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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la casa parroquial nunca debió pasar

El padre Tomás llevaba seis años al frente de la parroquia de Santa Eulalia, en un barrio antiguo de Sevilla. Tenía treinta y un años, metro ochenta, hombros anchos de quien sigue jugando al fútbol los sábados, y una sonrisa que las feligresas comentaban en voz baja a la salida de misa. Era cura por vocación. Predicaba lo que sentía y, hasta aquel verano, había esquivado las tentaciones con la misma soltura con la que esquivaba a los rivales en el campo del barrio.

Nadie en la parroquia podía señalarlo con el dedo. Bautizaba a los niños, visitaba a los enfermos, escuchaba confesiones que nunca repetiría y se preocupaba por los problemas de cualquier vecino como si fueran propios. Si alguien hubiera tenido que describirlo en una palabra, habría dicho «intachable».

Tomás venía de un pueblo cercano a Zaragoza. Su familia, profundamente católica, se había reducido a su hermana Beatriz, dos años mayor que él, casada y sin hijos. Sus padres habían muerto dos años atrás en un accidente en la carretera, en el mismo coche en que el marido de Beatriz, que conducía, quedó en coma. El hombre aguantó dieciocho meses entre máquinas hasta que la vida finalmente lo soltó.

Tomás se desplazó al sepelio. Encontró a su hermana sola en aquella casa demasiado grande, con las cortinas echadas y un silencio que rebotaba en cada pared. Insistió tres días seguidos. Al cuarto, Beatriz aceptó vender el piso y mudarse con él a la casa rectoral de Santa Eulalia.

Beatriz era una mujer alta, casi un metro setenta y cinco. Vestía con una elegancia anticuada: faldas grises hasta la pantorrilla, blusas holgadas, jerséis que insistían en disimular la curvatura de sus pechos. Era seria, recatada, profundamente devota. Si no estaba en casa, había que buscarla en alguna iglesia del barrio.

La casa parroquial era un chalet pequeño adosado al lateral de la iglesia. Abajo, despacho, salón, cocina y un aseo. Arriba, tres dormitorios y un baño que comunicaba directamente con dos habitaciones: la del fondo, donde dormía Tomás, y la del medio, que Beatriz eligió para ella. Una puerta entraba al baño desde cada cuarto. La tercera habitación, vacía, daba al pasillo.

Beatriz se hizo cargo de todo desde el primer día. Cocinaba, limpiaba, lavaba sotanas, hacía la compra y todavía le sobraba tiempo para leer y para asistir a la misa de las ocho. Los feligreses la adoptaron rápido. Decían que era tan amable como su hermano. Algunos, en voz baja, comentaban que era una pena que esa mujer tan guapa no se volviera a casar.

Durante los tres primeros meses, todo fue rutina. Una rutina que se rompió un martes de julio, a las siete y diez de la mañana.

***

Tomás se había levantado antes de lo habitual para preparar la homilía del domingo. En calzoncillos y con la cabeza embotada, empujó la puerta del baño desde su cuarto sin recordar que no había echado el pestillo del otro lado.

Beatriz acababa de salir de la ducha. Estaba de pie, completamente desnuda, secándose el cabello con una toalla pequeña. La toalla grande seguía colgada en el toallero, a tres pasos de ella.

Los dos se quedaron paralizados. Él en el umbral, ella con los brazos en alto y la mirada clavada en él. No hubo grito. No hubo carrera de Beatriz hacia la toalla. Hubo solo un instante que duró el tiempo justo para que el calzoncillo de Tomás se levantara como una pequeña tienda de campaña, un detalle que ella registró antes de que él pudiera registrarlo.

—Perdona —dijo él en un susurro ronco.

Cerró la puerta y se retiró a su habitación. Se sentó en el borde de la cama con los ojos cerrados. La imagen de su hermana, grabada en algún lugar imposible de borrar, lo seguía a cada parpadeo.

Era la primera mujer desnuda que veía en treinta y un años. Y era su hermana.

Senos firmes, perfectamente equilibrados, los pezones oscuros y altos. El vientre liso. Caderas amplias que se abrían hacia un pubis cubierto por un vello negro y bien dibujado. Las piernas, largas, torneadas, de mujer que camina mucho. Tomás había visto desnudos en cuadros, en alguna fotografía confiscada a un adolescente en confesión. Nunca había visto a una mujer desnuda de carne y hueso.

Su erección no cedía. La mantuvo así, dolorosa, mientras al otro lado del baño Beatriz, también sentada en el borde de su cama, intentaba respirar. Su cuerpo había reaccionado antes que su cabeza. La humedad entre sus piernas era inequívoca. Sus pezones le rozaban la tela del camisón con una insistencia que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera de recién casada.

La mano derecha de Beatriz se deslizó hacia abajo sin que ella misma lo hubiera decidido. Dos dedos. La izquierda buscó un pezón. En menos de un minuto, Beatriz se mordió la palma de la otra mano para no gemir. Tuvo el primer orgasmo desde la muerte de su marido.

Al otro lado del tabique, Tomás también se llevó la mano al sexo. Pensó en pedir perdón mentalmente, no lo logró. Pensó en su hermana. Eso fue suficiente. Se corrió en silencio sobre un pañuelo de tela que cogió a tientas de la mesilla.

***

El desayuno fue una representación. Café, tostadas, los buenos días tan suaves como dos personas hablando dentro de una iglesia. Cuando se sentaron uno frente al otro, los dos se ruborizaron al mismo tiempo. Empezaron a disculparse a la vez, atropellándose. Beatriz cogió aire.

—No te disculpes, Tomi. La culpa fue mía por no echar el pestillo.

—No, Beatriz. Tendría que haber cerrado en cuanto te vi. Y no lo hice.

—Yo tampoco te dejé de mirar a ti.

Tomás bajó la vista al café.

—¿Lo olvidamos? —dijo ella.

—Habrá que olvidarlo. Aunque no sé si voy a poder.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé. No lo sé.

Tomás se levantó, salió de la casa con la sotana doblada bajo el brazo y se metió en la iglesia desierta. Rezó dos horas. Las palabras le sonaban huecas. Su mente seguía en aquel umbral, en aquella mirada de su hermana sostenida demasiado tiempo. A los treinta y un años descubría que su cuerpo tenía mecanismos propios, voluntad propia, hambre propia. Ningún ejercicio espiritual los apagaba.

Beatriz, mientras tanto, lloraba en su cuarto. No era un llanto de culpa. Era un llanto de reconocimiento. Llevaba años atribuyendo el cariño excesivo que sentía por su hermano a la solidaridad de hermana mayor. Aquella mañana, viéndolo en calzoncillos en el quicio del baño, había entendido la verdad. Lo amaba. No como hermana. Como mujer.

***

Tomás volvió a casa a la hora de comer. Le dio un beso en la frente, le pidió perdón otra vez y comió en silencio. Después, como cada día, se sentaron en el salón a tomar café. Sevilla en julio era un horno. La casa rectoral, pese a la persiana echada, conservaba un calor pegajoso que se metía por debajo de la ropa.

—Hace un calor imposible —dijo Beatriz—. Voy a cambiarme.

Subió al cuarto. Tomás oyó el ruido de un armario, el de un cajón, el de unas perchas. Cuando ella bajó, llevaba puesta una bata fina, de color crema, ajustada en la cintura por un cordón que apenas hacía nudo. La bata terminaba muy por encima de la rodilla. Debajo, según el contorno que se marcaba contra la tela, llevaba ropa interior y nada más.

Tomás se la quedó mirando. Beatriz le sonrió como si no pasara nada y se sentó frente a él. Cruzó las piernas. La bata se abrió un poco. Apareció un muslo entero, blanco, hasta donde nacía la tela de la ropa interior. Ella no se molestó en cubrirlo.

—¿Qué tal la mañana en la parroquia? —preguntó.

—Bien.

—¿Mucho lío?

—Lo normal.

Beatriz hablaba sin parar, de cualquier cosa: del precio del pan, de un libro que estaba leyendo, de un primo lejano. Mientras hablaba se movía. Descruzaba y volvía a cruzar las piernas, se inclinaba hacia delante para coger la taza, se reclinaba hacia atrás. La bata se iba abriendo despacio, casi un milímetro por gesto. Tomás había dejado de oír las palabras. Sus ojos viajaban del muslo al borde de las braguitas color azul claro que ya se intuían entre la abertura.

El bulto de su pantalón era difícil de disimular. Lo intentó. Cruzó las piernas a la manera de los curas en confesionario. No funcionó.

Beatriz se levantó de pronto, dio dos pasos y se sentó en la alfombra, a los pies de su hermano. Se abrazó a sus piernas, apoyó la mejilla en el regazo. Sintió, contra el pómulo, la dureza inconfundible.

—Hermanito —murmuró—. Esto te tiene que doler. ¿Me dejas que te ayude?

—Beatriz, esto está mal. No podemos.

—No estoy haciendo nada todavía.

Sus dedos se movieron por encima de la tela del pantalón, dibujando la forma de él con una lentitud que ya era una caricia. Tomás cerró los ojos y se dejó caer contra el respaldo del sofá. Sus protestas no tenían convicción. Había rezado dos horas esa mañana. Le quedaba muy poca convicción para nada.

Beatriz le abrió el cinturón con una habilidad que la sorprendió a ella misma. Le bajó la cremallera. Tiró un poco del elástico del calzoncillo y dejó libre lo que había estado dolorosamente preso desde el desayuno. Se quedó mirándolo unos segundos. Luego, sin pensarlo más, se inclinó.

Era la primera vez que lo hacía. Su difunto marido la había considerado siempre una esposa demasiado decente para esas cosas. Se sintió torpe los primeros segundos. Después encontró un ritmo que parecía surgirle de algún lugar antiguo. Tomás dio un respingo, abrió los ojos, se quedó mirándola sin entender. Su hermana, arrodillada entre sus rodillas, lo tenía en la boca.

No aguantó mucho. La gimnasia adolescente del único pecado solitario que se permitía no lo había preparado para aquello. Soltó un sonido que no parecía suyo. Beatriz quiso retirarse y él, sin querer, la sujetó por la nuca. Ella probó por primera vez en su vida un sabor extraño y caliente, tuvo una arcada y, al segundo trago, decidió que no le disgustaba.

Cuando levantó la cabeza, Beatriz tenía los ojos brillantes. Se puso de pie y, sin decir nada, deshizo el cordón de la bata. La dejó caer al suelo. Llevaba un conjunto de braga y sujetador azul claro, los pezones empujando la tela tan tirantes que era cuestión de tiempo que algo se rompiera.

Tomás se incorporó, la cogió por la cintura y la atrajo hacia él. Su cara quedó a la altura de aquellos pechos. Atrapó un pezón con la boca, sobre la tela, y empezó a mordisquear muy despacio. Beatriz suspiró, llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. Los pechos quedaron libres en la cara de su hermano.

—Tócame —le pidió en voz baja—. Tócame de verdad.

***

Tomás obedeció con una mezcla de hambre y de torpeza que a Beatriz le pareció lo más conmovedor que había sentido nunca. La besaba con respeto, le acariciaba con respeto, le mordía los pezones con respeto. Beatriz, que había convivido durante diez años con un marido que apagaba la luz y se subía encima sin más liturgia, se dejó tocar como si fuera la primera vez. En cierto modo lo era.

Le cogió la mano y la guio por debajo del elástico de la braga. Le enseñó a abrirla. Le enseñó dónde estaba aquel punto que ningún hombre le había buscado en su vida. Tomás, de rodillas en la alfombra, fue aprendiendo en cuestión de minutos lo que su hermana llevaba años explicándose a sí misma con dos dedos en silencio.

Cuando él, sin saber muy bien por qué, bajó la cabeza y posó la lengua donde antes había estado su mano, Beatriz arqueó la espalda y dejó escapar un sonido que parecía una iglesia vacía. Tomás encontró sin querer aquel pequeño nudo duro y se quedó allí, lamiéndolo con la concentración de quien aprende un rezo nuevo. El orgasmo de Beatriz fue largo, encadenado, y la dejó tendida sobre la alfombra como si la hubieran desenchufado.

Le tendió la mano. Lo atrajo hacia el suelo. Abrió las piernas.

—Ven —dijo.

Tomás se colocó sobre ella. Tenía treinta y un años y nunca había estado dentro de nadie. Lo intentó torpemente. Su sexo resbalaba, perdía el camino. Beatriz lo cogió con la mano, con la misma firmeza con la que años atrás le había puesto bien el pasamontañas a su hermano pequeño antes de salir a la nieve, y lo guio.

—Despacio —dijo.

Se hundió en ella centímetro a centímetro, mirándola a los ojos. Beatriz cerró los suyos cuando él llegó al fondo. Los dos se quedaron quietos un instante. Después, sin necesidad de ponerse de acuerdo, empezaron a moverse.

El difunto marido de Beatriz nunca había hecho el amor así. La embestía rápido, breve y silencioso, y se dormía. Tomás se movía despacio, sin prisa, buscándola cada vez en un ángulo distinto. Beatriz, debajo, descubría una a una las cosas que no había sabido que se podían sentir. Cuando él aceleró el ritmo, ella ya estaba a punto. Empujaron juntos, brutalmente, dos o tres veces. Tomás soltó un quejido sordo y ella un grito que le habría costado disimular si en ese momento hubiera estado pensando en disimular algo.

Quedaron abrazados sobre la alfombra, sin separarse, hasta que el cuerpo de él, exhausto, salió por sí solo del de ella. Siguieron así un rato más. No hablaban. Se acariciaban como dos enamorados que llevan diez años queriéndose a escondidas, no como dos hermanos que llevaban diez minutos cruzando una línea.

***

Beatriz tenía un problema congénito que le había impedido tener hijos. No hubo que pensar en precauciones. No hubo, en realidad, mucho que pensar.

A la mañana siguiente, el padre Tomás celebró la misa de las ocho. Predicó sobre el amor al prójimo con una serenidad que sus feligresas comentaron a la salida. Después volvió a casa, donde su hermana lo esperaba con un café. Comieron juntos. Trabajaron juntos. Por la noche, Beatriz se metió en la cama del fondo del pasillo, y nadie de la parroquia llegó a saberlo nunca.

La habitación del medio se quedó vacía, con la cama hecha y el pestillo del baño echado por dentro, igual que la primera mañana.

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Comentarios (5)

Fercho_G

tremendo relato, el comienzo ya te engancha de lleno. Muy bueno

Rodri_BC

Espero que haya segunda parte, quede picado con las ganas de saber como sigue

ClaudioPampa

La ambientacion de la casa parroquial le da un condimento especial al asunto jaja. Muy bien logrado el clima

NachoCba2

de los mejores que leí acá, sin dudas!!

ManuelSR

Estaba buscando algo para leer antes de dormir y me encontré con esto, mala idea jaja. El ritmo esta muy bien, te mantiene en tension todo el tiempo. Espero que haya continuacion

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