La inyección que cambió todo entre mi madre y yo
Vivo solo con mi madre desde que tenía ocho años. Mi padre murió en un accidente de obra y, con el poco dinero del seguro y un terreno heredado, ella levantó una refaccionaria en nuestro pueblo. Hoy tenemos tres sucursales y una vida tranquila. Se llama Renata, aunque las amigas le dicen Reni. Mide casi un metro setenta y siete, morena clara, ojos color miel, cintura estrecha y unas piernas largas y firmes que cualquier mujer envidiaría. No es presumida, pero cuida su cuerpo con una disciplina que siempre me llamó la atención.
A los veintisiete años yo era el clásico hijo bueno: educado, responsable, con escasas experiencias con chicas y una curiosidad sexual creciente que casi nunca encontraba salida. Vivía pendiente del negocio y de mi madre. Renata no aparecía jamás en mis fantasías. Era mi familia, mi referencia, la mujer a la que respetaba por encima de todo.
Un otoño Renata empezó a desgastarse. Las cuentas, los proveedores, la administración: cargaba demasiado. Aparecieron episodios de ánimo bajo, insomnio, depresión. Yo asumí más responsabilidad en las tiendas y, por las noches, le preparaba caldos suaves y películas tontas para que se relajara. Hablábamos de cosas que nunca antes habíamos tocado: sus sueños de juventud, los días con mi padre, los miedos que le quitaban el sueño. Por primera vez sentí que era más amiga que madre.
A esa fragilidad se le sumó una faringitis fea, con fiebre alta y la garganta cerrada. El médico le mandó antibiótico inyectable, y aquel sábado por la mañana Renata no logró dar con doña Berta, la señora mayor que recorre medio pueblo poniendo inyecciones, ni con su amiga Patricia. Ambas estaban ocupadas. La fiebre subía.
—Voy a hacerlo yo misma —me dijo por teléfono cuando le pregunté.
—¿Estás segura, mamá?
—Qué remedio. No puedo cortar el tratamiento.
—Vamos a la farmacia, alguien de allá te puede pinchar.
—Me da vergüenza, hijo. Doña Berta es distinta, esa mujer le conoce las pompis a medio pueblo.
Reímos. Llamamos a tres amigas más. Ninguna sabía inyectar.
—¿Y si te pongo yo la inyección?
—Tú no sabes, mi amor.
—Enséñame. No puede ser tan difícil.
—¿Aprender conmigo? No me parece.
—¿Con quién quieres que aprenda? ¿Ayudando a doña Berta?
Se rio bajito y aceptó.
—Trae la jeringa, el alcohol, el algodón. Yo tengo las ampolletas.
Me explicó cómo cargar el medicamento, cómo dividir la nalga en cuatro partes imaginarias, cómo limpiar con alcohol y dónde clavar. El pinchazo debía ser firme, pero no violento. Le preocupaba más su pompi que el dolor en sí. Cuando todo estuvo listo, se metió al vestidor, se puso un short flojo y volvió a la cama.
—Pongo boca abajo, ¿de acuerdo?
Asentí. Revisé la jeringa, dejé salir una gota.
Renata, tendida, sujetó el elástico del short con la mano izquierda y, después de dudar dos segundos, lo bajó solo lo justo para mostrar la mitad derecha de su nalga. Fue ahí cuando descubrí que no traía nada debajo. La piel de esa zona era considerablemente más blanca que el resto, firme y carnosa al mismo tiempo. Tragué saliva y traté de concentrarme.
—Recuerda dividir en cuatro y poner alcohol antes de pinchar —me recordó sin girarse.
—Voy.
Pasé el algodón húmedo por la zona blanca. Ella, sin querer mirar, bajó un poco más el short y dejó al descubierto casi toda la nalga. Sujeté la carne con cuidado, levanté apenas y clavé. Inyecté lento. Saqué la aguja, presioné con el algodón y masajeé un instante para que el medicamento no formara bolita. Le di una palmada suave y le subí el short.
—¿Te dolió?
—Casi no la sentí. Tienes buena mano.
—Voy a hacerle competencia a doña Berta.
—Tendrás que ser muy viejito para verle las pompis a todo el pueblo.
—Bueno, tan viejo no soy y ya vi las tuyas.
—Eso fue una emergencia, hijo. Eres el hombre de la casa, a nadie más le permitiría algo así.
Esa última frase me dejó pensando toda la tarde.
***
Por la noche volvió a llamar a doña Berta. Imposible: estaba cuidando a una anciana grave en una ranchería. La fiebre seguía firme.
—Bueno, señor de la casa, le toca otra vez.
—De acuerdo, señora, pero ahora le cobro treinta pesos.
—¿Le vas a cobrar a tu madre?
—Esa es la tarifa de la señora por dos inyecciones.
—¿Y si no te pago?
—Haré una excepción.
—Menudo pillo tengo por hijo.
Mientras bromeábamos, Renata se cambió a un short distinto. Cuando intentó bajárselo, el elástico era más rígido y no cedía. Le ayudé tomando la prenda con ambas manos. Ella se despegó un poco de la cama y, en cuanto el short obedeció, ambas nalgas quedaron al descubierto casi por completo. Renata se tensó, no dijo una palabra. Yo tampoco. Repetí los pasos, esta vez trazando una cruz mental sobre su piel, escogí el cuadrante y clavé.
—Listo, señora.
—No me dolió, doctor.
—De ahora en adelante soy su médico de cabecera. ¿Entendido?
—Sí, doctor.
Le subí el short hasta cubrirla. Se quedó tendida unos minutos.
—Doctor, olvida algo.
—Imposible.
—Masajearme para que no se acumule el medicamento.
Bajé otra vez el short, esta vez más, y descubrí su trasero entero. Sobé la zona del pinchazo con dos dedos durante un minuto, mientras los ojos se me iban. Donde debía verse el inicio del vello púbico no había absolutamente nada. Piel lisa, limpia. Le di la palmada de cierre, le subí la prenda y salí con el corazón a mil.
El resto de la noche no logré dormir. Lo único que veía cuando cerraba los ojos era el cuerpo de mi madre.
***
Al día siguiente la invité al cine. Antes de salir, ella se cambió rápido y volvió a buscar jeringas que ya no había en casa. Me mandó a la farmacia de la esquina. Me crucé con unos amigos, perdí tiempo y volví corriendo.
—Apúrate —me dijo—. No alcanzamos.
—¿No te cambias?
—Ya no hay tiempo. Prepara la inyección.
Sin entender, cargué la jeringa. Me llevó a la sala. Se subió la falda hasta la cintura y se acomodó de pie sobre el sillón, sujetándose con las manos al respaldo.
—¿Aquí?
—Aquí. Apúrate.
Llevaba un bikini blanco apenas translúcido. Lo bajé temblando. La prenda se deslizó pareja y dejó las dos nalgas al aire. Por la postura se distinguía con nitidez la línea entre los labios depilados y, cuando levanté un poco la nalga derecha para clavar, asomó por un instante el ano: pequeño, oscuro, increíblemente íntimo.
Inyecté concentrado, traté de no pensar.
—No olvide sobar, doctor.
Sobé un minuto largo. Luego le subí el bikini, le acomodé el elástico, le bajé la falda. Renata se giró, sonriendo apenas.
—Es usted un maestro. No me dolió. Aunque olvidó la nalgada.
—Perdón, son los nervios.
—Olvídalo, fue mi culpa. Creo que viste más de lo que vas a ver en el cine.
Me puse rojo. Ella me posó la mano en la mejilla.
—No te apenes. El cuerpo es algo natural. Confío en ti, y no nos tenemos a nadie más.
Pasamos la tarde entre tiendas y dos películas. Yo no escuché ni la mitad de los diálogos. La miraba de reojo, orgulloso, asustado, atraído.
***
Esa noche, después de bañarnos, hablamos en la sala con la tele apagada.
—¿Por qué dices que soy el hombre de la casa? —pregunté—. Yo no la mantengo.
—Para ser el hombre no hace falta eso. Quiere decir que tienes voz, que tomas decisiones, que cumples deberes.
—¿Qué deberes?
—Cuidarme, mimarme, protegerme. Curarme, como ahora.
—Me siento un poco raro, mamá.
—¿Por las inyecciones?
—Verte así… nunca lo había hecho.
Se quedó en silencio un momento.
—Tampoco yo me acostumbro del todo. Pero era necesario. Estoy orgullosa de mi cuerpo, lo cuido, me ejercito. Tu padre era el único que me había visto desnuda, además de doña Berta. Hasta ayer. Como tu padre ya no está y tú eres el que me cuida, creo que tienes derecho a verme cuando yo te lo permita. ¿Qué sentiste tú cuando me bajé el short?
—Mucho, mamá. Nunca había visto a nadie así.
—Lo pensé mucho antes de hacerlo. Cuando supe que me estabas mirando, sentí pena, pero también algo más. Dime, ¿qué viste exactamente?
—Tu trasero, tu ano, parte de tu… concha.
—Vaya. ¿Eso en unos segundos?
—Sí. ¿Estuvo mal?
—No. Viste lo que yo te dejé ver. Es natural.
La conversación se alargó. La excitación crecía, pero también la complicidad. Después puso una película y nos quedamos callados hasta tarde.
—Doctor, hora de mi inyección.
Esa vez la inyecté apenas viendo media nalga. Las siguientes fueron iguales y, finalmente, Renata se recuperó.
***
Pasaron meses. Nada se volvió a hablar. Éramos los mismos, solo más unidos. Una tarde, mientras lavaba los platos, le di una nalgada suave por encima de la falda de franela.
—¿Y eso?
—Me la debías. Voy con mis amigos un rato.
Cuando me acerqué a darle un beso, ella no se giró. Le puse las manos en la cintura, recargué el cuerpo contra su espalda y le besé la mejilla. Ella no se movió. Volví a la vertical, despegué el cuerpo. Renata giró apenas la cara y sonrió.
—¿Sucede algo?
—Me apena.
—Sabes que no tenemos secretos.
—Estoy excitado, mamá. Al tocarte sentí algo raro. Recordé.
—Las hormonas mandan, hijo. Eso quiere decir que estás listo para una mujer.
—No la encuentro. Lo único desnudo que he visto en mi vida son tus pompis, qué ironía.
—Oye, mis pompis son hermosas. Más que las de cualquier jovenzuela.
—Sí. Pero no cuentan, son las de mi madre y las vi de emergencia.
Se quedó callada. Yo admiraba el bulto firme bajo la falda.
—Tienes razón. Aquella fue una emergencia. Pero parece que ahora la emergencia eres tú. Anda, súbeme un poco la falda. Mira. Pero no me bajes el bikini.
Me hinqué detrás. Subí lentamente la franela hasta descubrir los muslos y el comienzo del trasero. Ella me ayudó sujetando la falda contra el lavaplatos. La tela del bikini era prácticamente translúcida.
—¿Qué opinas?
—Es muy hermoso, Reni.
—¿Quieres ver más?
—Por favor.
—Mete el bikini entre las nalgas. Puedes acariciarme un poco.
Le hice caso. Sus nalgas quedaron desnudas. Las acaricié en círculos, apretando ligeramente, hipnotizado. Antes de retirarme me animé y deslicé la mano entre los muslos, rocé apenas la zona depilada y noté un punto de humedad en la prenda.
Reajusté el bikini, le bajé la falda y salí de casa sin decir nada. Detrás de mí escuché:
—Luego platicamos.
***
Un mes después se cruzó la noche del afeitado. Yo me había rasurado por mi cuenta tras una conversación incómoda en la sala. Al amanecer, Renata salió de la ducha con una bata rosa larga.
—¿Cómo te quedó? —preguntó.
—Como bebé.
—Quiero verte.
—Me da pena.
—Yo te enseñé lo mío, ¿recuerdas? Hacemos un trato: tú me muestras cómo te quedó y yo te muestro las pompis.
—No es justo. Yo ya las conozco. Muéstrame también lo de adelante, tu… concha depilada. Estaríamos en igualdad.
Se quedó pensando.
—De acuerdo. Pero al mismo tiempo. Yo me pongo encima en sesenta y nueve, tú con los ojos cerrados. A la cuenta de tres.
Me acosté en la alfombra de la sala con un pants y sin ropa interior. Ella se colocó arriba con la bata. A la cuenta de tres me bajó el pantalón hasta las rodillas y mi pene asomó completamente erecto.
—Quedó como bebé.
Le subí la bata desde la espalda y aparecieron sus nalgas y el sexo perfectamente lampiño, ligeramente entreabierto, brillante. Sentí su mano cálida tomarme con cuidado, moverme a un lado y al otro.
—Es hermosa la vista. ¿Cómo te sientes sin vello?
—Con frío. Y excitado.
—Eso no es por la depilada.
Pasé los dedos por sus muslos hacia el sexo, apenas rocé los pliegues, ella se estremeció. Empecé a explorar con dos dedos sin presionar. Renata acariciaba mis testículos lampiños y la cabeza de mi pene, embarrando un poco de líquido que iba apareciendo. Cuando rocé su ano, dio un respingo. Cuando deslicé los dedos por el clítoris hinchado, dejó escapar un suspiro.
—No lo toques así, amor. Solo observa.
—Déjame chupártelo, Reni.
—No, mi amor. Debemos controlarnos.
Pero no nos controlamos. Ella se inclinó un poco más, abrió las piernas y mi vista mejoró. Sin pensarlo saqué la lengua y la rocé. Ella reaccionó cubriendo apenas la cabeza de mi pene con su boca tibia. Por un momento estuvimos en otro plano. Luego sentí los dientes, una mordida nerviosa, un movimiento sin ritmo, demasiado real.
—Pero ¿qué hago, por Dios?
Se apartó de golpe, se cubrió con la bata y rompió a llorar. Corrió a su habitación y dio un portazo. Yo me quedé ahí, helado, con el pants en las rodillas.
***
El día siguiente fue un infierno en el trabajo. Llegué a casa tarde. Forcé la puerta del cuarto y la encontré encogida en la cama. La abracé largo rato sin decir nada, le sequé las lágrimas, le busqué la sonrisa.
—Me asustas, Reni.
—Soy una tonta. Una inmoral. Un animal en celo.
—No eres nada de eso.
—Lo que hice es una aberración. Es incesto.
—Podemos olvidarlo. Aquí no pasó nada. Solo lo sabemos tú y yo.
—Quiero estar sola. Te prometo que mañana estaré bien.
Con el tiempo, todo volvió a una calma tensa. Seguíamos siendo madre e hijo.
***
Por aquella época apareció Sofía. Era guapa, alegre, simple. Se la presenté como mi novia. Renata la trató bien al principio, pero pronto cambió. Un día me pidió que dejara de llevarla a casa, que su presencia le incomodaba. Sofía, con paciencia, sugirió que rentara un departamento. Cuando se lo planteé a mi madre, enmudeció. La casa se volvió un silencio muy largo.
Con Sofía conocí varias primeras veces fuera de mi casa: besos largos, manos que aprendían, una tarde en la bodega de la tienda donde me olvidé del inventario. Pero nunca terminé de irme.
Una mañana Renata apareció con el pelo cortado y teñido de un rubio cálido. Estaba radiante. Esa tarde, mientras lavaba los platos, le masajeé los hombros y bajé las manos hasta sus nalgas. Las acaricié sobre el short y me dejó hacerlo.
—¿Puedo verlas un poco?
—Hoy no. Estoy en mi periodo.
Volvió a abrirse la puerta días después. Yo capturaba ventas en la oficina cuando ella entró sin ruido y se quedó parada a un lado. Llevaba un short rosa de toalla, blusa blanca, los pezones marcados, descalza, con el pelo aún húmedo.
—Ya no estoy reglando —dijo, con una sonrisa apenas dibujada—. Aquel día llevaba toalla. Por eso no quise.
—¿Puedo verlas ahora?
—Está bien.
Le bajé el short. Su trasero asomó intacto, sin ropa interior. Acaricié los muslos, subí, apreté apenas, le levanté la blusa y le acaricié la espalda, las nalgas, los muslos durante mucho rato. Renata cerró los ojos.
—¿Sigues rasurándote?
—Sí, pero mal. Me da miedo cortarme.
—Si quieres, te rasuro yo. Aquí mismo.
—¿Ahora?
—Aquí. Quítate el short y el bóxer, voy por las cosas.
Volvió con crema, navaja, talco y una toalla. Se hincó frente a mí. En quince minutos me dejó lampiño. Limpió con la toalla húmeda, secó con cuidado, observó mi pene crecer despacio bajo sus dedos, lo acercó a su mejilla, lo soltó y se puso de pie.
—¿Puedo verte completa, Reni?
—¿No crees que hacemos mal?
—Podemos vernos y tocarnos sin que nada más pase. Confiamos el uno en el otro.
Se quitó la blusa y se cubrió los pechos con los brazos. Me acerqué, la abracé, ella se aferró rápido. Acaricié la espalda, las nalgas, el pelo. Ella metió una mano entre nosotros y empezó a explorar mis testículos y mi pene en idas y venidas. Yo bajé la mano hasta la unión de sus muslos. Tuve que pedirle que abriera apenas las piernas. Cuando lo hizo, encontré los labios húmedos y calientes, busqué el clítoris, comencé a masturbarla despacio. Ella cerró los ojos, jadeó.
La giré, la pegué de espaldas a mi cuerpo y seguí con la mano entre sus piernas. Con la otra, subí hasta los pezones enormes y los pellizqué guiado por sus dedos. Cuando volvió a girarse, tomó mi pene y lo masturbó con calma, sin prisa, mirándolo de cerca. Acabamos casi a la vez, ella primero, yo poco después, sin decir una sola palabra.
Quedamos abrazados largo rato en la alfombra.
—Quiero que esta noche no te vistas. Quiero verte así por toda la casa —le dije.
No me obedeció del todo. Cuando se puso a guisar, se ató el mandil. Pero de espaldas, esa vista era la respuesta a todas las preguntas que me hice durante meses.
Desde entonces, casi cada día nos masturbamos, nos acariciamos, nos miramos. Solo dos veces la he penetrado de verdad y, créanme, aquello fue otra cosa. Otras veces es una mamada lenta, o un masaje con cremas aromáticas, o una ducha juntos donde no hablamos nada. Seguimos siendo madre e hijo en lo demás. La refaccionaria sigue, las cuentas siguen, las cenas siguen.
Espero que no nos juzguen. Nos gusta vivir así.