Mi melliza me esperaba frente al espejo
Me llamo Adrián. Vivo en Chapinero, en el norte de Bogotá. Afuera la ciudad es un caos de ruido y prisa, de claxons y de gente que camina mirando al piso, pero adentro de nuestro apartamento, con las cortinas cerradas y la luz baja, el tiempo deja de existir. Nada urgente alcanza a entrar.
Antes de seguir, hace falta que entiendan lo central de esta historia. Lucía y yo tenemos veinticuatro años. Nacimos con ocho minutos de diferencia. Somos mellizos.
Nuestros padres trabajaban como ejecutivos internacionales para una firma de consultoría. Vivimos en cinco países distintos antes de cumplir los dieciséis. Nunca pudimos hacer amigos que duraran más de un curso escolar; nunca echamos raíces en ninguna parte. Solo nos teníamos el uno al otro. Éramos «los mellizos», una unidad que ningún adulto sabía cómo dividir. Dormimos en la misma cama hasta los once años, nos bañamos juntos hasta más tarde de lo decente, y desarrollamos un idioma propio, hecho de medias palabras y miradas, que nadie más alcanzaba a entender.
El mundo exterior siempre nos pareció hostil, lento, sin gracia. Cualquier intento de salir con otras personas durante la adolescencia terminaba mal. Las chicas que yo besaba en fiestas se quejaban de que estaba ausente. Los muchachos que se acercaban a ella terminaban echándole la culpa de no entender en qué pensaba cuando miraba fijo el techo. Nadie me leía como ella; nadie la cuidaba como yo.
La transición no fue brusca, ni traumática. Fue más bien la evolución lógica de algo que ya existía. Sucedió cuando teníamos veinte, justo después de que nuestros padres se fueron a un proyecto largo en Asia, ocho meses lejos. La primera semana fue un descontrol elegante. Hubo gente desconocida en el comedor, hubo alcohol caro abierto sin medida, hubo sustancias que prefiero no nombrar. Una noche, en medio del calor de un noviembre raro, terminamos los dos en la cama con una chica que habíamos llevado desde un bar de la Zona G.
Empezamos los tres, pero la chica fue dejando de existir muy rápido. Lucía y yo nos mirábamos por encima de su cuerpo, conectando con una intensidad que nos asustó a nosotros mismos. En un momento, sin necesidad de hablarlo, la sacamos del cuarto. La despachamos a medio vestir, sin explicaciones, sin disculpas, como quien aparta un mueble que estorba en el medio del salón.
Quedamos los dos solos, desnudos, agitados, con la respiración rota. Lucía se acercó al espejo de cuerpo entero del ropero y me llamó con una mano abierta.
—Mírate, Adri —me dijo—. Somos iguales. Somos perfectos.
Y lo éramos. Misma piel pálida con el matiz azulado de las venas en las muñecas. Mismo cabello negro y grueso. Mismos ojos verdes que parecen fríos hasta que se llenan de algo más oscuro. Al besarla, no sentí que besaba a otra persona; sentí que me besaba a mí mismo, en una versión más suave, más blanda, más receptiva. Hacer el amor con ella esa noche fue cerrar un circuito que llevábamos abierto desde el útero.
Desde aquella madrugada, nos aislamos. Dejamos las carreras a medias, sin avisar a nadie. El dinero que nuestros padres seguían girando nos permitió encerrarnos sin tener que dar explicaciones a ningún funcionario. Construimos una secta de dos miembros. Empezamos a vestirnos parecido, a cortarnos el pelo el mismo día y a la misma altura, a comprar dos veces el mismo perfume. A veces, cuando salimos a la calle tomados de la mano, la gente nos mira con una mezcla de fascinación y rechazo, sin saber si somos novios o hermanos. Esa confusión nos alimenta. Nos hace sentir vivos, separados del resto.
***
Nuestra relación es violenta y tierna al mismo tiempo. Hay celos enfermos. Si ella mira demasiado a un mesero, yo rompo el primer vaso que encuentro. Si yo respondo el mensaje de otra mujer, ella se hace daño en silencio, marcándose el antebrazo con la uña hasta dejarse media luna roja. Sabemos exactamente dónde golpear para que duela, porque cada herida del otro la conocemos desde chicos. Sabemos a qué le tiene miedo cuando se apaga la luz. Sabemos qué insulto le vacía los ojos por dentro.
No es amor romántico. No funciona con las categorías que la gente usa para mirar a los demás desde la vereda. Es una fusión biológica, casi química. Es la certeza absoluta de que nadie en este mundo es digno de nuestra sangre, salvo nosotros. Cuando alguno de los dos enferma, el otro siente la fiebre antes de tocarle la frente. Cuando alguno sueña algo feo, el otro se despierta a la misma hora con el corazón apretado.
No vamos a tener hijos. No los habrá. Lucía quedó embarazada hace algo más de un año. Fue un descuido tonto, una grieta en nuestra burbuja de perfección. Cuando el test marcó dos rayas, no hubo alegría. Hubo pánico, después rabia, después miedo. Un hijo habría roto nuestra simetría. Un tercer cuerpo, aunque saliera de los dos, nos obligaría a dejar de mirarnos para mirar afuera. Y, además, conocíamos los riesgos genéticos. Nuestra vanidad no nos permitía imaginar algo defectuoso saliendo de nosotros.
Fuimos a una clínica privada en el norte de la ciudad. Pagamos en efectivo, sin dar nombres reales, y resolvimos el «problema» en una mañana gris. Esa noche cenamos en silencio, tomados de la mano por debajo de la mesa, sin necesidad de hablar de lo que acababa de pasar.
Un par de meses después, Lucía se operó. Se ligó las trompas. Yo me hice la vasectomía la semana siguiente, sin avisarle al médico que ya no había riesgo de procrear con nadie más.
Ella lo pasó peor. La ligadura es cirugía mayor, anestesia general, días de recuperación. Tuvo el vientre hinchado, moretones violetas alrededor del ombligo, una fiebre baja que no le bajaba. Yo solo tuve hielo dos días, una molestia sorda y la prohibición tonta de andar en bicicleta. Pero verla convaleciente, sabiendo que se había mutilado por nuestro pacto, me la ponía dura de una forma vergonzosa. Me sentaba al borde de la cama, le limpiaba los puntos con suero tibio, le besaba la frente, y por dentro me deshacía pensando en cuánto se había entregado a esto que somos. En cuánto había sido capaz de hacer por mí.
Nadie va a amarte así nunca, pensaba mientras la miraba dormir. Nadie.
Queremos ser el final de nuestra línea genética. No queremos sembrar nada en este mundo mediocre. Queremos consumirnos hasta que no quede nada, ser los últimos de nuestra especie. Cuando nuestros padres mueran y podamos heredar todo, vamos a desaparecer en una isla cualquiera donde nadie sepa quiénes fuimos.
Estamos bien. Estamos vacíos y llenos a la vez. Vivimos en un bucle de deseo y destrucción, mirándonos al espejo, queriéndonos en el reflejo del otro, esperando ese final como quien espera el último tren del día.
***
Mientras esperamos, celebramos nuestra extinción cada noche.
Ahora mismo, Lucía está desnuda frente al espejo del tocador, pintándose los labios de un rojo casi negro que parece sangre seca contra su piel blanquísima. La luz de la lámpara baja le marca los huesos de los hombros y el surco de la columna. Me acerco por detrás. Mi erección, dura y dolorosa, empuja contra sus nalgas frías. Ella no se gira. Me mira a través del cristal, los ojos verdes clavados en mis ojos verdes, sin sonreír, sin pestañear, con esa quietud de animal que va a morder.
—Ven —ordena, con esa voz baja y arrastrada que solo usa conmigo—. Lléname de nada.
La penetro de golpe, sin preámbulos, sin pedir permiso, porque entre nosotros la lubricación es mental. Ella se queda con la boca abierta, pero no cierra los ojos en ningún momento. Sigue obsesionada con la imagen que el espejo nos devuelve: dos cuerpos blancos pegados, dos cabezas oscuras inclinadas en el mismo ángulo, una sola bestia de dos espaldas. Mis manos aprietan sus pechos, que parecen hechos a medida de mis palmas. Embisto con rabia, con prisa, como si alguien pudiera venir a separarnos en cualquier momento. El sonido de la piel contra la piel resuena por todo el apartamento.
Lo mejor es el final. Cuando siento que voy a explotar, no tengo que pensar, no tengo que salir, no tengo que cuidarme de nada. Nuestra esterilidad es nuestra libertad más íntima, la prueba más obscena de que pertenecemos solo a esto. Me corro muy adentro de ella, un chorro caliente y largo, sabiendo que esa semilla no va a germinar, que se va a perder deliciosamente en sus entrañas inútiles. Lucía aprieta los muslos para retenerme un segundo más, como si pudiera quedarse con algo nuestro que no se vaya nunca.
—Eso es —dice ella, viendo mi cara deformada por el placer en el cristal—. Todo para mí. Sin compartir con nadie.
Me dejo caer sobre su espalda, respirando el mismo aire que ella expira, oliendo mi propio olor en su cuello. Somos un callejón sin salida genético, y es el lugar más excitante del mundo. Si alguien nos encontrara mañana y nos preguntara si nos asusta cómo termina esto, le diríamos la verdad: esto no termina. Solo se cierra sobre sí mismo, como un anillo, como un espejo que se mira en otro espejo y se pierde en un pasillo infinito.
Y nosotros, adentro, caminando hacia ningún lado, tomados de la mano.