Lo que pasó debajo de la manta en el vuelo nocturno
Los Méndez volaban a Singapur para sus vacaciones anuales. Lorena y su marido Andrés tenían tres hijos adolescentes: Mateo, de dieciocho años, y las gemelas Camila y Daniela, dos años menores. Andrés había hecho dinero en la construcción y siempre reservaba primera clase para toda la familia. Doce horas de vuelo se transformaban, gracias a su billetera, en doce horas de cabina silenciosa, copas de champán y asientos reclinables que se convertían en cama.
Cuando todos ocuparon sus lugares, Lorena se inclinó hacia su marido con una sonrisa suave.
—Andrés, ¿por qué no te sientas con las chicas en esa fila? Yo me quedo atrás con Mateo. Sabes que se pone mal cuando despegamos.
—Buena idea —respondió Andrés, ya con los anteojos de leer puestos.
A los cuarenta y dos años, Lorena seguía atrayendo miradas en cualquier sala de espera. Pelo castaño hasta los hombros, piernas largas, una boca que no necesitaba pintura para llamar la atención. Más de una amiga le había dicho que se parecía a Mónica Bellucci en sus mejores años, y ella, con el cuerpo que conservaba, no lo desmentía.
Tomó el asiento del medio, junto a su hijo, que ya estaba pegado a la ventanilla. La fila quedaba en el fondo de la cabina, con un mamparo detrás. Los asientos eran enormes. Desde allí ni siquiera se veían las cabezas de Andrés y de las gemelas, instalados una fila adelante. La familia Méndez era la única en primera clase esa noche, así que aquella fila trasera era, por accidente, el rincón más privado del avión. Un detalle que a Lorena le sentó mejor de lo que admitía.
Apenas el avión empezó a acelerar por la pista, ella deslizó la mano hasta el hombro de Mateo y le frotó despacio con la palma. Lo conocía: desde chico, los despegues lo descomponían. Una buena madre tenía que estar ahí.
Cuando la luz del cinturón se apagó, Mateo respiró hondo. Lorena lo miró a los ojos.
—¿Mejor, mi amor? —susurró.
—Sí, ya casi —contestó él.
—Sácate el cinturón y pon la cabeza aquí, en el regazo de mamá. —La voz era apenas un hilo, dulce, casi tibia.
Mateo obedeció sin pensar. Apoyó la nuca contra los muslos de su madre y miró hacia arriba. Desde esa posición, el escote de la blusa de Lorena se le abría justo encima de los ojos. Dos pechos generosos, contenidos por la tela, que se movían con cada respiración. Mateo era un chico de dieciocho años con la cabeza llena de cosas que un hijo no debería pensar de su madre, y aquella vista le arrancó una bocanada de aire que disimuló como un bostezo. Sintió la sangre bajar en línea recta hacia el pantalón.
Lorena le acariciaba el pelo cuando una azafata se acercó por el pasillo. Tendría su misma edad, el cuello largo, una sonrisa ensayada para los pasajeros buenos.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó.
—Sí, gracias. Mi hijo se pone nervioso con los vuelos —respondió Lorena.
La azafata miró a Mateo y soltó una risa cómplice.
—Yo tengo uno de su edad. Los varones nunca dejan de necesitar a la madre. No hay lugar más seguro que los brazos de mamá, ¿verdad?
Lorena le sostuvo la mirada un segundo de más. Algo cruzó entre las dos. Las dos sabían. Las dos habían visto cosas, cada una con su hijo, en habitaciones cerradas, en sofás a media tarde. Las dos entendían el pacto de silencio que solamente una madre y un hijo pueden firmar.
—Voy a hablar con el capitán y vuelvo. ¿Le traigo una manta? —ofreció la azafata.
—Por favor —dijo Lorena—. Una bien gruesa, si tiene.
Diez minutos más tarde, las luces principales se apagaron. La cabina quedó en penumbra azulada. La fila del fondo, con el mamparo a la espalda y los asientos vacíos al frente, se transformó en una caverna oscura, aislada del resto del avión. La azafata reapareció con una manta enorme y un montón de almohadones que dejó sobre el asiento del pasillo.
—Ahí los dejo —dijo en voz baja.
—Gracias —contestó Lorena.
—La saqué del compartimento de al lado de su marido. Es la más gruesa que tenemos.
—¿Ya está dormido él?
—Todavía no. ¿Quiere que le avise cuando lo esté?
—Si pudiera, sí. Voy a darle las buenas noches en cuanto se duerma.
Las dos se incorporaron lo justo para asomar la cabeza por encima de los respaldos. Andrés tenía los auriculares puestos y la pantalla en una película cualquiera.
—Andrés, Mateo y yo vamos a tratar de dormir. ¿Estás bien con las chicas?
—Sí, todo bien. Yo también voy a cerrar los ojos en un rato. Buenas noches, mi amor.
—Buen sueño.
Lorena volvió a su asiento. Miró a su hijo, que la esperaba con los ojos brillantes.
—Sácate las zapatillas —murmuró—. Vas a estar más cómodo.
Mateo se las sacó. Ella ubicó dos almohadones detrás de su espalda, se quitó las sandalias y desplegó la manta sobre los dos. Apagó la luz individual del techo. La fila quedó completamente a oscuras. Levantó los apoyabrazos del medio, eliminando la última frontera entre los dos cuerpos.
—Pasa una pierna por detrás de mí y la otra apóyala sobre mi regazo —dijo, casi sin voz.
Mateo obedeció. Quedó tendido entre los dos asientos, con la cabeza apoyada en los almohadones y el cuerpo abierto hacia su madre. Lorena subió las piernas y se acomodó entre las rodillas de su hijo, recostándose sobre él como sobre un sillón conocido. Sintió contra el vientre el bulto duro del pantalón. Notó que latía, que pedía. Sintió cómo sus pechos se aplastaban contra el pecho del muchacho.
—¿Te gusta cómo estamos, Mateo? —susurró.
—Sí —respondió él, con un hilo de voz.
Lorena esperó diez minutos. Diez minutos de respiraciones contadas, de manos que descansaban en lugares que un par de horas atrás habrían sido inadmisibles. Entonces apareció otra vez la azafata. Vio aquel bulto largo bajo la manta, las dos cabezas pegadas, y sonrió como quien reconoce una postal vieja.
—Se durmió su marido —avisó en voz baja—. Está todo tranquilo.
Lorena le agradeció con la mirada. La azafata siguió hacia adelante.
***
Lorena deslizó las manos por debajo de la camisa de su hijo. Las palmas frías recorrieron el pecho liso, todavía adolescente pero ya marcado por el gimnasio. Le rozó los pezones con las uñas y escuchó el aire entrar por la nariz de Mateo en una bocanada brusca. Él temblaba. No era miedo: era todo lo que llevaba años imaginando, finalmente al alcance de la mano, finalmente permitido.
Le abrió la camisa botón por botón, sin apuro. Bajo la manta no se veía nada, pero ella conocía el cuerpo de su hijo de memoria, lo había bañado, abrazado y cuidado durante dieciocho años. Esta vez lo recorría con otras intenciones.
Se incorporó apenas para abrirse la blusa. Soltó dos botones, después otros dos, hasta que el corpiño quedó al aire. Todo dentro de aquel pequeño rectángulo oscuro que la manta sostenía sobre los dos.
—Desabróchame —dijo, acercando los labios a la oreja de Mateo.
Él lo hizo con dedos torpes. Sintió los pechos de su madre caer libres contra su torso, calientes, pesados, suaves. Lorena se acomodó a horcajadas sobre él. Una pierna a cada lado. Por encima de la tela del pantalón, lo apretó con la entrepierna, lo masajeó con un movimiento lento de cadera. Mateo se mordió el labio para no hacer ruido.
Las manos de ella bajaron al cierre. Le sacó el pantalón hasta los muslos, sin bajárselo del todo. Le envolvió el sexo con la palma. Era más grande que el de Andrés. Eso era algo que Lorena no había anticipado, aunque tantas veces lo había sospechado al verlo salir de la ducha. Lo rodeó con los dedos y empezó a moverse de arriba abajo, despacio, midiendo la respuesta del muchacho. Sintió cómo el cuerpo de Mateo se tensaba contra el asiento.
Sabía lo que él necesitaba. Lo que ella misma necesitaba. Se deslizó por debajo de la manta y se llevó el sexo de su hijo a la boca.
Mateo casi se incorpora del impacto. La lengua de su madre lo recorría entero, lo envolvía, lo soltaba para volver a tomarlo. Era una experiencia entera nueva: ya había estado con dos chicas del colegio, pero nada se parecía a esto. Lorena alternaba entre el pene y los testículos, succionaba con un ritmo que parecía estudiado, que parecía suyo desde siempre.
Mateo, entre los espasmos, tiró de la manta hacia abajo lo justo para asomar la cabeza. Buscaba aire. En cambio, encontró la mirada de la azafata, parada al costado del asiento.
—¿Cómo va eso, mi amor? —murmuró ella.
—Bien —contestó Mateo, asustado.
La azafata bajó los ojos hacia el bulto que se movía rítmicamente bajo la manta. Sonrió. Conocía esa cabeza moviéndose hacia arriba y hacia abajo. La conocía bien. No se inmutó.
—Voy a acabar —jadeó Mateo, casi sin voz.
La mujer reaccionó rápido. Sacó del bolsillo del delantal un pedacito de plástico de embalaje y se lo metió a Mateo entre los dientes.
—Muerde esto. Así nadie te escucha.
Lorena aceleró el ritmo. Mateo sintió el dique romperse. Se descargó dentro de la boca de su madre, en oleadas largas, tragando a duras penas el aire por la nariz. Lorena no se separó: tragó todo, lo ordeñó hasta la última gota, como si llevara años con sed.
Mateo, los dientes hundidos en el plástico, vio que la azafata seguía ahí, mirando, con una mano apoyada en el respaldo y la otra apretando con disimulo la tela del uniforme entre las piernas. Cuando todo terminó, ella sonrió, hizo un gesto leve con la cabeza, y siguió de largo hacia la galería trasera.
Madre e hijo respiraron por primera vez en lo que pareció una hora. Lorena se incorporó, le acarició la mejilla a Mateo y le sacó el plástico de la boca con cuidado. Le dio un beso en los labios. Un beso que no era de madre.
—Todavía nos quedan diez horas —murmuró ella—. ¿Vas a poder?
—Toda la noche, mamá. —Mateo se rió bajito, todavía agitado—. Toda la noche.
Lorena se sacó el pantalón de pijama en cámara lenta, debajo de la manta. Se acomodó otra vez sobre él, esta vez sin nada en el medio. Sintió cómo el sexo de su hijo tanteaba, buscaba, encontraba. Bajó las caderas con los ojos cerrados.
—Es como tocar el cielo con las manos, mami —susurró Mateo contra su cuello.
—Cállate y muévete —respondió ella, sin abrir los ojos.
Se movieron lento, muy lento, durante mucho rato. La manta apenas se ondulaba. A veces Lorena dejaba de moverse y se quedaba quieta sobre él, conteniéndose, esperando. Después volvía. Mateo aprendía. Aprendía rápido.
Cuando ella sintió que estaba cerca, le clavó las uñas en los hombros y le mordió el cuello para no gritar. Mateo terminó por segunda vez en su vida esa noche, ahora dentro de su madre, mientras ella se sostenía agarrada de su pelo.
***
Después no hablaron. No hacía falta. Lorena se acomodó la blusa, le subió el pantalón a Mateo, alisó la manta. Quedaron abrazados como cuando él era chico y se quedaba dormido en el sillón viendo dibujos animados. Solo que ya no era chico, y la manta olía distinto.
Antes del amanecer pasó otra vez la azafata. Los miró a los dos hundidos en el sueño, las cabezas tocándose, una sonrisa serena en cada cara. Se quedó ahí un instante. Después siguió de largo, anotando algo en su carpeta.
Quedaban siete horas hasta Singapur. Mateo, sin abrir los ojos, encontró la mano de su madre debajo de la manta y se la apretó.