Mi madre viajó sentada sobre mí toda la noche
Marisol tenía cuarenta y dos años y una obsesión casi religiosa por el gimnasio. Corría al amanecer, medía cada plato y se cuidaba como si el tiempo no le importara. El resultado estaba a la vista: piel morena, melena castaña hasta la cintura y un cuerpo que hacía girar cabezas en cualquier supermercado. Pero lo que de verdad detenía a los hombres a media frase era su trasero, redondo y firme, demasiado grande para una mujer tan menuda.
Aquella tarde nadie pensaba en eso. La abuela había muerto y la familia salía de viaje al funeral, a cinco horas de carretera. El coche era un desastre.
—Marisol, no cabe nada más —protestaba Ricardo, su marido, mientras intentaba cerrar el maletero—. Llevas dos cajas de pan delante y otras dos detrás, las sillas plegables… ¿dónde quieres que metamos los sacos de dormir?
—Me los pongo en las piernas —respondió ella sin inmutarse—. Es el entierro de mi abuela, no voy a ir con las manos vacías.
—¿Y Damián? ¿Dónde lo sientas? Ahí viene.
—Me voy encima de él.
Ricardo se encogió de hombros y se metió tras el volante. Damián llegó con la mochila al hombro, dieciocho años recién cumplidos y esa mezcla de fastidio y resignación que tienen los hijos cuando los arrastran a cualquier sitio.
—Mi amor, ¿te molesta mucho si voy sentada sobre tus piernas? No queda otro hueco —le preguntó su madre.
El chico puso los ojos en blanco, pero terminó aceptando. Subió al asiento trasero, donde apenas quedaba un espacio entre las cajas. Marisol se acomodó después, agachada para no golpearse contra el techo, y al girarse le plantó todo el trasero en la cara, embutido en unos leggins rosas que parecían pintados sobre la piel. Una nalga le rozó la nariz.
—Perdona, cielo —dijo ella, riéndose—. ¿Puedes empujar esos sacos un poco más allá?
Damián tuvo que sostenerse del respaldo del conductor para maniobrar. Por un segundo, sus ojos quedaron a la altura de aquel culo enorme y no pudo dejar de mirarlo.
—Sí, mamá. Ya está.
—Pues me siento, ¿vale? Avísame si te aplasto.
Marisol fue bajando despacio hasta apoyar el peso sobre los muslos de su hijo. Él notó el calor a través de la tela y giró la cara hacia la ventana, intentando pensar en otra cosa.
—Listos, vámonos —anunció ella.
El coche arrancó rumbo al pueblo. El sol se fue apagando en la carretera y, antes de la primera hora, ya era noche cerrada.
***
—Ay… mmm… —se quejó Marisol de pronto, apoyando las manos en las rodillas de su hijo.
—¿Todo bien ahí atrás? —preguntó Ricardo, sin apartar la vista de la carretera.
—Sí, es que se me duermen las piernas.
—¿Paro un momento?
—No, ya se me pasa. Damián, ayúdame a levantarme un poco.
Ella misma tomó las manos de su hijo y las llevó hasta su cintura estrecha, piel contra piel.
—Súbeme un poco —pidió.
Damián la levantó cuanto pudo en aquel espacio diminuto. Después tiró de ella hacia abajo otra vez, y al sentarla notó todo el peso de aquel trasero cayendo sobre sus muslos.
—Mmm… —se le escapó a ella.
—¿Qué pasa, cariño? —insistió el padre, mirando por el retrovisor.
—Nada, que estiro las piernas y me alivia. Otra vez, Damián. Levántame.
La subió. La bajó. La subió de nuevo, despacio, imitando sin querer un vaivén que ninguno de los dos nombraba. Cada vez que la sentaba, ella soltaba un suspiro y se recostaba un instante contra su pecho antes de enderezarse.
—Mamá, ¿qué haces?
—Me estiro, hijo, me estiro.
Marisol volvió a sentarse recta, pero esta vez sus nalgas quedaron justo encima del bulto que crecía en el pantalón de Damián. Él bajaba la mirada una y otra vez hacia aquel culo que se le movía delante, y notaba cómo su cuerpo respondía sin permiso.
—Mami, ¿te molesta si dejo las manos aquí? —preguntó, volviendo a sujetarla por las caderas.
—No, cielo. Agárrate.
Pasaron unos minutos. Fuera solo se veían los faros de los coches que cruzaban en dirección contraria. Y, con cada bache, el trasero de Marisol se movía sobre la erección de su hijo hasta que ya fue imposible disimular.
—Cielo… ¿eso que noto qué es? —murmuró ella, girando apenas la cabeza.
—Perdóname, mamá, no es a propósito —le susurró él al oído.
—¿Quieres que me quite?
—No. Quédate así, por favor. No te muevas.
—¿Pasa algo atrás? —preguntó Ricardo.
—Nada, amor —respondió ella, con una calma que no sentía.
***
Marisol sacó el teléfono del bolsillo. Un segundo después, el móvil de Damián vibró en la oscuridad.
«Mi amor, eso que estoy notando… ¿es lo que creo que es?»
Él escribió rápido, con el pulso acelerado.
«Perdóname, mamá. No lo hago aposta, no puedo controlarlo.»
«No te disculpes. Vengo sentada encima, supongo que es normal a tu edad.»
«Es que nunca había tenido el cuerpo de una mujer encima de mí.»
«¿De verdad? Bueno, eso lo explica. Pero intenta pensar en otra cosa, anda.»
«Lo intento. Es imposible.»
Marisol notaba cómo, contra su voluntad, aquello se ponía cada vez más duro entre sus nalgas. Escribió de nuevo.
«Ay, hijo, cada vez está peor.»
«Mamá, también es culpa tuya. Con esa ropa lo noto todo.»
«Yo también lo estoy notando todo, tonto.»
«¿Te incomoda?»
«Me incomoda porque eres mi hijo. Si no lo fueras… la verdad es que se siente bastante bien.»
Damián leyó aquello tres veces. El corazón le golpeaba el pecho.
«¿Si no fuera tu hijo, te gustaría lo que estás notando?»
«Si no lo fueras ni te lo diría. Está muy dura. ¿Tanto te pone tu madre?»
«Mamá, es que tienes un… tus…»
«Dilo, cielo. No te cortes. ¿Mi culo?»
«Sí, mamá. Tu culo es una barbaridad.»
«¡Estás loco, chaval caliente!»
«Estás demasiado buena, mamá. No es culpa mía que mi cuerpo reaccione.»
«Niño, qué cosas dices. Piensa al menos en otra persona.»
«Nadie tiene un culo como el tuyo.»
Marisol apretó los labios para no sonreír en la oscuridad. Tecleó despacio.
«Ay, hijo, se te ha subido la testosterona y ya no sabes ni lo que dices.»
«Mamá… ¿podrías moverte un poco en círculos?»
«¿Qué? Estás enfermo. Jamás. ¿Encima quieres que te frote?»
«Es para que se me baje. Y pienso en otra persona, te lo juro.»
«Júramelo, Damián. Piensa en otra.»
«Te lo juro. Voy a pensar en mi profesora de Matemáticas.»
«¿Está tan buena como yo?»
«Casi, mamá. Tú le ganas, pero ahí andan. Ayúdame a que se me baje esta cosa.»
«Está bien. Pero no olvides a la profesora.»
***
Marisol empezó a mover las caderas en círculos, con un disimulo perfecto, como quien acomoda un calambre. Damián bajó la mirada y vio aquel trasero girando lento sobre él. Tuvo que morderse la lengua para no gemir.
—Qué bien te mueves, mamita —susurró.
—Calla y piensa en la profesora —contestó ella, igual de bajito.
Pero no paraba. Seguía girando, y el pantalón empezaba a apretarle a él de un modo insoportable.
—Mamá, me hace daño el pantalón. ¿Me lo puedo quitar?
—¡Estás loco! Confórmate con esto.
—Es que cuando te mueves me lastima. Mejor quédate quieta.
Marisol se quedó inmóvil, pero entonces la erección de su hijo se le clavaba aún más, y el bulto duro contra su cuerpo terminó incomodándola también a ella.
—Damián, así no puedo ni sentarme bien.
—Por eso, mamá. Déjame bajarme el pantalón.
—¿Cómo voy a sentarme sobre ti desnudo, hijo? Estás mal de la cabeza.
—Mamá, ¡has dicho «desnudo»!
—Mira las barbaridades que me haces decir. A ver: me levanto, te lo bajas hasta los tobillos y ya está. ¿Entendido?
—Sí.
Marisol se apoyó en el respaldo del conductor y levantó las nalgas un instante. Damián, a una velocidad imposible para que su padre no notara nada, se bajó el pantalón. Después tomó a su madre por la cintura y la guio de vuelta hacia abajo, hasta dejarla sentada sobre la dura erección apenas cubierta por la ropa interior.
—Ay, Damián… se siente enorme —jadeó ella en voz muy baja.
—¿Te gusta, mamá?
—Dios santo. Es un pedazo de…
—Mamá, ese vocabulario.
—Yo tampoco soy de palo, pervertido.
—¿Te mueves otra vez en círculos? Por favor.
Y ella, que ya estaba encendida de sentir aquello entre las nalgas, obedeció sin rechistar.
***
—Uf, mamita, qué rico te mueves —murmuró el chico, sujetándola por la cintura.
—¿Te gusta, mi rey?
—Mucho. Tienes un culo increíble.
—Esto pasa una sola vez, hijo. Disfrútalo.
Marisol aceleró el vaivén de las caderas. Entonces, en un movimiento que su hijo no vio venir, ella misma se incorporó un segundo. Damián aprovechó el instante para bajarle los leggins rosas hasta las rodillas. Su madre giró la cabeza, alarmada, pero no le dio tiempo a reaccionar: él la tomó de las caderas y la sentó de golpe.
Marisol abrió la boca al máximo, sin emitir un solo sonido. Después agarró el teléfono.
«Hijo de mi vida, ¿qué demonios has hecho?»
«Mamá, tienes todo caliente por dentro.»
«Sácala, idiota.»
«Levántate, entonces.»
Ella intentó incorporarse, pero apenas se separó un poco, Damián volvió a sentarla con fuerza, hundiéndose de nuevo hasta el fondo.
—¡Ah! —se le escapó.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó Ricardo.
—No, amor. Que me estiro.
—Damián, pues hazle como antes, que se le duermen las piernas.
El chico no perdió la ocasión. Empezó a levantarla y a sentarla una y otra vez, entrando y saliendo en la oscuridad del asiento trasero. Marisol apretaba los dientes y dejaba escapar gemidos que disfrazaba de quejidos.
—¿Mejor, cielo? —preguntó el marido.
—Mucho mejor. ¿Te importa si lo hacemos más rápido, amor? Para que se me despierten antes las piernas.
—No, qué va. Hacedlo rápido, no os preocupéis.
—Ya has oído a tu padre, hijo —susurró ella—. Despiértame las piernas.
***
Damián la sujetó con las dos manos y empezó a subirla y bajarla a un ritmo cada vez más firme. El sonido de las nalgas chocando contra él comenzó a llenar el coche.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó Ricardo.
—Me estoy dando palmadas en las piernas, cielo. Para que despierten.
Y Marisol empezó a golpearse los muslos con la mano, camuflando el sonido del choque con el regazo de su hijo. La carretera seguía oscura y vacía, y nadie sospechaba nada delante del volante.
—¿Te gusta, mamita? —preguntó él al oído.
—Muchísimo, mi amor.
Unos kilómetros más adelante, Ricardo aminoró y se desvió hacia el arcén.
—Me orillo un momento, que tengo que bajar al baño.
El coche se detuvo. Madre e hijo se quedaron quietos, conteniendo la respiración, hasta que el padre bajó y se perdió entre la maleza con una linterna.
—Ya se ha ido —jadeó ella—. Tenemos unos segundos. Aprovecha, hijo.
Damián la agarró con fuerza y reanudó el vaivén, ahora sin disimulo, golpeándola contra su cuerpo con todo el peso.
—¡Ay, sí! Qué bien me lo haces —gimió ella, libre por fin de bajar la voz.
—Qué culo tienes, mamá.
—Es tuyo, cariño. Disfrútalo, que para eso lo tengo.
—Me gusta cómo rebotas.
—Date prisa. Ya vuelve tu padre.
El chico aceleró cuanto pudo, con la mirada fija en la silueta de su padre allá afuera, entre los arbustos.
—¿Te gusta así, mi niño? —jadeaba ella.
—Me quiero correr, mamá.
—Hazlo, cielo, hazlo. Estoy a punto yo también.
Marisol se mordió la mano para ahogar el grito mientras el orgasmo la recorría entera, temblando sobre su hijo. Damián la apretó una última vez y se vació dentro de ella con una intensidad que lo dejó sin aire, abrazado a su cintura, sintiendo cómo el cuerpo de su madre seguía estremeciéndose contra el suyo.
—Dios mío, hijo —susurró ella cuando logró recuperar el aliento—. Sí que llevabas ganas.
—Uf, mamá. Llevaba demasiadas.
—Ya lo veo. Rápido, súbete el pantalón, que ahí viene tu padre.
Se recolocaron a toda prisa en la oscuridad. Marisol se subió los leggins, se acomodó la melena y respiró hondo justo cuando la puerta del conductor se abría.
—¿Qué, se te despertaron las piernas? —preguntó Ricardo, poniéndose el cinturón.
—Como nuevas, amor —respondió ella, con una sonrisa que su marido jamás supo descifrar—. Como nuevas.
El coche volvió a la carretera. Quedaban todavía tres horas hasta el pueblo, y Marisol, recostada contra el pecho de su hijo, supo que aquel viaje no sería el último.