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Relatos Ardientes

La noche que terminó de romper a mi familia

La noche estaba siendo perfecta. Habíamos follado los cuatro sin discutir por una vez, sin reproches ni silencios, y eso ya era mucho pedir en mi casa.

Estábamos en plena faena. Mi madre, atada y con los ojos vendados, tapones en los oídos para no oír nada, y yo embistiéndola por detrás como un animal, haciéndola disfrutar tal como a ella le gustaba.

Disfrutaba todavía más porque, en su cabeza, era Viktor quien la empotraba contra el cabecero cada vez más fuerte. Yo solo tenía que mantener la farsa.

A nuestro lado, en la misma cama, mi hermana y mi padre.

Carla estaba puesta a cuatro patas, y mi padre la follaba el culo como un salvaje. Le daba igual que fuera su hija; tenía delante unas nalgas perfectas que se le ofrecían sin pudor, y eso le bastaba.

Oía chillar a mi madre, bufar como un toro a mi padre y gemir a mi hermana cada vez que la verga entraba hasta el fondo. Era un concierto que me ponía a mil y, a la vez, me dejaba un nudo en el estómago.

Todo aquello era culpa mía. La degradación de mi familia tenía un único responsable, y había empezado el día en que toqué a mi madre por primera vez, casi sin querer, por una de las bromas de mi hermana.

Aunque, si era honesto, la cosa venía de antes. Yo ya me acostaba con Carla, ella con su jefe, y mi madre con medio mundo. Habíamos cruzado tantas líneas que ya nadie sabía dónde estaba la primera.

Vaya lío tremendo en el que nos habíamos metido.

Agarré a mi madre por las caderas y la embestí con todas mis ganas, sin dejarla agarrarse a nada, clavándola contra el cabecero. Sabía que así lo hacía Viktor, y que a ella eso la volvía loca. Aquel cabrón la follaba sin importarle si le hacía daño, y ella lo adoraba precisamente por eso.

Miré de reojo a Carla. Estaba sudando, mechones de pelo le caían sobre la cara y ella soplaba para apartarlos sin conseguirlo, porque tenía que mantener las dos manos clavadas en el colchón para no resbalar con cada empujón de mi padre.

Se giró un segundo y me miró con una expresión dulce que no encajaba para nada con lo que estaba pasando. Su cabeza iba adelante y atrás, adelante y atrás, y aun así, entre jadeo y jadeo, me lanzó un beso. Un beso tierno, casi cariñoso.

Eso me descolocó. Carla siempre había sido fría, calculadora, lo hacía todo por algún motivo oculto. ¿Qué buscaba ahora mirándome de aquella forma?

La vi gozar tanto que dejé de darle vueltas y volví a centrarme en mi madre.

—Aaah... voy... voy a correrme, Adrián —soltó Carla de pronto.

Me lo decía a mí cuando el que la estaba reventando era mi padre. La miré, me encogí de hombros y no le di importancia.

—Córrete, Carla —respondí.

—Sí, mi amor... ahora... ahora me corro —contestó, sonriéndome.

Vi a mi padre tirarle del pelo y empujar con tanta fuerza que los dos cayeron de bruces sobre la cama, sin que la verga se saliera de su sitio.

—¡Qué culo tienes, Carla! —gruñó.

Se incorporó un poco y se dejó caer de nuevo, hundiéndose hasta el fondo. Mi hermana chillaba con cada embestida, agarrando las sábanas, pero ni ella ni él aflojaban el ritmo.

—¡Toma! ¡Toma! ¡Joder! —repetía mi padre golpeándola.

Cada vez que caía sobre ella, sus caderas chocaban contra aquellas nalgas con un chasquido seco. Estaba descargando en mi hermana toda la rabia que sentía hacia su mujer: saber que lo había engañado, que se la follaba su propio hijo y vete a saber cuánta gente más.

—Córrete, papá —pidió Carla con voz ronca—. Córrete ya.

Se le notaba el cansancio en la cara y el esfuerzo de aguantar el ritmo. Mi padre embistió una última vez, se derrumbó sobre ella y empujó varias veces más mientras se vaciaba. Resopló como un toro y se quedó tumbado sobre su espalda, todavía dentro.

—Joder, Carla —jadeó, sacándola por fin—. Menudo culo.

Mi hermana me lanzó otro beso y se encogió de hombros, como pidiéndome disculpas por haberle entregado el culo a nuestro padre. Yo le guiñé un ojo y seguí a lo mío.

Me tocaba rematar la faena: follar a mi madre como una bestia para que siguiera creyendo que era Viktor y quedara contenta.

El problema era que la estaba follando sin alma, sin entregarme. Me excitaba mucho más mirar a Carla, verla retorcerse cuando mi padre la castigaba, que la propia faena que tenía entre manos.

Entonces me di cuenta de algo raro. Mi madre no estaba como otras veces: no suplicaba, no me insultaba, no levantaba el culo pidiendo más. Demasiado quieta para alguien que creía estar follando con su amor platónico.

La agarré del pelo y tiré con fuerza, obligándola a arquear la espalda mientras la embestía sin pausa, golpeando mi pelvis contra su trasero una y otra vez.

Y por fin reaccionó. Empezó a chillar, a jadear como una fiera, a levantar las caderas para que entrara más hondo. Daba gusto verla así: las tetas colgando y bamboleándose con cada golpe, el cuerpo entregado por completo.

Tenía una madre espectacular, una mujer madura que vivía por y para el sexo, y cuando se soltaba no se cortaba lo más mínimo.

Le solté un azote en la nalga con la mano abierta.

—¡Cabrón! —chilló, aunque enseguida meneó el culo provocándome, buscando que la castigara más.

Apreté sus caderas con los dedos, tiré de ella hacia mí y embestí de golpe.

—Joder, qué buena estás, mamá —dije, aun sabiendo que con los tapones no me oía.

Volví a azotarla y ella chilló pidiendo más, suplicando que la follara más duro porque quería correrse. Pero seguía sin convencerme del todo; algo en su entrega no era del todo natural.

Miré de nuevo a Carla y recordé cómo había empezado toda esta locura: la noche que entró en mi habitación enseñándome la ropa interior, fingiendo una inocencia que hacía tiempo había dejado atrás. Mi hermana había rodado de mano en mano antes de eso, y lo peor fue cuando cayó en las garras de su jefe, Rubén, que la fue retorciendo hasta convertirla en lo que era ahora.

Aun con todo, era mi hermana, y la quería como a nadie.

Lo que no entendía era esa mirada nueva, como si yo fuera el amor de su vida y quisiera cuidarme.

Carla vio las tetas de mi madre colgando y me las señaló entre risas.

—Cómeselas —le dije, medio en broma.

Me lanzó un beso, se deslizó bajo mi madre y empezó a chuparle los pechos, amasándolos y estrujándolos a la vez, regalándole placer y un punto de dolor al mismo tiempo.

Mi padre nos observaba con la verga en la mano, recuperándose. La vi crecer de nuevo, dura otra vez, lista para entrar en combate.

Carla le hizo una señal y él obedeció sin pensarlo. Subió a la cama, cogió la cabeza de su mujer y la obligó a tragarse la polla.

—Chupa —le ordenó.

Joder, qué escena tan degradante.

De nuevo estábamos los cuatro a la vez: mi hermana mordisqueando las tetas de mi madre, mi padre follándole la boca y yo destrozándole el culo sin piedad.

—Aaah... folladme todos —gimió mi madre cuando él la dejó respirar.

Tenía a Carla al alcance de la mano y aproveché para colar los dedos entre sus piernas.

—Tócame, mi amor —susurró, mirándome con una ternura que no venía a cuento.

Le metí los dedos y empecé a follarle el coño con ellos mientras seguía embistiendo a mi madre.

—Así, mi amor... así —jadeó Carla.

—Vaya culo tiene —reconoció de pronto, riendo—. No me extraña que tuviera cola para metérsela.

Miré asustado a mi padre, por si lo había oído, pero seguía a lo suyo, con cara de vicioso, sin enterarse de nada.

Mi hermana metió los dedos en el coño de mi madre y me los enseñó empapados.

—Mira qué empapada está la guarra —dijo entre carcajadas.

La oí bramar y supe que mi madre se corría, atrapada entre la verga que la reventaba por detrás y los dedos que la frotaban por delante.

—Ahhh... joder, qué bueno —gritó, apretando el culo con mi polla dentro.

La embestí una y otra vez hasta que terminó de correrse, y después siguió mamándole la polla a mi padre hasta sacarle hasta la última gota.

Yo todavía no había acabado. Tenía los huevos a punto de estallar. Saqué la polla del culo de mi madre y me la cascué frente a la cara de Carla, que esperaba con la lengua fuera.

—Toma —dije, acariciándole la mejilla mientras me corría.

Carla recibió mi leche como si fuera un tesoro, tragando con devoción, mirándome todo el rato con esa expresión a medio camino entre lo dulce y lo perverso.

—Te quiero, Adrián —murmuró mientras tragaba.

Quiso seguir, pero le aparté la cara. Me miró con pena, así que la agarré del pelo y la besé en la boca.

—Luego me la comes —le susurré al oído.

Me guiñó un ojo.

—Ahora vas a follarme en nuestra cama.

Le dijimos a mi padre que se largara, soltamos a mi madre, y Carla y yo nos fuimos a seguir solos.

***

Por la mañana me desperté con Carla a mi lado y, durante un segundo, todo lo de la noche anterior me pareció imposible. Había sido una barbaridad, sí, pero la habíamos disfrutado hasta el último minuto.

Mi hermana dormía desnuda, el cuerpo estirado a lo largo de la cama como una estatua, una pierna ligeramente flexionada sobre la otra y la mano enredada en el pelo. Acerqué el oído a sus labios y la oí respirar tranquila.

Me levanté con cuidado para no despertarla, pero se removió y abrió los ojos con una sonrisa encantadora. Me lanzó un beso.

—Vuelve, Adrián —susurró, estirándose para enseñarme los pechos.

Negué con la cabeza, pero ella insistió.

—¿Ya no quieres a tu hermana? —preguntó, fingiendo un puchero.

Separó un poco las piernas y pasó un dedo por su sexo, recorriéndose despacio.

—Anoche lo pasamos demasiado bien —añadió.

Miré su postura y la verga se me empinó sola. Carla era una experta moviendo sus cartas; sabía manejar a mi padre, a mí y a cualquiera que se pusiera a tiro.

—Mira qué mojada estoy, Adrián —insistió, abriéndose con dos dedos—. Y necesito que me lo folles. ¿No vas a hacer eso por tu hermana?

—Eres mala —respondí, riéndome.

—Puede —contestó, sabiéndose ganadora—, pero tengo el coño esperándote.

Se reclinó en la cama, se llevó las rodillas casi hasta los hombros y se abrió de piernas por completo. La panorámica era espectacular: me lo mostraba todo sin un gramo de vergüenza, para que eligiera por dónde meterle la polla.

Me subí entre sus piernas y deslicé el glande arriba y abajo por su raja.

—No me hagas esperar —jadeó con una sonrisa traviesa.

Sus pezones duros, su mirada encendida y aquel coño abierto frente a mí me pusieron tan bestia que decidí entrar de golpe.

—Voy a follarte hasta que no puedas más —avancé.

—Ufff, sí —gimió—. Métemela hasta el fondo.

Empujé las caderas y la penetré sin miramientos.

—¡Aaah, cabrón! —chilló al notarla entera dentro.

Su grito me sobresaltó y por un instante pensé que le había hecho daño, pero la sonrisa de su cara me dijo que seguía jugando conmigo, tomándome el pelo como siempre.

—Dame duro, hermanito —resopló—. No pares.

Volví a embestir con fuerza y la vi morderse los labios, los ojos entreabiertos de puro placer. Empecé a martillearla sin tregua, hundiendo la polla hasta el fondo una y otra vez.

—¡Dios, Adrián, qué bueno!

El pelo le caía sobre la cara y ella soplaba para apartárselo, la boca abierta buscando aire, los pechos rebotando con cada golpe. Me estaba follando a mi hermana como un salvaje y ella me provocaba con esa mirada obscena que solo ella sabía poner.

De pronto, Carla sonrió mirando hacia la puerta.

—Pasa, joder —soltó.

Me giré y vi a mi madre en el umbral, tocándose, con solo unas bragas puestas. Le hice un gesto y no lo dudó: subió a la cama y se acomodó junto a nosotros, los dedos metidos en su propio sexo, mirándonos con cara de ansiedad, pidiendo permiso para entrar en la fiesta.

—Ven —ordenó Carla, tirándole del pelo.

Mi madre se inclinó y enseguida estaba devorándole las tetas, estrujando una con la mano y mamando la otra. Verlas así me dio un morbo tremendo. Cogí a las dos por la nuca y junté sus bocas.

Carla se apartó un segundo, me miró sonriendo, supo lo que quería y agarró a mi madre del pelo para besarla con lujuria, devorándole los labios.

Le sujeté las piernas en alto a mi hermana y la embestí más fuerte. Ver a las dos enredadas, besándose de aquella manera, me volvía completamente loco.

Saqué la polla y Carla obligó a mi madre a chupármela, sujetándomela con la mano y empujándole la cabeza.

—Chupa —le ordenó con desprecio.

Mientras mi madre mamaba, Carla se incorporaba para no perderse detalle.

—Métemela ya —pidió, sofocada.

Mi madre cogió mi polla y la encajó de nuevo en el coño de Carla.

—¡Fóllate a tu hermana! —jadeó, volviendo a tocarse.

Y allí seguimos los tres, perdidos otra vez, hasta que sonó el teléfono.

Carla contestó y le cambió la cara al instante. Escuchó en silencio, asintió un par de veces y colgó muy seria.

—¿Qué pasa? —pregunté, preocupado.

Suspiró antes de responder.

—Era Rubén.

Mi madre y yo nos quedamos esperando.

—Quiere vernos a los tres esta noche en su despacho.

—¿A los tres? —preguntó mi madre, extrañada.

—A los tres —repitió Carla—. Dice que va a llevar a un amigo, y que nos tiene preparada una sorpresa.

Nos miramos en silencio. Después de todo lo que habíamos cruzado, ninguno se atrevió a imaginar qué nos esperaba aquella noche.

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Comentarios (5)

Sandra_Lpz

tremendo relato, me dejo sin palabras!!

TobiasMDP

Por favor sigue con esto, me quede con muchas ganas de saber que paso despues con la familia. Una segunda parte!!

MentirosaHonesta

Hay que tener valor para escribir algo asi. La tension que se siente a lo largo del relato es barbarica, no podes dejar de leer. Me sorprendio gratamente la forma en que lo contaste, sin ser burdo ni forzado.

Carlos_Midnight

increible como te la jugaste con este tema. no es facil escribir algo tan cargado sin que quede ridiculo y vos lo lograste

RobertoQR

Esperando el proximo relato. Saludos desde Cordoba!

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