Lo que sentí con mi madrastra en esa moto
Llevaba casi una hora en el salón cuando la escuché bajar las escaleras. No el primer ruido —antes habían llegado el secador, los pasos sobre el parqué, algún cajón que se abría y cerraba— sino ese sonido definitivo, el del tacón contra el primer escalón. Me puse recto en el sofá.
Valeria apareció en el umbral.
Llevaba unos pantalones de cuero que le moldeaban las caderas con una exactitud casi indecente y una chaqueta a juego que no alcanzaba a disimular lo que tenía debajo. La camisa blanca entreabierta hasta donde la discreción lo permitía. Un pañuelo rojo al cuello. Y ese cabello castaño y largo, ondulado en las puntas, que explicaba con creces la hora que había tardado en bajar.
Era la mujer de mi padre. Tenía que recordarlo.
—¿Nos vamos? —dijo, como si no supiera exactamente lo que estaba haciendo.
—Llevas el look clásico de motera —respondí, porque era lo más neutro que encontré.
—Es que sabía que no ibas a renunciar a la moto —dijo, cruzando el salón hacia donde yo estaba—. Así que busqué algo... apropiado.
Hubo algo en la pausa antes de esa última palabra que me costó ignorar.
Le quité la cubierta a la Kawasaki y la moto emergió bajo la luz del garaje: negra con detalles en verde oscuro, con ese aspecto casi amenazador que siempre me había gustado. Oí a Valeria aspirar levemente al verla.
—¿Es tan peligrosa como parece? —preguntó.
—Más —admití.
Me subí primero, introduje la llave y la arranqué. El motor rugió con esa voz grave que vibra en el suelo y en el pecho al mismo tiempo, y vi cómo a Valeria se le erizaba la piel en los antebrazos. Le tendí un casco. Ella lo cogió despacio, como si pudiera explotar.
—Tranquila. Iré despacio.
—Eso espero —dijo, aunque ya no parecía del todo convencida de querer que así fuera.
Tardó más de lo necesario en subir. No sé si fue torpeza o algo diferente, pero cuando quedó detrás de mí y sus brazos rodearon mi cintura, la firmeza con que lo hizo no tenía nada de tímida. Noté la presión de sus manos a través de la chaqueta, sus muslos cerrándose contra los míos, todo su cuerpo pegado a mi espalda como si llevara tiempo encajando en ese hueco.
Esto era un error muy específico.
Salimos despacio del garaje. La cuesta bajaba entre pinos y casas con jardín y la noche olía a resina y asfalto caliente. En la primera recta, abrí el acelerador con suavidad y el motor respondió con un rugido que lo llenó todo. Ella apretó más los brazos.
—¡Dijiste que irías despacio! —gritó al salir de la primera curva.
—¡Estoy yendo despacio! —respondí.
No era del todo mentira. Para lo que podía dar esa moto, íbamos paseando. Pero las curvas de la colina tenían su ángulo, y cada vez que nos inclinábamos en una de ellas, su cuerpo se adaptaba al mío con una fluidez que no podía ser del todo involuntaria. Para cuando llegamos a la parte baja, había dejado de protestar. Sentí que su cabeza descansaba contra mi nuca, apenas un roce, probablemente sin que ella se diera cuenta.
Probablemente.
En los semáforos del centro daba acelerones suaves y sentía cómo cada vibración del motor recorría su cuerpo y llegaba hasta el mío. El ruido, las luces, la gente que nos miraba al pasar. Ella con el casco puesto y yo sin poder verle la cara. Solo notarla.
Llegamos al puerto y aparqué. Me bajé primero y esperé. Al desmontar, Valeria tuvo que agarrarse a mi brazo para no tambalearse.
—¿Mareada?
—Un poco —admitió, sin soltarme todavía—. Pero no de una forma desagradable.
Tampoco yo me sentía del todo estable. Pero no era por la moto.
***
Comenzamos a caminar bordeando los amarres. El olor a salitre, el agua oscura moviéndose contra los cascos de las embarcaciones, el murmullo de la gente en las terrazas del paseo. Valeria caminaba a mi lado con esa soltura que tienen las personas que saben que se les mira. En un momento levantó la mano hacia mi brazo, la contuvo medio segundo, y la dejó caer sobre mi codo.
No dije nada. Seguimos andando.
—¿Cuánto tiempo llevas con esa moto? —preguntó.
—Seis años. Fue lo primero que me compré cuando empecé a ganar dinero en serio.
—Se nota que la quieres.
—Es la relación menos complicada que tengo —dije.
Ella se rio. Una risa breve, casi privada, como si la hubiera pillado por sorpresa.
Fue entonces cuando vi a Diego avanzar hacia nosotros entre la gente: dos metros de corpulencia y cráneo afeitado, con esa forma de ocupar el espacio que tenía. Detrás de él, Yuki, su novia japonesa, pequeña y luminosa, que sonreía antes de que nadie dijera nada.
—¡Tío! ¡Llegas ayer y ya vas del brazo con semejante preciosidad! —soltó nada más vernos.
Valeria se detuvo. La noté tensarse.
—Oye, yo no soy su novia —dijo—. Soy su... —se paró a la mitad de la frase.
¿Su madrastra? ¿La segunda esposa de su padre, que además tenía menos años que el propio hijastro? Había varias formas de terminar esa oración y todas sonaban igual de escandalosas.
—Es mi amiga —intervine—. Valeria, te presento a Diego.
—¡Sí, claro, «amigos»! —soltó Diego con ese guiño exagerado que le caracterizaba.
—Diego —dijo Yuki con serenidad—, ya está bien.
—Perdona, Valeria —dijo él, rodeándola con un brazo enorme antes de que nadie pudiera evitarlo.
Ella respondió con educación, se soltó con discreción y me lanzó una mirada que mezclaba irritación con algo más difícil de nombrar.
Rechazamos cenar con ellos pero quedamos en tomar algo más tarde. Cuando se alejaron, Valeria esperó exactamente cuatro pasos.
—Con que «amiga», ¿eh? —dijo.
—¿Hubieras preferido la versión completa? —respondí—. «No, Diego, es mi guapa madrastra. Llegó ayer a casa de mi padre. Tiene veintinueve años.»
Ella se mordió el labio para no reírse. No lo consiguió del todo.
—Supongo que «amigos» es una descripción razonable —dijo.
—La más razonable que se me ocurre esta noche —respondí.
***
Le conté la historia de Diego mientras seguíamos caminando. La madre en silla de ruedas tras un accidente, el padre que se marchó, las mujeres que se alejaban en cuanto conocían la situación. Hasta que Diego conoció a Yuki en el hospital donde internaron a su madre. El padre de Yuki vivía en la misma circunstancia desde hacía años. A veces la vida conecta a las personas por los lugares más inesperados.
Valeria escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, apretó levemente mi brazo.
—No pareces el tipo de persona que presta atención a esas cosas —dijo.
—¿Qué tipo de persona parezco?
Me miró un momento antes de responder.
—Alguien que va demasiado rápido para fijarse en los demás.
Era un golpe certero. No me lo tomé mal.
—Y tú pareces alguien que cuida demasiado las apariencias —respondí.
—¿Por las redes sociales?
—Por cómo dudaste antes de agarrarte de mi brazo.
Aflojó los dedos, pero no los soltó.
Fue entonces cuando la vi. Alta, rubia, con esa clase de belleza que no pasa desapercibida en ningún sitio. Cruzó la calle hacia nosotros antes de que yo pudiera decidir nada.
—¡Marcos! —gritó desde el otro lado.
—Lucía —respondí, con bastante menos entusiasmo.
Me abrazó sin mirar a Valeria. Fue de esos abrazos largos que dicen demasiado sobre cosas que ya deberían estar cerradas.
—¡Cuánto tiempo! —dijo al separarse—. ¿Y quién es tu amiga?
—Valeria —dije—. Ella es Lucía.
—Qué suerte tienes —le dijo Lucía a Valeria con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien—. Este merece la pena, en serio.
Me deshice de la situación en menos de dos minutos. Cogí a Valeria de la mano para alejarnos y la mantuve más tiempo del necesario antes de soltarla.
—¿Otra amiga? —dijo cuando Lucía quedó suficientemente atrás.
—Algo así. Hubo un tiempo en que me gustaba mucho alguien que no me convenía. Cuando lo entendí, me aparté.
—¿Cómo sabías que no te convenía?
—Porque me hacía sentir bien de las formas equivocadas.
Caminamos media manzana en silencio.
—¿Qué formas son las equivocadas? —preguntó al final, mirando al frente.
—Las que solo funcionan mientras no piensas —dije.
Otro silencio. Esta vez más largo.
—Llevas muchas horas sorprendiéndome —dijo.
—¿Mal?
—No —respondió—. Para nada.
***
Nos sentamos en una terraza frente al agua. El camarero trajo vino sin que pidiéramos demasiado. El ruido del puerto seguía a nuestro alrededor pero la mesa tenía esa sensación de paréntesis que crean algunos lugares cuando la noche está bien y uno prefiere no moverse.
—¿De verdad tienes más de cien mil seguidores? —pregunté.
—Ciento cuarenta y dos mil, si vamos a ser precisos —dijo.
—¿Y todos saben quién eres?
—Saben quién les muestro que soy —respondió. Y lo dijo sin pensarlo, lo que significaba que lo llevaba tiempo pensando.
—¿Qué diferencia hay?
Valeria giró la copa entre los dedos.
—Esta mañana llamé a mi madre por teléfono. No le conté que estoy en un fin de semana complicado. Le dije que todo iba bien.
—Te escuché —admití—. Estaba al otro lado de la puerta sin querer.
Esperé que se molestara. En cambio dijo:
—Ya lo sé.
—¿Y no te importa?
Me miró directamente, sin la distancia calculada de antes.
—Me importa menos de lo que debería.
Hubo un silencio. El tipo de silencio que los dos sienten al mismo tiempo y ninguno sabe bien cómo romper. El ruido del puerto, las conversaciones de las mesas de alrededor, el agua chapoteando contra los barcos. Todo eso existía en un plano diferente al metro que nos separaba.
Valeria bajó la mirada primero.
—Esto es una mala idea —dijo en voz baja.
—Lo sé —respondí.
—¿Y?
Levanté mi copa.
—Y el vino está bueno.
Ella también levantó la suya. Chocaron con suavidad.
—A los fines de semana complicados —dijo.
—A los fines de semana complicados.
Diego y Yuki aparecieron media hora después, como habíamos quedado. Pedimos otra ronda. La noche se volvió fácil y abierta, de esa manera que tienen las noches de verano junto al mar cuando uno decide dejar de pensar demasiado. Diego hablaba sin parar y Yuki lo miraba con esa paciencia que debía de costarle lo suyo. Nos reímos. Pedimos otra ronda más.
Pero por debajo de las conversaciones y las carcajadas, nuestros codos se rozaban en la mesa y ninguno de los dos hacía nada al respecto.
Fue una noche larga. Cuando por fin nos levantamos para volver, la ciudad había bajado varios decibelios y el puerto reflejaba solo las últimas luces de las terrazas cerradas.
Subimos a la moto.
Y cuando Valeria rodeó mi cintura con los brazos esta vez, lo hizo completamente diferente a como lo había hecho a la ida. Sin el miedo de la primera vez. Sin la rigidez de quien se contiene porque sabe que debería.
Lo hizo como alguien que ha decidido algo y todavía no sabe si va a arrepentirse.
Sus manos se apoyaron planas sobre mi vientre. Su pecho contra mi espalda. Su mejilla que encontró mi nuca casi antes de que arrancara el motor, y esta vez no fue involuntario ni fue una fracción de segundo.
Arranqué despacio. La noche era caliente y olía a mar y a algo que no tenía nombre decente.
A mitad de la subida, sus manos empezaron a moverse. Primero un desliz apenas, de mi vientre hacia abajo, como si la vibración del motor las guiara sin que ella tuviera que decidirlo. Después con más intención. Los dedos abiertos, planos contra la tela del pantalón, bajando hasta encontrar el bulto que ya tenía a medio despertar desde que se había pegado a mi espalda. Cuando lo notó, no apartó la mano. La cerró encima, apretó una vez, y volvió a subir despacio, como quien acaba de comprobar algo que necesitaba comprobar.
Sentí su risa contra la nuca. Baja, ronca, apenas audible por encima del motor.
No dije nada. Aceleré un poco más y las curvas volvieron a empujarnos el uno contra el otro con esa insistencia que tienen las cosas inevitables.
Entramos en el garaje casi en silencio. Apagué el motor. El eco del rugido se quedó vibrando en las paredes unos segundos y después solo se oyó el clic del casco de Valeria al desabrocharlo. Bajó primero. Yo la seguí. Cuando me giré ella ya estaba ahí, a un palmo, con el pelo revuelto por el casco y los ojos mucho más oscuros de lo que la luz del garaje justificaba.
—Marcos —dijo.
—Valeria.
—Si subimos a la casa, esto se va a poder deshacer —dijo, muy despacio—. Si nos quedamos aquí, no.
—Ya no se puede deshacer —respondí.
Me agarró de la chaqueta con las dos manos y me atrajo. La besé antes de que terminara de tirar. Fue un beso que se saltó todos los pasos intermedios: boca abierta, lengua directa, el sabor del vino todavía en su paladar y su respiración entrando por la mía. Me clavó los dedos en la nuca, se puso de puntillas, se pegó entera contra mí. Sentí el cuero del pantalón contra mi muslo, la firmeza de su pecho aplastarse contra el mío, todo su cuerpo diciendo que ya lo había decidido hacía horas y solo estaba esperando el momento.
La empujé de espaldas contra la moto. La Kawasaki todavía irradiaba el calor del motor y ella soltó un gemido corto al notar el metal caliente contra el culo. Le abrí la chaqueta de un tirón y las manos se me fueron directas a la camisa. Los botones aguantaron dos y saltaron los otros. Debajo llevaba un sujetador negro muy fino, tanto que se transparentaban los pezones ya duros, apuntando contra la tela.
—Joder —murmuré.
—Cállate y sigue —dijo ella, con los dientes.
Bajé la boca al cuello, después a la clavícula, después al pecho. Le tiré del sujetador hacia arriba sin desabrocharlo y le quedaron las tetas al aire, apretadas contra la banda subida, más ofrecidas por la posición de lo que ella misma habría elegido. Le chupé un pezón entero, con la lengua plana primero y con los dientes después, y noté cómo la mano izquierda se le agarraba a mi pelo mientras la derecha buscaba mi pantalón.
Me abrió la bragueta a tirones. Metió la mano, encontró la polla ya dura, la sacó del calzoncillo, y cuando cerró los dedos alrededor casi me clavo las uñas de la otra mano en el hombro.
—Estás empapado —dijo, con la voz enronquecida, deslizando el pulgar por la punta.
—Y tú también —respondí.
Le abrí el pantalón de cuero. Costaba. La cremallera se atascó y ella se rio con los dientes apretados y me apartó las manos para hacerlo ella misma. Se bajó los pantalones hasta la mitad del muslo, torpe, apurada, y debajo llevaba unas bragas rojas mínimas que ya tenían la entrepierna oscurecida.
Metí la mano por encima de la tela. La sentí caliente, hinchada, la costura del algodón resbaladiza. Aparté la braga a un lado con dos dedos y la toqué directa. El coño le chorreaba. Los dedos se me deslizaron sin resistencia y ella dio un respingo hacia adelante, buscando más, con una obviedad que me la puso todavía más dura.
—Así —jadeó contra mi oído—. Métemelos.
Le metí dos. Hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo que rebotó en las paredes de cemento del garaje.
—Shhh —susurré—. Mi padre.
—Me da igual —dijo—. Me da absolutamente igual.
Le tapé la boca con la otra mano mientras la seguía follando con los dedos. Curvé las yemas hacia arriba y le busqué el punto por dentro, ese que se hincha antes que nada, y cuando lo encontré ella se mordió la palma para no gritar. La sentí apretar alrededor de los dedos, empezar a temblar en los muslos, todo el cuerpo tensándose como una cuerda a punto de romperse.
La aparté de la moto antes de que se corriera. La giré contra el capó del coche de mi padre, aparcado al lado. La empujé por la nuca hasta que se dobló hacia delante, con las tetas aplastadas contra el metal frío y el culo levantado hacia mí. Le bajé los pantalones de cuero un poco más, hasta las rodillas, y le arranqué las bragas rojas de un tirón que rasgó la costura del lateral.
—Marcos —jadeó—. Marcos, fóllame ya.
Me alineé. La polla se me deslizó por la raja mojada de arriba abajo, buscando el sitio, y cuando encontré la entrada la empujé entera de una sola embestida. Ella soltó un gemido gutural, roto, con la mejilla apretada contra el capó, y yo tuve que apretar los dientes para no correrme en el primer envión de lo caliente y apretada que estaba por dentro.
—Joder, qué coño tienes —gruñí—. Joder, joder.
Empecé a moverme. Despacio primero, todo el largo de la polla saliendo y entrando, para que se acostumbrara. Ella empujaba el culo hacia atrás en cada embestida, buscando más, con la espalda arqueada y las manos abiertas sobre el capó. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a follarla en serio: envestidas duras, secas, que la hacían resbalar unos centímetros sobre el metal cada vez y volver a chocar cuando yo tiraba de ella hacia atrás.
El sonido llenaba el garaje. La carne golpeando la carne, sus gemidos ahogados contra el capó, mi respiración ronca, algún jadeo que se le escapaba cuando yo cambiaba el ángulo. Le eché una mano al pelo y tiré. Ella levantó la cabeza y arqueó todavía más la espalda, y yo pude ver por encima de su hombro cómo las tetas le rebotaban contra el capó al ritmo de mis embestidas.
—Dime que eres una guarra —le solté al oído, sin dejar de follarla.
—Soy una guarra —jadeó ella, sin dudarlo.
—Dilo entero.
—Soy la guarra de mi hijastro —dijo, y se le quebró la voz a mitad—. Y le estoy dejando que me folle contra el coche de su padre.
La sentí apretar durísimo alrededor de la polla al decirlo. Aquello la ponía. La ponía tanto como me ponía a mí oírselo.
—Otra vez —gruñí, bajando la mano a su clítoris mientras seguía envestiéndola—. Dilo otra vez.
—Soy suya —jadeó—. Soy suya toda la puta noche, Marcos, no pares, no pares no pares no pares...
Le froté el clítoris con dos dedos, en círculos rápidos, sin dejar de follarla. La sentí romperse contra mi mano en tres segundos. Se corrió con un grito largo que amortiguó contra el capó, con todo el cuerpo temblándole, con el coño apretándose alrededor de la polla en oleadas que casi me arrastran a mí.
Salí antes de correrme. No sé por qué. Instinto o cobardía o las dos cosas.
La giré. La levanté por las caderas y la senté encima del capó, con las piernas todavía atadas por los pantalones de cuero. Le empujé las rodillas hacia arriba, contra su propio pecho, y me metí otra vez, mirándola a la cara. Estaba destrozada. El pelo pegado a la frente por el sudor, la boca abierta, el rímel corrido de alguna lágrima que se le había escapado en el primer orgasmo.
—Otra vez —le dije, empezando a moverme lento y profundo.
—No puedo —jadeó ella, y ya estaba temblando de nuevo—. No puedo, Marcos, es demasiado...
—Sí puedes.
La besé mientras la follaba. Beso sucio, con la lengua, mientras iba metiéndomela hasta el fondo en embestidas largas y ella me clavaba los talones en la espalda por encima del cuero enrollado. Le mordí el labio inferior. Ella me chupó los dedos cuando se los pasé por la boca. Le agarré las tetas con las dos manos y le apreté los pezones entre pulgar e índice hasta que gimió más fuerte.
—Marcos —jadeó ella—. Córrete dentro. Quiero que te corras dentro.
—¿Segura?
—Sí. Ya. Ahora. Ahora ahora ahora.
Aceleré. Duro. La polla entrando y saliendo de ese coño destrozado que ya no ofrecía ninguna resistencia, todo resbaladizo, todo caliente, todo mío durante los pocos segundos que faltaban. Ella se corrió otra vez debajo de mí, más callada esta vez, casi hacia adentro, con la boca abierta sin sonido y todo el cuerpo tensado como un cable. El coño se le contrajo en espasmos alrededor de la polla y ya no aguanté.
Me corrí dentro. Chorros largos, densos, que la llenaron enteros mientras yo gruñía contra su cuello y ella me arañaba la espalda por encima de la chaqueta que ninguno de los dos se había quitado. Seguí empujando hasta la última gota, con las caderas moviéndose por instinto, con la frente pegada a la suya.
Nos quedamos así unos segundos. Ella con las piernas todavía dobladas contra mí, yo con la polla todavía dentro, los dos respirando como si acabáramos de subir una cuesta corriendo.
Cuando por fin salí, notamos los dos el reguero caliente que le corrió por el interior del muslo hasta el capó del coche de mi padre.
Valeria se rio bajito. Una risa cansada, rota, sin ninguna culpa dentro.
—Vamos a arder —murmuró.
—Los dos —dije yo.
La bajé del capó. Le subí los pantalones lo justo para que pudiera caminar. Ella se cerró la chaqueta encima de la camisa rota, con los botones desparramados por el suelo del garaje, y me miró desde abajo con esos ojos oscurísimos.
Iba a ser un fin de semana muy, muy largo.


