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Relatos Ardientes

Mi papá miró todo desde el sillón sin moverse

Hola a todos. Después del descanso de fin de mes, por fin retomo los relatos que tenía pendientes. Lo que voy a contarles ocurrió en la segunda quincena de octubre, así que todavía me quedan un par de tardes intensas para compartir antes de cerrar el mes.

En el relato anterior les conté que le había mandado un mensaje cifrado a Diego, a través de una llamada al Lobo Marino. El mensaje cumplió su misión y Diego no tardó en responder: combinó un viaje de trabajo a Rosario con el pedido que me había hecho meses atrás, tenerme delante de mi padre.

Soy una mujer afortunada y muy cuidadosa al elegir con quién me acuesto. Y aún más cuidadosa al elegir quiénes me los recomiendan. El Lobo nunca falla. Diego es un caballero de manual: en cuanto pisó la ciudad, sin haber fijado todavía el día del encuentro, ya me había transferido lo acordado a la cuenta de siempre. Esa señal me confirmó que estábamos en sintonía.

Confirmé con papá. Confirmé con Lucas. Y le propuse a Diego encontrarnos el viernes, a partir de las cinco de la tarde, hora en la que mi marido podía liberarse del estudio. Mi padre, por su parte, ya tenía la coartada lista: acompañar a Lucas a un partido de fútbol cinco que nunca se iba a jugar.

Diego aceptó encantado.

***

Habíamos quedado en que Diego iría directo a mi oficina y que ahí lo estarían esperando mi padre y Lucas. Quería evitar esperas incómodas, presentaciones forzadas, ese tipo de cosas que enfrían el ambiente antes de empezar.

El primer café fue obligatorio. Lo serví yo misma, con la pollera más corta que tenía y un top que me dejaba la espalda al aire. Hablamos de las vacaciones, de algún viaje pendiente, de cualquier cosa que no fuera lo que íbamos a hacer minutos después. Me gustaba mirarlos a los tres por turnos, sabiendo lo que estaba a punto de pasar.

Cuando sentí que el silencio empezaba a pesar, me puse de pie.

—Vengan conmigo arriba —dije.

Los guie por la escalera interna que conecta la oficina con la suite del piso superior. Subí primero, despacio, sabiendo que los tres me miraban las piernas. No llevaba ropa interior. Mi padre fue el último en subir y, cuando me di vuelta para abrir la puerta, lo encontré con la mirada perdida en algún punto de mi cintura.

Una vez arriba, les avisé que iba a cambiarme en el vestidor anexo. Les sugerí que ellos se quedaran en boxer y camisa, salvo Diego, que podía quedar solo en boxer. Mi padre y Lucas no podían exponerse demasiado: una erección visible iba a hacer todo más raro de lo que ya era.

Me encerré en el vestidor, fui al baño, me refresqué con agua fría y volví a perfumarme. Después me puse una de mis batas largas, de esas opacas que no dejan ver nada hasta que decido lo contrario. Cuando salí para cruzármelos en el pasillo, ellos ya estaban listos para entrar al vestidor.

—Denme cinco minutos —les pedí.

Hacía días que pensaba en cómo recibirlo. Recordé una foto que me había sacado Lucas el día que seduje a mi padre, una pose inspirada en las odaliscas de Ingres y Manet. La diferencia con esos cuadros era simple: yo estaba completamente desnuda. Diego nunca había visto esa foto, pero le había hablado de ella, y la imagen lo había obsesionado durante semanas.

Decidí recrearla.

Me recosté de costado en el centro de la cama, de espaldas a la puerta del vestidor. El brazo derecho flexionado bajo la cabeza, la pierna izquierda doblada con la planta del pie apoyada sobre el colchón, dejando ver lo justo y lo necesario. Cuando escuché que abrían la puerta, no me moví.

—Qué divina —murmuró Diego.

—Esa pose tiene historia —dijo Lucas, casi para sí.

—Contale la historia —le pidió mi padre, sin despegar los ojos de mí.

***

Dejé que me miraran un rato largo. Lucas y mi padre se sentaron en dos sillones bajos que habíamos puesto al costado de la cama, separados poco más de un metro del colchón. Le hice un gesto a Diego para que se ubicara entre ellos y yo.

Su erección era evidente desde antes de quitarse el boxer. Me incorporé hasta quedar arrodillada en el borde de la cama y lo besé con la lengua, asegurándome de que mi padre y Lucas vieran cada movimiento. Le solté la cintura del calzoncillo, lo dejé caer.

—Lucas —dije sin dejar de mirar a Diego—, contale la historia de la pose.

Mientras Lucas le contaba a Diego cómo había seducido a mi padre y cómo había nacido aquella foto, yo bajé por el pecho del recién llegado, le besé el vientre y me arrodillé del todo. Lo tomé con la mano y empecé a chuparlo lento, sintiendo su peso en la lengua. Diego interrumpía a Lucas para hacer alguna pregunta, pero no me soltaba la nuca: me sostenía con firmeza, sin lastimar, marcando el ritmo. Mi padre miraba como hipnotizado, los puños apretados sobre los muslos.

No quería que Diego acabara antes de tiempo. Lo solté con un beso suave en la punta y me recosté boca arriba a lo ancho de la cama, con las piernas abiertas. Me arrastré apenas hasta dejar la cabeza colgando del borde del colchón.

—Vení —le dije.

Diego entendió. Se hincó entre mis piernas y empezó a lamerme con paciencia. Saben los que me leen lo que me hace eso: la lengua entrando lento, los labios cerrándose sobre el clítoris, la respiración tibia contra el pubis. Pero esa tarde había algo más. Cada vez que giraba la cabeza, me encontraba con los ojos de mi padre clavados en mí. Lucas se acomodaba el bulto del boxer con la mano y respiraba por la boca. Estaban excitados, inquietos, pero cumplían el pacto: mirar y nada más.

—Quiero que me la metas —le pedí a Diego.

Me puse de costado, en cucharita, mirando hacia los sillones. Casi al borde de la cama, lo más cerca posible de los dos espectadores. Diego se acomodó detrás. Levanté la pierna izquierda y la pasé sobre su cuerpo. Mi sexo quedó completamente expuesto, abierto, brillante. Mi padre tragó saliva y no se atrevió a apartar la mirada.

Una mano de Diego me buscó los pechos, la otra guio su miembro hasta la entrada. Entró fácil, sin esfuerzo, como si llevara meses esperando ese hueco. Lo sentí avanzar despacio hasta el fondo y respirar pegado a mi nuca.

—Qué bien metida —dijo mi padre con la voz tomada, quizás como una manera de aliviar la tensión.

Lucas tuvo una idea brillante. Levantó el teléfono y empezó a filmar lo que pasaba en la cama, proyectando la imagen en vivo sobre la pared del fondo a través del cañón que usábamos para presentaciones de trabajo. Diego y yo veíamos en alta definición cómo entraba y salía, magnificado en metro y medio de pared. Era irreal. Era pornográficamente perfecto.

Acabé antes que él, con un grito largo y la pierna izquierda temblando contra su muslo. Me encantó saber que mi padre vio cada espasmo, cada arqueo de la espalda, cada uña enterrada en la sábana. Segundos después, el miembro de Diego empezó a cubrirse de un blanco espeso, batido por el vaivén. Lo sentí tensarse, gruñir contra mi cuello y vaciarse adentro de mí. Cada chorro tibio me arrancó una sonrisa.

—No la saques todavía —le pedí.

Siguió moviéndose, ya semiblando, hasta que se le escurrió. Una mezcla de leche y flujo me corrió por el muslo y empapó la sábana. Me arrodillé sobre la cama, lamí la mancha, recogí lo que pude con los dedos y me lo llevé a la boca. Miré a mi padre. Estaba pálido, sin expresión, como si acabara de descubrir que la hija que había criado tenía una vida que él jamás había imaginado.

—Hija —dijo después de un silencio largo—, te he visto más perra de lo que pensaba. Ahora entiendo por qué tenés tanto éxito.

—Me encanta que lo entiendas, papá. Soy feliz así. Y quiero que veas más.

—Su hija es un tesoro —agregó Diego.

***

Lucas sirvió jugo de naranja sin alcohol en cuatro vasos. Casi todos teníamos que manejar al final de la tarde, así que el alcohol había quedado descartado de antemano. Bebimos en silencio. Diego, sentado en el borde de la cama, me acariciaba la espalda con dos dedos, despacio, sin prisa.

—Diego —dije después de dejar el vaso—, quiero que me hagas la cola y que después me vuelvas a acabar adentro. Quiero que esta tarde sea inolvidable.

Me di vuelta y quedé boca abajo. Lucas acercó el gel a la mesa de luz. Mi padre se reacomodó en el sillón, las manos cruzadas sobre la entrepierna.

Diego empezó por los pies. Me los lamió uno por uno, sin prisa, subiendo después por las pantorrillas con la lengua y las palmas mojadas en saliva. Cada tanto se inclinaba para besarme la espalda. Tardó un buen rato en llegar a los muslos. Cuando alcanzó el culo, me mordió un glúteo, después el otro, y entonces hizo algo que no estaba en el guion.

—No quiero usar gel —le dijo a los dos espectadores—. La quiero coger con saliva de ustedes. Por favor, mójenle el esfínter.

Mi padre y Lucas se miraron una décima de segundo. No atinaron a negarse. Se levantaron, se acercaron al borde de la cama y me llenaron la raya del culo de saliva, espesa y tibia, mientras Diego me mantenía abierta con las manos. Sentí dos lenguas turnándose, dos respiraciones distintas, y la verga de Diego apoyándose en la entrada como una promesa.

—Alcanza —dijo Diego—. Gracias.

Me hizo arrodillarme en cuatro, con la cabeza al borde de la cama. Mi padre y Lucas volvieron a sus sillones. Diego se puso delante un instante para que le chupara, después dio la vuelta y apoyó la punta contra mi esfínter.

—Metételo vos —me dijo.

Empujé hacia atrás. Entró más rápido de lo que esperaba, y se me escapó un grito corto, agudo, que rebotó en las paredes. Mi padre se sobresaltó en el sillón. Pero después fue puro placer. Diego me agarró las caderas y empezó un vaivén firme, sin apuro, mientras yo le pedía más, más, sonriendo contra la sábana. Estiré un brazo hacia atrás para acariciarle los testículos. Tanta saliva había en juego que se escuchaba el plaf-plaf de su pubis contra mis nalgas.

Cuando sentí que estaba por acabar, se la pedí en otra posición. Salió, me dio vuelta y nos acomodamos en misionero. Él arriba, yo abajo, todo el cuerpo de Diego pesando sobre el mío. Empezó a moverse solamente con la pelvis, sin levantar el torso, mientras me chupaba los pechos. Era el «polvo oruga» que me hacía mi padre, y del cual le había hablado a Diego días antes. Le había explicado en detalle.

Cuando presentí que iba a acabar, lo apreté contra mí, casi clavándole las uñas en la espalda. Lo sentí vaciarse otra vez, en la matriz, mientras seguía moviéndose hasta que lo último de su erección se rindió. Me besó hondo y me miró a los ojos.

—Caballeros —dije con la voz quebrada—, gracias por respetar mi pedido. Si quieren acabarme, este es el momento.

***

Mi padre y Lucas se abalanzaron sobre la cama, ya desnudos los dos, masturbándose con prisa. En menos de un minuto sentí los chorros tibios sobre los pechos, el vientre, la cara. Quedé con tres miembros para limpiar, y los limpié uno por uno, sin apuro, lamiéndolos hasta dejarlos secos.

Cuando terminé, corrí a la ducha. Y ahí ocurrió algo que ya le había contado a Lucas que había vivido con un cliente anterior: mi padre entró conmigo. No fue forzado, no fue planeado. Fue natural, hermoso. Nos enjabonamos, nos besamos despacio bajo el agua, y yo le agradecí cada decisión que había tomado esa tarde. Él me agradeció el regalo.

Habían pasado dos horas y media desde que llegaron a la oficina. Diego se vistió, se despidió, y subió a su coche para manejar hasta Paysandú: planeaba dormir ahí y seguir al día siguiente rumbo a su provincia. Lucas llevó a mi padre a su casa y yo me fui a la nuestra a preparar la cena.

***

No me voy a olvidar jamás de los detalles de esa tarde. La nobleza con la que mi padre soportó verme. Lo bien que me cogió Diego en cucharita frente a ellos. El respaldo silencioso de Lucas, asintiendo a cada cosa que pedía. Y, sobre todo, el momento en que los tres entraron al cuarto y me encontraron en la pose de odalisca, esperándolos.

El sábado tuve tres llamadas. Diego, para agradecerme y pedirme que le transmitiera el agradecimiento a mi padre. El Lobo Marino, a quien Diego había llamado para felicitarlo por «recomendarle a esa putita perfecta». Y mi padre, que me confesó que en algunos momentos se había sentido celoso, pero que en general había quedado encantado de verme como nunca me había visto. Me dijo que jamás había imaginado lo de la ducha, pero que ahora no podía dejar de pensar en repetirlo. Le prometí complacerlo pronto.

Esa misma noche conversamos largo con Lucas. Evaluamos cada momento, una por una. Cada vez me gusta más entregarme, que me paguen, que él me vea hacer de todo, decida participar o no. El sábado nos fuimos al campo a atender a tres amigos durante el fin de semana. Aprovechamos el viaje para empezar a planificar el próximo desfile delante de desconocidos: eso, créanme, es lo que más me gusta de toda esta historia.

Hasta la próxima, queridos lectores.

Besos, Camila.

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Comentarios (5)

LunaEscarlata

tremendo!!! no esperaba ese final para nada

VickyNoc

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo esto jajaja

MarcosTP

Vaya relato... me dejo sin palabras. Muy bien contado, se siente todo muy intenso desde el primer parrafo

Meli95

buenisimo, sigue asi!!

FedericoPza

Lo que mas me gusto es como fuiste construyendo la tension poco a poco. Se nota que sabes escribir, no es un relato comun y corriente

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