana. Metí cuatro latas en el refrigerador, abrí una para mí y me dejé caer en el sofá. Sobre la mesita había una revista vieja, de esas con cuestionarios tontos y publicidad en cada página. La abrí por aburrimiento.

Fue en una de esas páginas, en una propaganda llena de logos de internet, donde apareció algo que disparó una imagen en mi cabeza. No fue el logo en sí, sino el color, la tipografía, no sé. Pero me llevó directo a Karina, una chica que había conocido en una página de cámaras unas semanas atrás. Me había mandado fotos, audios, mensajes que cualquier hombre con sangre en las venas habría guardado para releer. Y los releía, claro.

Sentí que la pija se me empezaba a poner dura ahí, en el sofá de mi hermana, con tres sobrinos cada uno encerrado en su cuarto con auriculares puestos. No, acá no, pendejo. Cerré la revista, me levanté, intenté pensar en cualquier otra cosa. Cualquier otra cosa, claro, era difícil con la imagen de Karina aún flotándome detrás de los ojos.

***

Para hacer algo con las manos, fui a la cocina, saqué otra cerveza y se me ocurrió llevársela a Mariana. Total, ya debía estar saliendo del baño. La puerta de su cuarto estaba apoyada pero no cerrada del todo, una rendija de luz cortando la alfombra del pasillo. Toqué con los nudillos y empujé al mismo tiempo, sin esperar respuesta, como hacíamos cuando éramos chicos.

Mi hermana estaba parada frente al espejo, envuelta en una toalla blanca demasiado corta. El golpe de la puerta la sobresaltó y la toalla se le escurrió hasta el piso antes de que pudiera reaccionar. Se agachó rapidísimo a recogerla, pero alcancé a verla entera. Entera de verdad.

—Perdoname, perdoname, no pensé… —empecé, con la cerveza temblándome en la mano.

Ella se cubrió otra vez como pudo, roja hasta la raíz del pelo.

—Sos un animal, ¿cómo entrás así?

—Te juro que pensé que ya estabas vestida. Quedate tranquila, total soy tu hermano, no es nada.

Ese «no es nada» me sonó a mí mismo más raro de lo que esperaba. Pero a ella la calmó. Se ajustó la toalla bajo las axilas y se rio nerviosa.

—Dejá la cerveza en la mesa. Y date vuelta, que me tengo que vestir.

—¿Puedo prender la tele? Hay un partido. Me hago el que no estás.

—Hacé lo que quieras, pero no me mires.

Me senté en el borde de la cama, agarré el control y prendí el televisor con el volumen bien bajo. Mariana me daba la espalda, frente al espejo del placard, abriendo cajones. La toalla seguía en su lugar, pero de costado se le escapaban los muslos enteros, gruesos y bien torneados, y de vez en cuando el borde inferior de las nalgas. Mi hermana tiene cuarenta años, dos hijos pegados, uno más viejo, y un cuerpo que cualquier mujer de treinta envidiaría. Morena, pelo negro hasta la mitad de la espalda, una boca grande, los hombros redondos.

El espejo me devolvía lo que ella no se daba cuenta de estar enseñando. Por la posición, yo veía todo el frente: las tetas, llenas, paradas como si tuviera diecisiete, los pezones largos y oscuros, casi como dos bultitos verticales, la curva del estómago, esa línea fina entre el ombligo y el monte de Venus. Hice de cuenta que miraba la pantalla, pero la pija ya no me obedecía. La sentía latir adentro del pantalón, arrastrándose contra el cierre, mojando la tela por dentro de tanto líquido que se me escapaba.

—Ya está, ya me visto —murmuré, levantándome más rápido de lo necesario—. Te dejo.

Salí casi caminando para atrás, con la cerveza apretada contra la entrepierna para que no se notara nada.

***

En la cocina me tomé media lata de un trago. Calmate, boludo. Pero no había forma. Cada vez que cerraba los ojos veía a Mariana en el espejo. Decidí volver, no sé por qué, decidí volver. Quizás necesitaba comprobar que había sido un accidente, que ella ya estaba vestida, que yo era un degenerado por inventármelo.

Esta vez golpeé. Pero ella respondió «pasá» pensando que era uno de los chicos.

Estaba completamente desnuda, parada frente al espejo, con la mano levantada peinándose. Cuando me vio entrar no se cubrió. Se quedó quieta, mirándome por el reflejo. Como midiéndome.

—Ay, sos vos otra vez —dijo, y la voz le tembló apenas.

—Te dejo, te dejo. Pensé que ya estabas.

—Quedate. Total, ya me viste, ¿no?

No supe qué hacer con las manos. Mis ojos bajaron solos hasta el pubis, oscuro y crecido, sin afeitar. Llevaba años sin ver una mujer así, peluda, natural, sin esa estética de revista que veía en las pantallas. Me pareció hermosísima.

—Estás bárbara —le dije, y no me importó cómo sonó—. En serio, Mariana, estás increíble. Cualquier mujer querría tener tu cuerpo a tu edad. Damián tiene una suerte que no merece.

Ella se rio bajito y se pasó las manos por las caderas.

—Ya, ya, me sonrojaste. Dejame de joder y andate.

Me fui, pero no para el sofá. Me metí en el baño de visitas, el chico, el que tiene el cerrojo roto desde hace meses y nadie arregla. Apoyé la espalda contra la puerta para sostenerla y me bajé el pantalón hasta los tobillos. La pija saltó dura, hinchada, con la cabeza brillante de tanto líquido que había soltado. Me la agarré y empecé a moverme despacio, con los ojos cerrados, con la imagen de mi hermana incrustada por dentro de los párpados. Pensaba en sus pezones largos, en cómo los chuparía, en hundir la cara en aquel monte oscuro y lamerla hasta dejarla seca.

Estaba a punto cuando sentí el peso de una mirada. Abrí los ojos y la vi. Mariana, ya con un vestido de algodón puesto, espiando por la rendija de la puerta entornada.

Frené en seco. La sangre me bajó de golpe a los pies.

Pero ella, en lugar de huir, empujó la puerta con la cadera, entró y la cerró con suavidad detrás de su espalda. Apoyada contra la madera, me miró sin sonreír.

—Seguí —dijo—. No pares por mí.

—Mariana, qué…

—Nunca vi a un hombre hacerse una paja. Nunca. Y me da mucha curiosidad. Más todavía pensando que es por mí, ¿no? Por haberme visto desnuda.

No respondí. Volví a agarrarme la pija, esta vez sin disimulo, y empecé de nuevo. Ella no se movió de la puerta. Solo miraba, con esa quietud que tienen las mujeres cuando algo les interesa de verdad. Yo aceleré. La leche me brotó en chorros largos, calientes, manchándome los dedos y el azulejo del piso. Sentí un gemido ronco salirme del pecho.

Mariana sonrió por primera vez. Una sonrisa rara, mitad satisfacción, mitad culpa. Después abrió la puerta, salió y me dejó solo, parado, con una mano llena de semen y la cabeza dándome vueltas.

***

Me limpié como pude, salí, caminé dos cuadras alrededor de la manzana para que el aire me bajara la fiebre. Cuando subí, Damián, mi cuñado, ya había llegado del trabajo. Me palmeó la espalda con su sonrisa de siempre, abrió las cervezas que yo había dejado en el refrigerador y se puso a contarme cómo le había ido en la oficina. Mariana entraba y salía de la cocina sin mirarme. Cenamos pasta con tomate, vimos un partido de béisbol de la liga local, charlamos hasta tarde. Yo asentía y reía, pero por dentro no podía pensar en otra cosa que en los ojos de mi hermana mirándome desde la rendija de la puerta del baño.

Me ofrecieron la cama del cuarto de mi sobrino más chico, que esa noche dormía en lo de un amigo. Acepté porque ya no tenía cómo manejar de vuelta. Me acosté y tardé horas en dormirme.

***

A las siete y media de la mañana Damián me sacudió por el hombro. Tenía un torneo de tenis con el hijo más grande, y le encantaba arrastrar gente para que los viera jugar. Le inventé que tenía un compromiso. Mariana, desde la cocina, dijo que ella aprovechaba para terminar de ordenar la casa. Damián se llevó al varón y a la nena, que también jugaba, y nos quedamos ella y yo. Solos.

—Date una ducha —me dijo, sin mirarme, secándose las manos en un repasador—. Yo te lavo la camisa y los calzoncillos, así no llegás a tu casa hecho un chiquero. Pasámelos cuando salgas.

Me bañé con agua tibia, intentando no pensar en nada. Estuve a punto de tocarme bajo el chorro, pero me contuve. Quería llegar a casa con todas las ganas y descargarlas en mi mujer, no acá, no otra vez. Me sequé, me envolví en una toalla limpia y me metí en el cuarto del nene a esperar que se me secara la ropa. La cama estaba deshecha, tibia, olía a sábanas usadas. Me acosté boca arriba, con la toalla cubriéndome de la cintura para abajo. La trasnochada me venció en cuestión de minutos.

No sé cuánto dormí. Me despertó una sensación rara, cálida, líquida, en la entrepierna. Abrí los ojos despacio.

Mariana estaba arrodillada al costado de la cama. Había levantado la toalla y tenía mi pija en la boca, succionando suavemente, los ojos cerrados, las mejillas hundidas. La sostenía con las dos manos, casi con respeto, como quien sostiene una copa que se puede romper. La lengua se le movía despacio alrededor de la cabeza, después bajaba a lamerme los huevos, después volvía a tragarme entera, lo que entraba.

—Mariana… —jadeé.

Ella no respondió. Aceleró. Empezó a chupar más fuerte, con un ritmo que no se aprende en una sola cama. Yo agarré las sábanas con los puños cerrados, tirando hacia abajo, y le decía cosas, no me acuerdo qué, le decía que sí, que así, que no parara. Acabé en cuestión de minutos, en chorros largos que ella recibió en la boca y entre los dedos. Cuando se separó, dejó que dos hilos blancos le colgaran de los labios al mentón antes de chupárselos, sin sacarme los ojos de encima. Después se inclinó y me dio un beso, suave, en la boca.

—Gracias —susurró.

***

Yo seguía con el corazón en mil. La agarré de los brazos, la subí a la cama, la acosté boca arriba. Le levanté el vestido hasta el cuello, le saqué la bombacha de algodón, le abrí los muslos y bajé entre aquel monte oscuro y espeso que la noche anterior me había vuelto loco. Empecé despacio, con la lengua recorriéndola en círculos lentos, y ella se arqueó de inmediato, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Le encontré el clítoris escondido entre los pliegues, me prendí ahí y no la solté.

—Más rápido, más rápido —pedía con la voz quebrada.

Pero yo me tomé mi tiempo. Le chupé hasta que sentí que se le acumulaba todo, hasta que el cuerpo entero se le tensó como una cuerda. Entonces me acosté boca arriba y le pedí que se sentara encima de mi cara. Ella obedeció, dudando un segundo, y se acomodó. Desde abajo le veía las tetas balanceándose, los muslos abiertos sobre mí. Empecé a moverle la lengua entre la concha y el culo, alternando, y ella se balanceaba, agarrándome del pelo, montándome la cara como si fuera una silla.

Cuando empezó a temblar, me apreté la boca contra ella para no perder ni una gota. Acabó largo, con un grito sordo que aguantó entre los dientes, y se desplomó a mi lado.

***

Estuvimos así una hora, quizás más, sin hablar. Yo de espaldas, ella acurrucada contra mí, dejándome la mano en una de sus tetas. Después nos levantamos, cada uno se duchó en su baño, nos vestimos sin cruzarnos.

En la cocina, mientras tomábamos un café, Mariana habló por fin.

—Disculpame. No lo planeé. Te juro que entré al cuarto a llevarte la ropa y te vi ahí, dormido, y se me ocurrió. No lo pensé. Ayer también, pasó solo.

—No tenés que disculparte.

—Sí tengo. Y lo disfruté, no te voy a mentir. Pero esto no se puede repetir. Nunca más, ¿entendés? Nunca más.

Asentí. Le dije que sí, que tenía razón, que era mejor olvidarlo. Pero los dos sabíamos que ninguno de los dos iba a olvidar nada.

Salí del edificio cuando el sol ya pegaba fuerte en la avenida. Caminé hasta el coche con las llaves en la mano y, antes de arrancar, me quedé mirando la ventana del piso doce. Ella estaba ahí, asomada, mirándome. Levantó la mano. Yo también. Y cada uno se guardó dentro lo que había pasado, lo que no debería haber pasado y lo que iba a volver a pasar tarde o temprano.

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