Mi primer patrullaje acabó en castigo y sumisión
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Llevaba semanas obsesionado con la idea. Fue mi amiga la que, una tarde en el sofá, me empujó a rellenar el formulario y dejar de fantasear.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Bastaba con cerrar la puerta, ponerse el encaje y encender la luz para dejar de ser Damián. Lo que no sabía es quién lo miraba del otro lado.
Encontré una copa de vino, un antifaz negro y un texto encendido en la pantalla. Lo leí despacio y entendí que esa noche mi marido había decidido cumplir su mayor deseo.
Antes de cada toma se ponía la máscara y dejaba de ser él. Sabía que ella no iba a fingir ninguno de los golpes, y eso era justamente lo que pagaba.
Nunca había confesado esa atracción. Hasta que la vi apoyada en la barra, envuelta en pelaje sintético, mirándome como una depredadora elige a su presa.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Llevaba años casada y aburrida cuando aquellos cuatro chicos me rodearon en la pista. Ninguno imaginaba que, bajo el disfraz, yo estaba más que dispuesta a seguirles el juego.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea, pero nada me preparó para lo que sentí cuando las primeras manos desconocidas me recorrieron la piel en la oscuridad.