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Relatos Ardientes

El marido de mi madre estaba en casa esa mañana

Había pasado casi un año desde aquel encuentro improvisado en Valencia, y Carolina seguía sin contárselo a nadie. Eduardo, el marido de su madre, había regresado a la vida con ella, y Carolina había regresado a la suya con Sebastián como si nada hubiera ocurrido entre ellos en aquella habitación de hotel. Los meses fueron pasando y, sin embargo, cada vez que pensaba en él, algo se le apretaba por dentro.

Sebastián y ella lo intentaban. Lo intentaban de verdad. Pero los ciclos pasaban y no llegaba lo que tanto esperaban. Carolina quería ser madre con un deseo casi físico, como un hambre que no se sacia. Su madre tampoco lo decía, pero se le notaba en la mirada cada vez que veía un bebé ajeno. Esa expectativa también pesaba.

Acudió al ginecólogo y se hizo todas las pruebas que existen. Todas dieron el mismo resultado: estaba sana, era fértil, sus ovarios funcionaban como un reloj. El problema no era suyo. Consiguió, casi con vergüenza, una muestra del semen de Sebastián. El diagnóstico fue demoledor: pocos espermatozoides, lentos, sin la fuerza necesaria para llegar adonde tenían que llegar. El médico le explicó que, con esos números, resultaba muy difícil que su marido la dejara embarazada de forma natural.

No se lo dijo a su marido. No se lo dijo a su madre. Se lo tragó sola, durante semanas, y en ese silencio empezó a aparecer un pensamiento que no debía estar ahí: el recuerdo del semen abundante y caliente de Eduardo desbordándose dentro de ella en aquel hotel. Si alguien podía dejarme embarazada, es él. Cada vez que la idea aparecía, la apartaba con asco hacia sí misma. Era una aberración. Era impensable.

Y, sin embargo, cuando convenció a Sebastián de pasar las vacaciones en casa de su madre, Carolina sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

***

Los primeros diez días fueron tranquilos. Eduardo y Sebastián se llevaron mejor de lo que ella esperaba. Salían a comer fuera, paseaban por el centro, cenaban los cuatro en la terraza con vino y sobremesas largas. Su marido bromeaba con Eduardo como si fueran amigos de toda la vida. A veces, cuando él miraba hacia otro lado, Carolina levantaba la vista y se cruzaba con los ojos del padrastro. Nunca duraba más de un segundo. Era suficiente.

Una mañana, durante el desayuno, Sebastián anunció que un amigo suyo lo había llamado para invitarlo a pasar tres días en un pueblo de la costa. La madre de Carolina dijo que ella no podía moverse de casa porque le quedaban unos días sueltos en el trabajo. Carolina, con toda la naturalidad del mundo, dijo que prefería quedarse a descansar, sin andar de un lado a otro. Sebastián la besó en la frente y le dijo, riéndose, que no iba a echarla de menos demasiado. Eduardo siguió desayunando con la mirada fija en la taza.

Esa noche, antes de que su marido se marchara, Carolina intentó hacer el amor con él. No salió nada. Sebastián había bebido más de la cuenta y se quedó dormido encima de ella con una disculpa torpe. Carolina se quedó mirando el techo en la oscuridad, con el cuerpo encendido y un calor que le subía desde el vientre hasta el pecho. Estoy ovulando, pensó. Estoy ovulando y se va de viaje.

***

A las ocho de la mañana del día siguiente, la casa quedó en silencio. Sebastián se había ido al amanecer y la madre de Carolina había salido para el trabajo media hora después. Ella se quedó sola en aquella casa enorme con el calor todavía en la piel.

Volvió a meterse en la cama. Se tocó por encima de la braguita, despacio, y comprobó que estaba empapada. Apenas necesitó un par de minutos para correrse la primera vez de la mañana. No fue suficiente. Cuando abrió los ojos, el calor seguía ahí. Se levantó, se puso un camisón corto y semitransparente que había llevado pensando en Sebastián, y bajó a la cocina sin más ropa que la braguita y aquella tela fina.

Mientras esperaba a que se hiciera el café, se dio cuenta de que había luz al fondo del pasillo. La puerta del despacho de Eduardo estaba entornada y por la rendija salía un resplandor azul de pantalla. Se la habrá dejado encendida sin querer, pensó.

Mentira. Sabía perfectamente que él teletrabajaba algunos días. Lo sabía y, aun así, se dirigió hacia esa puerta con el café en una mano y el camisón resbalándole por un hombro.

—Papi… —dijo al asomarse, con una voz más fina de lo que pretendía—. No sabía que estabas aquí. ¿No fuiste a la oficina?

Eduardo levantó la cabeza del ordenador. Tardó dos segundos en contestar y, en esos dos segundos, repasó todo lo que ella llevaba puesto.

—Hoy no. Hago teletrabajo varias veces por semana, ya lo sabes.

Su voz sonaba ronca, como si todavía no la hubiera estrenado del todo. En lugar de retirarse, en lugar de cerrar la puerta y volver a la cocina con su café, Carolina hizo exactamente lo contrario. Entró. Caminó despacio hasta su silla, dejó la taza encima de unos papeles y se colocó a su lado.

—Estás preciosa con eso —murmuró él sin mirarla a los ojos.

—Me lo puse pensando que iba a estar sola —contestó ella, y sintió cómo se le erizaban los pezones contra la tela.

Giró sobre sí misma muy lentamente, como si tuviera que sacudirse algo de los hombros, y dejó que él viera lo que llevaba debajo. Cuando terminó el giro, volvió a mirarlo. Tenía un bulto en el pantalón que no estaba ahí cinco minutos antes.

—¿De verdad te gusta cómo voy? —preguntó.

—Muchísimo.

***

No le hizo falta más. Se acercó hasta quedar entre sus rodillas. Él levantó las manos, las apoyó en su cintura y empezó a bajarlas por debajo del camisón hasta llegar al borde de la braguita. Cuando los dedos del padrastro se metieron por dentro y palparon sus nalgas al desnudo, Carolina dejó escapar un suspiro que ya no era de chica buena.

—Lo tienes empapado, nenita —dijo él al rozarle el sexo con la yema de los dedos.

—Me he levantado así —admitió ella, y se bajó un tirante del camisón para sacarse un pecho a la altura de su boca.

Eduardo no necesitó instrucciones. Cerró los labios alrededor del pezón, lo lamió, lo mordió suavemente, alternando los dos pechos mientras seguía hundiendo los dedos entre los muslos de su hijastra. Ella le agarró la nuca y lo apretó contra sí. Sentía la lengua, los dientes, el aliento caliente, y cada vez que él tiraba un poco de su pezón, el cuerpo le respondía con un latido entre las piernas.

—Papi, no debería estar haciendo esto —susurró.

—Lo sé.

—Sebastián…

—Sebastián no está aquí.

Le bajó el pantalón con prisa, tropezándose con sus propias manos, y le bajó también el calzoncillo. Lo que apareció debajo le hizo recordar exactamente por qué llevaba meses pensando en él. Lo agarró con las dos manos. Podía rodearlo sin llegar a cerrar los dedos. Lo subió y lo bajó despacio, comprobando cómo se ponía aún más duro.

—Así, despacio —dijo él—. Ponlo a punto.

Bajó hasta los testículos. Se detuvo ahí, sopesándolos. Cargados. Llenos. Aquello le hizo cerrar los ojos un segundo. Si me los suelta dentro hoy, no me libro.

—Eduardo —dijo, por primera vez su nombre real esa mañana, sin el «papi»—. Hoy estoy ovulando.

Él la miró fijamente. Carolina esperaba que se asustara, que retrocediera, que le dijera que mejor paraban. No lo hizo.

—Ya te dije una vez que me tenías a tu disposición —contestó con la voz baja—. Si quieres ser mamá, yo puedo ayudarte.

—Eres un cabrón.

—Lo sé.

***

Carolina se bajó la braguita por las piernas y la dejó caer al suelo. Se levantó el camisón hasta la cintura y se colocó a horcajadas encima de él. Sentía el sexo del padrastro apretado contra su vientre. Se elevó apoyándose en sus hombros y se dejó caer despacio sobre la punta. Solo la punta. Le costó. Volvió a subir y bajar un centímetro más, y otro, y otro. Cuando estuvo abajo del todo, con todo el peso de él dentro, lo miró a la cara y soltó una risa baja, casi sin aire.

—Cómo me llena…

Empezó a moverse. Al principio con prudencia, después con un ritmo que le salía solo. Las manos de Eduardo le agarraron las nalgas para ayudarla, marcándole la cadencia, hundiéndola hasta el fondo cada vez. Carolina apoyaba la frente contra la suya y dejaba que sus pechos rebotaran contra su cara, contra su boca, contra su lengua. Sentía cómo cada embestida la golpeaba en un punto que Sebastián nunca había alcanzado.

—Papi, así, no pares, así…

El primer orgasmo le llegó antes de lo que esperaba. Vino por sorpresa, en oleadas, y la dejó temblando con las piernas tensadas alrededor de la cintura de él. Pensó que ahí terminaba, pero su cuerpo siguió pidiendo. Volvió a moverse casi enseguida, agarrada a sus hombros, y mientras lo cabalgaba sintió cómo todos sus fluidos resbalaban por el pene del padrastro hasta empaparle los muslos.

Eduardo la levantó sin sacársela. La giró con sus brazos y la recostó boca arriba sobre la mesa del escritorio, apartando con un manotazo el ordenador, los papeles y la taza, que se rompió contra el suelo. A ella no le importó. Abrió las piernas todo lo que pudo, lo enganchó por el cuello con los talones y dejó que él volviera a entrar.

Las embestidas fueron otra cosa. Más profundas, más duras, más exactas. Carolina notaba la punta golpear contra algo dentro de ella que no quería pensar qué era. El segundo orgasmo le llegó así, con la espalda arqueada contra la madera fría y los brazos extendidos por encima de la cabeza, agarrándose al borde de la mesa.

—Eduardo, me voy a correr otra vez, me voy a correr otra vez…

—Aguántame un poco más, nenita. Voy contigo.

Lo sintió endurecerse aún más dentro, como si fuera posible. Lo sintió hincharse, latir, y supo lo que venía. Tuvo un instante de lucidez. Solo uno.

—Papi, sácala… si te corres dentro me dejas embarazada… papi, no…

Él la agarró de las caderas, se clavó hasta el fondo y la miró con unos ojos que ya no eran los del marido de su madre.

—De esta no te escapas, nenita.

Y se vació dentro de ella. Carolina lo sintió latido a latido. Sintió cada chorro caliente estrellarse contra el final de su sexo, llenándola, desbordándola. No salió corriendo. No lo apartó. Apretó las piernas alrededor de la cintura de Eduardo y los músculos por dentro, como si quisiera asegurarse de que no se perdía nada. Si tiene que ser, que sea ahora.

Cuando por fin se quedó quieto encima de ella, jadeando, Carolina se incorporó un poco y le pasó los dedos por el pelo. Lo miró como si lo viera por primera vez.

—Esta vez sí que lo has hecho —susurró—. Esta vez me has preñado, seguro.

Él la besó en la boca, despacio, con una calma que contrastaba con lo que acababa de pasar.

—Tenemos tres días enteros, nenita. Y todavía estás ovulando.

Carolina sonrió contra sus labios. Cuando él se retiró, sintió cómo todo lo que había soltado dentro empezaba a derramarse por sus muslos. Lo miró escurrirse sobre la mesa y no le dio asco. Le dio un alivio que no había sentido en meses.

Subió a la habitación que había sido suya de adolescente. Se lavó despacio, sin frotar demasiado, casi con cuidado de no llevarse nada que no debía irse. Se metió en la cama desnuda y se quedó dormida con una sonrisa que ojalá nadie le hubiera visto.

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Comentarios (5)

Fefo_lector

tremendo relato!!! me tuvo pegado hasta el final

ClaraK_91

Por favor continua con esta historia, se corto justo en la mejor parte :(

Marilu_84

Me recordo a algo que casi me paso a mi tambien, ese tipo de situaciones inesperadas son las mas intensas. Muy bien narrado

RaulCordoba_22

Buenisimo! Va a haber segunda parte?

EnzoNoche

El titulo ya lo dice todo jaja. Me gusto como construiste la tension desde la primera linea, se siente real

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