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Relatos Ardientes

Lo que nadie sabe de mis veranos en el pueblo

4.6 (50)

En el pueblo siempre hace calor. Incluso en septiembre, cuando el sol ya no castiga tanto, el aire seco lo compensa todo: caminas por las calles polvorientas con la boca reseca y la ropa pegada al cuerpo. No hay nada aquí salvo un bar de tapas que pone flamenco sin que nadie se lo haya pedido, un estanco atendido por un señor que no habla mucho, y una oficina de correos con horario de tres horas que nadie entiende del todo.

Mis amigos no comprenden por qué vuelvo cada año. En los grupos de WhatsApp aparezco con foto desde aquí a finales de julio, y siempre hay alguien que escribe algún comentario sobre ir al fin del mundo. Les digo que es para ver a mi abuelo, que ya tiene una edad, que alguien de la familia tiene que pasarse de vez en cuando.

La mitad es verdad.

La otra mitad es que, cuando regreso a Madrid en agosto, siempre lo hago con el último modelo de teléfono que mi abuelo me ha comprado. Con videojuegos que había estado mirando de lejos por el precio. Con dinero suficiente para no angustiarme los primeros meses. Mis amigos se preguntan cómo puede ser que un jubilado de pueblo me mime tanto. Yo nunca les he dado una respuesta convincente, porque la única respuesta verdadera no se puede contar en voz alta.

Todo empezó hace varios años, cuando yo era todavía un adolescente y pasé aquí todo un verano sin tener nada mejor que hacer. No fue una conversación, ni una propuesta, ni un momento dramático que pueda narrar con precisión. Fue algo que ocurrió despacio y en silencio, sin que ninguno de los dos le pusiera nombre. Cuando llegó el otoño y volví a la ciudad, ya no podía dejar de pensar en ello.

Mi padre dice que el abuelo me tiene demasiado consentido. Lo dijo el año pasado, cuando me vio llegar con la moto nueva, una bastante cara que el viejo todavía sigue pagando.

—Así no va a madurar nunca —le soltó al abuelo delante de toda la familia—. Le das todo lo que pide sin que tenga que mover un dedo.

—Yo no le pido nada —respondí—. Es él quien quiere dármelo.

Mi padre me miró un momento y luego desvió los ojos. A veces me pregunto si sospecha algo. Pero hay cosas que la mente no deja imaginar porque hacerlo sería demasiado, así que probablemente no sospecha nada en absoluto.

***

Ese día había salido temprano. Subí en la moto hasta una zona de pinos que hay a las afueras del pueblo, donde hay vistas al valle y casi nunca aparece nadie. Me tumbé en el suelo seco con los brazos detrás de la cabeza y estuve así un par de horas, fumándome algo que me ayuda a vaciar la cabeza cuando todo se acumula demasiado. En Madrid vivo con la mandíbula apretada sin darme cuenta. Aquí, de algún modo, se afloja sola.

Cuando las tripas empezaron a protestar, encendí el teléfono. Tres llamadas perdidas del abuelo y varios mensajes de chicas de Madrid que de vez en cuando se acuerdan de que existo. Guardé el teléfono, me puse el casco y volví.

Antes de que pudiera meter la llave en la cerradura, la puerta se abrió. El abuelo llevaba encima el olor a cocina y esa expresión que ponía cuando llevaba horas esperando y no sabía cómo decirlo sin parecer que reclamaba.

—¿Dónde has estado? —dijo—. Hice paella, con el socarrat y todo. La tenía lista desde las dos.

Me pasé por su lado sin contestar. Dejé el casco en el sillón de la entrada y entré en el salón.

—Salí a dar una vuelta.

—Ya, pero... podías haber avisado.

—Caliéntamelo.

Hubo una pausa breve. Luego escuché sus pasos hacia la cocina.

Me instalé en el sofá y cogí el tabaco de la mesita. Puse un concurso que estaba dando en la tele y empecé a liarme un cigarrillo con calma, apretando el tabaco con los dedos hasta que quedó uniforme. Humedecí el papel con la lengua, lo cerré de un gesto rápido, lo examiné un segundo y me lo puse detrás de la oreja. Cuando el abuelo volvió con el plato, lo dejó con cuidado sobre el posavasos y se sentó al otro extremo del sofá sin decir nada. Me conocía lo suficiente como para no hablar mientras comía.

Terminé. Cogí el teléfono y estuve un rato viendo vídeos. Al rato, como si hubiera estado esperando ese momento exacto, el abuelo carraspeó.

—Hablé con Fermín. El del bar.

Yo le había pedido que se pasara a hablar con él porque necesitaba ganarme algo de dinero por mi cuenta; no podía depender indefinidamente de lo que el abuelo me iba dando.

—¿Y?

—Dice que en principio no busca a nadie, pero que te pases mañana por la noche, después de cerrar. A eso de las once.

—¿A las once de la noche?

—Es lo que me ha dicho.

Pensé un momento. No era como si yo tuviera horarios normales; me acostaba cuando podía y me levantaba tarde. Las once de la noche me venía bien.

—Bueno. Mañana voy.

Dejé el teléfono boca abajo en el sofá. Fue entonces cuando noté la mano del abuelo apoyarse en mi muslo. Lo hizo despacio, como si no quisiera llamar demasiado la atención, aunque los dos sabíamos que yo lo había notado desde el primer segundo. Sus dedos fueron subiendo poco a poco, rozando la costura del vaquero, tanteando hasta llegar cerca del botón.

Lo miré por primera vez desde que había vuelto a casa.

Tenía esa cara. No era súplica exactamente, ni vergüenza. Era algo más directo, más primario: una mirada que lo decía todo sin necesidad de palabras.

—¿Quién te ha dicho que tengo ganas? —pregunté.

No se echó atrás esta vez.

—Creo que me lo merezco, Marcos.

No respondí. Aparté los ojos y lo dejé hacer. Eso era suficiente para él; siempre lo había sido.

Me bajó la cremallera con manos que no temblaban, que ya habían repetido ese gesto muchas veces. Me quitó los vaqueros y los dejó en el suelo. Yo me saqué la camiseta y la tiré al sillón. Me quedé recostado con los brazos cruzados detrás de la nuca, mirando el techo.

El abuelo se tomó un momento para mirarme, como hacía siempre. Era su manera de tomarse algo que para él valía mucho. Pasó las manos por mis muslos, por el estómago, por el pecho. Me acariciaba con calma, sin prisa, deslizando los dedos por cada centímetro como si quisiera asegurarse de que seguía siendo real. Me besó el vientre. Me recorrió los costados con la boca abierta.

Luego se arrodilló en el frío suelo de mármol.

Me bajó la ropa interior con los dientes, despacio, hasta que quedé completamente desnudo. Me miró desde abajo con una expresión que ya conocía de memoria pero que todavía no dejaba de sorprenderme.

Empezó a hacerme con la boca lo que llevaba años aprendiendo a hacer bien. No era torpe en esto; sabía cuándo apretar más, cuándo detenerse, cuándo bajar hasta los huevos y volver. Me trabajó despacio, con una paciencia que a veces me desesperaba y a veces era exactamente lo que necesitaba. Me pasé la lengua por los labios y me perdí en el techo.

¿Qué coño estoy haciendo?

La pregunta aparecía siempre en el mismo punto. Nunca se iba del todo, pero tampoco era lo suficientemente fuerte como para frenarme. Con el tiempo había llegado a un acuerdo tácito con esa voz interior: existía, la escuchaba, y luego la dejaba pasar.

Cuando empecé a sentir que me acercaba demasiado rápido, lo paré con una mano en el hombro.

—Levántate.

El abuelo obedeció sin preguntar. Se quitó la ropa con una rapidez que me decía claramente que llevaba pensando en esto desde mucho antes que yo. No llevaba ropa interior; eso también era una señal que ya sabía leer. Fue corriendo hacia su habitación y volvió con el lubricante.

Se lo aplicó sin prisa. Luego se colocó de espaldas a mí, con las palmas apoyadas en mis rodillas para sostenerse, y comenzó a bajar poco a poco.

—Despacito —murmuró.

—Relájate —dije—. Así. No te muevas.

Alineé bien y fui entrando con cuidado, centímetro a centímetro, dejando que su cuerpo se adaptara al mío. Lo más difícil siempre era la primera parte; una vez superada, todo cedía. Cuando lo noté asentarse del todo encima de mí, soltó el aire que había estado conteniendo en un largo suspiro.

—Dios —dijo en voz muy baja.

No respondí.

Empezamos a movernos. Él marcaba el ritmo desde arriba; yo lo modulaba desde abajo, acelerando o frenando con las manos en sus caderas. Tenía la espalda ancha y los hombros caídos de los años, y sin embargo en ese momento era completamente dócil, completamente a merced de lo que yo quisiera hacer. Me gustaba ese contraste. Era, probablemente, lo que más me había enganchado al principio, mucho antes de que supiera cómo llamarlo.

—¿Te gusta? —preguntó entre jadeos.

—Cállate y muévete.

Se calló. Se movió. El sonido de su cuerpo contra el mío llenaba el silencio del salón. Metí los brazos alrededor de su torso y lo acerqué más, pegando su espalda a mi pecho, y él echó la cabeza hacia atrás apoyándola en mi hombro con los ojos cerrados. Con una mano agarró su propia polla y empezó a moverse al mismo ritmo que marcábamos los dos.

Se corrió él primero. Lo hizo con un sonido que intentó contener y no pudo del todo, manchando la mesita que tenía delante. Poco después lo hice yo, apretando sus caderas con fuerza mientras vaciaba todo lo que llevaba días acumulando.

Nos quedamos quietos un momento. La tele seguía encendida. Alguien en la pantalla hablaba de algo que no importaba.

Me separé. Cogí el teléfono del sofá. Tenía un mensaje de mi primo Rodrigo al que respondí rápido, y varios de chicas de Madrid que ignoré. El abuelo se levantó, fue al baño, volvió vestido. Se sentó en el sillón frente a mí con esa expresión de después que yo ya reconocía: tranquilo, un poco ausente, como si necesitara un momento para volver a ser él mismo.

—Déjame doscientos —dije, sin apartar los ojos del teléfono.

Hubo un silencio que no esperaba.

—¿Doscientos? Marcos, la semana pasada ya te di más de cien.

Lo miré.

—Los necesito.

—¿Para qué? Si aquí no tienes gastos...

—Tengo gastos en Madrid.

—Con tu edad deberías...

—¿Qué?

Se quedó callado. Luego soltó una carcajada breve y sin gracia que me desconcertó, porque casi nunca me ponía pegas para nada. Me levanté, cogí la ropa y fui al patio sin decir nada más.

Necesitaba el aire fresco de la noche, el silencio absoluto que solo existe en los pueblos pequeños, el olor a tierra seca que no encuentro en ningún otro sitio. Estuve allí hasta que el nudo que tenía en el pecho se fue aflojando solo, fumándome el cigarrillo que había liado antes y mirando el cielo sin nubes.

Cuando volví al salón, había un sobre encima de la mesita. Lo abrí: trescientos euros y una nota escrita con la letra grande y temblorosa del abuelo.

«Perdona. Ya sabes que el abuelo te quiere.»

Dudé un momento. Luego guardé el dinero en la cartera y doblé el papel. Al darle la vuelta, vi que había algo escrito al dorso.

«¡No te olvides de ir mañana por la noche a ver a Fermín!»

Sonreí solo, sin querer. Guardé la nota en el bolsillo, apagué la luz del salón y me fui a la cama.

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4.6 (50)

Comentarios (8)

MartinBaires

excelente!!! quede con ganas de saber mas de ese pueblo y sus misterios

VictorK19

Por favor una segunda parte, esto se hizo cortisimo para lo bueno que esta

lektor22

El primer parrafo me atrapo de una. Ese tipo de comienzo te obliga a seguir leyendo sin parar.

Rusito_87

Me hizo acordar a mis veranos de adolescente jajaja, capaz no tan interesantes pero algo habia... muy buen relato!

PatricioR7

Sencillo pero muy efectivo. A veces los relatos sin tanto adorno son los que mas impactan

Jordi

cuantos años lleva volviendo el protagonista? me deja con una curiosidad tremenda

NicoFromBsAs

Hay algo en los pueblos chicos que guarda secretos que la ciudad no entiende. Me gusto mucho como lo planteaste, sigue escribiendo asi!

Andres66

buenisimo, lo lei de corrido :)

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