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Relatos Ardientes

La cámara escondida me reveló a otra madre

Me llamo Adrián, acabo de cumplir treinta y dos años y vivo en una casa pequeña a las afueras de Valencia. Comparto el techo con mi madre, Carmen, una mujer rellenita de cincuenta y nueve años que arrastra una depresión leve desde que le diagnosticaron un problema cervical y la jubilaron por incapacidad. También vive con nosotros mi hermana Lucía, veintiuno, parecida a mamá en las formas: caderas anchas, pecho enorme y un trasero que, en otras circunstancias, habría incomodado a cualquier hermano.

Yo trabajo en una nave industrial, montando piezas de plástico hasta que se me duermen los dedos. Cobro lo justo para que comamos, paguemos la luz y, con suerte, nos permitamos un capricho al mes. La casa es minúscula: una sola habitación donde duerme mi madre, un altillo con una cama estrecha para Lucía y el sofá cama del salón, que es mío.

Aquel mes de agosto, una tarde estaba en el bar de la esquina tomando cervezas con Iván, mi amigo de toda la vida. Hablábamos de mujeres, como casi siempre, hasta que él se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.

—Oye, Adrián, ¿nunca has entrado en alguna página de esas, de relatos?

—Alguna vez, de pasada. ¿Por?

—Hay una sección de amor filial, hermano. Entra esta noche, cuando estés solo. Y si te pones a tono, yo tengo una camarita pequeña, de las que se esconden en cualquier rincón. La uso para vigilar al perro cuando no estoy.

Me quedé con la duda metida en el pecho. Iván me conoce desde los catorce y sabe que soy igual de salido que él. Volví a casa, me tumbé en el sofá cama y me tiré tres horas leyendo en el móvil, casi sin respirar.

Al fin y al cabo, ¿qué podía perder? Una buena paja, como mucho.

Al día siguiente le pedí prestada la cámara. Esa misma noche, mientras mamá veía la tele y Lucía se duchaba, entré en el dormitorio principal y coloqué el aparato entre dos libros de la estantería, apuntando hacia la cama. Después me acosté en el sofá y casi no pegué ojo.

***

A la mañana siguiente, mamá y Lucía decidieron irse de compras al centro. En cuanto el coche dobló la esquina, abrí el portátil y descargué el vídeo de la cámara.

Lo que vi me dejó sin saliva. Mi madre, sola en el cuarto, se quitó la ropa con calma. Se metió a cuatro patas en la cama, se hundió los dedos por detrás y se acarició entre las piernas durante un buen rato. No fue tímida ni breve. Fue un trabajo concienzudo, ruidoso, con la cara pegada a la almohada y la mano izquierda tirándose del pezón.

Cuando acabó, se quedó respirando con la espalda al techo, una sonrisa pequeña en la boca. Yo estaba en el salón, duro como una piedra, con la sensación de haber abierto una puerta que no iba a poder cerrar.

Esa misma tarde, después de comer, Lucía se fue a casa de una amiga. Mamá y yo nos quedamos solos en la cocina, recogiendo platos. Llevaba un vestido fino de andar por casa y, al inclinarse sobre el fregadero, el culo le quedó marcado bajo la tela.

Las palabras me salieron antes de que pudiera frenarlas.

—Mamá, ¿por qué nunca has vuelto a salir con nadie? Estás muy bien para tu edad. Si no fueras mi madre, no respondería de mí en esta cocina.

Esperé un grito, una bofetada, cualquier cosa. Lo que recibí fue una sonrisa lenta y un brillo en los ojos que no le había visto nunca.

—Adrián, no sabes lo feliz que me haces diciéndome eso. ¿De verdad me ves así?

—Como te lo digo. Eres un monumento.

***

Los días siguientes le cambió hasta la manera de caminar. Empezó a vestirse con faldas más cortas, blusas ajustadas, ropa que le pidió prestada a Rosario, la vecina del primero, una modista de sesenta y pocos años que la trataba como a una hija pequeña. Mamá pasaba por mi lado en el pasillo y rozaba la cadera contra mi mano sin disimulo. Yo no sabía cómo reaccionar. Le seguía el juego a medias, sin atreverme del todo.

Una noche fingí dolor de cabeza para acostarme antes que ellas. Sobre las tres de la mañana, sentí el sofá hundirse junto a mí. Mamá se había sentado en silencio, con una bata fina y unas bragas altas de algodón. Me hice el dormido. Ella me bajó el calzoncillo con cuidado, se inclinó y empezó a chupármela como si llevara meses esperándolo.

Aguanté lo que pude. La barriga me temblaba, las piernas también. Cuando acabé, se tragó todo sin pestañear, se limpió la comisura con el meñique y me dio un beso largo en la boca. Olía a pasta de dientes y a algo más.

—Lucía no se ha movido —me susurró—. Y mañana vienes tú a mi cama, Adrián. No aguanto más.

Asentí sin poder hablar. Acababa de abrir la caja de los truenos, y no había manera de cerrarla.

***

Los días que vinieron fueron una locura suave. Cuando salía a tomar algo con Iván, ella me mandaba fotos al móvil: el pecho contra el espejo del baño, el muslo, una mano metida bajo la falda. Cuando volvía a casa, nos encerrábamos en el cuarto de baño y lo hacíamos contra la pared del azulejo, mordiéndonos los hombros para no gritar.

Una tarde de calor brutal me pidió que la acompañara al centro comercial. Quería ropa nueva. Llevaba unos tacones bajos, un vestido ceñido y, según me confesó en el ascensor, ni una sola prenda interior.

En la tienda se metió en el probador y me llamó con un gesto.

—¿Cómo me sienta, Adrián? —preguntó delante de la dependienta, una chica joven de aspecto despierto que la miraba con algo más que cortesía.

—Te queda increíble. Mejor de lo que esperabas.

—Hijo, es muy caro. No podemos.

—Es mi regalo. Llévatelo.

Salió de la tienda con una bolsa al hombro y la cabeza alta. Eran las cuatro de la tarde y ni siquiera habíamos comido.

—¿Y si vamos al cine? —dijo—. Necesito aire frío.

Elegimos la peor película del cartel. La sala estaba prácticamente vacía. Subimos a la última fila. Cuando apagaron las luces, le metí la mano bajo la falda y la encontré empapada. Se inclinó sobre mi regazo, me bajó la cremallera y me la chupó allí mismo, despacio, con la cabeza escondida bajo mi chaqueta.

—Adrián, encima —me pidió cuando ya no podía más.

La senté a horcajadas. Apenas tuve que empujar. Llevábamos meses, en realidad años, dirigiéndonos a aquella butaca. La aguanté por las caderas mientras se movía despacio, mordiéndome el cuello. Salimos antes del final, riéndonos en voz baja como dos adolescentes que acaban de robar caramelos.

***

En el camino de vuelta, parados en un semáforo, me contó lo de Rosario.

—Tengo que confesarte algo más, Adrián. Hace tres años que me veo con la vecina.

—¿Cómo que te ves?

—Como te imaginas. Y no solo ella. La panadera, la chica del centro comercial. Hacemos cosas que no te creerías. Yo no estaba deprimida por falta de sexo, hijo. Eso lo tenía solucionado.

Me eché a reír en pleno cruce. Llevaba años viéndola con el camisón floreado, suspirando frente al telediario, y mientras tanto medio barrio pasaba por su cama. La miré de reojo y no la reconocí. Era otra mujer, una desconocida con la cara de mi madre.

—Llámala —le dije—. A Rosario. Quiero conoceros juntas.

—¿Estás seguro?

—Llámala ya.

***

Rosario estaba en su pueblo, visitando a una hermana. Volvía esa misma noche. Llegamos a su casa a las once. Nos abrió con un pantalón ajustado y una blusa abierta dos botones. Me besó en la boca antes de saludar a mamá, con una naturalidad que me dejó sin defensa.

Pasamos al salón. Tomamos un par de cervezas mientras mamá le contaba todo, sin saltarse un detalle: la cámara, la cocina, la mamada en el sofá, el cine. Rosario escuchaba con la pierna cruzada sobre la mía y la palma plana en mi muslo.

—Adrián, tu madre es muy traviesa —dijo al final, y se levantó.

El dormitorio de Rosario olía a colonia antigua y a sábanas recién planchadas. Me senté al borde de la cama y las dejé empezar a ellas. Primero se desnudaron despacio, mirándose, riéndose con esa complicidad de las personas que llevan años en lo mismo. Después se comieron una a la otra con una falta de pudor que no estaba preparado para ver. Cuando se cansaron de los dedos, Rosario abrió un cajón y sacó un arnés con un consolador grueso. Mi madre se lo ajustó a la cadera y se la metió a Rosario hasta el fondo, con la respiración cortada y la cara tan concentrada como cuando me preparaba la cena.

—Adrián, no te quedes ahí mirando —dijo Rosario sin apartar la mirada de mamá—. Ven aquí.

Me levanté. Le metí la mía a Rosario por delante mientras mamá seguía detrás. La mujer estaba abierta de par en par, gritaba pidiendo más, tiraba con los dientes de la sábana. Mi madre se sentó sobre la cara de Rosario y me besó por encima del cuerpo de la otra, con la lengua dura y la respiración rota.

No aguanté demasiado. Cuando acabé dentro de Rosario, ella se incorporó y dejó que mi madre la limpiara con la boca. Me quedé sin palabras y casi sin pulso, tirado de espaldas en el colchón, mientras las dos se reían en voz baja con la cabeza apoyada en mis piernas.

—Adrián —dijo mi madre con una calma rara—, a partir de ahora vas a ser nuestro chico. Vamos a compartirte.

—Vamos a compartirte mucho —añadió Rosario.

***

Pasé el resto del día entre las dos. Cuando volví a casa, ya tarde, Lucía estaba despierta, sentada a la mesa de la cocina, con un vaso de leche entre las manos.

—Adrián, sentaos los dos cuando llegue mamá —me dijo sin levantar la vista—. Tenemos que hablar.

Se me hundió el estómago. Esperamos juntos. Cuando mamá entró, Lucía nos miró con una sonrisa muy seria.

—Hace meses que sé lo vuestro. Os he oído. Os he visto. Y no me importa. Sois adultos. Yo solo quiero que dejéis de disimular conmigo en esta casa.

Mamá se levantó, fue hasta ella y le dio un beso largo en la frente. Yo me quedé sentado, sin saber dónde poner las manos. A los pocos días buscamos un piso más grande, de dos habitaciones, en el barrio de al lado. Apretamos el presupuesto, pero ya no podíamos seguir compartiendo paredes tan finas.

***

Una tarde de domingo, mamá había bajado a casa de Rosario. Lucía y yo nos quedamos solos con la consola encendida. Llevaba un vestido corto de tirantes, sin sujetador, descalza sobre la alfombra. Jugamos un par de partidas. Le gané las dos.

—Tramposo —dijo, y se me tiró encima a hacerme cosquillas.

Su cuerpo entero cayó sobre el mío. El pecho enorme se aplastó contra mi cara y los muslos me apretaron las caderas. Olía a champú de coco y a algo más, una cosa cálida, doméstica, que no debería estar afectándome como me estaba afectando.

—Lucía, déjame respirar, mujer.

—Eso te pasa por hacer trampas.

Se restregó contra mí, una vez, lentamente, como sin querer. Me bloqueó las muñecas con las manos. La rodilla se le subió un poco más arriba de lo necesario y se quedó allí.

—Lucía, esto es jugar sucio —murmuré.

Ella sonrió desde muy cerca, con la boca a un dedo de la mía.

Lo que pasó a continuación es otra historia. Una que prefiero contar otro día, con calma, cuando me haya repuesto de esta.

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Comentarios (5)

MarcosBA

Increible relato, no pude parar de leer desde el principio. Tremendo giro lo de la camara!!

CuriosaCba

Me quede con ganas de saber que paso despues... necesito una segunda parte jaja. Muy bueno

RodriNoche

Buenisimo, los detalles te meten de lleno en la historia. Muy bien escrito.

Leandro_2001

Que manera de plantear la historia desde el comienzo, te engancha al toque. Sigue publicando!

FlorMendozaK

Me recordo a una situacion que viví hace un tiempo... igual la imaginacion del autor es otro nivel jaja

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