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Relatos Ardientes

Lo que sentí con mi madrastra en esa moto

4.1 (21)

Llevaba casi una hora en el salón cuando la escuché bajar las escaleras. No el primer ruido —antes habían llegado el secador, los pasos sobre el parqué, algún cajón que se abría y cerraba— sino ese sonido definitivo, el del tacón contra el primer escalón. Me puse recto en el sofá.

Valeria apareció en el umbral.

Llevaba unos pantalones de cuero que le moldeaban las caderas con una exactitud casi indecente y una chaqueta a juego que no alcanzaba a disimular lo que tenía debajo. La camisa blanca entreabierta hasta donde la discreción lo permitía. Un pañuelo rojo al cuello. Y ese cabello castaño y largo, ondulado en las puntas, que explicaba con creces la hora que había tardado en bajar.

Era la mujer de mi padre. Tenía que recordarlo.

—¿Nos vamos? —dijo, como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—Llevas el look clásico de motera —respondí, porque era lo más neutro que encontré.

—Es que sabía que no ibas a renunciar a la moto —dijo, cruzando el salón hacia donde yo estaba—. Así que busqué algo... apropiado.

Hubo algo en la pausa antes de esa última palabra que me costó ignorar.

Le quité la cubierta a la Kawasaki y la moto emergió bajo la luz del garaje: negra con detalles en verde oscuro, con ese aspecto casi amenazador que siempre me había gustado. Oí a Valeria aspirar levemente al verla.

—¿Es tan peligrosa como parece? —preguntó.

—Más —admití.

Me subí primero, introduje la llave y la arranqué. El motor rugió con esa voz grave que vibra en el suelo y en el pecho al mismo tiempo, y vi cómo a Valeria se le erizaba la piel en los antebrazos. Le tendí un casco. Ella lo cogió despacio, como si pudiera explotar.

—Tranquila. Iré despacio.

—Eso espero —dijo, aunque ya no parecía del todo convencida de querer que así fuera.

Tardó más de lo necesario en subir. No sé si fue torpeza o algo diferente, pero cuando quedó detrás de mí y sus brazos rodearon mi cintura, la firmeza con que lo hizo no tenía nada de tímida. Noté la presión de sus manos a través de la chaqueta, sus muslos cerrándose contra los míos, todo su cuerpo pegado a mi espalda como si llevara tiempo encajando en ese hueco.

Esto era un error muy específico.

Salimos despacio del garaje. La cuesta bajaba entre pinos y casas con jardín y la noche olía a resina y asfalto caliente. En la primera recta, abrí el acelerador con suavidad y el motor respondió con un rugido que lo llenó todo. Ella apretó más los brazos.

—¡Dijiste que irías despacio! —gritó al salir de la primera curva.

—¡Estoy yendo despacio! —respondí.

No era del todo mentira. Para lo que podía dar esa moto, íbamos paseando. Pero las curvas de la colina tenían su ángulo, y cada vez que nos inclinábamos en una de ellas, su cuerpo se adaptaba al mío con una fluidez que no podía ser del todo involuntaria. Para cuando llegamos a la parte baja, había dejado de protestar. Sentí que su cabeza descansaba contra mi nuca, apenas un roce, probablemente sin que ella se diera cuenta.

Probablemente.

En los semáforos del centro daba acelerones suaves y sentía cómo cada vibración del motor recorría su cuerpo y llegaba hasta el mío. El ruido, las luces, la gente que nos miraba al pasar. Ella con el casco puesto y yo sin poder verle la cara. Solo notarla.

Llegamos al puerto y aparqué. Me bajé primero y esperé. Al desmontar, Valeria tuvo que agarrarse a mi brazo para no tambalearse.

—¿Mareada?

—Un poco —admitió, sin soltarme todavía—. Pero no de una forma desagradable.

Tampoco yo me sentía del todo estable. Pero no era por la moto.

***

Comenzamos a caminar bordeando los amarres. El olor a salitre, el agua oscura moviéndose contra los cascos de las embarcaciones, el murmullo de la gente en las terrazas del paseo. Valeria caminaba a mi lado con esa soltura que tienen las personas que saben que se les mira. En un momento levantó la mano hacia mi brazo, la contuvo medio segundo, y la dejó caer sobre mi codo.

No dije nada. Seguimos andando.

—¿Cuánto tiempo llevas con esa moto? —preguntó.

—Seis años. Fue lo primero que me compré cuando empecé a ganar dinero en serio.

—Se nota que la quieres.

—Es la relación menos complicada que tengo —dije.

Ella se rio. Una risa breve, casi privada, como si la hubiera pillado por sorpresa.

Fue entonces cuando vi a Diego avanzar hacia nosotros entre la gente: dos metros de corpulencia y cráneo afeitado, con esa forma de ocupar el espacio que tenía. Detrás de él, Yuki, su novia japonesa, pequeña y luminosa, que sonreía antes de que nadie dijera nada.

—¡Tío! ¡Llegas ayer y ya vas del brazo con semejante preciosidad! —soltó nada más vernos.

Valeria se detuvo. La noté tensarse.

—Oye, yo no soy su novia —dijo—. Soy su... —se paró a la mitad de la frase.

¿Su madrastra? ¿La segunda esposa de su padre, que además tenía menos años que el propio hijastro? Había varias formas de terminar esa oración y todas sonaban igual de escandalosas.

—Es mi amiga —intervine—. Valeria, te presento a Diego.

—¡Sí, claro, «amigos»! —soltó Diego con ese guiño exagerado que le caracterizaba.

—Diego —dijo Yuki con serenidad—, ya está bien.

—Perdona, Valeria —dijo él, rodeándola con un brazo enorme antes de que nadie pudiera evitarlo.

Ella respondió con educación, se soltó con discreción y me lanzó una mirada que mezclaba irritación con algo más difícil de nombrar.

Rechazamos cenar con ellos pero quedamos en tomar algo más tarde. Cuando se alejaron, Valeria esperó exactamente cuatro pasos.

—Con que «amiga», ¿eh? —dijo.

—¿Hubieras preferido la versión completa? —respondí—. «No, Diego, es mi guapa madrastra. Llegó ayer a casa de mi padre. Tiene veintinueve años.»

Ella se mordió el labio para no reírse. No lo consiguió del todo.

—Supongo que «amigos» es una descripción razonable —dijo.

—La más razonable que se me ocurre esta noche —respondí.

***

Le conté la historia de Diego mientras seguíamos caminando. La madre en silla de ruedas tras un accidente, el padre que se marchó, las mujeres que se alejaban en cuanto conocían la situación. Hasta que Diego conoció a Yuki en el hospital donde internaron a su madre. El padre de Yuki vivía en la misma circunstancia desde hacía años. A veces la vida conecta a las personas por los lugares más inesperados.

Valeria escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, apretó levemente mi brazo.

—No pareces el tipo de persona que presta atención a esas cosas —dijo.

—¿Qué tipo de persona parezco?

Me miró un momento antes de responder.

—Alguien que va demasiado rápido para fijarse en los demás.

Era un golpe certero. No me lo tomé mal.

—Y tú pareces alguien que cuida demasiado las apariencias —respondí.

—¿Por las redes sociales?

—Por cómo dudaste antes de agarrarte de mi brazo.

Aflojó los dedos, pero no los soltó.

Fue entonces cuando la vi. Alta, rubia, con esa clase de belleza que no pasa desapercibida en ningún sitio. Cruzó la calle hacia nosotros antes de que yo pudiera decidir nada.

—¡Marcos! —gritó desde el otro lado.

—Lucía —respondí, con bastante menos entusiasmo.

Me abrazó sin mirar a Valeria. Fue de esos abrazos largos que dicen demasiado sobre cosas que ya deberían estar cerradas.

—¡Cuánto tiempo! —dijo al separarse—. ¿Y quién es tu amiga?

—Valeria —dije—. Ella es Lucía.

—Qué suerte tienes —le dijo Lucía a Valeria con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien—. Este merece la pena, en serio.

Me deshice de la situación en menos de dos minutos. Cogí a Valeria de la mano para alejarnos y la mantuve más tiempo del necesario antes de soltarla.

—¿Otra amiga? —dijo cuando Lucía quedó suficientemente atrás.

—Algo así. Hubo un tiempo en que me gustaba mucho alguien que no me convenía. Cuando lo entendí, me aparté.

—¿Cómo sabías que no te convenía?

—Porque me hacía sentir bien de las formas equivocadas.

Caminamos media manzana en silencio.

—¿Qué formas son las equivocadas? —preguntó al final, mirando al frente.

—Las que solo funcionan mientras no piensas —dije.

Otro silencio. Esta vez más largo.

—Llevas muchas horas sorprendiéndome —dijo.

—¿Mal?

—No —respondió—. Para nada.

***

Nos sentamos en una terraza frente al agua. El camarero trajo vino sin que pidiéramos demasiado. El ruido del puerto seguía a nuestro alrededor pero la mesa tenía esa sensación de paréntesis que crean algunos lugares cuando la noche está bien y uno prefiere no moverse.

—¿De verdad tienes más de cien mil seguidores? —pregunté.

—Ciento cuarenta y dos mil, si vamos a ser precisos —dijo.

—¿Y todos saben quién eres?

—Saben quién les muestro que soy —respondió. Y lo dijo sin pensarlo, lo que significaba que lo llevaba tiempo pensando.

—¿Qué diferencia hay?

Valeria giró la copa entre los dedos.

—Esta mañana llamé a mi madre por teléfono. No le conté que estoy en un fin de semana complicado. Le dije que todo iba bien.

—Te escuché —admití—. Estaba al otro lado de la puerta sin querer.

Esperé que se molestara. En cambio dijo:

—Ya lo sé.

—¿Y no te importa?

Me miró directamente, sin la distancia calculada de antes.

—Me importa menos de lo que debería.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que los dos sienten al mismo tiempo y ninguno sabe bien cómo romper. El ruido del puerto, las conversaciones de las mesas de alrededor, el agua chapoteando contra los barcos. Todo eso existía en un plano diferente al metro que nos separaba.

Valeria bajó la mirada primero.

—Esto es una mala idea —dijo en voz baja.

—Lo sé —respondí.

—¿Y?

Levanté mi copa.

—Y el vino está bueno.

Ella también levantó la suya. Chocaron con suavidad.

—A los fines de semana complicados —dijo.

—A los fines de semana complicados.

Diego y Yuki aparecieron media hora después, como habíamos quedado. Pedimos otra ronda. La noche se volvió fácil y abierta, de esa manera que tienen las noches de verano junto al mar cuando uno decide dejar de pensar demasiado. Diego hablaba sin parar y Yuki lo miraba con esa paciencia que debía de costarle lo suyo. Nos reímos. Pedimos otra ronda más.

Pero por debajo de las conversaciones y las carcajadas, nuestros codos se rozaban en la mesa y ninguno de los dos hacía nada al respecto.

Fue una noche larga. Cuando por fin nos levantamos para volver, la ciudad había bajado varios decibelios y el puerto reflejaba solo las últimas luces de las terrazas cerradas.

Subimos a la moto.

Y cuando Valeria rodeó mi cintura con los brazos esta vez, lo hizo completamente diferente a como lo había hecho a la ida. Sin el miedo de la primera vez. Sin la rigidez de quien se contiene porque sabe que debería.

Lo hizo como alguien que ha decidido algo y todavía no sabe si va a arrepentirse.

Sus manos se apoyaron planas sobre mi vientre. Su pecho contra mi espalda. Su mejilla que encontró mi nuca casi antes de que arrancara el motor, y esta vez no fue involuntario ni fue una fracción de segundo.

Arranqué despacio. La noche era caliente y olía a mar y a algo que no tenía nombre decente.

Iba a ser un fin de semana muy, muy largo.

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4.1 (21)

Comentarios (8)

CarlosMdp78

Buenisimo!! me atrapo desde la primera linea. Uno de los mejores que lei por aca

Tomás_BA

El arranque con los pantalones de cuero... tremendo. Esperando la segunda parte!

RuedaLibre

Me recordo a un viaje que hize con una amiga hace años, esa sensacion de cercanía en moto lo cambia todo. Muy bien escrito

Valeria_88

Se hizo cortísimo, quería seguir leyendo :( Mas por favor!!

SolanoK

Que tension tan bien lograda, casi se siente el calor del relato. Felicitaciones

Pablox99

jajaja muy visual, me rei un poco al principio pero despues me atrapo. muy bueno

ForoLector

me dejo pensando en el final... muy bien construido todo

viajero73

Bueno! aunque me quede con ganas de saber como termino la noche jaja. Saludos desde cordoba

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