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Relatos Ardientes

Mi primo encendió algo que no debería sentir

Mariela tenía dieciocho años recién cumplidos y un cuerpo que la traicionaba en cada espejo. El ballet la había estirado en líneas largas, le había marcado las piernas, le había enseñado a caminar como si cada paso valiera una mirada. Su pelo, de un cobre apagado, le caía hasta media espalda y tenía la costumbre de enredársele en el cuello cuando hacía calor. Aquel verano hacía calor todos los días.

La pijamada en casa de su prima Camila empezó como las otras: música baja, una bandeja de chocolates derritiéndose, esmaltes alineados sobre la alfombra. Daniela, Brenda y Renata ya estaban tiradas en cojines cuando Mariela llegó con la mochila al hombro. La lluvia golpeaba los vidrios de la vieja casa, y el aire dentro olía a perfume barato y a champú.

Camila tenía la misma edad que Mariela, pero parecía tres años mayor. Era pelo castaño recogido a las apuradas, pijama de satén que se le pegaba a los muslos, y una sonrisa que siempre andaba buscando algo. Esa noche le tocaba a ella dirigir el juego.

—Verdad o reto —dijo, mirando a Mariela como si ya supiera la respuesta.

—Reto.

—Quítate la blusa y baila como en tus clases. Pero un poco más para nosotras, no para el profesor.

Las otras tres soltaron un coro de risitas ahogadas. Mariela sintió la sangre subirle a las orejas, pero no bajó la mirada. Se levantó despacio, se llevó las manos al borde de la camiseta, y la subió por encima de la cabeza con la lentitud que el ballet le había enseñado a manejar el silencio. Debajo, un sujetador de encaje crudo que apenas la sostenía.

—Así —murmuró.

Empezó a moverse sin música, dejándose llevar por una que solo existía dentro de su cabeza. Las caderas dibujaron un balanceo lento, los brazos subieron por los costados, una pierna se elevó hasta casi tocar el dintel. Cada giro le devolvía cuatro miradas pegajosas. Camila se mordía el labio. Brenda tenía la boca abierta. Daniela se rio nerviosa, como si quisiera romper algo.

—No sabía que te movías así, prima —dijo Camila, y la voz le salió un tono más ronca de lo habitual.

***

El juego se relajó después. La lluvia paró cerca de medianoche y dejó un calor pegajoso que se metía por las ventanas entreabiertas. Una a una, las chicas fueron quedándose en menos ropa: Brenda en un conjunto negro de lencería que parecía traer puesto desde su casa, Camila en un camisón corto, Renata en bombacha y musculosa. Mariela se quedó con un short de algodón y la blusa abierta hasta el último botón.

—¿No tienes calor con todo eso? —preguntó Brenda, recostada en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra—. Estamos entre nosotras, vamos.

Mariela se rio bajo y, sin pensarlo del todo, se quitó el short. La bombacha blanca le marcaba una línea suave sobre la cadera. El aire de la sala se volvió un poco más denso.

Iban a empezar otro reto cuando un golpe seco resonó en el piso de abajo. Las cinco se quedaron quietas, como si algo las hubiera atado a la alfombra. Después vino un crujido. Después, nada.

—¿Qué fue eso? —susurró Renata, agarrándose a un cojín.

—Tenemos que ir a ver —dijo Camila, levantándose con falsa solemnidad—. Mariela, te toca.

—¡¿Por qué a mí?!

—Porque eres la valiente, primita. Y porque cuando te asustas te pones todavía más linda.

Las demás se rieron. Mariela tragó saliva, se ajustó el sujetador y la bombacha como si eso le sirviera de escudo, y salió al pasillo.

***

El corredor estaba en penumbras. Una sola lamparita amarilla, al fondo, dibujaba sombras que parecían moverse cuando no las mirabas. Mariela avanzó con la mano apoyada en la pared, sintiendo el frescor del revoque contra la palma. Su respiración hacía un ruido demasiado grande para un cuerpo tan callado.

—¿Hola? —preguntó, y la voz le salió de papel.

Entonces lo vio. Al final del pasillo, recortado contra la luz de la lamparita, había un hombre. Alto, hombros anchos, una remera negra que le marcaba el pecho, jeans gastados, y una mirada que cayó sobre ella como una mano. La recorrió entera sin pedir permiso: las clavículas, el sujetador de encaje, la curva del vientre, la bombacha, los muslos. Cuando los ojos del hombre volvieron a los de Mariela, ya no eran los mismos.

—Mira qué culo, nena —dijo él.

La voz era grave, sin una pizca de pudor. A Mariela le subió el calor desde el ombligo hasta la frente. Soltó un gritito y corrió a refugiarse detrás de un sillón polvoriento, intentando taparse con los brazos. El sillón apenas le ocultaba la mitad del cuerpo.

—¡Camila! ¡Chicas! ¡Aquí hay alguien!

El alboroto bajó por las escaleras antes que las chicas mismas. Daniela, Renata y Camila aparecieron armadas con cojines y una linterna apagada. Brenda traía un esmalte como si fuera una navaja. Camila, al ver al desconocido, frenó en seco y soltó una carcajada corta.

—Tranquilas —dijo, cruzando los brazos—. Es mi hermano. Adrián.

Él levantó una mano con pereza, sin sacar los ojos de Mariela.

—Buenas, señoritas.

Y se fue por el pasillo hacia su pieza, dejando atrás un perfume que se quedó pegado en el aire mucho después de que cerrara la puerta.

***

Mariela todavía respiraba como si hubiera corrido cuando volvieron al cuarto.

—No me avisaste que tu hermano estaba en la casa —le reclamó a Camila, en susurros.

—¿Y perderme la cara que tienes ahora? —Camila le rozó el brazo con un dedo y le sacó un escalofrío—. Dime que no te gustó cómo te miró.

—Estás loca.

—Estoy mirándote, primita. Que es distinto.

El resto de la pijamada giró alrededor de Adrián como si él siguiera en la sala. Daniela hablaba de sus brazos, Renata de la espalda, Brenda hacía un cálculo en voz alta sobre cuánto tiempo de gimnasio hacían falta para tener ese pecho. Mariela escuchaba con las rodillas apretadas y los dedos jugando al borde del sujetador. No conseguía sacárselo de la cabeza. La forma en que la había mirado era la primera vez que un hombre la miraba como si fuera otra cosa que la nena del ballet.

El reloj marcaba casi las cinco cuando el resto se quedó dormido. Mariela siguió despierta, mirando el techo rosado, con el cuerpo encendido y un pensamiento dando vueltas: era su primo. Era su primo y ya no le importaba.

***

El reencuentro pasó pocos días después, una tarde de jueves, en la esquina de la cuadra de Camila. Mariela había ido a hacer un trabajo a su casa y volvía sola, con la pollera del colegio dos centímetros más arriba de la rodilla y una blusa que le quedaba ajustada en los lugares donde tenía que quedar ajustada. El sol le pegaba en el pelo y se lo prendía fuego.

Adrián estaba apoyado contra una pared, jugando con las llaves del auto. La vio venir desde lejos y no apartó los ojos. Cuando Mariela llegó a su altura, él ya tenía la sonrisa lista.

—¿Tú eres la del culo bonito de la otra noche? —dijo, sin saludar.

Mariela se quedó muda. Él no la había reconocido. No la registraba como la prima, como la nena con la que había compartido los veranos de la infancia. La veía como una chica más, una de la calle, una de las de mirar y comentar. La cabeza le dijo que tenía que ofenderse. El cuerpo le dijo otra cosa.

—S-sí, soy Mariela. Tu prim…

—¡Adri! —cortó una voz desde la otra vereda. Una chica alta, de minivestido rojo, le hacía señas. Adrián giró la cabeza, le sonrió a la otra como si Mariela no existiera, y cruzó la calle sin despedirse. La besó en la boca, lento, con la mano en la cintura, mientras Mariela lo miraba con los pies clavados en la baldosa.

Algo se le partió adentro. No era amor todavía. Era la prueba de que él podía mirarla así y olvidarse a los dos minutos.

***

Pasaron tres meses. Mariela empezó a frecuentar la casa de Camila más de lo que lo había hecho en toda su vida. Salía del ballet con el moño todavía a medio deshacer, cruzaba la ciudad y golpeaba la puerta con cualquier excusa: tarea, ropa, un libro. Adentro, su tía Ofelia la recibía con un perfume floral y una sonrisa que olía a café recién hecho. Su tío Esteban, alto y de hombros gruesos, la miraba un segundo de más cuando ella se sacaba la campera. Mariela registraba esa pausa como un dato, sin saber bien qué hacer con él.

Pero era Adrián quien le ocupaba todo. Y Adrián lo sabía.

Cuando se cruzaban solos en el pasillo, él se le acercaba más de la cuenta, le hablaba con la boca a un palmo de la oreja, le rozaba el brazo con los nudillos.

—Sabes que te quiero, ¿verdad, primita? —le decía—. Si yo no tuviera a Lucrecia, te haría mía en un segundo.

Esa frase era veneno disfrazado. Mariela se la llevaba a su casa, se metía en la cama con esa frase, se dormía con esa frase. Y al día siguiente lo veía bajar las escaleras con Lucrecia colgada del brazo, riéndose con la misma risa que le había puesto a ella en el oído, y entendía que para él eso era un juego. Que la usaba como espejo. Que le encantaba verla encenderse.

***

Pero los espejos también devuelven cosas.

Esa noche Mariela se metió en la cama temprano. Cerró las persianas, apagó la luz grande, dejó solo la de la mesita. La sábana le pesaba sobre la piel. Se la corrió hasta los muslos y se quedó mirando el techo.

Lo imaginó saliendo de la ducha. Lo veía recortado contra el vapor, el torso mojado, una toalla baja en la cadera, una gota corriéndole por la línea del abdomen y perdiéndose donde la tela apretaba. Imaginó la mano de él, esa mano grande de nudillos marcados, levantándole el mentón. Imaginó la voz pegada al oído, diciéndole exactamente lo mismo que ya le había dicho mil veces, pero esta vez sin Lucrecia ni excusa.

El calor le subió desde abajo, sin pedir permiso. Mariela cerró los ojos. La mano izquierda le buscó el pecho por encima del camisón, y los dedos encontraron el pezón ya duro contra la tela. Lo apretó. Apretó más. Soltó un gemido seco contra la almohada para no despertar a nadie.

La otra mano bajó despacio. Dibujó una línea floja por el vientre, se metió debajo del elástico de la bombacha y encontró todo mojado. Más de lo que esperaba. Menos de lo que necesitaba. Los dedos le dieron una vuelta a la entrada y subieron al clítoris en círculos lentos. La cadera se le levantó sola.

Lo siguió viendo. Adrián metiéndole una mano en el pelo. Adrián abriéndole las piernas en el sillón polvoriento del pasillo, con la casa entera durmiendo arriba. Adrián diciéndole al oído, esta vez en serio, que aquello no era un juego.

Los círculos se hicieron rápidos. Un dedo entró, después dos. El cuerpo de Mariela respondió como si lo hubiera estado esperando años. Se mordió el labio hasta sentir el sabor del propio aliento. La mano del pecho se aflojó la tela, dejó los dos pechos al aire, los pezones tirantes contra el vacío de la habitación. Cada empuje de los dedos era un golpecito contra una puerta que se sabía que iba a abrirse.

El orgasmo le llegó de repente, doblándola por dentro. Susurró el nombre que no debía susurrar, una sola sílaba ahogada, y se quedó temblando bajo la sábana, con los dedos todavía adentro y la cara hundida en la almohada.

Cuando abrió los ojos, el techo seguía siendo el mismo. Ella, no.

Lo sabía: aquello no terminaba ahí. Adrián iba a seguir jugando, y ella iba a seguir cayendo. Pero en algún momento, alguno de los dos iba a equivocarse. Y cuando pasara, Mariela ya no iba a tener fuerzas para decir que no.

Continuará…

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Comentarios (6)

Rusito_87

Muy bueno, me dejo sin palabras. Quiero la segunda parte ya!!

CamilaRosario

tremendo relato, la tension entre ellos se siente en cada parrafo. Segui asi!

FanNocturno

se hizo muy corto, queria que siguiera. Espero mas de esta historia

MiguelBA23

Buenisimo. Esa descripcion del momento en el pasillo me puso los pelos de punta. Gracias por compartirlo

Valentina_SCL

me encanto la protagonista, me senti super identificada jaja

nocturno77

hay algo muy autentico en como esta narrado, no parece forzado para nada

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