Mi madre me sorprendió desnudo después de la ducha
Acababa de firmar el contrato de un trabajo nuevo y, antes de empezar, mi anterior empleador me liquidó con una indemnización generosa. No era una fortuna, pero sí lo suficiente para hacer algo que mi mujer y yo veníamos posponiendo desde hacía años: rehacer el baño de arriba abajo.
Lucía se puso contenta cuando le enseñé los presupuestos. Eligió las baldosas, la mampara, una bañera de patas que le hacía ilusión desde nuestra primera casa. Llamamos a un albañil del barrio y la obra empezó un lunes a primera hora.
La primera semana fue tolerable. La segunda, los operarios sacaron los sanitarios y dejaron los muros pelados, listos para alicatar. Esa misma tarde, al volver del trabajo, abrí la puerta del baño y me encontré con un cráter. No había ducha, no había váter, no había nada.
—Vamos a tener que pedir favores —dijo Lucía mientras se cepillaba los dientes encima del fregadero de la cocina.
—Mañana paso por casa de mi madre antes de la oficina —respondí—. Le pediré que me deje ducharme allí esta semana.
Mi madre vivía a quince minutos en coche, en el barrio en el que crecí. Vivía sola desde que mi padre murió de un infarto, hacía siete años. Tenía cincuenta y tres y se mantenía bien para su edad: caminaba a diario, cuidaba un pequeño jardín y se teñía el pelo de un castaño cobrizo que le daba un aire más joven del que en realidad tenía.
El jueves madrugué más de lo normal. Cogí el bolso de gimnasio con muda limpia, una toalla y el neceser, y conduje hasta su casa con el frío del amanecer todavía pegado a las ventanas del coche. Toqué el timbre y nadie contestó. Volví a tocar y nada. Empecé a impacientarme: si no abría, llegaría tarde a la reunión de las nueve.
Cuando ya pensaba en llamarla al móvil, escuché pasos en la escalera y la cerradura cedió.
—Perdona, hijo, estaba secándome el pelo y no oí el timbre —dijo mi madre con una sonrisa, ajustándose el cinturón de una bata corta.
—Tranquila. ¿Te importa si subo directo a la ducha? Voy con el tiempo justo.
—Claro que no. ¿Te preparo un té para luego?
—Después te lo acepto.
Subí la escalera de dos en dos, dejé el bolso encima de su cama y me metí en el baño sin perder un segundo. La cabina todavía estaba caliente, con el vapor de su propia ducha pegado a los azulejos. El agua tibia cayó sobre los hombros y, durante un par de minutos, me olvidé de la obra, de la reunión, de todo. Me lavé deprisa, cerré el grifo y entonces caí en la cuenta de que la toalla seguía dentro del bolso, encima de la cama.
Había dos toallas suyas colgadas en el toallero, perfectamente dobladas, pero por alguna razón me dio reparo usarlas. Quizá porque eran las mismas que había visto desde niño y me parecía invadir su intimidad. Abrí la puerta con cautela, miré a un lado y al otro del pasillo y crucé los tres metros que separaban el baño del dormitorio dejando un reguero de gotas sobre el parqué.
Estaba inclinado sobre la cama, peleándome con la cremallera del bolso, cuando oí un carraspeo en el umbral.
—Ay, hijo, perdona —dijo ella.
Me giré por instinto y, también por instinto, llevé las manos a cubrirme. La sangre se me subió a la cara como si todavía tuviera quince años y mi madre me hubiera pillado mirando una revista debajo del colchón.
—Mamá, sal, por favor, que estoy desnudo —dije atropellado.
—Tampoco es nada que no haya visto antes —contestó con esa risa suya, esa risita que usaba cuando le hacía gracia incomodarme.
—Sí, cuando tenía cuatro años. Ahora tengo treinta y uno, mamá. Anda, sal.
Pero no se movió. Se quedó en el marco de la puerta, apoyada con un hombro, mirándome de la misma manera con la que mi padre revisaba un coche de segunda mano antes de comprarlo. De arriba abajo, pausada, sin disimulo.
—Mamá —repetí, y le señalé la puerta con la barbilla.
—Disculpa. Es que llevo años sin ver uno de estos en directo —bajó la mirada hacia mis manos, que seguían cubriéndome—. Una se acostumbra a estar sola.
—Pero qué dices.
Miré alrededor buscando algo, una sábana, una almohada, lo que fuera, para taparme con un poco más de decoro. La cama estaba hecha y los cojines, demasiado pequeños. Mi madre dio un paso hacia mí.
—Dame la mano —ordenó.
Me quedé clavado, sin entender qué pretendía. Su voz tenía un tono que no le había escuchado nunca, más bajo, más firme, casi divertido.
—Quita las manos y ponlas a los lados —dijo.
No le hice caso. Avanzó otro paso y yo retrocedí instintivamente, con tan mala suerte que las pantorrillas chocaron contra el borde de la cama. Perdí el equilibrio y me dejé caer sentado, con los brazos abiertos para no irme de espaldas. Cuando quise reaccionar, ya estaba expuesto y ella ya estaba encima.
—Quieto —dijo, y se sentó a horcajadas sobre mis muslos sin tocarme todavía.
Podría haberla apartado de un empujón. Pesaba la mitad que yo y, con un movimiento, la habría sacado de encima. Pero algo me detuvo. Quizá el miedo a hacerle daño. Quizá la incredulidad de que aquello estuviera pasando. Quizá otra cosa que no me atrevía a nombrar.
—No vas a hacer nada —dijo cerca de mi cara—. No vas a apartarme. No vas a estropear esto.
Una de sus manos se cerró sobre mis testículos, no con fuerza, pero sí con la firmeza suficiente para recordarme que estaba allí. La otra bajó hasta mi sexo y empezó a recorrerlo con dos dedos, despacio, casi distraída. Yo apretaba la mandíbula intentando que no respondiera, pero el cuerpo no obedece a la cabeza cuando lleva una mano de mujer encima después de demasiado tiempo. La erección llegó sola, sin permiso, y noté cómo se le dibujaba una sonrisa al notarlo.
—Te gusta —dijo—. No me digas que no, porque está aquí, debajo de mi mano.
—Mamá, esto no está bien. Suéltame, por favor. Soy tu hijo.
No contestó. Bajó la cabeza, separó la bata por delante y dejó al descubierto unos pechos que ya no eran los de una mujer joven, pero seguían siendo bonitos, llenos, con los pezones oscuros y endurecidos por el frío de la habitación. Su lengua tocó la punta de mi sexo y, al cabo de un segundo, los labios se cerraron alrededor. Cerré los ojos, apreté los puños contra el colchón y traté de pensar en cualquier otra cosa.
No funcionó.
—Voy a moverme despacito sobre ti —dijo cuando se incorporó—. Tú quédate quieto y déjame hacer.
—Mamá, no.
—Confía en mí.
Se desató del todo la bata y la dejó caer al suelo. Estaba completamente desnuda. La piel del vientre tenía la marca de los partos, el mío y el de mi hermana, y en lugar de incomodarme, me dio una ternura extraña. Se subió encima, se frotó contra mí sin metérmela todavía, y noté cómo su humedad iba mojando mi sexo, preparándolo para entrar.
—¿Tú nunca lo pensaste cuando eras más joven? —preguntó casi en un susurro—. Las madres de tus amigos sí, ¿verdad? Pero yo, no.
La verdad es que nunca. Las madres de los amigos del instituto, alguna vez, claro que sí. Mi propia madre, jamás. La idea siempre me había parecido grotesca. Y, sin embargo, allí estaba, debajo de su cuerpo desnudo, sintiendo cómo se me llevaba sin que yo pudiera evitarlo.
—Dime que te gusta —exigió—. Quiero oírtelo.
Negué con la cabeza. Apreté los labios.
—Dímelo.
Empezó a deslizarse. Despacio al principio, dejando que su humedad me envolviera del todo, después con un ritmo que iba subiendo. Inclinó el torso hasta que los pechos rozaron los míos. Olía al jabón con el que se acababa de duchar. Olía a casa.
—Me gusta —dije al fin—. Me gusta cómo lo haces.
—Eso es. Sigue.
—Me gusta tu sexo. Me gusta sentirte así.
Las palabras me salían mal y me salían bien al mismo tiempo. Cada frase me acercaba más al final. Sentí un cosquilleo familiar en la base de la espalda, esa señal que conozco desde la adolescencia, la antesala del orgasmo. Quise avisarla y no me dio tiempo. Llegué con una violencia que me sacudió de pies a cabeza, arqueando la espalda contra el colchón. Un instante después, su cuerpo se tensó también, las uñas se le clavaron en mis hombros y dejó escapar un gemido ahogado contra mi cuello.
Se derrumbó encima de mí. Durante un par de minutos, ninguno de los dos dijo nada. Solo se oía su respiración entrecortada y el ruido de la calefacción al arrancar.
—¿Estás bien? —preguntó por fin.
No supe qué responder. Le devolví un beso en la sien y ella se incorporó lo justo para alcanzarme la boca. Nos besamos, y aquel beso ya no era de madre a hijo. Era el beso de dos personas que acababan de cruzar una línea y que no querían reconocer todavía dónde estaban.
—Creo que ahora deberías tú —dijo—. Hazlo tú esta vez. Túmbame y termina lo que hemos empezado.
***
No sé por qué le hice caso. Quizá porque ya estábamos del otro lado y volver atrás no servía de nada. La giré con cuidado, la dejé bocarriba sobre la cama y bajé recorriéndole la piel con la boca: el cuello, el escote, el pecho, el vientre. Me detuve entre sus piernas y, por un momento, todavía pensé que podía levantarme y salir corriendo. No lo hice. La besé despacio, con la lengua, y ella arqueó la espalda y enredó los dedos en mi pelo.
—Ven aquí, hijo —dijo entrecortada—. Te necesito dentro otra vez.
Subí, la miré a los ojos un segundo y me dejé entrar. Esta vez el ritmo lo marqué yo. Empujaba y ella respondía, levantándose para encontrarme. Sus gemidos llenaban la habitación que había sido mi casa cuando era niño, la misma habitación donde había hecho los deberes, donde había escondido revistas debajo del colchón, donde había pasado las gripes con el termómetro debajo de la lengua. Todo aquello pesaba y, al mismo tiempo, parecía borrarse con cada embestida.
—Más rápido —pidió—. Voy a correrme otra vez.
Lo hice. Llegó antes que yo, con un grito ahogado que se le escapó contra la almohada, y un instante después llegué yo. Me quedé sobre ella, con la cara hundida en el hueco de su cuello, los dos sudados y respirando como si hubiéramos corrido un kilómetro.
—Gracias, hijo —dijo cuando recuperó el aliento—. Cuando te haga falta, ya sabes dónde estoy. Puedes venir siempre que quieras.
***
Salí de su casa media hora después, con el pelo todavía húmedo y la corbata mal anudada. Llegué tarde a la reunión. Mientras conducía, intenté entender lo que sentía y no lo conseguí. No había culpa. No había vergüenza, al menos no del tamaño que esperaba. Había una mezcla rara de calma y de desconcierto, como si una parte de mí supiera desde hacía mucho que aquello iba a pasar tarde o temprano.
No volvió a ocurrir. La obra del baño terminó tres semanas después y ya no necesité ducharme en su casa. Sigo yendo a verla los domingos, como siempre. Comemos, charlamos, le ayudo con el jardín. Ninguno de los dos ha vuelto a mencionar aquella mañana de jueves. Nos miramos a los ojos como antes, le doy un beso en la mejilla cuando llego y otro cuando me voy.
Pero a veces, cuando se queda en silencio mirando por la ventana del salón, sé que está pensando en lo mismo que yo. En que pasó. Y en que no haría falta más que un gesto para que volviera a pasar.