Lo que ocurrió en casa de mi abuela aquella semana
Mi madre, Pilar, abrió la puerta a primera hora de aquella mañana y recibió a Lucía con una sonrisa tensa. La doctora, que llevaba todo el fin de semana cuidando a Adrián, le explicó por encima cómo iban las cosas: nada de calzoncillos, pantalones holgados, y lo más importante, ayudarlo a vaciarse cuando el dolor regresara.
—¿Tan grave es? —preguntó mi madre—. Mi hija me dijo que no era para tanto.
—No es grave si se trata bien —respondió Lucía—. Pero hay que descargarlo cada día. En diez días lo veo de nuevo y le confirmo si ya pasó.
Lucía rechazó la oferta de comida, le recordó a mi madre el número de teléfono que ya le había dado y se marchó al hospital. Adrián se quedó en el recibidor con la mochila a los pies, encogido como si la casa de su abuela le quedara grande de pronto.
—A ver, cuéntame —dijo Pilar cuando la puerta se cerró—. ¿Qué tengo que hacer y cuándo?
—¿No te lo ha explicado mamá?
—Algo me ha dicho. Prefiero que me lo recuerdes tú, así no me equivoco.
—Es que me da vergüenza, abuela.
Pilar se cruzó de brazos. Tenía sesenta y cuatro años y un carácter de hierro forjado en otra época, pero hablaba sin rodeos cuando era necesario.
—Te he bañado, te he vestido, te he dado de comer cuando eras pequeño. Soy tu abuela, hijo. No me asusto fácil.
Adrián tomó aire.
—Tengo demasiada presión ahí abajo. La doctora dice que produzco más semen de lo normal y por eso me duele. Hay que vaciarlo. Mamá me ayudaba antes porque solo no consigo terminar. Si lo intento yo, el dolor me corta y me bloquea.
—Entonces te ayudo yo y se acabó. He estado casada cuarenta años. No me voy a sorprender por ver tu pajarito.
—Mamá te ha avisado de que mis chorros son fuertes. Suelo manchar lo que tengo cerca.
—Tomo nota. Bájate el pantalón.
—¡¿Ahora?! No, abuela, así no funciona. Tiene que dolerme primero.
—Vale, vale. Cuando te entren las ganas o la molestia, me avisas. Ah, y vas a dormir conmigo. La habitación de invitados lleva años cerrada.
Pasó la mañana tranquila. Adrián jugaba a la consola en el salón mientras mi madre fregaba los platos. Cuando ella se vino al sofá un momento, llevaba todavía la camiseta vieja con la que se había puesto a limpiar, blanca y bastante más mojada de lo que recordaba: el agua de la ducha, al haber lavado el plato del baño, le había salpicado el frente. La tela se le había pegado a los pechos. Mi madre nunca usó sujetador en casa, y aquel día tampoco. Los pezones se marcaban a través del algodón empapado.
Adrián fingió mirar a la pantalla. La fingida concentración duró menos de un minuto. Un calambre familiar le recorrió la entrepierna y soltó un gemido bajo, casi un quejido.
—¿Te pasa algo? —preguntó Pilar girándose.
—Me duele un poco, abuela.
—Ah, pues entonces toca vaciarte. Quítate eso y siéntate aquí.
—Voy al aseo a intentarlo.
—Ya te he dicho que no. Si te duele, no te empeñes. Trae.
Adrián se bajó el pantalón. Mi madre soltó un «¡ay, hijo mío!» que no tenía nada de inocente.
—Pero ¿cómo puedes tener todo esto? Si esto no es un pájaro, esto es un águila. Pues sí que tiene suerte mi hija. Vamos a empezar. Si te molesto, me dices.
Empezó con dos manos, despacio. Las tenía frías por el agua y Adrián tuvo un escalofrío.
—¿Estás bien?
—Tienes las manos heladas, abuela.
—¡Claro! Hace tanto que no hago esto que se me había olvidado. Espera, lo arreglo.
Y se inclinó. Adrián notó la boca caliente de mi madre tragándose la cabeza, los labios cerrándose, la lengua. Pilar había decidido no preguntar; sabía que el calor de su boca iba a resolverlo más rápido que cualquier otra cosa.
—Abuela, ya no me queda mucho. ¿Dónde acabo?
Pilar se separó, jadeando.
—Donde quieras, hijo. Termina en la camiseta, total, la voy a lavar de todas formas.
Y volvió a sujetarlo con las dos manos. Adrián arqueó la espalda. El primer chorro la pilló con la guardia bajada y le salió a la cara, cerca del ojo. El segundo le cayó sobre el escote, en el cuello de la camiseta, y se deslizó hacia el pecho. Los siguientes ya fueron contra la tela blanca, que terminó manchada del todo.
—Ay, hijo, cómo me has dejado —rio mi madre.
—Lo siento, abuela. Te avisé.
—Tranquilo, no has hecho nada malo. ¿Me ayudas a limpiarme los ojos? Trae la camiseta.
Pilar se la sacó por encima de la cabeza y se la dio. Adrián le limpió con cuidado, viéndola por primera vez con el torso desnudo. Tenía los pechos grandes y caídos lo justo, pesados, con los pezones todavía duros del frío del agua.
—Mira, también me has manchado aquí —dijo ella, recogiéndose una gota del pecho con el dedo y llevándosela a la boca—. Mmm. Está calentita.
—Estoy mucho mejor, abuela. Gracias.
—De nada, hijo. Un placer ayudar a mi nieto y, de paso, llevarme una alegría.
***
Esa noche durmieron juntos. Mi madre llevaba años durmiendo sola, y notar el cuerpo de Adrián a su lado la mantuvo despierta más tiempo del que esperaba. Hacia las cinco de la mañana, algo duro le presionó la espalda. Tendió la mano por reflejo y reconoció lo que tenía entre los dedos. Le bajó el pantalón con cuidado, pensando en la indicación de Lucía: nada que apriete.
Cuando Adrián se despertó, no encontraba el pantalón.
—Está en el armario. La doctora me dijo que no podías llevar nada que te apretara. ¿He hecho mal?
—No, abuela, no.
—¿Y no te duele ahora?
—La verdad es que sí.
—Ven, te ayudo. Así baja antes.
Esta vez no usó las manos. Se inclinó y se lo metió en la boca directamente. La sorprendió cuánto le entraba: más de la mitad, casi entero. Adrián, que no estaba acostumbrado a ese punto, empezó a moverse despacio empujando contra el fondo de su garganta.
—Argh. Así, hijo, así. Más fuerte.
—Tienes la boca caliente, abuela.
—Está esperando que me llenes.
—¿Dónde acabo?
—Aquí. Quiero probar más.
Y la llenó. Cinco chorros gruesos. Cuando ya no le cabía más, mi madre se la sacó y dejó que el último le diera en la mejilla.
—Lo siento, no quería mancharte.
—No te preocupes —dijo, tras tragar—. He visto en un documental que es bueno para las arrugas.
Adrián soltó una risa.
—Si tan bueno es, vendré de vez en cuando a darte un poco.
—Eso mismo iba a decirte. Pero en serio. Cuando vuelvas a tu casa, pásate.
***
El resto de la semana se les fue de las manos sin que ninguno lo decidiera del todo. Por la tarde se metieron en la piscina, los dos sin bañador. Por la noche, mi madre le dijo que hacía calor para dormir vestida, y se desnudó delante de él. Adrián descubrió que estaba completamente depilada. La erección le volvió de inmediato.
—Pues sí parece que te duele otra vez —dijo Pilar—. Ven aquí.
Empezó masturbándolo, luego con la boca, y cuando ya estaba mojada hasta el muslo, decidió dar el paso que llevaba todo el día rondándole.
—A ver si esto te ayuda más —dijo, montándose encima.
Le costó al principio. Hacía años que nadie había estado ahí dentro. Le dolió y le gustó al mismo tiempo, y cuando se acomodó empezó a moverse sobre él en la oscuridad de la habitación.
—Tu abuelo no la tenía así —murmuró—. Y llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
Se corrió cuatro veces aquella noche. Cambiaron de postura, ella a cuatro patas, él detrás. Cuando Adrián notó que ya estaba cerca, le pidió que terminara entre los pechos, y lo hizo así: a horcajadas sobre ella, su miembro entre los senos pesados, hasta que la llenó la cara, la boca y el cuello.
—Madre mía, hijo, me has matado. Nunca había follado así.
***
Al día siguiente salieron al monte. Mi madre se puso una falda corta de tenis que le había regalado mi hermana y nunca había estrenado, y una camiseta sin sujetador. El paisaje, el calor y las piernas de la abuela delante de él durante una hora le dejaron a Adrián una erección que ya no era posible disimular. Encontraron una mesa de madera junto a un mirador desierto.
Mi madre se subió a la mesa.
—Cómemelo tú primero, anda. Luego me la metes.
Cuando se la metió, lo hizo entero de un empujón. Pilar gritó, mitad dolor, mitad otra cosa. Dos orgasmos suyos después, Adrián le pidió dónde acabar.
—En las tetas. Así no me puedo poner la camiseta y bajo del monte con todo a la vista.
—¡Estás loca, abuela!
—Y lo sabes. Vamos, dispara.
Bajando, se cruzaron con una vecina que iba a por caracoles. Mi madre, sin camiseta, con el pecho todavía brillando, le explicó muy seria que un insecto le había mordido y le había puesto pomada. La mujer se lo creyó, le deseó pronta mejoría y siguió su camino. Mi madre y Adrián se rieron toda la bajada.
***
La semana se les fue así. La piscina, la cama, la ducha, el sofá, una vez incluso la encimera de la cocina mientras él esperaba el café. Adrián se corrió en cada rincón posible de mi madre. La última noche, ella le prometió que la siguiente vez tendría preparado lo único que su marido no había querido nunca probar.
—Dilátame para entonces, ¿vale? —dijo ella, medio en broma.
—Lo prometo —contestó él.
Yo llegué al día siguiente, antes de lo que esperaban. Toqué el timbre, no contestó nadie, así que rodeé la casa hasta el patio. Los encontré a los dos en la piscina, desnudos, riéndose como si no hubiera pasado nada raro en toda la semana.
—¡Hija! —gritó mi madre—. Quítate la ropa y métete, que el agua está perfecta.
—No traigo bañador.
—Nosotros tampoco.
Me lo quedé mirando un instante, y luego me desnudé y me metí. Abracé a mi hijo dentro del agua, le pregunté por el dolor.
—La abuela me ayuda mucho —dijo—. Aunque sigo sin poder hacerlo solo.
—Tranquilo —contesté—. En unos días vamos al hospital y Lucía nos dice si ya estás curado del todo.
Mi madre me cogió de la mano por debajo del agua y apretó. No dijo nada. Yo tampoco hizo falta.