Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El secreto que compartí con mis dos hermanos

Me llamo Daniela y, antes de que sigas leyendo, te aviso que mi familia no es como las demás. Tengo tres madres y dos hermanos. Carla es hija de mi madre Beatriz, y Nico es hijo de mi madre Aurora. Yo soy hija de Renata. Mi padre, Esteban, hizo su vida con las tres mujeres a la vez, y aquí estamos todos, viviendo bajo el mismo techo como una familia grande y feliz. Suena raro, lo sé. Hay gente con historias mucho más enredadas que la nuestra.

Tengo veintiún años, la piel tostada y el pelo entre rubio y castaño. Carla y yo nos parecemos tanto que más de una vez nos han confundido con gemelas, aunque ella es un par de tonos más morena. Nos prestamos la ropa, los zapatos, todo. Y Nico… Nico es idéntico a mi padre: alto, ancho de hombros, con esa cara que hace girar cabezas por la calle.

Vivimos en una casa grande en las afueras de Niza, con jardín y piscina. En casa nunca hubo tabúes con la desnudez. No andamos en pelotas todo el día, pero a nadie le tiembla el pulso por ver a otro sin ropa. En la piscina nos bañamos desnudos, salvo que haya visita.

Cuento esto porque hace un par de años pasó algo que entonces no entendí. Unos amigos del instituto me invitaron a la playa y entré al cuarto de Carla sin tocar.

—Perdón, Carla, no sabía… —retrocedí cerrando la puerta.

—No pasa nada, ven —se levantó y vino hacia mí—. ¿Querías decirme algo?

—Pensé que estabas…

—No me estaba tocando —cortó rápido—. Solo me miraba, que ya me toca depilarme otra vez.

Habría jurado lo contrario, pero no insistí. Al día siguiente fuimos a la playa, pasamos un día fantástico y el asunto quedó enterrado. O eso creí.

***

A principios de este año ocurrió algo parecido, pero al revés. Desperté muy temprano con el cuerpo inquieto, con esa sensación de querer que alguien estuviera ahí, tocándome por todas partes. Pero estaba sola. Solo mi cuerpo, mis ganas y yo.

Una mano subió a mis pechos, amasándolos, pellizcando los pezones hasta dejarlos duros. La otra bajó entre mis piernas, donde ya estaba húmeda. Recorría con un dedo el camino desde el clítoris hasta la entrada y volvía, una y otra vez, subiendo la temperatura. Me llevé los dedos mojados a la boca, me los chupé, y volví a bajarlos para hundir dos en mí. Las caderas se me movían solas. Sentía un orgasmo gestándose desde muy adentro, pero no quería acabar todavía. Quería estirar el placer.

Entonces pasó algo que no esperaba.

La puerta se abrió y apareció Carla. En cuanto vio la escena, la cerró de un golpe, y como una gata cazando saltó a mi cama y se pegó a mi cuerpo bajo las sábanas. Una de sus manos reemplazó a la mía. Dos dedos entraron en mí mientras su boca atrapaba uno de mis pezones y lo succionaba despacio.

¿Qué está pasando aquí?, pensé sin fuerzas para detenerla.

Mi hermana sabía que estaba al borde y se esmeró aún más. Sentí algo crecer en la base de la espalda, algo más grande que cualquier orgasmo anterior. Cuando llegó, grité tan fuerte que Carla dejó mi pezón y selló mi boca con la suya para callarme. No me dejó descansar: sus dedos volvieron al ataque, el pulgar machacando el clítoris, la lengua contra la mía. Yo quería parar, pero mi cuerpo solo le obedecía a ella. Y entonces noté que su sexo se frotaba con fuerza contra mi muslo. Llegamos juntas, abrazadas, y caímos agotadas una al lado de la otra.

Tardé en volver a la realidad. Y cuando volví, me asusté.

—Carla, por favor, sal de mi cuarto.

—Dani… perdóname, yo…

—Vete. De mi cuarto.

—¿Me dejas explicarte un momento?

—Ahora no.

Entró a mi baño, agarró mi gel de ducha y se fue. Supongo que esa había sido la razón inicial de su visita. Yo tenía la cabeza dándome vueltas. No entendía cómo se había atrevido a poseerme así, sin preguntar. No soy ninguna mojigata, sé de sobra que mis madres se montan sus noches juntas. Pero ¿por qué a mí? ¿Y por qué me había gustado tanto?

***

Decidí ducharme para despejarme. Solo que ya no tenía gel… pero sabía dónde había. Fui al baño de Nico y oh, sorpresa: se estaba duchando.

—Hola, hermanito, ¿qué tal?

—Bien, ¿y tú? ¿Qué quieres? Porque eso de «hermanito» no es gratis.

—Qué listo. Vengo a que me prestes el gel, pero lo estás usando.

—No hay problema, entra. Así me pagas el favor y me enjabonas la espalda.

No era la primera vez que nos veíamos desnudos, eso nunca fue un problema entre nosotros. Le enjaboné la espalda, los hombros anchos, esa espalda de gimnasio. Todo iba bien hasta que mis manos bajaron solas.

—Solo enjabonar, Dani —dijo sin girarse—. Solo enjabonar.

—Déjame disfrutar algo. Soy tu hermana.

Lo que de verdad buscaba era sacarme de la cabeza los orgasmos con Carla. Pero tener delante el cuerpo de Nico no ayudaba precisamente a despejarme.

—Listo. Ahora me toca a mí —dije.

Me pasó la esponja por la espalda, con unos masajes que se sentían demasiado bien. Cuando dijo que ya estaba, me giré.

—Te faltó por delante.

—Eso no va a pasar. No te voy a enjabonar los pechos.

—Ni que fuera la primera vez. Solo enjabonas, nada más.

—Será… pero la última vez no tenías estos pechos.

—Ni tú tenías esta polla —se la agarré y se la sacudí.

—Dani, ¿qué haces?

—Ven, vamos a enjabonarnos por delante, como hacíamos de críos.

Nico siempre fue tímido, pero se deja llevar. Empezó retraído, bajando despacio por mis hombros, hasta que le agarré las manos y se las llevé a los pechos.

—Si lo vas a hacer, hazlo bien. No me dejes a medias.

Yo seguí bajando por su cuerpo y él se entretenía con mis pechos. Me agaché para enjabonarle las piernas y, al incorporarme, lo provoqué de nuevo.

—Te falta algo.

—¿En serio? Primero no me querías tocar los pechos y ahora quieres que te lave la polla.

—Ven aquí, que de verdad falta algo.

—Es broma, Dani… en serio… no me la agarres, que no puedo controlarla… por favor…

La polla de Nico empezó a crecer en mi mano sin parar. Hasta yo me sorprendí. Verlo desnudo era normal, pero tenerla dura entre los dedos era otro nivel. La calentura de antes regresó multiplicada. Con una mano subía y bajaba por esa polla enorme mientras él me masajeaba los pechos. Ya no lo lavaba: lo masturbaba a conciencia. Él bajó una mano para devolverme el placer entre las piernas.

—Esto es un juego peligroso, hermana.

—Frótamela en el sexo. Fuerte. No pienses en nada más.

—Es que se puede colar dentro…

—¿Y qué? ¿Lo hacemos o no?

Me agarró por las caderas y empezó a moverse como si de verdad me estuviera follando. La cabeza de su polla se asomaba traviesa en mi entrada, abriéndome los labios. Me agarró la cara y me besó hondo justo cuando avisaba que se venía. Yo acabé con él, moviendo las caderas para sentir la punta entrando apenas en mí. Noté un chorro caliente y, de golpe, Nico se apartó y me abrazó fuerte mientras terminábamos de temblar.

—Fue demasiado intenso —dijo después—. Somos hermanos, Dani, no deberíamos jugar así.

—¿En serio? Casi me metes la lengua hasta la garganta y la punta dentro, ¿y ahora te excusas? No seas tonto. Nos gustó. Si se puede repetir, se repite.

—No puedo negarlo. Casi no aguanto las ganas de metértela entera.

—Y yo de que me la metieras. Pero no pasó. Gracias por dejarme tomar prestado algo más que el gel.

***

Al mediodía comimos todos juntos en un restaurante. Carla bajaba la mirada cada vez que me cruzaba. La aparté un momento.

—No agaches la cabeza. Quiero disculparme por la escena de esta mañana. Hablamos en casa, ¿vale?

—Vale, Dani —respondió con una voz temblorosa que no era la suya.

La sobremesa se alargó. Mis padres tenían planes para la noche y Nico una cita con su novia. Carla y yo nos quedaríamos solas. Cuando todos se fueron, até una toalla a mi cuerpo y fui a su cuarto. Ya no quería postergar la conversación.

—Hola, ¿estás ocupada?

—No, pasa, te estaba esperando. Mira, yo…

—Shh, con calma. No vengo a reprocharte nada. Soy yo quien debe disculparse por cómo te traté.

—Me dolió que me echaras… pensé que te había decepcionado.

—Para nada. Me sentí confundida. ¿Desde cuándo te gustan las chicas? Nunca me contaste.

—No es que me gusten. Me desperté caliente, me empecé a tocar, tuve un orgasmo brutal y aún quería más. Fui a buscar tu gel y te encontré igual que yo. Mi cabeza explotó y pasó lo que pasó. Tú fuiste mi primera vez.

—Vaya, amanecimos igual de calientes —dije, y la abracé para calmarla.

—De verdad lo siento. No volverá a pasar.

—¿De verdad quieres que no vuelva a pasar?

Nos miramos fijo y nos besamos, esta vez de común acuerdo. Primero besos suaves, solo labios. Luego las bocas se abrieron y las lenguas se buscaron. Caímos juntas en la cama. Carla tiró mi toalla al suelo, yo le quité la camiseta. Nos amasábamos los pechos, nos pellizcábamos los pezones, le besé el cuello, fui bajando por su vientre hasta atrapar sus pezones con la boca.

Seguí bajando. Le levanté las piernas, le quité el pantalón corto del pijama con la boca y, al volver a subir, un aroma me llamó. Abrí sus piernas y fui directa a su sexo. Bastó con que apoyara la boca para que se le cortara la respiración. Cuando atrapé su clítoris, soltó el aire con un orgasmo húmedo, apretándome la cabeza contra ella, las caderas descontroladas. Metí dos dedos y la follé con la boca a la vez. Tuvo un segundo orgasmo, y un tercero la dejó pidiéndome que parara.

Quedó agotada unos minutos. Yo me tumbé a su lado, dándole besos. Pero pronto recuperó las fuerzas, me agarró la cara y me besó como nadie me había besado. Se subió encima, bajó a mis pechos y una mano fue directa a mi sexo. El índice y el corazón dentro, el pulgar en el clítoris, el anular jugando con mi ano resbaladizo. Me atacaba por todas partes. Le susurré que estaba a punto y siguió hasta que reventé.

No paró. Bajó la boca a mi sexo aún temblando, sus dedos volvieron a entrar, uno colándose detrás. Yo no soy multiorgásmica, pero con ese trato no iba a durar nada. Luego se sentó de frente, me levantó una pierna y juntó su sexo con el mío. Empezamos a frotarnos, moviéndonos como si folláramos de verdad, porque eso era lo que hacíamos. Estallamos a la vez, en un orgasmo larguísimo, y caímos rendidas.

—Para ser tu primera vez, me dejaste hecha trizas —dije.

—Tú tampoco pareces novata.

—También eres mi primera vez. Solo hago por instinto lo que me gusta que me hagan.

Entre besos y caricias nos quedamos dormidas. Profundamente dormidas.

***

Soñaba con alguien fuera del cuarto. Tocaban la puerta, una vez, otra. No era un sueño. Abrí con pesadez y era Nico, con una toalla en la cintura.

—Buenos días, chicas —dijo entrando—. ¿Qué haces durmiendo aquí, Dani?

—Tuve pesadillas y me vine con Carla —mentí volviendo a la cama.

—Ya. Pues vengo de tu cuarto y la cama está perfecta, ahí no durmió nadie. Aquí tenéis la puerta con seguro, tu toalla y la ropa de Carla por el suelo, las dos desnudas… y huele a sexo. ¿Estáis liándoos?

—No —dije.

—Sí —soltó Carla al mismo tiempo.

—Entonces sí. Me voy, os dejo tranquilas.

—No te vayas —le frené—. En esta casa no tenemos secretos entre los tres, no vamos a empezar ahora.

—Pues entonces no juzgues —dijo Carla—, que tú y yo tenemos un secreto que Dani merece saber. ¿Recuerdas, hace dos años, cuando me pillaste tocándome y lo negué?

—Inolvidable.

—Esa mañana fui al cuarto de Nico a por unos apuntes y se estaba masturbando en la ducha. Me desvestí, entré y acabamos masturbándonos el uno al otro.

—Vaya, vaya —dije—. Pues eso se parece mucho a lo de ayer por la mañana. Cuando saliste con mi gel, fui a por el de Nico mientras se duchaba… y compartimos algo más que el jabón.

—Así que lo hiciste con las dos —rio Carla—. Eres un pillo. ¿Y ese bulto bajo la toalla, hermano?

—Yo… nada, no es nada —tapándose con las manos.

—Tienes una erección delante de tus hermanas —dije—. Lo confesó ayer: lo que le pesa es lo que no hicimos, porque la punta sí llegó a entrar.

—Yo también quiero de eso —dijo Carla.

Como si lo hubiéramos planeado, las dos saltamos sobre Nico y le arrancamos la toalla. Pasábamos la lengua por su polla y nos lamíamos entre nosotras. Él agarró a Carla y hundió la cara entre sus piernas hasta hacerla delirar, mientras yo lo devoraba. Cuando intentó incorporarse, lo empujé hasta tumbarlo y me subí encima, frotando mi sexo contra su polla dura.

—Hermano, estábamos arrepentidos de lo que no hicimos, ¿verdad?

—¿Qué tramas, Dani?

—No quiero arrepentirme otra vez.

Sin darle tiempo, mirándolo a esos ojos azules iguales a los de papá, agarré su polla y la coloqué en mi entrada. Me senté despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, hasta que mis nalgas tocaron su cuerpo. Tuve que esperar a que mi cuerpo se acostumbrara al invasor.

—Qué delicia tenerte entera dentro —jadeé.

—Dani, ¿qué has hecho?

—Ya te lo dije: no pienso arrepentirme otra vez. Tú también lo deseabas.

Empecé a moverme en círculos, cabalgándolo, mientras Carla me chupaba los pechos y me manoseaba entera. Cada empuje de Nico me llegaba al fondo. Al rato me puso a cuatro patas y entró de nuevo, esta vez de golpe, hasta dentro. El aullido que solté lo calló la boca de Carla, que se colocó delante con las piernas abiertas pidiéndome que la lamiera. Nico me embestía como recuperando el tiempo perdido, los testículos golpeando mis nalgas, hasta arrancarme un orgasmo brutal.

Cambiaron de sitio. Carla se puso a cuatro patas y él la penetró despacio, dejándola sentirlo. Yo la besaba en la cara, el cuello, los pechos, mientras ella respiraba forzada.

—Cógeme, hermano, cógeme duro —pedía Carla—. Dame más, más…

Nico la tumbó boca arriba, le echó las piernas atrás hasta las orejas y le dio sin piedad. Carla entró en cadena de orgasmos. Cuando él avisó que se venía, ella lo abrazó con las piernas.

—Córrete dentro, lléname… preña a tu hermana —soltó.

—¿Qué? No… suelta… ¡suelta! —Nico se zafó a tiempo y empezó a correrse fuera.

Aproveché para atrapar su polla y dejar que disparara por todas partes: en mi pelo, en mi cara, en mis pechos. Carla se moría de risa y Nico nos miraba serio.

—¿Estás loca? ¿Cómo que preñarte?

—Era para que me siguieras el juego —se reía ella—. Tomo la píldora, tonto.

—Yo también me cuido —añadí—. El loco eres tú si creías que íbamos a arriesgarnos. Eres guapísimo, hermano, pero un inocente.

—Ven aquí, que se te pase el susto —le dije.

Como un zombi, Nico volvió a la cama. Le devolví la dureza con la boca, me subí sobre Carla y le hice señas a mi hermano. Tenía delante dos sexos hambrientos de él. Entró primero en mí, esa polla poderosa abriéndose paso, y Carla me sostuvo la cara, besándome, mientras Nico marcaba un ritmo cadencioso. Luego empezó su juego favorito: una embestida a ella, otra a mí. Uno dentro de Carla, uno dentro de mí. La sensación era indescriptible.

—Queríais leche de hermano —jadeó acelerando—. Ahí va.

Nos llenó a las dos, un poco a Carla, un poco a mí, sin dejar de movernos. No os voy a mentir: fue la mejor follada de nuestras vidas.

Nico se marchó a su cita. Le pedimos que dijera en casa que pasamos la noche estudiando. Carla y yo nos quedamos en la cama, todavía sin aliento. Anoche me estrené con mi hermana y hoy con mi hermano.

¿Qué vendrá ahora?

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

MartinPA

Tremendo relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Espero que haya continuación!!!

Pelirroja_84

buenísimo!!!

NataliaCba

Muy bien escrito, se nota que ponés mucho cuidado en los detalles. Mas relatos asi por favor!

UrbanaNocturna

Hay segunda parte? porque quede con muchisimas ganas de saber como sigue esto...

CarlosVigo

Me recordó una situación de mi juventud, salvando las distancias jajaja. Muy bien contado, sin caer en lo burdo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.