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Relatos Ardientes

La pregunta que mi madre me hizo aquella noche

Me llamo Andrés y la mujer que me marcó cuando era joven, sin que ella lo supiera, fue Carmen, mi madre. Tenía cuarenta y dos años, era hermosa, viuda desde hacía tres, y se ocupaba sola de mis dos hermanas, Sofía de veintiuno y Lucía de dieciocho. Yo tenía veinte y era el único hombre de la casa.

Aquel sábado, Sofía y Lucía habían cogido el coche para pasar el fin de semana en la costa, en el apartamento que les prestaba una amiga del instituto. Mamá y yo nos quedamos solos, y la casa, sin sus risas, parecía más grande de lo normal.

Yo había planeado una noche tranquila en mi cuarto, con la puerta cerrada y mis vicios privados. Pero a media tarde mamá apareció con una taza de café en la mano y esa sonrisa cansada que ponía cuando le pesaba algo dentro.

—Quédate conmigo abajo, Andrés —me pidió—. Hoy no quiero estar sola.

Bajé al salón con desgana. Ella se sentó en el sofá con las piernas recogidas y una revista entre las manos. Llevaba un vestido ligero de tirantes y el pelo, castaño y largo, le caía sobre un hombro.

—Estaba leyendo una cosa rara —dijo después de un rato, sin mirarme—. Un reportaje sobre familias en las que pasan cosas. Entre madres e hijos, sobre todo.

—¿Qué tipo de cosas? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Lo sabes. A mí me parece sucio, retorcido. Pero quería saber qué piensas tú.

Levantó por fin la vista. Tenía los ojos color miel, ligeramente enrojecidos, como si hubiera llorado un poco antes. Algo en mi pecho se aflojó.

—No me parece sucio —dije—. Si dos personas se quieren y deciden estar juntas, no veo por qué tiene que importarle a nadie más.

—¿Aunque una de ellas sea tu madre?

—Aunque sea mi madre.

Hubo un silencio largo. Carmen dejó la revista sobre la mesa, despacio, como si no quisiera hacer ruido.

—¿Tú serías capaz, Andrés? Quiero decir, conmigo. Si yo te lo pidiera.

Llevaba años pensándolo. Cada verano en la piscina, cada mañana cuando salía del baño envuelta en la toalla, cada vez que se reía sin saber que la estaba mirando.

—Sí —contesté—. Lo he pensado más veces de las que te imaginas.

Ella se cubrió la boca con la mano y soltó una risa nerviosa, casi un sollozo. Después se puso seria.

—No es justo —dijo—. Llevo tres años durmiendo sola y mirando el techo. Mis amigas se ríen porque me dicen que soy demasiado guapa para estar así, pero ¿qué quieren que haga? ¿Que me lleve a un desconocido a la cama de tu padre?

—No.

—Pues entonces.

Me levanté del sillón y crucé el salón. Cuando llegué hasta ella, me arrodillé en la alfombra y le tomé las manos. Las tenía frías.

—Si quieres parar, paramos —dije—. En cualquier momento. Pero si lo que quieres es saber, yo te enseño.

Carmen me miró un instante. Después se inclinó hacia delante y me besó, primero con la boca cerrada, casi con miedo. Yo no me moví. Esperé. A los pocos segundos abrió los labios y dejó que mi lengua entrara, y ese beso dejó de ser un beso de madre.

***

Me senté a su lado en el sofá. Ella tenía las mejillas encendidas y respiraba con la boca entreabierta.

—No sé hacer esto —murmuró—. Llevo demasiado tiempo apagada.

—Tranquila.

Le bajé los tirantes del vestido. La tela cedió hasta la cintura. Llevaba un sujetador grande, de los que ella misma odiaba, y se rió otra vez, esa risa nerviosa que era casi una disculpa.

—No me mires mucho —me dijo—. Tengo demasiado pecho. Parezco una vaca.

—Te equivocas.

Le solté el cierre. Cuando la prenda cayó al suelo, los pechos de mi madre quedaron a la vista, pesados, con las areolas oscuras y los pezones ya endurecidos. No sé cuánto tiempo me quedé mirando.

—Por favor —susurró ella—, no te quedes callado, que me da vergüenza.

Le besé un pezón, sin prisa. Después el otro. Carmen contuvo el aire y enseguida lo soltó, despacio, dejando escapar un sonido que no era de queja. Sus dedos se hundieron en mi nuca y me apretaron contra ella, y comprendí que llevaba años esperando que alguien le hiciera exactamente eso.

—Sube —le dije—. No quiero que la primera vez sea aquí.

—¿Y si vuelven? Las niñas.

—Están en la playa. No regresan hasta el domingo.

***

Subimos a su dormitorio. La cama de matrimonio seguía hecha por los dos lados, como cuando estaba papá. Ella se quedó parada en la puerta, dudando. Yo retiré el edredón, le tendí la mano y la guié hasta el borde del colchón.

—Túmbate.

Lo hizo despacio. Yo me arrodillé delante y le subí el vestido hasta la cintura. Llevaba unas bragas blancas, de algodón, que me parecieron las prendas más sinceras que había visto nunca. Tirando del elástico se las quité.

Carmen cerró los ojos. Estaba avergonzada, todavía, de su propio cuerpo. Tenía el vello púbico castaño, ligeramente recortado, y los muslos firmes. Le abrí las piernas con cuidado, le besé la parte interior de la rodilla y fui subiendo. Cuando llegué arriba, sentí que se ponía tensa.

—Andrés…

—Calla.

Pasé la lengua sin prisa, de abajo arriba, una sola vez. Carmen dio un respingo en la cama y se llevó las manos a la boca para no gritar. Yo me detuve un segundo, esperando, y volví a hacerlo. Esta vez la oí gemir entre los dedos.

Trabajé despacio. Conocía la teoría, no la práctica, pero ella me lo iba diciendo todo: cómo se le tensaban los muslos cuando acertaba, cómo bajaba la voz cuando me equivocaba, cómo se le aceleraba la respiración cuando insistía en el mismo punto. La primera vez que se corrió, lo hizo en silencio, con todo el cuerpo arqueado y una mano agarrada al cabecero. La segunda fue más larga, más sucia, con la voz quebrada y mi nombre repetido tres veces.

—Para —me suplicó—. Por favor, para o me muero.

Subí por su cuerpo y la besé en la boca para que se reconociera en mi sabor. Ella me devolvió el beso con un hambre que no había mostrado nunca delante de mí, ni siquiera con papá.

—Ahora yo —dijo—. Quítate la ropa.

***

Me senté en el borde de la cama y me dejé desnudar por mi madre. Carmen tenía las manos torpes, por la urgencia y por los nervios, y eso me gustó más que cualquier truco aprendido. Cuando bajó la mirada y vio cómo estaba, abrió los labios pero no dijo nada.

—Es tuya —le dije—. Si la quieres.

La rodeó con una mano, despacio, midiéndola. Después se inclinó y la besó como había besado mi boca un rato antes. La sensación de su lengua, todavía caliente de ella misma, me dejó sin aire.

—No tienes por qué… —empecé.

—Cállate.

Lo hizo a su manera, sin técnica, sin prisas, como quien aprende un idioma por instinto. A los pocos minutos tuve que apartarla con suavidad, sujetándole la barbilla.

—Si sigues, termino así. Y no quiero terminar así la primera vez.

Carmen sonrió. Tenía una sonrisa nueva, una que yo nunca le había visto.

—Entonces ven —dijo, dejándose caer hacia atrás sobre las almohadas—. Ven aquí.

***

Me coloqué entre sus piernas y fui entrando despacio, sin dejar de mirarle la cara. Quería ver el momento exacto. Lo vi: la boca se le abrió un poco, las cejas se le arquearon, los párpados le temblaron y dejó escapar un sonido largo, rendido, mientras se agarraba a mis hombros.

—Madre mía —susurró—. Madre mía, hijo.

No me moví durante un buen rato. La dejé acostumbrarse, sentir todo el peso de lo que estaba pasando. Cuando empecé a moverme, lo hice con calma, casi con cariño. Carmen me cruzó las piernas por la cintura y me obligó a entrar más hondo, y entonces el cariño se fue al infierno y el resto fue otra cosa.

Lo hicimos sin medirnos. Ella me decía cosas al oído, cosas que no se pueden repetir, cosas que una madre no le dice a un hijo. Yo se las devolvía. La habitación olía a sudor y a perfume y a años de espera. En algún momento, cuando se corrió por tercera vez, me clavó las uñas en la espalda y me dijo:

—Dentro. Quiero dentro.

—¿Estás segura?

—Dentro, Andrés. Por favor.

Y obedecí. Terminé dentro de mi madre y, mientras lo hacía, ella me apretaba contra su pecho como si tuviera miedo de que me fuera. Cuando acabé, me quedé encima sin salirme, escuchando cómo se le iba calmando el corazón debajo del mío.

—No te muevas todavía —me pidió—. Quédate así un poco más.

Me quedé.

***

Después, mucho después, cuando recuperamos el habla, mamá fue al baño y volvió con una bandeja: vasos de zumo, fruta, pan con jamón. Comimos en la cama, ella envuelta en una sábana, yo sin nada encima. Hablamos de tonterías. De si las niñas notarían algo cuando volvieran el domingo, de si sería capaz de mirarme en la mesa sin ponerse colorada, de si esto era una sola noche o el principio de algo.

—No lo sé —me dijo, acariciándome el pelo—. No quiero pensarlo todavía.

—Pues no lo pienses.

Le quité la sábana. Carmen se rió, una risa limpia esta vez, sin nervios.

—Eres incansable.

—Tengo veinte años, mamá. Y llevo cinco soñando con esto.

—No me llames mamá ahora. Ahora no.

—Carmen.

Le gustó cómo sonó. Se inclinó sobre mí y me besó otra vez, y los dos sabíamos perfectamente que el domingo, cuando volvieran las niñas, íbamos a tener que aprender a fingir. Pero el domingo todavía estaba lejos. Y aquella noche apenas había empezado.

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Comentarios (6)

vikingo_lector

Que inicio tan bien construido, te deja con ganas de saber como sigue. Muy bueno!

tato_22

Me encantan los relatos con esa tension previa, ese momento antes de que todo cambia. Genail la escena del salon.

Fer_nocturno

Por favor seguila, quede con muchas ganas de mas

PatriciaLectora

Me sorprendio el giro que toma, no me lo esperaba para nada. Excelente!

martin_b_lector

El titulo ya te engancha desde el principio jaja, y el relato cumple con creces. Muy bien logrado.

Romi_2312

Ay, que nervios me dio leyendolo, increible como te mete en la situacion. Sigue escribiendo!

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