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Relatos Ardientes

La máscara que escondía a la madre de mi amigo

Estábamos en el portal, Marcos y yo, fumando el segundo cigarro mientras a él se le iba pasando el cabreo despacio. Hacía un frío de febrero que cortaba la cara, y el chico llevaba un rato despotricando contra su padre.

—Es que parece un crío, Hugo. Se gasta lo que no tiene en chorradas, y luego la que aguanta es mi madre.

Le daba la razón con la cabeza, soltando el humo hacia la calle vacía. Le dije que su padre era una bala perdida y que Amparo, su madre, era una santa que tragaba con todo. Lo decía con segundas, claro, aunque él no podía sospecharlo.

Si supieras la mitad de lo que sé yo.

Empecé a cambiarle el tema para que se calmara. Fútbol, el curro, mujeres. Lo de siempre. Pero mientras hablábamos, el frío y el aburrimiento me fueron metiendo una idea en la cabeza, una de esas que sabes que no deberías ni rozar y que precisamente por eso no puedes soltar.

Le dije que éramos amigos desde hacía años y que no me gustaba verlo así, tan agriado. Él apenas respondió, dándole caladas al cigarro. Entonces bajé la voz y le solté que llevaba un tiempo acostándome con una vecina del barrio.

—Una mujer casada —añadí—. Madura, con mucho fuego dentro. Y discreta, porque no quiere líos.

Se le iluminó la mirada de golpe.

—¿Quién es? Va, dímelo.

—Eso es justo lo que no puedo contarte. Pero te voy a decir una cosa: si te portas bien, igual hasta te dejo participar.

Se rió, nervioso, soltando el humo entre los dientes. La conversación derivó rápido hacia lo de siempre entre tíos calientes a esas horas: a quién se tiraba cada uno, si podríamos hacer intercambios alguna vez, compartir alguna. Él empezó a soltar nombres de vecinas que conocíamos de vista. La del quinto, que sacaba la basura en bata. La del bajo, con esas curvas que llamaban la atención.

Yo le seguía el rollo, pero iba metiendo detalles que solo yo conocía.

—La mía es alta —dije—. Pelo corto, rizado, moreno. Curvas generosas. Camina con un contoneo que te deja pensando en ella todo el día. Huele a colonia suave. Tiene cara de vecina amable, pero por dentro guarda un deseo reprimido de años.

Marcos se quedó callado un segundo. Dio una calada larga y me miró raro, con los ojos brillantes.

—Joder, Hugo… esa descripción me suena de algo.

Sonreí despacio, sin confirmar ni desmentir.

—Quedé con ella esta noche. En mi piso. Sube cuando su marido se duerma. Si te apetece venir, vienes. Pero con condiciones. Ella no quiere que nadie sepa quién es.

—Venga, cuéntame las condiciones.

Bajé aún más la voz, por si alguien cruzaba el portal.

—Primera: máscara. Lleva una negra que no se quita bajo ningún concepto. Ni para nada. Te conoce de vista, así que no puede arriesgarse a que la reconozcas.

—Vale.

—Segunda: no habla. Ni una palabra. Si abre la boca, le reconocerías la voz. Solo suspiros. Nada de sonsacarle, porque si lo intentas se larga.

Él asentía, tragando saliva.

—Tercera: le gusta fuerte. Le gusta que la traten con dureza, que le digan barbaridades. Cuanto más la humillas, más se enciende. Y cuarta: la compartimos. Los dos a la vez. Si alguno rompe cualquiera de esas reglas, se acabó la noche y no vuelve nunca más.

—Joder… sí. Quiero. ¿A qué hora?

—A las doce. Subes puntual, llamas, y te abro. Ella ya estará dentro, esperando. Sin preguntas. Solo disfrutar.

Asintió frenético, tiró el cigarro al suelo y lo aplastó con la zapatilla. Nos dimos un abrazo y se fue hacia el ascensor con una sonrisa tonta. Yo me quedé un momento más en el portal, pensando en el siguiente paso.

***

Bastante antes de la hora, bajé al piso de Amparo. Su marido roncaba en el sofá con una botella vacía al lado, igual que casi todas las noches. Llamé suave a la puerta. Ella abrió en bata, el pelo recogido a medias, esa mirada entre culpable y deseosa que se le ponía cuando yo aparecía.

Le tendí la máscara negra, una de esas que tapan toda la cara menos la boca.

—Esta noche te la pones. Y no te la quitas pase lo que pase.

—¿Por qué? —susurró.

—Porque vamos a tener un invitado. No vas a saber quién es, ni él va a saber quién eres tú. Y por eso mismo no puedes hablar ni una palabra. Si rompes la regla, se enterará de quién eres. Y créeme, no te conviene.

El miedo se le reflejó en la cara, y eso me gustó. Le metí más presión a propósito.

—Sube dentro de media hora. Sola. Y prepárate, porque esta noche vamos a disfrutar de verdad.

Ella temblaba entera, muerta de nervios, pero asintió. No sé si por deseo o por la pura inercia de no saber decirme que no. A la hora acordada subió en silencio, la bata mal cerrada, los pechos moviéndose con cada escalón. Llegó a mi piso y la coloqué en el centro del salón, de rodillas, la máscara puesta, las manos libres por si en algún momento quería marcharse de verdad. Le di un beso suave en la mejilla, por encima del cuero negro.

—Ni un sonido hasta que yo lo diga. Si te sales de lo hablado, te quito la máscara delante de él. ¿Entendido?

Asintió, asustada. En ese momento sonó el timbre, puntual.

—Si no quieres que nadie sepa la clase de mujer que eres en realidad —le murmuré al oído—, ni una palabra.

Abrió los ojos detrás de la máscara, y noté cómo se le aceleraba la respiración. Fui a la puerta sin dejarla pensar más. Marcos entró con una sonrisa nerviosa, los ojos brillantes.

—Hostia… ¿esa es ella?

Cerré, eché el pestillo y le señalé a Amparo, de rodillas en el centro del salón: máscara negra, el pecho descubierto, temblando entre el deseo y los nervios.

—Esa es. No habla. Disfrútala. Los dos a la vez.

Suspiré por dentro, aliviado de que no la hubiera reconocido.

***

Marcos se acercó despacio, como si tuviera miedo de romper el hechizo. Se bajó la cremallera y la miró desde arriba con la voz ronca.

—Joder… qué mujer. Mira cómo brilla.

Le dio un beso suave en el hombro, le acarició la espalda y le susurró cerca del oído:

—¿Te gusta esto? ¿Te pone que dos tíos te toquen así?

Ella asintió frenética, los gemidos ahogados detrás de la máscara. Me coloqué detrás, le besé la nuca y la penetré despacio, profundo. Arqueó la espalda y se le escapó un suspiro largo. Cada embestida mía la empujaba contra el cuerpo de Marcos, y entre los dos la fuimos meciendo de un lado a otro, como si no pesara nada.

Él le acercó la polla a la boca y ella lo recibió con avidez, como si llevara años esperándolo. Le manoseó los pechos, se los apretó con deseo, le pellizcó los pezones hasta arrancarle un gemido que era mitad dolor y mitad placer.

—Qué curvas… me vuelven loco —jadeó él.

Yo seguía con un ritmo creciente, alternando los embates, marcándole las caderas con las manos. Ella se corrió casi enseguida, el cuerpo entero sacudiéndose, un temblor que le subía desde las piernas. Marcos no aguantó mucho más: se descargó con un gruñido, y ella tragó con ganas, sin saber, sin sospechar. Yo terminé poco después, vaciándome dentro mientras le mordía el hombro.

La dejamos un momento tirada sobre la alfombra, jadeando, la máscara empapada de sudor y saliva, las piernas todavía entreabiertas como si esperara más. Marcos se subió los pantalones a medias, resoplando.

—Joder… qué pasada. Cómo se deja hacer.

Fui a la cocina y volví con una botella de vino que tenía a medias. No diré que estuviera orgulloso de lo que se me ocurría, pero esa noche yo no quería disfrutarla: quería doblegarla, ver hasta dónde aguantaba. Marcos abrió mucho los ojos cuando entendió por dónde iba la cosa, y enseguida empezó a mirar alrededor del salón buscando con qué ponerse creativo él también.

Amparo seguía boca abajo sobre la alfombra, las nalgas ligeramente elevadas, la respiración entrecortada y los pechos aplastados contra la lana áspera. La máscara negra le cubría aún los ojos y media cara.

—¿Le vas a meter más cosas o qué? —dijo Marcos, y aunque lo decía con sorna, se le notaba la voz tomada de puro morbo.

Me arrodillé a su lado y le abrí las nalgas con las dos manos. Estaba dilatada, brillante. Le pasé el cuello frío de la botella, despacio, hasta arrancarle un gemido largo y roto. Ella empujó las caderas hacia atrás, ofreciéndose sin una sola palabra, y eso fue todo el permiso que ninguno de los dos necesitó.

Marcos, que hasta entonces solo miraba con la boca entreabierta, dio un paso adelante. Tenía la cara congestionada y la polla otra vez tiesa marcándose en los vaqueros.

—Déjame… ¿puedo probar algo? —murmuró casi sin voz.

Sus ojos se detuvieron en la mesita baja: un bote de aceite sin empezar, el mango liso de un rodillo de cocina que había dejado allí después de hacer pizza por la tarde. Cogió el aceite con dedos temblorosos y lo vertió sobre la espalda de ella, dejando que resbalara despacio. Luego agarró el rodillo, lo untó bien, lo frotó contra su palma para calentarlo.

—Hugo… ¿puedo?

—Haz lo que quieras —reí.

Amparo respondió empujando otra vez las caderas hacia atrás, lenta, deliberada. Marcos colocó la madera y empujó poco a poco. Ella soltó un quejido ahogado que se transformó en gemido a medida que cedía, abriéndose más de lo que la habían abierto nunca. El chico empezó a moverlo con un vaivén suave, cada vez más hondo, el aceite chorreando por todas partes, el sonido viscoso e indecente llenando el salón.

Me coloqué de nuevo delante de ella y le levanté la barbilla. La máscara estaba torcida, pero no se la quité. Le metí tres dedos en la boca y los chupó con avidez, como si todavía tuviera hambre.

—¿Quieres que te llenemos los dos a la vez? —le pregunté, casi con ternura.

Asintió rápido, desesperada. Marcos, sin sacarle el rodillo, se bajó los vaqueros y se la metió de un solo empujón. Ella gritó alrededor de mis dedos, el cuerpo entero sacudiéndose en otra corrida violenta. Los tres la teníamos a la vez, y el salón olía a vino derramado, a aceite y a sudor.

—Voy a correrme en la máscara —anunció él entre jadeos—, que se le quede pegado todo.

Y lo hizo, salpicando el cuero negro, resbalando por la barbilla de ella, mezclándose con la saliva. Aceleró un par de embestidas más, gruñó algo ininteligible y se vació dentro de ella, empujando tan fuerte que el rodillo se movía con cada golpe. Amparo convulsionó otra vez, empapándolo todo.

Le saqué los dedos de la boca y le di una palmada suave en la mejilla.

—Buena chica.

***

La dejamos un momento, temblando, cubierta de fluidos, la máscara hecha un desastre pegajoso. Marcos se quedó mirándola, respirando agitado, como si acabara de descubrir algo de sí mismo que no sabía que llevaba dentro.

—¿Seguimos? —preguntó en voz baja, casi con miedo.

Amparo, sin moverse del suelo, solo levantó un poco las caderas, y eso respondió por ella.

—Joder, cómo le gusta —rió él—. ¿Podemos repetir la semana que viene?

Miré a la mujer enmascarada y le di un beso suave por encima del cuero.

—Claro. Si ella quiere.

Asintió débilmente, aún de rodillas. Marcos se vistió del todo, me dio las gracias con una palmada en la espalda y se despidió con una sonrisa que no se le borraba. Cuando la puerta se cerró tras él, le quité la máscara despacio. Amparo me miró con los ojos vidriosos, la voz ronca.

—Hugo… eres un hijo de puta. Pero… he disfrutado como una loca.

Le di un beso suave en la boca.

—Sabía que te gustaría. Y la próxima vez será todavía mejor.

Ella sonrió, agotada y satisfecha, sin imaginar siquiera el nombre del segundo hombre que esa noche la había tenido entre las manos. La mandé a ducharse y le dije que se lavara bien, porque la noche aún no había terminado para nosotros.

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Comentarios (5)

PatricioBA

Excelente relato, me dejo sin palabras!!!

Curiosa_1987

Ufff que situacion tan inesperada, me engancho desde el primer parrafo. Muy bueno

Vale_Palacios

Por favor tiene que haber una segunda parte, no puede quedar asi!! Quede con ganas de mas

LectorDelSur

Me recordo a algo que me paso hace tiempo, aunque sin tanto morbo jajaja. La narracion estuvo genail

ClaudioMZA

Lo de la mascara es un recurso brillante. Nunca me lo hubiera imaginado y sin embargo tiene toda su logica. Muy bien construido el relato, felicitaciones

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