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Relatos Ardientes

Madre e hija, dos botellas y una confesión

El apartamento de Carolina en el barrio Chapinero, en Bogotá, olía a cera de abeja, a tinto derramado y a la humedad pegajosa de un viernes de febrero. Dos botellas casi vacías descansaban sobre la mesa de cristal, reflejando la luz tenue de la lámpara de pie. Afuera, el tráfico zumbaba contra los vidrios; adentro, el aire pesaba distinto.

Romina estaba recostada en el sofá, con la camisita de tirantes blanca pegada a la piel por el sudor leve del alcohol. Su cuerpo bajito y trabajado —piel de porcelana, piernas torneadas de bailarina, culo alto y redondo marcándose contra los shorts cortos— temblaba de anticipación. Sus ojos café claro brillaban con lágrimas contenidas y un deseo que ya no podía esconder.

Frente a ella, en el sillón individual, estaba Carolina. Y esa noche su madre no parecía únicamente la mujer de cuarenta y un años a la que conocía de toda la vida. Era una versión más exuberante y carnal de Romina: mismos rasgos delicados, mismos ojos oscuros que ahora ardían, mismo cabello cayendo en ondas sobre los hombros. Pero Carolina era más todo. Más caderona, con unas curvas que se desbordaban del short de jean. Las tetas pesadas tensaban la blusa de seda negra hasta que los botones parecían a punto de rendirse. La piel dorada por años de sol caribeño contrastaba con la blancura de Romina.

—Mami… —empezó Romina, la voz pastosa por el vino—. ¿Te puedo decir algo raro?

Carolina tomó otro sorbo lento, dejando que el líquido le manchara los labios carnosos. Sonrió con esa media sonrisa de mujer madura que sabía perfectamente el efecto que causaba.

—Después de todo lo que hemos pasado juntas, mi amor, no creo que haya nada raro que puedas contarme.

Romina tragó saliva. El corazón le golpeaba el pecho.

—No, esto es… diferente. Es sobre mí. Y sobre ti.

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado.

—Tengo fantasías. Con hombres, ya sabes cómo soy. Pero también… también tengo fantasías con mujeres.

Carolina arqueó una ceja sin inmutarse. Su mano libre bajó distraída hasta posarse en su propio muslo grueso, acariciándoselo con lentitud.

—Eres joven, mi vida. Es normal querer explorar, probar…

—No, mami, no me entiendes —la interrumpió Romina con una urgencia desesperada, los ojos llenos de lágrimas mientras apretaba los puños sobre sus rodillas—. No es con mujeres en general. Es… es contigo.

El silencio se hizo espeso, apoderándose de las paredes del apartamento. Romina respiró hondo y continuó, la voz temblando entre la excitación y el alivio.

—Es un fantasma que me persigue desde hace años. Cuando estoy con Bruno, a veces él se pierde. Y en sus ojos yo dejo de ser yo. Me dice: «Dios, qué rica estás, Carolina». Susurra que te desea, que sueña con cogerte. Que yo gimo igual a ti. Y en ese momento siento que no existo. Que soy un puente caliente para que él llegue hasta ti.

Las lágrimas le caían por las mejillas. Aun así, no se detuvo.

—En vez de detenerlo, le pregunto qué te haría. Él me da cuerda, lo cuenta con todo lujo de detalle. Y yo me vuelvo a correr imaginando que soy tú. Desde que te conoció por una foto que le mostré, ya no es solo su fantasía. Ahora también es la mía. Y es putamente excitante, mami. Me mojo solo de pensarlo.

Carolina se quedó inmóvil un segundo, la copa temblándole apenas en la mano. La dejó muy despacio sobre la mesa. Sus ojos se llenaron de un deseo que ya no podía disimular. Se levantó del sillón con una calma aparente, las tetas pesadas balanceándose dentro de la blusa, y se arrodilló frente a su hija en la alfombra. Sus manos cálidas tomaron las de Romina, pero el toque ya no era solo el de una madre.

—No estás loca, mi amor —susurró Carolina, la voz ronca—. No tienes ni idea de lo que me estás diciendo. Ni de lo que me estás haciendo sentir allá abajo.

Se llevó una mano de Romina al propio pecho, presionándola contra la tela tensa de la blusa para que sintiera el golpeteo de su corazón.

—¿Sabes por qué me encantaba bañarte cuando eras pequeña? ¿Por qué te ponía crema todas las noches?

Romina negó con la cabeza, hipnotizada.

—Porque me volvía loca —confesó Carolina, acercando su cara hasta que sus labios casi rozaron la frente de su hija—. Me encantaba la sensación de tu culito firme bajo mis manos. Te daba vuelta en la cama, te untaba crema despacio por la espalda, por esos muslitos que ya se veían tan ricos. Y mientras te acariciaba, me iba mojando. Sí, mi amor. Me ponía caliente tocando a mi propia nena.

Romina soltó un gemido bajito. Carolina continuó, la voz cada vez más sucia.

—Y cuando te dormías, esperaba a que cayeras profundo y me desnudaba completamente. Me acostaba a tu lado, pegaba mi cuerpo al tuyo. Te olía el pelo, el cuello. Y mi mano bajaba entre mis piernas. Me tocaba mientras sentía tu respiración contra mi piel. Me corría calladita, mordiéndome los labios para no despertarte. Mi secreto más sucio.

Romina temblaba entera. Sus ojos estaban vidriosos de excitación.

—Me acuerdo… —murmuró, con la voz entrecortada—. Noches calurosas en Cartagena. El ventilador girando. Tus manos frías con la crema. Me dabas vuelta y me la pasabas por toda la espalda. Sentía tus dedos abriéndome un poco los muslos, acariciándome justo donde nunca te atrevías del todo. Y esos besitos en la nuca que me provocaban risa. Ahora entiendo por qué a veces me despertaba mojada.

Carolina sonrió con una sonrisa oscura y triunfante.

—Eras una tentación con esa carita de muñeca, igualita a la mía. Y yo me sentía la mujer más afortunada del mundo porque eras solo mía. Nadie más podía tocarte. Nadie más podía olerte después del baño. Eras mi secreto más sucio y hermoso.

Romina asintió, las lágrimas rodándole por las mejillas. Y entonces, sin pensarlo más, se inclinó y la besó.

Fue un beso de exploración en territorio prohibido. Al principio suave, casi tímido: labios contra labios, probando, respirando el mismo aire caliente. El sabor del tinto se mezcló con el de las lágrimas. Pero pronto el beso se volvió hambriento. Sus lenguas se encontraron por completo, enredándose con un deseo descarado. Carolina gimió dentro de la boca de su hija. Romina temblaba entera.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, las dos jadeaban. Sus frentes apoyadas, los labios hinchados y brillantes.

—¿Sientes esto, mi amor? —susurró Carolina contra la boca de Romina—. Es lo que sentí durante años. Este fuego. Esta hambre que solo tú me provocas.

Su lengua recorrió el hueco debajo de la oreja de Romina, lamiéndola despacio, saboreando la mezcla de piel suave, perfume y sudor. Encontró el lóbulo y lo chupó entre sus labios carnosos, mordisqueándolo con cuidado.

—Mami… Dios… —gimió Romina, las manos enredándose en el cabello oscuro de Carolina, empujándola hacia abajo, pidiendo más.

—Shhh, calladita —ordenó Carolina, pero su tono era pura lujuria—. No tan rápido. Quiero que sientas cada cosa.

Su boca descendió por el cuello blanco de Romina, dejando un camino de besos húmedos y mordiscos suaves que iban marcando la piel. Romina sintió cómo sus pezones se endurecían hasta doler contra la fina camisita.

—Por favor, mami… —suplicó, casi quebrada.

Carolina se separó apenas lo suficiente para mirarla a los ojos.

—¿Por favor qué, mi vida? —preguntó con una malicia que acentuaba el fuego salvaje de su mirada—. Dímelo. Porque esta noche dejas de verme como me ves siempre.

Sin esperar respuesta, la tomó de la mano. Sus dedos entrelazados temblaban. Con paso decidido la llevó hacia el dormitorio. Antes de salir del salón, Romina agarró la botella de tinto que aún quedaba sin terminar. Miró a su madre por encima del hombro, un desafío en la mirada, y siguió caminando.

***

La puerta del dormitorio se cerró con un clic que sonó como una sentencia. Adentro el aire se volvió más pesado, más caliente, como si el pecado tuviera peso propio.

Carolina caminó con lentitud deliberada hasta detenerse frente al espejo de cuerpo entero. Se miró a sí misma con una sonrisa pícara y oscura, girando ligeramente el torso para que sus curvas se marcaran bajo la luz tenue. La blusa negra se tensaba obscenamente sobre las tetas enormes; el short se le clavaba entre los muslos dorados.

Romina se sentó en el borde de la cama, los ojos clavados en su madre sin parpadear. Su camisita blanca apenas contenía los pezones ya duros, y los shorts cortos se le habían subido por los muslos torneados de bailarina, dejando ver la curva inferior del culo firme.

—Eres hermosa, Carolina —susurró Romina con la voz ronca de deseo—. Mírate. Qué tetas tan pesadas que se mueven cuando respiras. Esa cintura que se hunde y explota en tus caderas. Eres una diosa, mami.

Carolina volteó despacio, excitadísima por el tono sucio con que su hija le hablaba.

—¿Te gusto mucho de verdad, Romina? —preguntó caminando hacia la cama con pasos provocadores, balanceando las caderas—. ¿Te calienta el cuerpo de mami?

Sin esperar respuesta, empezó a desnudarse. Desabrochó la blusa negra dejando que la tela se abriera y revelara el valle profundo entre sus pechos. La blusa resbaló por sus hombros y cayó al suelo como humo. Debajo llevaba un sostén negro de encaje que luchaba por contener las tetas maduras y naturales. Bajó las manos al botón del short, lo abrió y lo dejó deslizarse por las piernas largas y tonificadas. Quedó solo con el sostén y un tanga diminuto que apenas cubría su monte de Venus hinchado.

Romina tragó saliva varias veces, los ojos fijos en ese cuerpo que desafiaba el tiempo: tetas firmes con pezones gruesos ya erectos, vientre liso, caderas amplias, un culo que prometía ser jugoso.

Carolina se dio la vuelta lentamente, arqueando la espalda y ofreciéndole a su hija la vista completa de las nalgas perfectas: carnosas, redondas, separadas apenas lo suficiente para que el tanga quedara hundido entre ellas.

—Ven —ordenó con una risa baja y sensual.

Se tumbó de espaldas sobre la cama, recostándose sobre los codos, arqueando la espalda para que las tetas pesadas se elevaran con orgullo. Estiró el brazo hacia la mesita de noche y tomó su celular, que aún seguía cargando.

—Voy a ponerlo en silencio —murmuró—. Para que nadie nos moleste esta noche.

Romina reaccionó con la agilidad de una inteligencia morbosa.

—No —dijo, la voz temblando de excitación—. No lo apagues. Pon la cámara. Quiero grabarnos. Quiero tener un video donde se vea cómo te veo esta noche.

Carolina la miró fijamente. Durante un segundo eterno, el peso de lo que estaban a punto de hacer flotó entre las dos.

—Dios, Romina… —susurró Carolina con una sonrisa torcida por el deseo.

Activó la cámara frontal del móvil. Lo apoyó contra un vaso y la base de la lámpara, ajustando el ángulo hasta conseguir que capturara toda la cama en plano amplio. El puntito rojo se encendió, brillante y acusador, convertido en testigo silencioso del pecado más íntimo de las dos.

—Está grabando —murmuró Carolina, la voz cargada—. Ahora dos mujeres frente a frente. Madre e hija cometiendo el pecado más delicioso del mundo.

Volteándose hacia su hija, abrió las piernas con descaro, separando los muslos brillantes de piel dorada.

—Mira mi cuerpo, Romina. Todo esto te hizo mujer.

Con una mano elegante se tomó una de las tetas pesadas por encima del sostén y se la apretó con suavidad. La otra mano se deslizó por el vientre liso, bajando hasta rozar el borde del tanga, jugueteando con la tela húmeda.

—Mírame bien. Estoy toda mojada solo porque me estás mirando. ¿Ves cómo brilla el encaje porque ya no puedo contener lo mojada que estoy?

Separó un poco más las piernas, flexionando las rodillas para ofrecer una vista todavía más explícita. El tanga se hundió profundamente entre los pliegues hinchados. Un hilo fino y brillante de excitación escapó de la tela y resbaló por la cara interna del muslo.

Romina no aguantó más. Se incorporó y, con movimientos rápidos y torpes por la urgencia, se sacó la camisita por la cabeza. Sus tetas quedaron expuestas: redondas, perfectas, blancas como porcelana, con pezones rosados duros como piedrecitas. Bajó los shorts y la tanguita de un tirón. Se subió a la cama gateando, la piel blanca contrastando brutalmente con la piel dorada de su madre.

Se posicionó encima de Carolina, boca abajo sobre el cuerpo voluptuoso, convirtiéndose en una segunda piel. Su pecho firme se pegó contra la espalda ancha y cálida de su madre. Sus piernas torneadas se apretaron contra las caderas. Su sexo caliente y mojado rozó directamente la curva superior del culo.

—Dios, Carolina… —murmuró contra la nuca de su madre, la voz ahogada—. Estás tan suave.

Sus labios rozaron primero el hombro derecho de Carolina, depositando besos lentos. Su lengua fue tomando confianza y empezó a lamerla, intercalando una lamida larga con un movimiento de cadera. Saboreaba el sabor salado de la piel, el perfume mezclado con el aroma natural de la excitación.

Carolina se erizó entera. Un escalofrío violento le recorrió la columna, haciendo vibrar hasta las tetas. Un gemido ronco se le escapó de la garganta.

—Ahhh… qué rico, Romina… —jadeó, arqueando la espalda para pegar más el culo contra el sexo de su hija.

Romina no se detuvo. Siguió envenenándola con besos y lamidas: por el cuello, subiendo hasta el lóbulo, chupándolo entre los labios. Una mano se deslizó por debajo del cuerpo de Carolina y tomó una de las tetas, apretándola con posesión, buscando el pezón grueso entre los dedos. La otra mano bajó por el vientre hasta rozar el monte de Venus, sin llegar todavía al clítoris, torturándola con la promesa.

—No te detengas… nadie me ha tocado así nunca —jadeó Carolina con la voz quebrada—. Quítame el sostén.

Romina obedeció. Soltó el broche, apartándose apenas para deslizarle también el tanga. Carolina quedó completamente desnuda, abierta, lista. La visión fue tan provocadora que Romina la tomó de los hombros, la sometió de nuevo bajo su peso, y su sexo joven y empapado se frotó lentamente contra el culo carnoso, dejando un rastro caliente entre las nalgas.

—Quiero que sientas todo, mami —murmuró.

***

De pronto, en un movimiento brusco y decidido, Carolina se sacudió hacia un lado, quitándose a Romina de encima con una fuerza que las sorprendió a ambas. La joven quedó boca arriba, las tetas rebotándole por la brusquedad, expectante.

—Quiero verte de espaldas —ordenó Carolina con voz autoritaria, un mandato de deseo.

Romina obedeció con una sonrisa, acomodándose boca abajo, los brazos flexionados debajo del cuerpo, la mejilla derecha apoyada entre los antebrazos. Su culo perfecto se elevó un poco, ofreciéndose sin vergüenza. Las nalgas redondas se separaron lo justo para dejar ver la línea húmeda y brillante de su sexo y el pequeño anillo rosado que palpitaba visiblemente.

Carolina se colocó a horcajadas sobre ella. Sus manos descendieron sobre el cuerpo blanco con una posesión absoluta, sin pudor. Ya no había madre ni hija. Solo dos mujeres deseándose.

Sus palmas grandes y cálidas recorrieron la espalda de Romina con lentitud tortuosa, bajando por la columna, amasando los músculos tensos. Llegaron a la cintura estrecha y siguieron hasta las nalgas, abarcándolas con ambas manos. Las apretó, las separó, las juntó.

—Qué culo tienes, Romina… eres perfecta.

Su mano derecha bajó entre las nalgas. Los dedos se deslizaron por la piel caliente. El dedo medio rozó primero el sexo empapado, recogió los jugos y subió un poco más. Tocó el ano con la yema, describiendo círculos lentos y deliberados alrededor del pequeño anillo apretado.

Romina se estremeció entera.

—¿Sientes esto, mi vida? —preguntó Carolina en un bisbiseo caliente contra su oído—. ¿Sientes cómo te estoy tocando justo aquí, donde nadie te ha tocado como yo quiero tocarte?

Romina solo pudo asentir, perdida por completo en la sensación. Su cuerpo temblaba, los ojos cerrados, la boca entreabierta contra la almohada.

Carolina se inclinó más, pegando sus tetas pesadas contra la espalda menuda de Romina, y le lamió lentamente el lóbulo de la oreja.

—Romina… ¿Bruno te da por el culito?

Romina negó con la cabeza enérgicamente, agitándola, pero al mismo tiempo su culo se movió hacia atrás buscando más contacto.

—No… todavía no… —jadeó—. Solo… solo tú.

Carolina soltó una risita perversa y bajó la mano un poco más. Las puntas del índice y el medio jugaron en la entrada empapada de su hija, rozando los labios hinchados, separándolos apenas, recogiendo más humedad sin penetrarla todavía.

Romina gemía. Un sonido gutural brotaba de lo más profundo de su garganta. Movía las caderas intentando guiarla, forzarla a entrar, pero Carolina siempre se movía a tiempo, manteniéndola en ese estado de suspensión.

—Por favor, Carolina… por favor… —suplicó Romina, la mano buscando la de su madre para guiarla.

—Shhh —la calmó Carolina, la voz una caricia cruel.

Y para demostrarlo, su mano se escapó por completo. Pero solo durante un instante. El dedo medio, ahora completamente lubricado con los jugos de Romina, regresó a su ano. Presionó el anillo apretado con la punta, lo rodeó, anunciando sus intenciones sin prisa. Entonces, lentamente, implacablemente, el dedo se deslizó hacia adentro. Solo hasta la primera falange. El anillo de Romina se apretó alrededor del invasor, caliente y pulsante. Carolina lo mantuvo ahí, quieto, dejando que su hija sintiera la posesión.

Las dos empezaron a moverse en un ritmo lento y coordinado. Carolina frotaba su propio sexo empapado contra el muslo izquierdo de Romina, deslizándose hacia arriba y hacia abajo. Romina empujaba el culo hacia atrás, follando lentamente el dedo que la penetraba, apretándolo con cada movimiento.

—Así, Romina —jadeó Carolina contra su cuello, mordiéndola suavemente—. Siente cómo te estoy abriendo.

Sin poder contenerse más, Romina deslizó una mano debajo de su propio cuerpo. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado y comenzó a masturbarse con urgencia, frotando en círculos rápidos y precisos. El doble estímulo era demasiado.

—Carolina… —murmuró Romina con incredulidad—. Me estás matando.

El dedo de Carolina permanecía dentro de su ano, moviéndose ligeramente, explorando las paredes apretadas. La otra mano subió por el costado y tomó una de las tetas de Romina, pellizcando el pezón con fuerza.

—Estás tan apretada, tan caliente por dentro —murmuró Carolina, la voz rota de excitación—. Me encanta sentir cómo me aprietas el dedo, como si no quisieras que saliera nunca.

Romina separó más las piernas, levantando el culo todo lo que podía, entregándose por completo.

—Quiero que te vengas, Romina —susurró Carolina contra su nuca, mordiéndola y lamiéndola al mismo tiempo.

El orgasmo la atravesó con violencia. Su cuerpo se tensó entero, el ano apretando el dedo de su madre con fuerza, mientras el sexo se contraía en espasmos. Un chorro caliente empapó las sábanas debajo de ella. Gritó contra la almohada, un sonido largo, gutural y salvaje. Sus piernas temblaron sin control. Ola tras ola de placer la recorrió, más intenso y profundo de lo que jamás había sentido con Bruno, con otro hombre o consigo misma.

***

Carolina, aún con el cuerpo temblando de deseo insatisfecho, miró a Romina tendida sobre las sábanas empapadas. La joven respiraba con dificultad, los ojos entrecerrados, las piernas abiertas y flojas, el sexo todavía hinchado y brillante. Estaba completamente agotada.

Con una sonrisa suave pero firme, Carolina estiró el brazo hacia la mesita de noche y detuvo la grabación. La pantalla se apagó.

—Basta por hoy —murmuró con voz ronca, casi maternal—. Qué espectáculo dimos.

Pero su cuerpo pedía otra cosa. Su monte de Venus palpitaba, hinchado y mojado, todavía sin orgasmo propio. Miró a su hija, tan rendida, y sintió una nueva oleada de deseo.

Se acomodó con decisión entre las piernas abiertas de Romina. Con destreza, entrelazó sus piernas en una tijerita: una rodilla pasó por encima de la cadera de su hija, la otra se deslizó por debajo, hasta que su sexo mojado quedó presionado directamente contra el muslo firme y torneado de la joven.

—Quédate quieta, Romina —susurró Carolina, escupiendo saliva en su mano y llevándola a la entrepierna—. Mami todavía no ha terminado.

Comenzó a frotarse con fuerza controlada contra ese muslo blanco y duro. Sus caderas giraban en círculos amplios y profundos, presionando el clítoris hinchado contra la piel caliente. Sus tetas rebotaban pesadamente, los pezones oscuros y erectos.

Romina, exhausta, solo pudo gemir bajito y separar un poco más la pierna, ofreciendo mejor ángulo. Sus manos descansaban inertes sobre las sábanas, demasiado cansada para hacer otra cosa que sentir.

Carolina aceleró el ritmo, usando el muslo de su hija como un juguete personal.

—Qué rico… estás tan firme, tan suave… —jadeaba—. Me voy a venir encima de ti. Mírame.

El orgasmo la golpeó con fuerza. Arqueó la espalda hacia atrás, las tetas sacudiéndose, un gemido largo y gutural escapando de su garganta mientras el calor del placer empapaba el muslo de Romina. Su cuerpo tembló durante varios segundos hasta que, poco a poco, se derrumbó a un costado, respirando agitada.

Durante unos minutos solo se oyó la respiración entrecortada de ambas. Carolina seguía emotiva, el sexo todavía palpitando.

Entonces, una sombra de arrepentimiento cruzó el rostro de Romina.

—Carolina… mami —susurró la joven, la voz débil y temblorosa—. ¿Qué… qué hemos hecho? Esto está mal. Soy tu hija. Y, Dios, me corrí tan fuerte… pero esto no puede estar bien.

Carolina se incorporó apoyada en un codo y la miró con ternura oscura. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Shhh… no empieces con eso ahora, corazón. Lo que sentimos no es malo. Es real. Llevo años deseándote. Y tú también me deseabas. Lo que acabamos de hacer fue hermoso. Fue nuestro.

Romina cerró los ojos un momento, todavía con el pecho agitado.

—Pero es tan prohibido… tan sucio…

—Y por eso es tan rico —respondió Carolina, besándole los labios con suavidad—. Mírate. Todavía estás temblando. Tu cuerpo no miente, Romina.

Apoyó la frente contra la de su hija. Sus labios rozaron los suyos en un beso lento, casi reverente, y luego descendieron por la mejilla, dejando un rastro cálido.

—Mi pequeña —susurró contra su piel—. Mi muñequita blanca que creció y se volvió tan hermosa que me vuelve loca. Y yo soy la mujer que te ha amado desde siempre, de todas las formas posibles. No hay nada sucio en eso. Hay amor.

Otro beso, esta vez en la frente, como una bendición.

—Cada vez que te toque de ahora en adelante, será porque te amo como mujer, no como madre. Y cada vez que tú me toques será porque tú también me amas como mujer. No como hija. Como Romina. Como mi amiga más íntima.

Romina asintió levemente, las lágrimas brotándole otra vez.

***

La reflexión culpable se fue transformando poco a poco en un deseo renovado. Las palabras de Carolina, dichas con esa voz ronca y segura, calentaron de nuevo el ambiente. Romina, aunque agotada, sintió un escalofrío al recordar lo que habían grabado.

Carolina sonrió con picardía y estiró el brazo para buscar el celular.

—Ven —susurró con voz dulce, casi conspiradora—. Vamos a verlo juntas. Quiero que veas en lo que te transformaste para mí.

Reprodujo el video. Las dos se acomodaron de lado, frente a frente, muy cerca, con las frentes casi tocándose. La pantalla las iluminó con una luz azulada que suavizaba sus rostros.

Al principio no hablaron. Solo miraban. En la pantalla, Carolina aparecía sobre la cama mientras Romina acomodaba el celular. La mujer, provocando a su hija en el video y al lado de ella en la cama real, soltó un suspiro tembloroso y le pasó los dedos por el brazo.

Adelantó el video. Apareció el momento en que el culo de Romina llenaba el primer plano mientras gateaba para subirse encima de su madre.

—Dios… mírate. Qué rica te ves.

Romina se sonrojó, pero no apartó la mirada.

—Adelanta un poco más —pidió en voz baja.

Carolina obedeció. Ahora se veía el contraste perfecto: la piel blanca y firme de Romina contra la piel dorada y voluptuosa de su madre.

—Mira cómo te movías encima de mí —susurró—. Tan sensual, tan natural.

—No podía parar. Estaba a mil —admitió Romina en voz baja.

Carolina dejó el teléfono sobre la almohada inclinado para que la imagen siguiera reproduciéndose y se acercó más a su hija. Con infinita ternura, pasó los dedos por la curva de su cintura, bajando hasta posar la palma abierta sobre su culo.

Romina cerró los ojos y se pegó más a ella, buscando su boca. Se besaron despacio, con besos largos y profundos, mientras las manos de Carolina seguían recorriéndole el cuerpo con caricias pos-sexo: lentas, cálidas, posesivas pero llenas de cariño.

—Mira cómo sigues abierta para mí —susurró Carolina, deslizando una mano perezosamente entre sus propias piernas.

Romina, aunque cansada, también empezó a tocarse con movimientos lentos. Se masturbaron juntas de forma perezosa, comentando en voz baja lo que más las había excitado.

—Cuando me metiste el dedo… creí que me iba a desmayar —murmuró Romina.

—Y tú gemías tan rico… —respondió Carolina, acelerando un poco el movimiento de sus dedos.

El orgasmo que tuvieron fue suave y compartido: solo un suspiro largo, un temblor ligero y una ola de placer calmado que las dejó aún más unidas.

Finalmente, ya exhaustas, Carolina apagó el celular y lo dejó a un lado. Se acomodó detrás de su hija en posición de cucharita, pegando su cuerpo maduro y caliente contra la espalda de la joven. Pasó un brazo por encima de su cintura y le acarició el vientre con lentitud.

—Cuando estés con Bruno otra vez —susurró contra la nuca de Romina, la voz baja y perversa—, quiero que pienses en cómo te toqué hoy. En cómo te hice sentir. En cómo mami te enseñó mejor que nadie.

Romina soltó un gemido apagado y empujó el culo hacia atrás, buscando más contacto.

—Quiero que sea nuestro secreto por ahora —continuó Carolina, besándole el hombro.

Romina, ya casi dormida pero todavía sensible, asintió y entrelazó sus dedos con los de su madre sobre su vientre.

—Te amo, mami —susurró.

—Yo también te amo —contestó Carolina—. Amiga.

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Comentarios (5)

Pame_lectora

Increible relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

JorgeMdq7

El final me dejo con ganas de mas. Por favor una segunda parte, quede totalmente enganchado.

Roxana_45

Me encanto como esta escrito, se nota que hay algo real detras de la historia. Sigue compartiendo!

NicoVelasco

tremendo... sin palabras. 10/10

Mili_23

me recordo a una charla que tuve con mi mama despues de unas copas jaja, las confesiones de madrugada tienen eso. Muy bueno!

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