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Relatos Ardientes

La orden de mi suegro que mis cuñados cumplieron

Aquella tarde estaba sola en casa, con la persiana medio bajada y una taza fría sobre la mesa, cuando sonó el teléfono y vi su nombre en la pantalla. Mi suegro no llamaba para hablar del tiempo. Llevaba meses adiestrándome con esa voz tranquila que no admitía réplica, y yo había aprendido a reconocerla incluso antes de que dijera mi nombre.

—En tres minutos va a sonar el timbre —dijo—. No preguntes quién es. Abres, subes a tu cuarto, te pones las bragas más finas que tengas, y bajas al salón. Nada más.

—Sí —contesté.

Colgó sin despedirse, como siempre. Yo me quedé un instante mirando el teléfono, con esa mezcla familiar de vergüenza y excitación que él provocaba en mí desde la primera vez que me dejó claro lo que iba a ser entre nosotros. Si algo había aprendido desde que me había convertido en su pequeña cosa privada era a obedecer sin pensar. No sólo por miedo, también porque sus encargos terminaban casi siempre en el tipo de cosa que después no podía sacarme de la cabeza durante días.

El timbre sonó puntual. Apreté el portero sin abrir la boca, subí al dormitorio y revolví el cajón hasta encontrar unas bragas rojas de encaje que mi marido apenas me había visto puestas. Me las cambié, me solté el pelo, me miré en el espejo y bajé descalza las escaleras.

Lo que encontré en el salón me hizo entender de golpe la magnitud del recado.

Mateo, Diego, Tomás y Ezequiel. Los cuatro hermanos menores de mi marido, sentados en mi sofá como si llevaran allí toda la vida. Completamente desnudos. Las piernas abiertas, las manos colgando, las pollas a medio camino entre la calma y la promesa.

Mateo, el mayor de los cuatro, fue el primero en reaccionar. Se levantó, vino hasta mí, me sujetó la cara con una mano y me besó en la boca. No fue un beso de tanteo: fue un beso de propietario.

—Hola, cuñada —dijo separándose un palmo—. Esto es lo que nuestro padre llevaba semanas avisándonos. Que ibas a recibirnos como una desconocida cualquiera y que ibas a darnos cariño a los cuatro. La venganza por haberse rebelado contra él la paga tu marido sin enterarse.

Y se rio, sin maldad, casi con cariño, mientras me bajaba la mano por el cuello hasta el escote.

—Con lo que me han gustado siempre estas tetas —añadió—. Desde la primera Navidad que te trajo a casa, te lo juro.

Diego, que era el más callado, se levantó del sofá y se colocó detrás de mí. Sentí su pecho contra mi espalda y sus manos pasaron por encima de las de su hermano sin pedir permiso.

—Compártela, anda —dijo—. Que no eres el único.

***

Me quitaron las bragas entre los dos, casi sin esfuerzo, como quien le saca el lazo a un regalo. Mateo me sujetaba por la cintura, Diego me besaba el cuello, y Tomás y Ezequiel se acomodaron en el sofá esperando turno con esa paciencia que tienen los hombres cuando están seguros de lo que va a pasar.

Me sentaron entre las rodillas de los dos pequeños. Tomás miró a su hermano y le dijo, con una sonrisa medio infantil:

—Somos los únicos que todavía no le hemos hecho nada. ¿Le chupamos las tetas?

Ezequiel asintió. Acercó la boca a mi pezón derecho mientras Tomás se ocupaba del izquierdo. Las dos lenguas a la vez me arrancaron un suspiro que no me esperaba. Debería haberme sentido sucia. No me sentí sucia. Me sentí encendida de una forma rara, ancha, casi tranquila, como si llevara meses esperando exactamente eso.

Mateo y Diego, de pie, me bajaron las manos por el vientre y empezaron a acariciarme entre las piernas. Diego hundió un dedo, lo movió un instante y soltó una risa breve.

—Está empapada —le dijo a Mateo—. La muy zorra está disfrutando.

No protesté. La palabra ya no me ofendía: la había hecho mía hacía tiempo, en otras tardes, con su padre.

—Ya está bien de calentar —dijo Mateo al cabo de un rato—. Empieza a chupar.

Me incliné sin levantarme, doblada en la cintura, y me llevé a la boca la polla de Ezequiel, que era la más cercana. Él gimió enseguida, sorprendido, casi avergonzado de hacerlo delante de sus hermanos. Diego seguía con los dedos dentro de mí, marcándome el ritmo. Cuando me cansé de la postura, me arrodillé en la alfombra y seguí allí, lamiendo despacio, mirando hacia arriba como sabía que les gustaba.

—Súbela encima de Diego —ordenó Mateo—. Que ya basta de calientapollas.

Entre los cuatro me ayudaron a montar. Diego se tumbó en el sofá, me colocaron a horcajadas sobre él, y empecé a moverme de arriba abajo despacio, buscando el ángulo. Diego me apretaba las caderas y me observaba desde abajo con los ojos entrecerrados.

—Lo haces de maravilla, cuñada —murmuró.

—No te olvides de los demás —avisó Mateo.

Estiré los brazos a los lados. A mi izquierda, Mateo me puso su polla en la mano; a mi derecha, Tomás hizo lo mismo. Empecé a acariciarlas a la vez, marcando el ritmo de las dos con el de mis caderas, y por un segundo me sentí absurdamente capaz, como si estuviera tocando un instrumento difícil y todavía me sonara bien.

Ezequiel, que se había quedado fuera, se subió de rodillas al sofá detrás de mí y me acercó la suya a la boca.

—Cuñada, chúpala —pidió, ya sin disfraz de orden, casi suplicando.

Abrí los labios. Sentí la cabeza tibia entrar despacio, y mientras la chupaba escuché su voz por encima:

—Hermanitos, no hay duda. La mujer de nuestro hermano es una putita de manual. No sé si tenerle pena por ser cornudo o envidia por la cama que tiene en casa.

***

Diego se corrió primero. Lo sentí derramarse dentro de mí con un gruñido seco, mordiéndose los labios para no avisar antes de tiempo. Me bajé despacio, me limpié con el dorso de la mano, y antes de que pudiera reorganizarme Mateo me empujó suavemente por los hombros hacia abajo.

—Ahora le toca a tu otro agujero —dijo, y se sentó en el sofá—. Ven aquí.

Le obedecí. Me coloqué de espaldas, me senté sobre él muy despacio, y dejé que él mismo se guiara. Sentí la presión, el ardor breve, el cuerpo cediendo. Mateo soltó una carcajada ronca.

—Fijaos, fijaos cómo entra —dijo a sus hermanos—. Como si nada. Os lo digo yo, este hermano nuestro lleva unos cuernos de campeonato.

No le contesté. Tomás se acercó por delante con la polla cerca de mi cara, y la tomé en la boca sin pensarlo. Diego y Ezequiel se acomodaron a los lados, una en cada mano. Cuatro hombres encima, debajo y a los costados. Cuatro hermanos del hombre que dormía cada noche a mi lado.

Y, sin embargo, lo que sentía no era culpa. Era una especie de poder oscuro y mareante. Ellos me trataban como un objeto, sí, pero el objeto era yo y no podían dejar de mirarme. En esa trampa había algo que se parecía a la venganza, pero al revés.

El ritmo se me fue de las manos. Me corrí en silencio, con los ojos cerrados, apretando los dedos sobre las pollas que tenía entre las palmas. Mateo lo notó.

—Se ha corrido la zorra —anunció a sus hermanos, casi orgulloso—. Le va el sexo bruto.

Aceleré la masturbación de los dos hermanos que aún no habían terminado. Quería que reventaran. Tomás cedió primero: se vació en mi mano con un quejido. Sin sacarme la polla de Ezequiel de la boca, me lamí la palma despacio, y el pequeño no pudo evitar reírse.

—Joder, te estás chupando la leche de mis hermanos delante de mis narices.

—¿Te molesta, cuñadito? —pregunté con la voz ronca.

—Me da un gusto raro —admitió—. No sé qué decirte.

***

Ezequiel se corrió poco después, dentro de la boca. No desperdicié ni una gota. Mateo, por debajo, todavía no había terminado, y sus hermanos empezaron a darle ánimos como si fuera una carrera.

—Venga, hermano, que te toca.

—Que no se te ablande, jefe.

Mateo se vació por fin con un empujón largo. Cuando hizo gesto de moverme, le pedí un segundo para respirar. Ezequiel, sin embargo, no quiso esperar.

—Ahora me toca a mí ahí detrás —dijo—. Y a ti, Tomás, su coño.

Tomás se sentó donde acababa de estar Mateo, yo me coloqué encima de él de cara a la puerta del salón, y casi al mismo tiempo Ezequiel me empujó por detrás. Lo hizo con una ansia rara, como si llevara años ensayando ese movimiento en su cabeza.

—Menudo culo tiene la mujer de nuestro hermano —comentó al hundirse del todo.

Diego y Mateo se acercaron uno por cada lado. Volví a tener una polla en cada mano, una en la boca y dos dentro del cuerpo. Sé que escrito así parece un cálculo imposible, pero allí, en aquel salón con la persiana a medio bajar, todo encajaba con una lógica perversa, como si los muebles hubieran sido distribuidos para esa única tarde.

—Eres ninfómana —se rio Mateo—. Con la cama que llevas y como si nada.

Yo no respondía. No hacía falta. Pensé, mientras chupaba, en lo hipócritas que eran entre ellos: todos se habían acostado con las mujeres de todos, todos hablaban de cuernos como si el único cornudo fuera mi marido. Esa idea, en lugar de darme rabia, me echó más leña encima. Si todos eran iguales, yo podía ser tranquilamente la peor.

***

Volví a correrme. Ezequiel terminó dentro de mí poco después, mezclando lo suyo con lo que ya había dejado Mateo. Tomás, debajo, aguantó un poco más antes de inundarme con un gemido apretado. Cuando logré bajarme del sofá, me dejé caer de rodillas en la alfombra.

Diego se acercó. Me levantó la barbilla con dos dedos.

—¿Estás cansada, cuñadita —preguntó—, o todavía aguantas un poco más de zorrear?

—Aguanto —contesté.

Le hice el favor de ponérmelo fácil. Me arrastré hasta él, le chupé despacio, sentí cómo volvía a endurecerse en mi boca. Cuando estuvo listo, me puse a cuatro patas en el suelo y dejé que se tumbara debajo de mí. Empecé a cabalgarle muy lento, casi con ternura, mirándole a los ojos por primera vez en toda la tarde.

Detrás, alguien se acomodó. Era Tomás, que había vuelto a despertarse y entraba con prisa. A mi izquierda, Mateo me acercó la suya a la mejilla, blanda todavía. Le saqué la lengua, se la lamí entera, y él soltó un gemido estúpido.

—Cuñada, con esa boca resucitas a un muerto —dijo.

Con la mano libre, agarré la de Ezequiel y la moví despacio. Estábamos los cinco otra vez en marcha.

Y entonces sonó el teléfono de Mateo.

Lo cogió a tientas. Leyó la pantalla. Cambió la cara.

—La secretaria de mi padre —dijo—. Nuestro hermanito acaba de salir de la oficina. Toca terminar.

Lo entendí enseguida. Era la última pieza del plan: el suegro pagando a su propia secretaria para avisarles cuando su hijo mayor saliera del trabajo, para que la fiesta acabara antes de que llegara a casa. Una venganza calculada al minuto.

Me sacaron de encima de Diego con cuidado, casi con cariño. Me tumbaron de espaldas en la alfombra. Los cuatro se colocaron alrededor, masturbándose mirándome, y se corrieron uno tras otro sobre mi vientre, mis pechos, mi cuello. Cuando terminaron, ninguno me dijo gran cosa. Se vistieron, recogieron sus zapatos y se fueron en silencio, como obreros al final del turno.

Me quedé un rato tumbada en el suelo, respirando, sintiendo cómo la leche se enfriaba sobre la piel. Después me arrastré al baño, me metí bajo la ducha más caliente que pude, y froté hasta que el agua salió sola.

Limpié el salón. Los vasos, la alfombra, los cojines descolocados. Cuando mi marido entró por la puerta media hora más tarde, le sonreí desde la cocina y le pregunté qué tal el día. Él dijo que bien, que un poco cansado, y se fue a sentar al mismo sofá donde yo había estado a cuatro patas hacía menos de una hora.

Su padre, esa noche, me mandó un único mensaje. Una sola palabra.

Bien.

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Comentarios (5)

Rolando_Cba

Que arranque!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer

marta_real

Por favor que haya segunda parte, quede con demasiada intriga para saber como termina todo

NocheDeRelatos

Increible relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Muy bien escrito

Pili_Nocturna

Tuve que releer el final dos veces jaja, muy bien llevado el suspenso. Me encanto!

felipemdz22

Hay segunda parte? porque si no la hay me voy a quedar mal jajaja

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