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Relatos Ardientes

Cuando mi suegro entregó a mi cuñada a su mejor cliente

Quienes hayan seguido lo que escribo recordarán a mi suegro: sesenta y largos años, padre de once hijos, manos firmes y un imperio pequeño pero rentable. Recordarán también la rebelión que sus hijos intentaron cuando él decidió dejar a mi suegra por otra mujer, y cómo la sofocó de un modo muy suyo: convertir a sus nueras, una a una, en cómplices de sus deseos. Yo fui la primera. Y mi tarea, desde aquel día, ha sido ayudarle con las demás. Bárbara fue la segunda. Lorena, prima de Bárbara y casada con otro de sus hijos, vino después.

La mañana siguiente al día en que entre los dos terminamos de doblegar a Lorena, mi móvil sonó con un mensaje breve: «Conéctate». Mi suegro había instalado en nuestras casas un sistema de cámaras conectado a su servidor; con dos toques, yo podía ver cualquier rincón que él quisiera mostrarme. Abrí la aplicación. Apareció la piscina de su chalet, bañada por el sol de julio. En una hamaca, con un bikini diminuto estampado de leopardo, estaba Bárbara. Sabía que la veía. Lo supe por la sonrisa que le ofreció a la cámara antes de cerrar los ojos.

A los pocos minutos, mi suegro entró en plano acompañado por otro hombre. Calvo, panza redonda bajo la camisa de lino, una de esas miradas que aprenden pronto a tasar lo que tienen delante.

—Eladio, te presento a Bárbara, la mujer de mi hijo —dijo mi suegro—. Eladio es uno de nuestros mejores clientes.

Bárbara se incorporó apenas, le tendió la mano y sonrió como una niña a la que están a punto de regalarle algo. Mi suegro continuó.

—Vamos a cambiarnos al bañador. Esta tarde toca relajarse.

Los dos hombres se metieron dentro. En ese momento llegó al móvil otra orden: «Llámame cuando estemos otra vez fuera». Esperé. A los diez minutos volvieron, ya en bañador, con sendas toallas al hombro. Marqué. Mi suegro fingió hablar con su secretaria, asintió, frunció el ceño, colgó.

—Lo siento, Eladio, ha surgido un problema en la oficina. Tengo que irme un par de horas. —Se giró hacia su nuera con expresión paternal—: Bárbara, encárgate tú. Que no le falte de nada.

—No te preocupes, suegrito —contestó ella, y la palabra se le derritió en la boca—. Yo me ocupo.

Mi suegro se marchó. Eladio se sentó en una hamaca; Bárbara, en la toalla a sus pies. Sacó el bote de bronceador y empezó a extendérselo despacio por las piernas, las clavículas, el escote. El viejo la miraba como un crío mira la primera tarta de una fiesta. Tardó poco en romper el silencio.

—¿Te ayudo con la espalda? Si no es molestia.

—Si no es molestia para ti, encantada —respondió Bárbara, y se giró.

Las manos de Eladio recorrieron sus hombros, bajaron por la columna, se demoraron en la cintura. No era un masaje: era un reconocimiento. Cuando volvieron a subir, su voz se había vuelto más densa.

—Quítate la parte de arriba, así no te quedan marcas. No te preocupes por mí, soy mayor, te veo como vería a una hija.

—Como una hija, claro —dijo ella, sonriendo—. Pero solo si tú también te quitas el bañador, papi. Para que estemos en igualdad de condiciones.

El hombre se rio sorprendido y, al cabo de un instante, accedió. La polla, que ya estaba dura bajo la tela, quedó al aire. Bárbara la miró sin disimulo. Después se levantó, se desató el bikini y se sentó sobre las rodillas del viejo, los brazos alrededor de su cuello, los pechos a la altura de su boca.

—Papaíto —murmuró—, ¿quieres que tu niña te aplique el bronceador a ti?

Eladio no contestó. Se limitó a asentir, hipnotizado. Ella se puso de pie, lo hizo girar, le repasó la espalda con una lentitud calculada y, al llegar al culo, se quedó allí, acariciando, hasta darle un beso ligero en el trasero.

—Tienes un culo precioso. Hay mujeres que pierden la cabeza por estos culos.

Cuando le pidió que se diera la vuelta, Eladio obedeció como un alumno aplicado. Estaba completamente erguido. Dudó un segundo y se sinceró.

—Hija, supongo que para una mujer como tú un viejo como yo debe parecerle un esperpento.

Bárbara lo abrazó contra ella y le besó la calva.

—Para nada, papaíto. Estás para comerte.

Bajó la mano hasta su polla y, en lugar de seguir con el bote, se arrodilló y empezó a pasar la lengua por los testículos. El viejo soltó un quejido ronco. Ella subió poco a poco, le lamió el tronco, se la metió en la boca y empezó a chuparla con una mezcla de hambre y paciencia que, viéndolo desde la pantalla, me dejó la boca seca.

Yo no podía más. Me levanté el vestido en el sofá del salón, aparté el tanga y empecé a tocarme. Llevaba dos días esperando ese mensaje y todavía no había acabado de quitarme la culpa de Lorena.

—Quiero follar contigo, papaíto —dijo Bárbara cuando soltó la polla.

Eladio iba a moverse, pero ella se le adelantó. Le dio la espalda, se sentó a horcajadas sobre él, restregó el culo contra la polla un buen rato y, cuando consideró que el viejo ya no podía contenerse, se la guio dentro y empezó a cabalgarle. Eladio jadeaba de un modo casi infantil.

—Cariño —dijo al cabo—, ninguna de las putas a las que pago me da ni la mitad de lo que tú me estás dando. Túmbate aquí, de costado, que vas a acabar reventada.

Se acomodaron en la hamaca, ella de espaldas a él. El viejo le metió la polla por detrás y empezó a moverse con una agilidad inesperada. No sé si era el cuerpo de Bárbara o las ganas acumuladas, pero parecía rejuvenecido.

—Cariño —jadeó—, déjame hacerte algo. Algo que no le hago a las que me cobran.

La hizo cambiar de postura y la colocó encima, con el coño sobre su boca y la polla a la altura de la suya. Empezaron un sesenta y nueve interminable. Bárbara mamaba con la misma destreza con la que un día se aprende un idioma; él, abajo, devoraba con el ruido sucio de quien lleva años sin probar lo que se le ofrece. La transmisión llevaba sus gemidos amplificados a mi salón, y yo seguía hundiendo los dedos sin atreverme a parar.

—Mi amor —dijo Eladio cuando se separaron—, si no te da asco y si no te duele, me encantaría hacértelo por el culo.

—Tranquilo. Mi marido ya no quiere, pero antes me lo hacía. Estoy acostumbrada.

Se bajó de la hamaca y se puso a cuatro patas sobre el césped. Eladio se arrodilló detrás. Tardó en encontrar el ritmo, pero cuando lo hizo, Bárbara empezó a gemir con una intensidad que se notaba auténtica. El viejo se corrió dentro con un rugido que casi me hizo correr a mí. Cuando recuperó la voz, se inclinó sobre ella y le susurró al oído algo que la cámara captó con claridad.

—Dile a tu suegro que seguiremos haciendo negocios. Mientras tú seas su representante.

La transmisión se cortó.

***

Dos días después llegó otra notificación. Esta vez, lo que apareció en pantalla fue el salón de Bárbara, la lámpara baja sobre la mesa, las puertas del jardín abiertas. Acababa de entrar Adrián, su cuñado: hermano de su marido y, antes que nada, exmarido de Lorena. Llevaba una carpeta de cartón bajo el brazo.

—Te traigo los papeles que te mandó papá —dijo dejando la carpeta sobre la mesa.

Bárbara cerró la puerta de un empujón con la cadera y se le acercó. Le rodeó el cuello con un brazo y bajó la voz.

—Qué bueno estás, primito. Mi prima se quedó con el más buenorro de los hermanos y luego va y te suelta. Una idiota.

Le metió la lengua en la boca antes de que él pudiera contestar. El beso duró lo suficiente para que Adrián dejara de pensar en lo que había venido a hacer. Cuando Bárbara se separó, ya estaba arrodillada delante de él, bajándole los pantalones y el calzoncillo de un tirón. La polla saltó hacia su cara; ella la sostuvo con una mano, la valoró con la mirada y rio.

—Menudo trasto, primito. Definitivamente Lorena se quedó con el mejor.

Se la metió en la boca de un solo gesto. Adrián se sujetó al borde de la mesa para no irse hacia atrás. Estuvieron así varios minutos, hasta que él la levantó del suelo, la sentó sobre la madera y le subió el vestido rosa. No llevaba bragas. Le abrió las piernas y se acercó. Bárbara lo paró con la mano en el pecho.

—Primito, ponte un condón.

Se le notó la contrariedad. Ella señaló con la barbilla un mueble del fondo.

—En el cajón de arriba. Compré un paquete cuando me dijiste que vendrías a traer los papeles.

Adrián cruzó el salón.

—¿Y mi hermano no se va a dar cuenta?

—Tu hermano ni sabe que existen, tranquilo. Esos son solo para ti.

Volvió con uno puesto y se la clavó hasta el fondo. Bárbara soltó un grito que era todo placer. Le subió un pie al hombro, le tiró del pelo, le mordió el labio. Adrián follaba con una rabia mezclada con culpa, como si supiera que aquello era una mala idea pero ya hubiera decidido pagar el precio.

—Follas muy bien, cuñada —dijo él al separarse de un beso.

—Te equivocaste de prima —contestó ella, riéndose.

Estuvieron así un rato largo, cambiando de postura sobre la mesa. Yo, en mi sofá, ya había perdido la cuenta de los orgasmos. ¿Me estaba volviendo voyeur de verdad? La pregunta se me cruzó por la cabeza y se fue tan rápido como había venido. Lo que tenía delante era demasiado bueno como para juzgarlo.

—Primo, follas muy bien, pero te veo cansado —dijo Bárbara—. Ven, túmbate, que ahora marco yo el ritmo.

Adrián se tendió de espaldas sobre la mesa. Bárbara se subió encima, se hundió la polla y empezó a moverse con un balanceo que parecía aprendido en otro sitio. A él se le escapó la voz.

—Eres una folladora de primera, primita.

—¿Mejor que mi prima? —preguntó ella, sin dejar de moverse.

—Mucho mejor.

Cabalgó otro rato y luego se giró para darle la espalda, ofreciéndole el culo a la cámara. Adrián le acariciaba las nalgas con las dos manos, sin terminar de creer la suerte que tenía. Cuando ella notó que él estaba a punto, paró.

—La mesa pincha. ¿Te animas a hacerlo de pie?

Se bajaron. Bárbara apoyó las manos sobre la madera y separó las piernas. Adrián la penetró por detrás y, al rato, le levantó una pierna y se la apoyó sobre el borde. La escena era, además de obscena, una pequeña proeza acrobática. Yo me reí sin querer, sin parar de tocarme.

—Primo —jadeó ella entonces—, ¿te apetece metérmela por el culo?

Adrián tragó saliva. Asintió. Bárbara se subió a la mesa, se puso a cuatro patas y le ofreció el trasero. Él se arrodilló detrás y entró de un golpe limpio.

—Esto es una locura, primito. Tu polla me está volviendo loca.

—¿Y a mi hermano se la dejas también encima de la mesa?

—Para nada. Con él solo en la cama, y con la luz apagada.

Adrián se rio sin alegría y siguió embistiéndola hasta que su voz se quebró.

—Prima, me corro.

—Sal, sal —le pidió ella—. Bájate.

Él obedeció. Bárbara se arrodilló en el suelo, le quitó el condón con una destreza casi profesional y se la metió en la boca. Le bastaron tres movimientos. Adrián gimió, se sostuvo de su hombro y se vino. Una parte cayó dentro de la boca; la otra, sobre los pechos. Ella sonrió hacia arriba, hacia la cámara que sabía que la estaba mirando, y la transmisión se cortó.

Yo me quedé sentada en el sofá, con el vestido todavía levantado y la respiración entrecortada, preguntándome a qué nuera le tocaría después y si yo iba a poder mirar otra vez sin venirme abajo. La respuesta, me temo, ya la sabía.

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Comentarios (6)

NicoTandil

tremendo relato, me engancho desde el principio!!

SantiagoRD

Por favor una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber cómo termina todo esto

RodriMDQ

El planteo es muy original, lo del suegro tiene mucho morbo. Bien logrado

Paty_23

buenisimo!!!

LectorBA_77

Espero la continuacion, esto promete bastante. Saludos desde BsAs

GabiMendoza

Me llamo la atencion el arranque con el celular, muy bien ambientado. Se nota que tenes estilo, seguí escribiendo

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