La sobremesa de domingo en la casa de campo
El plan para ese domingo era sencillo: un asado en la casa de campo, una recorrida por las obras de la ampliación y, al caer la tarde, todos de regreso a la ciudad. Mi marido Bruno conduciría con su padre Ricardo y con el mío, mientras yo me quedaría sola hasta el lunes para limpiar el ala nueva y pensar en la decoración.
Nuestras madres ya habían viajado a la costa unos días antes, a airear la casa familiar y el departamento donde nos íbamos a juntar todos para Año Nuevo. Los hombres se ocupaban del asado; ellas, de los muebles bajo sábanas y de las heladeras vacías. Cada quien con lo suyo.
Llegamos muy temprano. Bruno bajó las cosas del baúl y fue derecho al horno de barro. Andrés, su mejor amigo y socio, se sumó en el último kilómetro con su camioneta. Mi padre venía atrás en la suya. Ricardo, mi suegro, ya no manejaba más desde el año pasado y traía solo un termo y el mate listo para la sobremesa.
—¿Llegamos cómodos? —me preguntó Bruno, dándome un beso por encima del hombro.
—Cómodos. Cervezas en la heladera, picada lista. Solo falta encender el fuego.
Mientras los hombres se acomodaban en la galería, sonó el celular de Bruno. Levantó las cejas al ver el nombre, me miró un segundo y caminó hacia el patio. Era Hugo, el ingeniero de la obra, y le extrañó que no me llamara directamente a mí. Yo seguí cortando queso y le di espacio.
Cuando Bruno volvió, traía esa sonrisa pícara que solo le aparece cuando algo me concierne. Me llevó a la cocina auxiliar.
—Hugo te quiere ver más seguido —me dijo bajito—. Llamó para preguntarme si me molestaría que vos y él se vieran cada cierto tiempo. Con respeto, dijo. Sin segundas intenciones más allá de lo evidente.
Mi cuerpo se estremeció. Hugo quiere más. El sábado anterior había sido la primera vez que lo había recibido como cliente, y honestamente yo también quería repetir. Bruno conocía mi vida paralela, conocía a mis clientes selectos, y nunca había hecho un solo gesto torcido al respecto.
—¿Y qué le dijiste?
—Que tengo una idea. Que esta noche yo me vuelvo a la ciudad con los viejos y vos te quedás sola. Si querés, le digo que venga a las nueve y se queda hasta mañana.
Lo besé despacio. No fue un beso de gratitud: fue uno de esos besos largos que se le dan a un marido que entiende cómo está hecho mi deseo. Bruno sabe que mi cuerpo recibe placer de muchas manos, pero mi amor le pertenece entero. Eso es lo único que importa.
—Llamalo. Decile que lo espero a las nueve y que esta noche es prolongación de la del sábado, sin honorarios.
Recorrimos la obra después del café. La casa original, la barbacoa que había agregado el dueño anterior, y ahora, perpendicular al otro extremo, el ala nueva: un dormitorio en suite con vista al río, una sala de juegos y un vestidor para la pileta que todavía estaba en zanja. Lo más vistoso era una galería de tres metros de ancho que corría a lo largo de toda el ala. Daba al patio interno, donde la pileta estaría templada para fines de enero. Habíamos puesto cortinas plásticas para cerrar el frente en caso de lluvia, y aire acondicionado para los días de calor extremo.
Hicimos el asado a las dos. Yo me había puesto un vestido suelto de algodón que se me pegaba a las piernas con la brisa. Durante el café, noté más de un bulto disimulado bajo los pantalones. No fue casual: era el efecto natural de un domingo largo, vino de mediodía y una mujer que sabe moverse con la confianza de saber que ya la conocen toda.
Cuando se terminó el café, dejé los pocillos sobre la barra y me apoyé en el respaldo de uno de los sillones del living.
—Bueno. Falta limpiar el ala nueva, pero eso lo hago mañana. Por ahora, capaz que se nos ocurre algo lindo para la tarde.
Mi padre estaba acomodado en el sofá grande, con el saco apoyado al lado y los zapatos sin desabrochar. Levantó la mano y me llamó con un gesto. Caminé hasta él y quedé parada de frente.
—Después de lo que nos contaron que te hicieron ayer, ¿sos capaz de atendernos a los cuatro?
—Papá, no solamente soy capaz. Lo voy a hacer con gusto.
Me atrajo hasta él. Me levantó el vestido de un movimiento, y como yo estaba parada justo enfrente, le quedó mi sexo a la altura de la boca. Abrí un poco las piernas para ayudarlo. Sentí su lengua tibia y supe, en ese instante, que la tarde no iba a ser corta.
Andrés se acercó por detrás y me sacó el vestido por arriba de la cabeza. Bruno y Ricardo se ocuparon de mis pechos, uno de cada lado. Andrés empezó a frotar su verga entre mis nalgas, despacio, sin meterla.
—Te quiero como en tu noche de bodas —murmuró mi padre, aludiendo a la posición en que Bruno me había tomado aquella noche, desesperado, en el hotel.
Me corrí hasta el apoyabrazos del sofá. Doblé el cuerpo, apoyé las manos, dejé las piernas firmes en el piso y abiertas. El torso descansando sobre el asiento. El sofá es de cuero y tiene una funda lavable: lo elegimos así porque casi nunca usamos esa parte del living, salvo en domingos como este.
Mi padre vino por detrás. Me frotó la verga un rato largo en los labios entreabiertos, sin apuro. Me encantó sentirlo así, tan mío, tan íntimo. Tan entusiasmado de tomar a su hija, esa cosa supuestamente prohibida que entre nosotros era apenas una tarde más.
Me la metió de un solo movimiento. Estaba tan mojada que entró deslizándose. Empezó con un vaivén constante, profundo, y cada vez que llegaba al fondo me dejaba unos segundos quieta antes de retirarse.
—Así te voy a preñar —me dijo, mientras se acababa adentro.
No respondí. Ni hizo falta. Disfruté todo: su deseo, su ternura, esa relación supuestamente prohibida de padre e hija que en nuestra casa nunca había sido un drama.
Cuando se salió, mi suegro no me dio tregua. Me la guardó al toque, doblando el cuerpo sobre el mío.
—Siempre les voy a agradecer que me dejen cogerte —me dijo bajo, aunque todos lo escucharon.
La cogida de Ricardo era distinta. Lenta, metódica. La metía hasta el fondo, la sacaba hasta el borde de la cabeza, volvía a entrar. Bruno había metido la cara debajo de mis tetas y me las chupaba; Andrés se conformaba con darme dos dedos para que se los chupara yo. Cuando Ricardo se vino, lo sentí entero: hacía casi un mes que no estaba con su mujer y se vació adentro mío sin contención. Empecé a chorrear al piso un par de minutos después. Ya lo limpiaría.
Andrés siguió. Me la metió hasta los huevos; esa pose se lo permite. Su respiración era entrecortada. Cambiaba de ritmo: a veces rápido, a veces lento, pero siempre profundo. Me dio palmaditas en las nalgas, jugó con un dedo en la entrada del culo, casi un anuncio de la segunda ronda.
—Quiero ver cómo te chorrea afuera —me dijo, y se acabó casi en la entrada de la concha. Casi todo cayó al piso.
—Su turno, señor director —dijo, mirando a Bruno con sorna.
—Gracias, señor gerente —contestó Bruno, riéndose.
Bruno me la dio a chupar unos segundos. Después fue su turno de entrar. Lo conozco: empezó con dos centímetros y la fue sacando, repitió metiéndola un poco más cada vez, y yo le pedía «más, más, métela toda», porque sé que eso lo motiva. Me corrí antes que él, agotada de tantas vergas seguidas. Cuando Bruno terminó, ya había un charquito chico en el piso.
Me tiré sobre él, extendida en el sofá. Exhausta, en serio.
***
Nos refrescamos. Hidratamos. Volvimos al living en silencio, sin acomodar mucho la ropa. Un rato después estábamos jugando otra vez. Manos que iban y venían. Lenguas desesperadas por trenzarse a la mía. Saliva que dejaban caer en mi boca abierta.
Vergas para chupar y vergas para acariciar. Lenguas que me lamían el culo y la concha, todavía con restos de semen, sin un solo gesto de pudor.
Andrés tiró dos almohadones al piso. No me quedó duda: iba a ser el primero en culearme.
Me puse en cuatro y levanté el culo.
—Adentro no, chicos. En las tetas y en la cara, al final, todos juntos.
Andrés me ensalivó bien. Su dedo tanteó el orificio y lo encontró flojo, dispuesto. Apoyar la cabeza y meter la verga entera fue cuestión de cinco segundos. Yo estaba abierta, queriendo, lo gocé sin un dolor real. Me daba fuerte, alguna palmada de tanto en tanto. Se salió antes de acabar para sumarse al final con todos.
Bruno tomó su lugar. Mi padre se acostó debajo de mi cara para que pudiéramos besarnos mientras Bruno me cogía el culo. No esperaba lo que pasó después: Ricardo se posicionó arriba de mi cuerpo, por delante de Bruno, flexionó las piernas y apoyó la cabeza de la pija en mi orificio ya ocupado. Vio que podía llegar, se escupió la cabeza y empujó.
Yo, que he tenido doble vaginal varias veces, sentí esto y dudé si iba a entrar.
Bruno se quedó quieto. Ricardo seguía empujando. Me dolió, pero quise probar y no me quejé. Cuando entró se me escapó un «ahhh» sordo. Empezaron a moverse sincronizados. El esfínter tirante, casi al límite, pero soporté y gocé un minuto largo. Antes de acabar adentro, se salieron los dos.
Seguí besando a mi padre mientras el culo se recomponía. Que él me la metiera fue casi un trámite, después de Ricardo y Bruno juntos. Al rato se salió.
Me arrodillé enfrente de los cuatro, bromeando con que muy pocas mujeres en el mundo habrán tenido al marido y al suegro a la vez en el culo. Los cuatro se masturbaban frenéticos. Les ofrecí las tetas y la cara, y empezaron a chorrear sobre mí. No fueron acabadas demasiado abundantes —ya iban por la segunda—, pero me cubrieron la boca y buena parte de los pechos.
***
—Vamos a la ducha. Todos.
Llegué al baño grande del ala nueva y me arrodillé otra vez.
—Papá, Ricardo, ahora viene la pre ducha. Quiero que participen.
—Sí —dijo Bruno—. Acérquense.
Bruno y Andrés empezaron, tibio y abundante. Ricardo no se acercaba. Mi padre dio un paso, me miró un segundo y me dijo solo:
—¡Qué puta sos!
Se sumó. Y ante eso, Ricardo también se sumó, con la verga en la mano y la mirada baja, como si se estuviera permitiendo algo nuevo.
Después nos duchamos los cuatro. Se alternaron jabonándome y manoseándome de más. Yo moría de alegría: objetivo cumplido. Tomamos algo fresco en la galería, ya vestidos. Les conté que la pre ducha me estaba empezando a gustar, y se entusiasmaron prometiendo seguir entrenándome hasta que yo pudiera abrir la boca.
Sobre el final de la tarde se fueron. Bruno me dio el último beso en el portón.
—Que la disfrutes con Hugo. Te llamo mañana cuando esté en la oficina.
Quedé sola, con la luz del atardecer entrando por la galería nueva y las nueve de la noche todavía lejos. Me preparé un baño, me puse algo cómodo y me serví una copa de vino. Hugo iba a llegar puntual: ese tipo de hombres siempre llega puntual. Y mañana, antes de volver a la ciudad, me esperaba una sorpresa que no había planeado. Pero esa parte se las cuento la próxima.
Besos a mis lectores.
Mariana.