La madre de mi novia me esperaba en la cocina
Hay cosas de las que no se habla en voz alta, y precisamente por eso terminan ocurriendo. Mi historia es una de esas. La cuento porque me parece deshonesto guardarla, y porque sospecho que en cada familia, debajo de la alfombra, duerme algún episodio parecido al que viví yo.
Me llamo Hernán y tengo cuarenta años. Desde hace casi tres convivo con Camila, que tiene veintiuno. La diferencia de edad solo asusta a quien nos ve por primera vez. En la cama nos entendemos sin necesidad de explicar nada y, fuera de ella, hablamos de todo, lo cual es bastante más difícil. Por una cuestión económica, y para que su madre no se quedara sola tras enviudar, decidimos mudarnos a la casa familiar. Es grande, vieja, con paredes que respiran y un patio interno donde el sol entra de costado por la mañana.
La madre de Camila se llama Norma. Tiene cincuenta y dos años llevados con una vanidad que admiro. Camila heredó la cara, pero el cuerpo fue de la madre: caderas anchas, pecho generoso y una espalda recta que ningún hombre ignora cuando ella cruza una calle. Por edad, yo quedé en el medio exacto entre las dos mujeres de la casa, y eso, con el tiempo, se volvió un dato que ninguno supo cómo tratar.
Le digo «doña» para fastidiarla. Es un código entre nosotros desde el principio. Cada vez que se lo digo me responde con un gesto teatral, levantando la barbilla.
—¿Doña, las pelotas? Doña es una mujer que ya pasó a retiro, y yo todavía estoy en actividad —dijo una tarde, palmeándose la cadera para subrayar la firmeza—. No tengo marido porque se le ocurrió morirse, no porque yo haya dejado de ser hembra.
—Perdón, señora —contesté con falsa solemnidad.
—Tampoco así. Llamame por mi nombre, que para eso me lo pusieron.
Era un juego. Un juego viejo y largo, de esos que se sostienen porque a los dos les conviene no dejarlos terminar. Norma tenía la lengua afilada y los ojos muy claros. Cada vez que me cruzaba en el pasillo, encontraba la manera de rozarme con el hombro y disculparse después como si no hubiera sido a propósito.
Una noche, a sobremesa, Camila había subido a darse una ducha y nosotros dos quedamos en la mesa con media botella de vino. Tiré una frase al voleo, una de esas tonterías que sirven de prueba.
—Dicen que el matrimonio dura lo que dure dura.
—Entonces vos tenés cuerda para rato —contestó sin mirarme, sirviéndose otra copa.
—Eso debería decirlo Camila, no yo.
—Ella no es imparcial. Está obligada a defenderte.
—¿Y qué pruebas necesita la señora?
—Las tengo todas las noches. Vos lo sabés. Tu chica grita como si la estuvieran asesinando, y a mí me cuesta dormirme después.
Sentí que algo se movía debajo de la mesa, no físicamente, sino en el aire. Levanté la vista. Norma me sostuvo la mirada un segundo de más.
—Eso debería decírselo a ella —dije.
—Le dije muchas veces. Sigue gritando igual.
—¿Y usted cómo se calma, doña?
Sonrió despacio, como quien se permite por primera vez una respuesta que ya tenía guardada hacía tiempo.
—Como hacen las mujeres que escuchan gemidos al otro lado de la pared. No me preguntes más.
Quedó flotando un silencio cargado, hasta que la puerta del baño chirrió y bajaron pasos por la escalera. La conversación se cortó ahí, pero los dos sabíamos que había sido el principio de algo.
***
El lunes siguiente volví del trabajo más temprano de lo previsto. La casa olía a café con canela, una receta vieja de Norma que yo había aprendido a reconocer desde el zaguán. Entré sin avisar, dejé las llaves en la mesa de la entrada y la vi desde el umbral de la cocina, de espaldas, midiendo la cafetera con la misma concentración con la que otra mujer leería una carta importante.
Me quedé quieto. Cinco minutos, quizás más. Tenía puesta una falda recta hasta la rodilla y una blusa fina que se le pegaba a la espalda. La miré moverse con la impunidad de quien se cree solo en una habitación. En un momento se levantó la falda hasta la mitad del muslo y se acomodó la tira de la tanga negra que se le había metido entre las nalgas. En otro, hundió la mano dentro de la blusa y se reacomodó los pechos, con la misma naturalidad con la que se ajustan un reloj.
Yo no era el cazador. Era el cazado. Lo entendí cuando vi su reflejo en la bandeja de acero apoyada al lado de la cocina. Norma me había visto entrar. Me había visto desde el primer minuto. Cada movimiento había sido para mí, exagerado, lento, calculado con la precisión de quien arma una trampa.
Se dio vuelta y fingió sorpresa.
—Ay, no te oí llegar. ¿Hace mucho que estás ahí?
—No tanto. Un rato.
—Y yo, inocente, dándome el lujo de moverme como en mi casa. Bueno, es mi casa. ¿Qué viste?
—Un poco de todo.
—¿Y te gustó?
—Para qué te voy a mentir. Sí.
—Bien. Así me gusta. Nos vamos entendiendo.
Apoyó la cadera contra la mesada y cruzó los brazos debajo del pecho. Lo hizo a propósito, lo sé, porque la blusa se le tensó y el escote pasó de discreto a indecente sin que ella se moviera un milímetro. Yo tenía la bragueta apretada y ella miró hacia abajo sin disimulo.
—Por los efectos, parece que la función fue efectiva —dijo, señalándome con el mentón.
—La evidencia está a la vista.
—No tanto. Yo diría que está bastante escondida. ¿Me dejás ver?
No fue una pregunta. Fue la última frase de un acuerdo que llevábamos meses redactando sin papel. Me tomó la mano y caminamos pegados por el pasillo hacia su dormitorio. Quise cerrar la puerta detrás de nosotros y ella me detuvo, apoyando dos dedos en mi muñeca.
—Dejala entornada. Así escuchamos si llega Camila.
***
Norma se arrodilló antes de que yo terminara de soltar el cinturón. Lo hizo con esa autoridad tranquila de las mujeres que ya no preguntan qué hacer con la boca de un hombre. Me la tragó entera de un solo movimiento, despacio, sin apuro. La sacó solo para hablar.
—Camila tenía razón. Es exactamente como ella me la describió.
Esa frase me cortó la respiración. La idea de que las dos hubieran hablado de mí, en ese tono, en algún momento de la semana, me golpeó más fuerte que la lengua de Norma. Ella lo notó y sonrió contra mi piel antes de seguir.
Sabía cosas que su hija no sabía. Tenía paciencia, sostenía el ritmo, escondía los dientes, dejaba que la garganta hiciera el trabajo. Cuando entendió que estaba a punto de venirme, se separó, me empujó con las dos manos hasta la cama y se subió al colchón con la falda todavía puesta.
—Ahora me toca a mí. Mirame.
Se acomodó contra el respaldo, separó las piernas y subió el dobladillo hasta la cintura. Tenía el sexo brillante, lo suficiente para entender que llevaba rato esperando ese momento. Empezó a tocarse mientras me sostenía la mirada. No bajó la cara ni un segundo. Era una orden silenciosa, una manera de decirme que mirara sin poder hacer nada todavía.
—Vení —dijo después—. Pero con la boca primero.
Reemplacé sus dedos por mi lengua. Ella se aferró al cabezal de hierro de la cama y empezó a gemir bajo, contenido, como si todavía hubiera que respetar a alguien en la casa. El primer orgasmo le llegó rápido, un temblor corto que la dejó riéndose con los ojos cerrados. El segundo fue más largo y más sucio. Le tapé la boca con la palma y ella me la mordió.
—Quiero la pija —dijo, dándose vuelta sin que yo se lo pidiera—. Como te gusta a vos. Camila me contó.
Otra vez esa frase. Otra vez la idea de que ellas dos habían armado entre las dos un mapa de mí, sin avisarme. Me arrodillé detrás. Le subí del todo la falda y le bajé la tanga hasta la mitad del muslo, sin terminar de sacársela. La penetré de un solo envión, sin preguntar, y ella gritó contra la almohada.
—Más fuerte. No me cuides. No soy de cristal.
La agarré del pelo y la cogí con una rabia que no me reconocía. Norma respondía golpe por golpe, empujando hacia atrás, insultándome bajito, llamándome cosas que ninguna mujer me había dicho antes en esa cama. Cada palabra era una pequeña traición a Camila y, sin embargo, cada palabra parecía dicha con el permiso de Camila. Era un pensamiento confuso y, mientras la cogía, fue volviéndose un pensamiento excitante.
Me vine sin avisar, todavía adentro. Norma se abrazó al colchón y no me dejó salirme.
—Quedate. Un rato más. Quiero sentirte ahí.
***
No sé cuánto dormimos. Diez minutos, veinte. Cuando abrí los ojos, Camila estaba en el vano de la puerta. No supe desde cuándo. Estaba de brazos cruzados, apoyada contra el marco, vestida con el uniforme del laburo, mirándonos sin un solo gesto en la cara.
Le toqué el hombro a Norma, sin hablar. Ella siguió mi mirada con calma, como si hubiera estado esperando esa imagen desde antes incluso del primer beso.
—Hola, mami —dijo Camila desde la puerta. Solo eso.
—Hola, mi amor.
—¿Cuántas?
—Una. Llegaste antes de tiempo.
—Ya tendrás otras.
Norma me miró como pidiendo perdón por adelantado. Camila no se acercó. Dio media vuelta y bajó las escaleras. La oímos abrir la heladera. La oímos servirse algo. La oímos volver al living y encender la televisión.
Me vestí en silencio, con las manos torpes. Norma se sentó en la cama, todavía desnuda, y se peinó con los dedos.
—Bajá vos primero —dijo—. Yo me doy una ducha. No le digas nada que ella no quiera escuchar.
***
La cena fue casi normal. Casi. Hubo más vino del habitual, miradas largas entre madre e hija, frases cortadas a la mitad. Yo intentaba seguir la conversación y se me iban los ojos a las dos como si las viera por primera vez. Camila no me hizo ningún reproche. Ni una indirecta, ni una pregunta capciosa. Solo, en un momento, mientras Norma estaba en la cocina trayendo el postre, me apoyó la mano en el muslo debajo de la mesa y la dejó ahí.
Cuando subimos a dormir, ninguno tenía sueño. Camila se sentó en el borde de la cama con la copa todavía en la mano. Se tomó el último sorbo despacio.
—Hace rato que sé —dijo sin mirarme—. Hace mucho que mami me lo cuenta.
—¿Te lo cuenta?
—Lo que ella imagina. Lo que se le pasa por la cabeza. No es la primera vez que mi mamá se enamora de uno de mis novios. Es la primera vez que yo no me enojo.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros y dejó la copa en la mesa de luz.
—Porque también quiero verlo. Y porque, desde hace meses, cuando estamos vos y yo, pienso en ella. Es raro. No sé si está bien. Sé que no me importa.
Se levantó. Me extendió la mano. La seguí hasta el dormitorio del fondo, el de su madre, el que olía todavía a la tarde. La puerta estaba abierta. Norma estaba sentada en la cama con una bata de seda mal cerrada y el pelo todavía húmedo de la ducha. No dijo nada cuando entramos. Camila tampoco. Yo me quedé en el umbral, sin saber qué hacer con las manos, hasta que las dos me hicieron un gesto al mismo tiempo: una desde un lado de la cama, la otra desde el otro. Me hacían lugar en el medio. Como si lo hubieran ensayado durante toda la cena. Como si lo hubieran ensayado durante toda mi vida en esa casa.
Me saqué la ropa sin mirarlas. Me metí entre las dos. Y entendí, recién entonces, que la verdadera trampa no había sido la de la cocina aquella tarde. La verdadera trampa había empezado mucho antes, el día en que las dos, madre e hija, decidieron en silencio que conmigo iban a probar algo que ninguna había hecho con nadie.
La luz quedó encendida toda la noche.